Sábado 27 Enero 2018

bruja-y-anciana-goya.jpgLa güela y la bruxa

Romance en asturiano transmitido por Gumersinda Fondón González.

Edición, notas y comentario de Ernesto Sánchez “Arfueyo”

 

Allá por el invierno de 1988 tuve la feliz idea de viajar al concejo de Ponga en busca de literatura folclórica con que fundamentar un trabajo universitario. Acababa de estrenar carné de conducir y coche de tercerísima mano; si escogí Ponga, fue por el secular aislamiento de aquellos lares, donde sabía que se celebraba un carnaval de inicio de año, el del “Guirria”, lo cual me hacía presagiar la conservación de algunas tradiciones orales; y también, he de confesarlo, por cierto instinto de cabra que tira al monte. Nada me vinculaba a aquellas gentes, por eso sin la hospitalidad de Manolo y sin la ayuda de Isabel, versión lugareña de Atenea que me abrió las casas y me presentó en las cocinas invernales, mi experiencia se hubiese limitado a una visión  externa del lugar como la que podía llevarse un turista o un peregrino. Conocí así de primera mano el modo de vida de estos supervivientes de la montaña asturiana y pude recoger un pequeño corpus de coplas, seguidillas y romances con que apoyar mis estudios. Y en una de esas cocinas, el bisoño folclorista de veintiún años tuvo la suerte de encontrarse con Mersinda, paisana de noventa y dos, todo un personaje, que entre retazos de su vida y otras composiciones tradicionales recordaba este singular romance en asturiano.

¿Qué seriá lo que-y dixo    Pachín a Rifaela1

el día de San Pedro    volviendo de la fiesta?

Elle non ta contentu,    non se oye cantar a ella.

La rapaza nun duerme,    el rapaz non sosiega

¿Qué seriá lo que-y dixo    Pachín a Rifaela?

-Les fabes nin tocales,    la lleche na escudiella2

¿Qué tienes que nun comes?    ¿Quiés matar a to güela?

Ven acá tú, mio gloria,    cuéntailo tou a to güela.

-Lo que me dixo Pacho    viniendo de la fiesta.

Díxome esto: “Niñina,    Pepona de Teverga,

que sabe echar les cartes      (…)

Fui a echáimelas el xueves,    faló d´esta manera:

-Tú quies barbaramente    a una roxina ñueva,

de güeyos faladores    y de boquina fresca,

pero la mociquina    ye ladina3, ye artera,

sabe que tú la estimas              y ella a ti te desprecia.

Si quies que te regale               mazaños de raneta4,

ve Pachín a la tenada5               cuando non estí la güela.

“Díxomelo la bruxa    nun sé lo que tú piensas”.

Y yo, güelina,              morríame de vergüenza.

Pacho nun va a la fuente    y nun va a la bolera

Y tengo un ñuedo quí,    güelina, que m´afuega.

-Conque fue la bruxona,    ¡déxalo de mio cuenta!

Sacó una teneblaria6    y, cuando estuvo inciensa,

virtió dientro de un cuerno    de vacalloria7, cera;

y con un escapulario8    colgólo de la Rifaela.

Y sale que te sale    pe la vereda ñueva.

-¿Será la tía Ramona?    -vióla pasar Pachín-

¿será la tía Ramona,    será o nun será ella?

Así me salve Dios,    non paece que esté cuexa.

Estaba allí la bruxa    sentada en su atalluela9,

fundíen les vidayes    sin casa de guedella10.

Tá tan consumidina,    tan flaquita y murienta

que en su cuerpo no hay    media llibra de febra.

Impués aquellas uñas    que a garfios s´asemeyan

“¿Qué vien buscar, cristiana?”    “Búscote a ti, ¿tás güena?

Soy la güela de una roxa    que llamen Rifaela

¿conócesla?”. “Conózola,    y sé que tien la neña

un novio cortexante    que ye bona comenencia.

Na so casa el llacón tá tirao,    a trompó11 la morciella

Y el pan de cada día    úntenlu con manteca”.

“Pes por eso yo vengo    que pusiste to lengua

en esos galanteos    que toquen a mio ñeta,

y anduviste falando    mal de la mio neña”.

