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    Días atrás, cuando leía en prensa la noticia del 25º aniversario del C.P. de Lieres-Solvay, los recuerdos de aquellos tiempos escolares surgieron en mi mente como un volcán que, en erupción, emite estampas de momentos de mi vida, que resultan imborrables y que marcaron, seguro, una etapa, una forma de vivir y pensar que dibuja hoy, sin duda, mi labor docente.

           

            Quizás a principios de los 90 no era consciente del esfuerzo que suponía una magistral explicación de cualquiera de aquellos profesores, con enorme capacidad didáctica; desconocía los límites de la ilusión por organizar un proyecto de viaje de estudios, un festival o un musical como “El Bosque”, que conmocionó a un abarrotado Campoamor. Ahora, desde el interior de un Claustro siento el orgullo de haber sido alumno de esa escuela y tomo como referencia cada uno de aquellos trabajos que, con esmero y paciencia, preparaban para nosotros, para dar forma a nuestros conocimientos y para crear proyectos de personas, que en aquella época aún tenían mucho que crecer y evolucionar.

 

    De aquellos años conservo uno de los regalos más preciados: haber disfrutado de compañeros a los que  guardo gran afecto y estima. Juntos vivimos momentos inolvidables que ahora son recordados con nostalgia, pero en escenarios diferentes: ya no nos vemos cada mañana en las aulas, ahora nos encontramos en el trabajo, en bodas o en parques cuidando a los hijos. Atrás quedan risas y carcajadas infantiles o las tristes lágrimas por nuestra compañera Almudena.

 

    Cierro los ojos y  experimento la extraña sensación de ilusión, de gratos recuerdos que revuelven en mi memoria para resolver la ecuación más exacta por el método más preciso, como el que Teresa nos enseñaba bajo unos perfectos apuntes de Matemáticas. Intento dar conjetura interna a ese perfecto recuerdo y me encuentro con la sistemática precisión de una oración que Mercedes me ayuda a darle forma y función con un exhaustivo análisis morfosintáctico.

 

    Y sigo pensando en ese eslogan que pueda dar sentido a ese intento por volver a una infancia feliz, en un abrir y cerrar de ojos. Quiero ser creativo, como Núñez cuando deja deslizar su pincel sobre un cuadro lleno de ilusión. Pero para que el arte sea un dios de los sueños, de los sentimientos, hay que darle la eterna sonrisa de Eva, o la dinámica grupal con la que José Manuel daba pasos de gigante en una baldosa universal aún del todo sin definir.

    Pero sin lugar a dudas, falta algo en mi cabeza para lograr dar un título a esta humilde carta: una música envolvente; esa música con la que Nacho me enseñó a soñar.

 

            Podría seguir varios párrafos dando vueltas a la mejor de las frases, que resumiera la mejor estancia académica de cuantas pude haber tenido, y seguro que Ángel, Inés, Santiago, Cándido, Aurora, Lidia y muchos otros  me ayudarían a conseguirlo. Pero me quedo con una sola palabra: GRACIAS.

 

            Gracias a todos vosotros, por haber hecho que lo mucho o poco que hoy día yo pueda tener de maestro, es gracias a vuestro esfuerzo, a vuestro empeño, a vuestra ilusión que, hoy, es la mía.

 

                                                José Luis Remis García (Ex alumno)

      AUTOBIOGRAFÍA  

 por  Santiso Mozart, decano   

INFANCIA 

Nací entre los escombros

de aquella vieja Fábrica de Lieres

que en los años cuarenta

vomitaba el sudor de los obreros

por sus dos imponentes chimeneas. Mi padre

fue el alcohol y mi madre,

el azúcar. (Por eso, cuando rompe

el silencio obligado del aula y en mis patios

estalla la marea de voces infantiles,

ese caos ordenado

de juegos y disputas y carreras,

aún siento en mis entrañas el fragor de las máquinas

y de las vagonetas, el lenguaje

fabril de las turbinas, la memoria de un tiempo

que hoy cubren el olvido

y mis cimientos).

Vi la luz en setiembre

del año ochenta y uno.

Vine a un mundo que ansiaba

despertar del horror y de la infamia

de una noche de piedra.

Pero vivir en libertad, entonces,

no era fácil empresa. Y en febrero,

un veintitrés y lunes,

cuando la pesadilla parecía conjurada,

el miedo se adueñó de las pantallas

de nuevo. Y el silencio. Las pistolas

acallaron la voz

que era de todos.

I                                                                               Impotencia y tensión. ¡¡¡Se sienten, coño!!!

Largas las horas, el corazón helado

por la rabia. Al final,

tras una larga noche de incertidumbre en vela,

se disipan las dudas. La mañana

deja paso al futuro,

a la esperanza. El sol de invierno anuncia

un mundo nuevo. El pueblo

recupera las calles y las plazas.

¡Y yo puedo nacer sin sobresaltos!

Y surgió el milagro.

