Ejemplo de texto Yo, robot

Yo, robot

 

–¡Yo se lo preguntaré! -dijo-.
Una solución dada por él no puede herir mi vanidad. ¡Ven aquí! -añadió levantando la voz.
Herbie se levantó y se aproximó con pasos vacilantes.
–Sabes, supongo -continuó-, exactamente en qué punto del montaje se introdujo un factor extraño o fue omitido uno esencial…
–Sí -dijo Herbie, en un tono casi inaudible.
–¡Alto! -interrumpió Bogert, furioso-. Esto no es necesariamente verdad. Desea usted saberlo, eso es todo.
–¡No sea idiota! -respondió Susan Calvin-. Sabe tantas matemáticas como Lanning y usted juntos, puesto que puede leer el pensamiento. Dele ocasión de demostrarlo.
El matemático se inclinó y Calvin dijo: –Bien, pues, Herbie, dilo. Estamos esperando. -Y en un aparte, añadió-: Traigan l pices y papel.
Pero Herbie permaneció silencioso y con un tono de triunfo en la voz, la doctora continuó: –¿Por qué no contestas, Herbie? Súbitamente, el robot saltó.
–No puedo. ¡Ya sabes que no puedo! ¡El doctor Bogert y el doctor Lanning no quieren!
–Quieren la solución.
–Pero no de mí.
Lanning intervino, con voz lenta y distinta.
–No seas loco, Herbie. Queremos que nos lo digas.
Bogert se limitó a asentir. La voz de Herbie se elevó a un tono estridente.
–¿De qué sirve decir esto? ¿Creéis acaso que no puedo leer más hondo que la piel superficial de vuestro cerebro? En el fondo no queréis. No soy más que una máquina a la que se ha dado una imitación de vida sólo por virtud de la acción positónica de mi cerebro, lo cual es una invención del hombre. No podéis quedar en ridículo ante mí sin sentiros ofendidos. Esto está grabado en lo profundo de vuestra mente y no puede ser borrado. No puedo dar la solución.
–Nos marcharemos -dijo Lanning-.
Díselo a la doctora Calvin.
–Sería lo mismo -gritó Herbie-, puesto que sabríais que he sido yo quien he dado la respuesta.
–Pero comprender s, Herbie -prosiguió la doctora-, que a pesar de esto, los doctores Lanning y Bogert quieren saber la respuesta.
–Por sus propios esfuerzos -insistió Herbie.
–Pero la quieren, y el hecho de que tú la tengas y no se la quieras dar los hiere, ¿comprendes? –¡Sí! ¡Sí!
–Y si se la das, les herirá también.
–¡Sí! ¡Sí! -Herbie retrocedía lentamente y la doctora iba avanzando al mismo paso. Los dos hombres los miraban helados de sorpresa.
–No puedes decírselo -murmuró la doctora-, porque les herirá y tú no puedes herirlos. Pero si no se lo dices, los hieres también, de manera que debes decírselo. Y si se lo dices los herir s, de manera que no debes decírselo, pero si no se lo dices los hieres, de manera que debes decírselo; pero si lo dices hieres, de manera que no debes decirlo; pero si no lo dices…
Herbie estaba acorralado contra la pared y cayó de rodillas.
–¡Basta! -gritó-. ¡Cierra tu pensamiento! ¡Está lleno de engaño, dolor y odio! ¡No quise hacerlo, te digo! ¡He tratado de ayudarte! ¡Te he dicho lo que deseabas oír! ¡Tenía que hacerlo!
La doctora no le prestaba atención

–Debes decírselo, pero si se lo dices los hieres, de manera que no debes; pero si no lo dices los hieres también, de manera que…
Y Herbie lanzó un grito estridente…
Fue como una flauta aumentada hasta el infinito, un silbido desgarrador y penetrante que resonó en todos los mbitos de la habitación. Y cuando se desvaneció en la nada, Herbie se había desplomado, reducido a un montón informe de inerte metal.
–Ha muerto -dijo Bogert, lívido.
–¡No! -exclamó Susan Calvin, estremeciéndose y lanzando salvajes carcajadas-, no ha muerto, se ha vuelto loco. Lo he enfrentado con el insoluble dilema y ha sucumbido.
Podéis recogerlo ya, porque no volverá a hablar nunca más.

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