“¿Mal yo? non”. “Mal sí, bruxona,    muyerón, sacavera12,

Y lo de les manzanes…    ¡Bruxona!, ¡Puñeflera13!

Non me mires ansina,    porque a mí non me agüeyas14,

que traigo aquí el rosario    (…)

y a un San Pedro bendito    que a les bruxes enfrena.

¡Si está loca por Pacho,    está pel amor ciega!

¿A qué santo dihisti    entós que lu desprecia?

(…)      Si antes que a casa vuelva

Non y devuelves la honra    y la alegría a mio ñeta,

Desfáigote los sesos    con la mio madreña”.

Cerquina tába Pacho    tres de una tuca15 d´herba

Y oyó la cuestión gafa16    que entablaron las vieyas.

Dio un ixuxú17, tirando    al aire la montera,

Y allá n´antrón, un poco llexos,    cantó la madalena18.

“Viviré una gloria    con la mio Rifaela”.

Notas al texto

  1. Rifaela. Obsérvese la disimilación vocálica.
  2. elle. Suponemos que por adición de “-e” paragógica al pronombre el.
  3. escudiella. Cuenco de madera o cerámica.
  4. ladina. Traidora. Deriva del primitivo sentido de “hispanojudía” a través de un desplazamiento semántico con connotaciones antisemitas.
  5. mazaños de raneta. Manzanas de la variedad reineta o de otras óptimas para la mesa como las minglanas. Nótese la inusual palatalización de la /n/ intervocálica
  6. tenada. Construcción tradicional de dos pisos: el bajo destinado a cuadra y la planta, abierta y ventilada, a pajar.
  7. teneblaria. Única vela que no se apaga durante el oficio de tinieblas del viernes santo. Este cirio, que representa a María, se retira a la sacristía cuando ya se han apagado todos los demás, mientras se entona un miserere.
  8. vacallora. Ciervo volante, insecto coleóptero
  9. escapulario. Relicario que se lleva colgado del cuello.
  10. atalluela. Banqueta baja de tres patas.
  11.  fundíen les vidayes. Las sienes hundidas.
  12. guedellas. Cabelleras.
  13. a trompó. En gran cantidad. Es voz inusual, su origen puede estar en una adverbialización del verbo asturiano atropar.
  14. sacavera. Salamandra.
  15. puñeflera. Puñetera, burlona.
  16. agüeyar. Echar el mal de ojo, perjudicar a alguien mediante artes mágicas.
  17.  tuca. Cono de heno agrupado en torno a una vara.
  18. gafa. Enconada, colérica, fiera.
  19.  ixuxú. Grito masculino de fiesta, alegría o guerra.
  20. madalena. Romance religioso que celebra la resurrección de Cristo.

Observaciones sobre la variante del bable de este romance

-          La palatalización de la /l-/ inicial latina se articula bastante retrasada, casi como /ll/ vaqueira, ante vocal palatal: lleche o llexos.

-          Hay palatalización de /n-/ inicial latina: ñuedo, ñeta, ñueva, tan general que aparece incluso en posición intervocálica en manzaños.

-          /w-/ y /bw-/ romances dan una velarización consonántica: güela, güena; sin embargo encontramos el término bona, tal vez por influjo del latín clerical.

-          La neutralización de rosam y roseam en roxa enturbia el sentido de esta voz.

-          Se produce alternancia expresiva entre non y nun.

-          Aparece aspiración oriental en dihisti.

-          Los femeninos plurales acaban regularmente en “-es”, sin embargo se prefiere “las vieyas”, tal vez por disimilación vocálica.

 

 

Sobre el género de la composición

No vamos desencaminados si clasificamos esta obra como un romance. La tirada de versos bimembres, si bien alejandrinos, en asonancia y el carácter narrativo de su estructura textual así parecen indicarlo. Ahora bien, sus particularidades nos impiden incluirlo dentro de la variedad genérica originada por disgregación de los cantares de gesta: no comparte los rasgos típicos de ese género que se consolida en época clásica y que siguió vivo en la tradición oral hasta su práctica extinción a lo largo del s. XX. La primera diferencia que encontramos con aquel grupo atañe a su lengua. El vehículo del romancero tradicional hispánico en Asturias es el castellano, así puede apreciarse desde la colección de Juan Menéndez Pidal, Romancero asturiano (1881-1910), compilada por la época en que nuestra Mersinda, a buen seguro, ya ejercitaba su memoria con los versos que le oía a su abuela. Esta vinculación del romancero con su idioma de origen permanece fiel en los pocos recitados que siguen capturándose hoy en día.