Tuve la suerte

de ser testigo fiel ( con mis zapatos

nuevos, mis pantalones cortos,

mi traje de ladrillos, mi sombrero

de teja, mis banderas y mi vestido verde,

mis antenas, mis tubos y mis cables,

mis sótanos, mis aulas, mis despachos, mis patios,

mi bosquín jovencísimo

y mi cara de niño)  de una década

de cambios prodigiosos en todos los aspectos:

Recién nacido yo,

abría Zara en Oviedo. Y Las Salesas,

justo un año más tarde. Pasé por la movida,

el Bable nes Escueles, el Mundial

(España-82

del Naranjito), el Huerna,

la OTAN de entrada no, sí de salida,

el aceite de colza, el apartheid, RUMASA,

el divorcio, las barbas

de Jomeini, el secuestro

de Quini, los primeros Premios Príncipe,

la guerra en Las Malvinas, los canales

privados, la ETA, el GRAPO, el FRAP, el IRA,

el Mercado Común, el caso Nani,

las empresas del INI y Chernóbil,

para acabar tirando

el Muro de Berlín, la Guerra Fría,

a golpes de glasnot y perestroika

que entreabren las puertas del futuro

y clausuran la década.

¡Adiós a la olivetti, bienvenido el PC,

primer ordenador en blanco y negro,

desmemoriado y lento, su sistema de claves,

sus continuos desmayos y sus sueños

de pentium y color y megaherzios!

Y nació Xentiquina por entonces,

ese coro de agudos infantiles

 que se dejan

oír en los recreos, ese grupo

de voces armoniosas que convierten

en música las viejas y sagradas palabras

de la tribu, la lengua venerable

de sus antepasados, de su vida diaria,

y las llevan por todos los rincones de Asturias,

en vivo y en directo y en sus discos

(best-seller de la SGAE y el hit parade

de la música nuestra

de entresiglos),

para impulsar su uso y su presencia.

Es además, mi emblema, mi referencia. Siempre

Se alude a mí con la pregunta “¿Ye ónde

ta Xentiquina?”, y así queda claro

de qué lugar se habla. Embajadores

que pregonan mi nombre

por esos escenarios de mi tierra

y que cumplen también ahora años,

sus veinte abriles. Pues ¡enhorabuena!

Yo era un niño feliz,

rebosante de niños y de ruidos, ¡bendita

algarabía! Desde los cuatro años

hasta los trece (y más), una nutrida

población de enanitos (y menos) habitaba

mis nuevas, por entonces, dependencias

de Solvay y de Lieres.

¡Qué recuerdos!

                                                                                               ADOLESCENCIA 

Primera juventud. Años noventa.

Edad de mutaciones y zozobras.

Con mi primer acné, la rebeldía ante un mundo

que empiezo a descubrir

y no me gusta. Surge la conciencia,

las primeras ideas compartidas, la lucha,

el bien y el mal, el yo

y los otros. Un día,

la crisis del carbón se acerca al pueblo

amenazando el Pozo. Los mineros

protestan y se encierran,

rabia y oscuridad,

en las profundidades de la mina. Yo no puedo

permanecer tranquilo. Y me echo a andar

para mostrar mi aliento: toda una caravana

de saludos, colores y pancartas se planta

sin previo aviso ante la masa en huelga,

sorprendida e inquieta. Cuando escuchan

las palabras del niño que lee el comunicado,

las lágrimas asoman a los ojos de hulla

de unos hombres curtidos que no temen

ni al grisú ni a la sílice

y hoy tiemblan de emoción ante sus hijos,

bajo la lenta seda del orbayu.

No importa que la cosa fuera en vano,

que unos años más tarde

el pico y la barrena

callaran para siempre. Lo importante

fue la lección de solidaridad,

improvisada y limpia,

de aquella fría jornada,

de un marzo veintitrés ya primavera.

Una nueva amenaza

apareció muy pronto: el Ministerio

optaba por cortarme la cabeza. ¿Cómo?

Quitándome dos cursos (por arriba)

que irían al Instituto (por abajo). Vuelvo

a la carga, me encierro, me concentro,

corto la carretera, en fin, me manifiesto

en plena Villa y Corte: otra jornada

de trajín solidario que tampoco

se salió con la suya: la EGB

se convirtió en Primaria por Decreto.

y yo bajé de peso y de estatura.

No dejan de tocarme los horarios

hasta que me diseñan la jornada

continua y matinal. Actividades

no lectivas me ocupan por las tardes,

me mantienen despierto y engrasado.

Dos anécdotas, solo, de esa década

de mis tribulaciones y mudanzas. Muestran

la lógica infantil, su ingenio. Una,

de aquel viaje a Madrid. Parada en Rueda

para reponer fuerzas, al regreso. En la calle

un letrero. Y un niño de doce años:

“Mira, papá, La Secá”, lee inocente.

Muy cerca de él, su profesor de Lengua

implora un ¡tierra, trágame! Y desea

que lo trague allí mismo, en las bodegas

de penumbra y verdejo

que, vetustas, horadan,

bajo sus propios pies,

la tierra del gran blanco de Castilla.

Mas no hay que preocuparse, nadie ha dado importancia

a la tremenda fuerza de una tilde invisible

más veloz que la luz,

que borra de un plumazo

los trescientos kilómetros que quedan.

La otra sucede en Llanes. Mes de mayo.

De visita escolar, en pleno muelle.

Sobre los cubos de hormigón desnudos,

todavía sin el traje de colores

posmoderno que hoy visten, un paisaje

de gaviotas chillonas. Otro alumno,

ahora de nueve años:

                                                                                          “¡Mira, maestro, son

les de COGERSA!”. Claro,

todos los componentes de aquel grupo

habían estado pocos meses antes

en el gran vertedero central de nuestra Asturias,

donde miles de aves sobrevuelan, voraces,

montañas de basura,

en busca de alimento. El niño sólo

cree que sus gaviotas

han viajado hasta allí,

como él mismo,

en busca de las playas

y puertos del oriente. Razón tiene,

que una gaviota es todas las gaviotas

y todas las gaviotas son la misma:

filosofía aplastante.

 Y ya son otros tiempos y otras gentes:

Induráin como nuevo rey de Francia, 

Barcelona y su Cobi (Juegos 92),

la Expo de Sevilla, el AVE, windows,

las maletas perdidas por Iberia, el aborto,

el sida, el paro, Gil, los insumisos

(mili KK), la píldora, el aborto,

los fondos de Bruselas, los mineros

en marcha negra “Pídele

cuentas al Rey”, las huelgas, la tragedia

del Pozo Nicolasa, el atentado

de Gijón, la variante de Pajares,

la Xunta Xeneral, los ministrinos,

los skin-heads, Roldán, los zapatistas,

los tres tenores, las guerras del Golfo,

Yugoslavia, Chechenia, la intifada,

la URSS deshecha, Alemania unida,

Nucleares no, gracias, las pateras

que borran las aduanas y cierran el decenio. 

Y, mozo hecho y derecho,

me despido del siglo y del milenio

tan convulso como ellos.

pero mucho más joven,

con toda la ilusión y en plena forma.

                                                                                                     JUVENTUD 

Entra el milenio y salen las pesetas.

La amenaza del euro se confirma: encarece

 la vida, nos confunde, añoramos

aquellas rubias de antes, calculamos

en ellas sin remedio ¡Vaya atraco!

El siglo XXI

me recibe con los brazos abiertos

y algunas novedades. Sobre todo,

se consuma la marcha de 7º y 8º

para nutrir las masas de la ESO que llevan

a La Pola sus dudas y sus granos

de púberes imberbes en playeros y chándal.

Y el forzado abandono

de las hermosas aulas de Solvay,

amplias, de ventanales luminosos

y belgas. La Pedrera

se queda silenciosa sin sus alegres párvulos,

que, ignorantes, inician

un exilio interior y sin retorno.

Madrugo por semana

y me acuesto temprano con los Lunnis.

Cuando hace sol me duelen

las persianas; si llueve,

mi claraboya canta; en el invierno,

se congelan mis lunes; las nevadas

me llenan de vacío y de silencio.

Paso sin inmutarme por la Ley

Palasí y por la LODE, Maravall,

LOGSE, LOPEC y LOCE y ahora espero

con paciencia la LOE. La realidad

no está precisamente en los despachos.

Urnas y papeletas me disfrazan

de centro electoral, de vez en cuando,

domingos de escrutinio e incertidumbre

y los “Lunes al sol” volver al tajo:

convivencia y estudio.

Y de pronto, tan lejos y tan cerca,

surgió lo inesperado, la hecatombe

de sangre, fuego, destrucción y pánico.

Es el fin de la Historia y es verano.

Los aviones suicidas han tocado

el talón del Imperio. El 11-S,

en vivo y en directo,

anuncia la nueva era

de miedo, de odio, de dolor, de muerte

que confirman

los trenes calcinados en Atocha

poco antes de estallar la primavera.

Yo lo sufrí en silencio,

 el horror destrozándome por dentro,

pero estallé en un llanto incontenible

cuando, en setiembre,

una colega mía (la escuela de Beslán,

lejana y rusa),

se cubría de cadáveres de niños,

rehenes en sus aulas, y llenaba de luto

el frío de la estepa. Una nueva

matanza de los Santos Inocentes.