Otra divergencia, coherente con la anterior, tiene que ver con el entorno social en que se desarrollan los hechos. Frente a las geografías míticas, ya de Hungría, París o Sevilla, el color medieval de ballesteros o gavilanes, y el protagonismo de reyes, condesas, infantinas y caballeros del romancero hispánico, aquí se refleja el medio inmediato al proceso de recreación y transmisión oral. De hecho, la vívida pintura de ese entorno es uno de los ingredientes más sabrosos que guarda nuestro romance para el lector actual. La fuente, la bolera y las romerías como lugares de encuentro de los enamorados, la devoción a San Pedro, el oficio y las artes de la bruja, la fabricación del amuleto o ritual para la eliminación del mal de ojo, los humildes, y bien nutricios, signos de riqueza y la expresión de la alegría con ixuxús y cantos a la madalena sitúan las expectativas de recepción popular en un ámbito cercano y reconocible.

La propia estructura narrativa tampoco atiende al estilo característico del romancero, pues este suele concentrar la acción en una escena que se presenta sin prolegómenos y que a veces transita por terrenos más sugerentes que explícitos. El recitado de Mersinda guarda, en cambio, la forma de un cuento completo, aunque ciertamente muy sencillo. Ni siquiera el tono humorístico que impregna el enfrentamiento entre la abuela y la bruja conjuga bien con la gravedad característica de los romances más difundidos.

Autoría, contexto e intenciones

 

Todas estas diferencias nos sitúan ante un modo literario que se aparta del romance clásico, y suscitan de paso una cuestión enigmática: si esto no es un eslabón en la cadena de romances novelescos y sentimentales ¿cuáles fueron las circunstancias del momento de producción y del proceso creativo?

Si asumimos una perspectiva individualista, la visión idílica de la vida rural, unida a la utilización de la llingua, nos ponen en la pista de algún poeta de la tierra activo durante el siglo romántico. La vindicación entonces de la poesía natural y el interés por las esencias que constituirían el espíritu de los pueblos, ventiladas por los teóricos del romanticismo alemán, dieron brío al cultivo de la literatura en asturiano desde comienzos del XIX. Con todo, nuestro romance tendría difícil cabida en la antología inaugural de Xosé Caveda y Nava, Poesías selectas en dialecto asturiano (1839), afectada todavía por un estilo cultista, patente, por ejemplo, en el uso del endecasílabo o en la imitación de la poesía bucólica del neoclasicismo. En la reedición de Fermín Canella (1887) ya encontramos muestras de un mayor acercamiento a las formas tradicionales, como en los dos poemas conservados del benedictino Domingo Hevia. Esta aproximación al estilo popular se refuerza, por un prurito nostálgico, en las publicaciones americanas destinadas a los emigrantes asturianos. Su mención viene a propósito porque Mersinda fue una de los miles de asturianos que buscaron en América lo que no tenían aquí: marchó con su marido a Cuba, donde adquirieron tierras que terminarían siendo expropiadas por la revolución castrista. Alguno con más paciencia, erudición y medios pudiera buscar concomitancias de nuestro romance entre los Testos en llingua asturiana n´el Progreso de Asturias de la Habana (1919-1925). Por cierto, en relación con la nota biográfica, hacia finales de 1934 encontramos a nuestra pongueta de vuelta en el puerto de Gijón, la fecha la deducimos de la desagradable impresión que, según decía, le causó ver la tierra de Pelayo dominada por los moros. Se refería indudablemente a las tropas de regulares africanos que sofocaron las revueltas de las cuencas mineras. Si capearon la guerra civil en Cuba o la sufrieron aquí, no lo recordamos.