 Pero la vida sigue,  sin remedio:

el mundo es digital, cibers, bits, WIFI,

ADSL, Google, Internet,

Méssenger, blogs, Youtube, CD, máiling,

generación consola, play station,

educastur.princast (mi Second Life),

piratería y spam, móvil, genoma,

trasplantes, clonación, guerra del agua,

genéricos, viagra, todo in vitro,

vuelos baratos, light fast food, turismo

espacial, energías renovables,

global-local, burbuja inmobiliaria,

maltratos, adopciones, móbbing, búllying,

velo, gays, integrismo, xenofobia,

latin kings, Harry Potter, feministas,

gripe aviar, vacas locas, mal porcino,

gimnasio, obesidad, grasa, anorexia,

depresiones, estrés, dieta, eutanasia,

lífting, carné por puntos, hipotecas,

visa, rebajas, grandes superficies,

operación salida, puente aéreo,

telebasura en plasma o por un tubo,

OT, telenovelas, pay per view,

guerra de Irak, Prestige, tsunami, guerra

de Perejil (hay moros en la costa),

Bin Laden escondido, Sadam mártir,

Guantánamo, cuota paritaria,

África, hambre, ONG y ecología. 

Cabezazos Zidane, cambio climático,

incendio forestal, bares sin humo,

vertidos, corrupción, ácido bórico,

Marbella y los billetes de 500,

ultras, okupas, hooligans, violencia,

droga, dopaje, alcohol, listas de espera,

tregua, viñetas, coche-bomba, ruido,

kale borroka, encuestas, elecciones,

talante, crispación, guerra de votos,

piso, automóvil, vacaciones, bolsa,

la jet-set, los sin techo, óscar  y  goyas,

papa, rey, cine, fútbol, bonoloto

y botellón los viernes ¡Carpe diem!  

Aquí Fernando Alonso rey del viento

(que no leyenda urbana, mileurista),

 mina Conchita y goma dos con eco,

trama asturiana, Molinón, Tartiere,

una boda real de Zenizienta

con un príncipe azul verde Sardéu ,

sidra, gaita, tonada, horros, oricios,

brañas, marina, centro, alas, Cantábrico,

calamares gigantes, asturcones,

cuota láctea, fabes y madreñes,

Sidrón, museos, el metrotrén, los Picos,

El Hospital Central, golf y cemento,

barricadas, Naval,, prejubilados,

Duro, Mittal, Hunosa, Cajastur,

Auditorio, Musel, Laboral, Losa,

Noega, catedral, Naranco, Muro,

el tren-tran, la bioética, el campanu,

la ópera, los erasmus, la autovía,

Comadres, El Carmín, Los Güevos Pintos,

La Salud, Picu Fariu, río Nora,

Les Campes, plan de choque, tripartito,

UVL y AVAL, los de Esperteyu,

peatonalización, casas rurales,

rotondas, zona azul, llingua, cuatreada,

sindicalistas, pymes, crisis, paro,

Campoamor, Jovellanos,

Villa, Cascos, Gabino, la Santina,

Presidentín, banqueros y arzobispo,

La pita de la Llingua, omnipresente.

¡Paraíso natural y puxa Asturies!  

El tiempo cicatriza las heridas.

Del bisturí oficial,

no me quedan secuelas que no sean

la nostalgia fugaz de lo que pudo

haber sido. He crecido

al ritmo de los tiempos y me siento

con ganas y maduro. Solo pido

aquello del barbudo

que también, eso cuentan, fue maestro:

                                                                                 “Dejad, dicen que dijo, que los niños

se acerquen a mí”. Porque

son mi único sentido

y mi razón de ser:

mis alumnos, esos locos bajitos

que renuevan mi savia cada otoño,

me regalan sus años más hermosos y, luego,

me despiden en busca de otras aulas,

hacia un futuro incierto. Algo de mí se llevan

para siempre; sus huellas,

imborrables,

permanecen por todas mis esquinas. Han sido

centenares (cuatrocientos y más

en horas altas,

hasta los cien de ahora, más o menos) y muchos,

ya hace tiempo, son adultos

que se abren camino por la vida,

por esos mundos hoy tan ajetreados.

Ex-combatientes míos de la tiza,

de los libros de texto

y la libreta; algunos

me han regalado ya hijos e hijas

(pronto vendrán los nietos, no lo dudo)

que continúan sus pasos

por mi casa.

Tampoco olvido al resto de mi gente.

Han sido siete

mis directores, unos ciento veinte

los maestros. Y seis

conserjes, varias limpiadoras, cientos

de padres (o, más bien,

de madres) y la AMPA, cuidadoras

del transporte escolar y conductores,

empresas, inspectores, operarios,

antes el MEC y ahora el Principado

y siempre el concejil Ayuntamiento. Todos

me han cuidado, atendido en mis achaques,

y a todos los recuerdo (especialmente

a los que nos dejaron). Y de todos

me siento agradecido: me han llevado

de visita escolar por toda Asturias

y de viaje de estudios por España,

inolvidables días de convivencia,

a exposiciones, obras de teatro,

recitales de música, cursillos,

granjas, instituciones y talleres,

campañas y Magüestu,

Días de les Lletres, de la Paz, del Árbol,

rutas de monte, playas, monumentos,

a la prensa, a la tele, a la calle,

me han vestido de Antroxu, engalanado

en fechas especiales, festivales

y actividades varias. Me han tenido

en contacto continuo con colegas,

informado y al día,

incluido en Programas especiales,

visitado y cuidado y protegido,

y hasta me han puesto en huelga algunas veces

contra los enemigos de lo público.

Me han lavado la cara en ocasiones,

mas no he cambiado mucho:

repintado, renovación de muebles,

material y recursos más modernos, la cancha

deportiva, exterior, semicubierta,

aleros y tejado, portón, valla

de cierre, nueva entrada para alumnos,

un aula de informática, tabiques,

bolera y asfaltado. Ellas y ellos

ya son parte de mí, llevan mi nombre

allí por donde van

y me llenan de orgullo

y de emociones. Por lo tanto, quiero

conjurarlos a todos este día

y levantar la copa del recuerdo

para brindar con ellos

por esas veinticinco primaveras de sueños,

de ilusiones, de esfuerzos compartidos,

por un feliz futuro

de nuevos tiempos y de gente nueva

transitando las aulas y la vida

en paz y en armonía.

¡Felicidades, pues, y muchas gracias!

¡Enhorabuena y adelante, amigos!

                                                                                     Yo, Colegio Público de Lieres    marzo 2007    

P.S.

Y, ya que estoy de cumple y mayorcito,

me vais a permitir solo un deseo:

tengo página web, fax y teléfono,

domicilio, e-mail, código, nif…

…¡pero no tengo nombre!

Por eso os pido

un bautismo oficial

 (pues ahora que no hay limbo, ¿a dónde irán

 los pobres catecúmenos?). ¡Propuestas!,

pero pronto y en serio.

La mayoría de coles tienen su nombre propio

y a mí me agradaría poder oír el mío.

Sé que me comprendéis, pues ¡adelante!

Os lo agradezco. Hasta siempre, amigos.

  

               El cole está de cumpleaños. Lo estamos todos un poco, en mayor o menor medida. Los alumnos que empezaron en él, los que llegaron después, los profes que arrancaron con este nuevo centro y los que nos hemos ido incorporando durante los últimos cursos. Todos llevamos ya en nuestro historial el haber pertenecido de alguna manera y en algún momento a esta gran familia que ya lo es.

               Para muchos los recuerdos serán de hace tiempo, varios años atrás, con un montón de anécdotas , todas con nombre propio: compañeros a los que les han perdido la pista, profesores que ya no están en el centro, personas que trabajaron en él y con las que compartieron momentos más o menos importantes de su vida,…

               Los recuerdos de la infancia, sonidos, olores, imágenes, sentimientos,… se graban en nuestra memoria para siempre y en general, resulta agradable recuperarlos de vez en cuando. Para muchos de vosotros, este es el momento.

               Pero los que tenemos una historia común reciente no podemos echar mano de esos recuerdos. No podemos tener una idea clara de lo que fue y lo que supuso la inauguración de este centro en su momento, más que por lo que ahora nos estáis contando. Aunque lo que quizás si podemos aportar es una visión creo que valiosa de lo que fue esa  primera impresión  al incorporarnos a él.

               Llegamos, a veces, sin ni siquiera saber donde está situado el pueblo, menos el colegio, sin saber por donde se entra, ni a veces por donde se sale, ni lo que nos vamos a encontrar en él. Y sin embargo, en poco tiempo, nos sentimos como si llevásemos aquí muchos años, como si nos conociésemos de toda la vida, compartiendo con alumnos, familias y compañeros nuestra tarea, nuestro tiempo…

              Quizás ayuda el tipo de colegio que tenemos, su tamaño, el número de alumnos por aula y el de profesores en el claustro, las familias con las que compartimos nuestro trabajo,… o será el agua de la zona, no lo se. Pero lo cierto es que todo ello, el ambiente amable y distendido, las relaciones personales realmente afectivas y cordiales  que hay entre todos nosotros, alumnos, profesores y familias, y sobre todo, la buena predisposición general, hacen de este colegio un lugar especial.

               Todas estas características no se dan habitualmente por que si. Suelen llevar detrás una labor constante y consciente, de todos los días. Y esto creo que debemos agradecérselo todos a aquellas personas que antes que nosotros pasaron por aquí, a todos los que antes, durante estos 25 años se esforzaron y trabajaron para que este colegio fuese lo que hoy es, un lugar en el que convivimos y trabajamos, sin perder el rigor  pero manteniendo siempre como prioritario el buen trato personal y profesional.

               Los niños aprenden y se forman, sabiendo distinguir lo esencial de lo anecdótico. Les transmitimos que antes que nada somos personas, y que de nosotros, nuestro esfuerzo y nuestra exigencia depende que este ambiente y estas relaciones de sincero afecto y respeto se mantengan y se transmitan. No es algo que hoy en día abunde, desgraciadamente.Los recién llegados no hemos podido aportar gran cosa hasta ahora. Pero por nuestra parte, creo poder hablar por todos ellos, contamos con los próximos 25 años para poder demostraros que creemos en ello, y que un modelo como este es posible.

                 Nos vemos en el próximo 50º aniversario del colegio de Lieres. Para entonces ya nos habremos hecho un hueco en la orla de este colegio y puede que entonces hayamos pasado ya a formar parte de vuestros recuerdos. Eso es nada.

Hasta entonces…

Merche (Maestra del C.P. Lieres-Solvay)

            Hace 22 años entré en la antigua Escuela de Solvay de la mano de una profesora que tiraba de mí como podía, me arrastraba por el suelo para poder llevarme a clase y separarme de mi madre. Tenía 5 años y unos pulmones bien fuertes, pues alguna vez aquella profesora, Teresa, me recordó los gritos que di en aquella ocasión. Quién me iba a decir entonces que sería ella una de las personas que más tarde me convencería de lo fantástico que podía ser aprender. Y lo consiguió junto con otros tantos maestros, entre ellos, por supuesto, difícil de olvidar, Ángel, pues desde entonces no pasó un día en que no disfrutara de las clases y del colegio. Y unos 20 años después de aquel día, mi sobrina, Paula, hizo su entrada, esta vez en el Colegio, más o menos como yo; eso sí, tengo que decir en su favor que con sólo 2 añitos. Por lo demás, pocas diferencias, lloros y gritos, y un miedo terrible a los profesores. Hoy, en su tercer año, le gusta tanto el colegio que quiere ir hasta cuando tiene fiebre y habla con admiración no sólo de su profesora, sino de todos los que trabajan hoy allí; lo cual a mí me enorgullece porque significa que sabe aprovechar lo que cada uno le ofrece en su labor y eso, estoy segura, lo valorará y apreciará enormemente en los próximos años.         

           Pues bien, se cumplen 25 años de la apertura del Colegio Público de Lieres, y como no podía ser de otro modo, creo que tenemos la obligación todos los que hemos pasado por allí de rendir un pequeño homenaje a aquellos que han trabajado y participado en este proyecto de educación durante todos estos años, y a los que siguen en ello. De esta forma, han ido pasando varias generaciones por este Colegio, los apellidos se repiten (el mío lleva ya tres generaciones presente, comenzando con mi tío ya en el año 1981) y, claro, también las caras conocidas. Lo cual debe ser un orgullo para algunos de los profesores que quedan porque supone de algún modo que sus antiguos alumnos siguen confiando en ellos para la educación de sus hijos. Sin embargo, los maestros que aún siguen han tenido que ver cómo el número de alumnos ha ido disminuyendo de forma tan acusada que debe entristecer ver el patio en el recreo casi vacío cuando hace años nos peleábamos por el campo de fútbol o el de boleibol, y teníamos que esperar turno, o formábamos unas filas enormes para entrar a clase, o cuando el desfile de carnaval se hacía casi interminable al pasar todos por la pasarela, mientras Nacho o José Manuel se desgañitaban la garganta haciendo los comentarios de los disfraces.         

           Arancha Piñera Hortal (Ex alumna)

Casi todo el mundo recuerda sus años de infancia y juventud como unos de los mejores de toda su vida. Y yo no voy a ser la excepción.

            Mi etapa en el colegio de Lieres empezó allá por el año 93. Era “la nueva”, y porque no decirlo “la hija del maestro”. Todos mis compañeros se conocían del año anterior pero pronto fui una más del grupol esos años en el Colegio de Arriba fueron especiales e inolvidables: vimos al Ñuberu y al Trasgu, buscamos al Cuélebre con nuestros “collacios” de Sariego, visitamos un llagar en Nava, hicimos pan, buscamos tesoros en las playas de Llanes, recibimos las visitas en pony de Papá Noel con paquetes de “chuches”, aprendimos con Amelia a leer y a escribir, hicimos excursiones a Oviedo, al Museo de la Minería…, sin olvidar los Festivales de Navidad y los Carnavales multitudinarios.

            Con los años, fuimos creciendo y llegó el gran día. El que pasamos al Colegio de Abajo. A partir de entonces estudiaríamos allí hasta que fuésemos al Instituto, con “los mayores”. Poco a poco íbamos desenvolviéndonos en la vida, a hacer multiplicaciones y divisiones eternas, a intentar que los estuches de lata no se nos cayesen al suelo porque corríamos el riesgo de que Ángel os los tirase por la ventana, a intentar aprender la clasificación de los seres vivos, a hacer exámenes, resúmenes, conocer más y más cosas del mundo, hacer “controles” en los dos días con Albina porque eran larguísimos… pero también había tiempo para correr, jugar la fútbol, al voleibol, hacer concursos de cualquier cosa, jugar al cascayu, a la comba, intercambiar cromos, mandarnos cartas, participar en cross, hacer comidas, bajar en rápel con Jose, confeccionar trajes de carnaval con un pliego de papel pinocho y un par de cartulinas, y muchísimas cosas más.

            Pasamos largas horas en los talleres, con José Manuel, haciendo maquetas, pintando cuadros, haciendo ejercicios día sí, día también, “Qu’est-ce que c’est Juan José?, vimos películas, hicimos muchos trabajos, alguna que otra excursión, preparamos el viaje de estudios, pasamos horas en los ordenadores, estudiamos,…tantos y tantos momentos de los que sería imposible acordarse.

            Todavía hoy recuerdo el día en el que Nacho Fonseca me dijo que si quería cantar en “Xentiquina”. ¡Claro que quería, todos deseábamos  cantar en “Xentiquina”! Los cancios animaban las actividades que se celebraban en el centro. “Xentiquina” llevaba el nombre del colegio por toda la geografía asturiana, siendo incluso conocido en el territorio nacional, pues hoy en día es raro que un colegio cuente con un coro de música con una trayectoria como esta. Ya son 20 años de música dedicada a neños y neñes, en los que nunca nos cansaremos de tararear  “Bocadillu Rock” o “El coche’l maestru”.

            Cuando empezamos 1º de la E.S.O., sabíamos que nuestra infancia estaba apunto de acabar y por lo tanto nuestra etapa en el colegio. Nosotros seríamos última quinta que pasase 10 años en el Centro. Pero eso no fue un impedimento para que no siguiésemos disfrutando de la juventud.

            De esta etapa se sacan los mejores recuerdos, los más graciosos , los más especiales, las amistades, las parejas, los viajes, las horas jugando a cualquier cosa que ahora nos parecería absurda, pasar horas inventando situaciones utópicas,… Todo ello hace que podamos vivir sobre un mundo de sueños del que todavía queda mucho por escribir.

                                     Ana Álvarez Marco (Ex alumna)

La infancia, a mi parecer, es una de las mejores etapas de nuestras vidas. Discurre por el camino de la inocencia con suma rapidez pero a cambio nos deja dulces recuerdos de por vida.

Es el colegio uno de los escenarios de nuestra niñez, donde experimentamos multitud de sensaciones que han contribuido a nuestro desarrollo como niños y que nos han ayudado a afrontar lo mejor posible la adolescencia.

Para casi todos nosotros ese centro ha sido el colegio público de Lieres, que conmemora este año su 25º aniversario. Éste lugar ha sido testigo de las amistades más intensas que aún hoy perduran o aquellas que se han convertido en un grato recuerdo del pasado, de algún que otro amor juvenil fugaz, de reyertas infantiles en los recreos, y como no de numerosos eventos escolares: carnavales a todo color, finales de curso por todo lo alto, y “Magüestos” entre otros.

   Con ayuda de los maestros, los que por entonces fuimos alumnos preparábamos las fiestas con varios días de antelación y estábamos expectantes ante llegada del gran día.

   Vienen a mi memoria en estos momentos los lluviosos y fríos días de algunos otoños de hace varios años, en que durante las clases, sobre todo de Bable, mis compañeros y yo llevábamos a cabo parte de los preparativos del “Magüestu”. Recuerdo que en cierta ocasión, con motivo de esta fiesta, todos los escolares participamos en un concurso, en el que según el nivel, unos elaboraban carteles, otros obras literarias o ambos a la vez , todo ello relacionado por supuesto con esta celebración, donde algunos de los cuales resultaron premiados con medallas y trofeos.

   También todos colaborábamos con las exposiciones que eran propuestas: de clases de manzanas, de postres asturianos…

   Y tras la diversión amenizada por diversas actuaciones, como las de “Xentiquina” en el salón de actos-biblioteca, al menos en mi época los compañeros de cada curso organizábamos un pincheo, el cual era continuado en el patio con “les castañes asaes” que entre todos habíamos ido trayendo poco tiempo antes, y como no la sidra dulce que tanto nos gustaba repetir.

   Tras escribir estas líneas se hace inevitable la presencia de la melancolía al rememorar aquellos días de colegio, bien por el ambiente, las actividades, los juegos, los compañeros…

   Pero nuestro turno ya pasó, disfrutamos de todo ello mientras duró y las emociones siempre permanecerán en nuestra memoria. Son las generaciones venideras quienes deben vivirlo como nosotros hicimos una vez, ellos serán nuestros sucesores en los pupitres, es así. Ya no volveremos a recibir clase en las aulas del colegio de Lieres, pero es muy probable que nuestros descendientes lo hagan, y de nuevo se sucederán los acontecimientos entre sus paredes.

 Elena Arboleya García (ex alumna) 

Fuimos creciendo

    En septiembre de  1983 comencé a recorrer un camino que, sin yo saberlo, decidiría mi futuro profesional.

 Con los primeros años de escolaridad en el C.P. de Lieres llegaron los primeros compañeros,   los primeros “mejores amigos”, los primeros deberes y recreos…Fueron cursos tranquilos, con alguna que otra preocupación con la tabla de multiplicar y las reglas de ortografía. 

   El cambio al colegio de los mayores en tercero de primaria fue todo un acontecimiento. El edificio era muy grande y había muchos maestros que no conocía, y además ¡había que ir en autobús! En la escuela de abajo empezó una etapa de nuevas experiencias.  

   Descubrí que no iba a ser bailarina  en una actuación de fin de curso, en la que  de pronto mis pasos no iban ni con la música ni con la coreografía de mis compañeras de escenario.  

   En las clases de Educación Física me encontré con  una cosa muy dolorosa que aparecía tras dar cuatro vueltas al patio del colegio y que se llama “flatu”. Cada vez que sentía ese dolor descartaba la idea de enfocar mi futuro al deporte. 

    Recuerdo las comidas de Navidad, las excursiones y las fiestas de Carnaval. Tampoco me olvido de la carrera por rellenar la ficha de la biblioteca y leer más libros que nadie en la clase. Claro que, lo único que acababas leyendo era el resumen de la contraportada, a ver si de esta manera conseguías engañar al maestro. Pero él,  extrañado de que alguien leyese cuatro libros a la semana te hacia toda clase de preguntas que no sabías contestar y acababas confesando que no habías mirado ni la primera línea. 

   No olvidaré el día que nos despedimos de un maestro que nos había dado clase durante tres  cursos. Le regalamos una placa en recuerdo de sus alumnos y al verla lloró. Yo también me emocioné porque pensé “mira, nosotros también fuimos importantes para él”. 

   En la escuela me enseñaron las raíces cuadradas, a hablar inglés, a analizar oraciones, a tocar la flauta, a respetar a mis compañeros…Pero la principal educación que recibí fue el ejemplo, dedicación y paciencia de mis maestros del colegio de Lieres. Todos ellos han contribuido a desarrollar mi vocación por la enseñanza e influyeron en que estudiase Magisterio. Así que terminé mis estudios con la ilusión de poder seguir su ejemplo y transmitir a mis alumnos todo lo que aprendí de ellos. Todos siguen dándome clase a diario porque en ellos me inspiro cuando estoy con los niños, con la esperanza de ser tan importante para ellos como Javier, Ángel, Teresa, José Manuel, Lidia, Nacho, Mercedes, Eva y Núñez fueron para mí. 

 Paula Ramírez ( ex alumna)

Mi nombre es Andrea Ornia Noriega y estuve en este colegio hasta el año pasado.

  Empecé en 1º en este colegio. En 1º y 2º mi tutora fue Aurora y en 3º pasó a ser Ángel. También tuve otros maestros como Lidia (Educación Física), Eva (Religión), Merche (Inglés), Nacho (Música y asturiano). En 3º fuimos escogidos algunos niños para formar parte del grupo musical Xentiquina. Con este grupo íbamos a hacer actuaciones y las que más nos gustaban eran las que se hacían en horario escolar porque no teníamos clase. Estando en el grupo grabé dos discos.

  El curso que más me gustó fue 6º porque yo pienso que fue el más divertido. En este curso cambiamos de profesora de Inglés y vino Merche.

   Con ella hicimos actividades como una fiesta de Halloween, con juegos, y otra de Pascua, en la que teníamos que pintar huevos que ella escondía por nuestro pequeño bosque y los teníamos que encontrar. Tuvimos excursiones al Palacio de los Niños, a Levinco, al Picu Fario, al cabo Peñas, al Museo Marítimo, a la Biblioteca de Ventanielles en Oviedo a realizar unas actividades de la película “Charlie y la fábrica de chocolate” que previamente habíamos visto en clase,…

  Este año para Carnaval,  en clase (PAULA, IRENE, MAVERICK, JAIRO, JÉSSICA, OLMO, SARA, MARIO, JULIO, FERNANDO Y YO) nos disfrazamos de hippies con ropa vieja y estábamos muy originales. 

  El grupo Xentiquina en este curso estaba formado por:

  • En 6º Maverick, Fernando, Irene, Paula y yo.
  • En 5º Lara y Ainoa.
  • En 3º Andrea y Jonathan.
  • En 2º Paula, Fernando, Rocío y Tamara.

   Hicimos actuaciones en Cangas de Onís, Ceceda, El Berrón, La Felguera, el Teatro Jovellanos de Gijón, Fnac de Parque Principado,…Las actuaciones que más recuerdo son : una en un colegio de Somiedo, otra en Galicia en la que cantamos estribillos de algunas canciones en gallego y otra en la Pola. En esta última cantamos dos canciones de los Bettles y estuvimos ensayando mucho con nuestra profesora de inglés (Merche) para que nos saliera.

   En estos seis años he tenido momentos buenos y malos, pero la mayoría buenos. Espero que los niños que sigan y que empiecen nuevos se lo pasen  igual de bien que me lo he pasado yo aquí.

                          Andrea Ornia Noriega (Ex alumna)