Sea quien fuera el autor de la primera versión, el texto parece haberse adaptado con posterioridad al estilo nemotécnico de la poesía oral. Las muestras de lenguaje formulario y los deslices métricos apuntan en este sentido. Nótese, por ejemplo, el hemistiquio eneasílabo del penúltimo verso. Tales fluctuaciones están a veces motivadas por la dicción teatral: durante la actualización del romance, la recitadora suplía con un silencio dramático la brevedad del primer hemistiquio del verso “y yo güelina… morríame de vergüenza” logrando así compensar el ritmo con una reticencia muy expresiva.

El repertorio del poeta oral dispone de algunas piezas intercambiables entre diversas composiciones, los llamados tópicos por algunos teóricos como E. R. Curtius o Zumthor. Estos recursos iterativos pueden ser simples sintagmas, como los que introducen el diálogo (“Díxome esto…”, “faló d´esta manera…”)  versos enteros, partes de una conversación, rasgos asociados al tema que se describe o incluso elementos de la estructura profunda, como son los esquemas narrativos. Las paremias evidencian esta tendencia al trasvase intertextual; aquí encontramos una referencia al “Padre nuestro”:  “Y el pan de cada día…”, aunque rematada con final no apto para la versión hebrea:  “… úntenlu con manteca”. Piezas exógenas parecen los versos: “Si quies que te regale   mazaños de raneta,/ ve Pachín a la tenada   cuando non estí la güela.”, hexadecasílabo el último y, además, un tanto incoherentes en el discurso de la bruja. La misma descripción de la bruja está llena de rasgos convencionales: filamentosa, cabeza calva y calavérica, uñas como garras. La querencia de la narración oral hacia los diálogos en estilo directo tiene aquí una interesante muestra en la serie de intervenciones que se van insertando dentro de la explicación de la Rifaela a su abuela. Y en fin, el relato de la victoria del héroe sobre el monstruo para devolver la felicidad al reino ¿verdad que nos suena de algo?

Amén de entretener, la intención poética inmediata de este romance en su entorno comunicativo natural consiste en conjurar el miedo a las fuerzas oscuras de la discordia representadas por el arquetipo de la bruja. La sabiduría y determinación de la abuela, muy a menudo también transmisora oral del cuento, protegen contra esas amenazas que se urden en la sombra contra la felicidad de la pareja. Pero hay otro mensaje ideológico que trasciende de estos versos de modo más sutil. Hemos de tener en cuenta que el oficio de sanadora era corriente en la sociedad que nos ocupa. Lo desempeñaban mujeres que sabían de yerbas y conjuros –folcloristas actuales han recopilado algunas de estas fórmulas- , y que al poder de sanar gentes y bestias agregaban el de leer augurios, purificar clientes o hechizar enemigos. Su oficio es vestigio de una ancestral religiosidad animista y matriarcal. Significativamente, la abuela esgrime contra la bruja todo un arsenal de símbolos cristianos: escapularios, gotas del velón pascual y hasta a San Pedro bendito. La conclusión es clara: la religión oficial, luminosa, declarada, aun en sus formas más superficiales, vence al influjo maligno de las creencias atávicas. Por una coincidencia reseñable, el nombre del pueblo donde recogí esta pieza viene de molde para demostrar el mestizaje que en alguna edad pretérita debió de producirse entre ambas creencias, pues al nombre de San Juan une el apellido de Beleño. Y resulta irónico que Mersinda, tan anticlerical ella que había espantado de su casa a más de un sacerdote largándoles el “Sermón del cura de aldea” (que en otra ocasión transcribiré), se prestase inconscientemente a difundir la fe en las reliquias oficialistas.

Esta pieza que nos hemos encontrado entre la niebla del pasado mientras subíamos a Ponga seduce tanto por lo que dice como por el mundo perdido que refleja brumosamente entre sus versos. Si admitimos la hipótesis de que el poema tuvo su origen como obra popularizante de un ignoto autor individual, luego asumido y transformado por la tradición oral, nuestro papel en la cadena semejaría al del trapecista que recoge al vuelo una ágil gimnasta, después de que se haya lucido con una sorprendente pirueta, para dejarla sana y salva sobre la plataforma. Desearíamos con todo ser el penúltimo eslabón, y que esta pieza conservada entre la escarcha encontrase una cocina de leña donde ir recuperando el pulso.

ernestoss @ 20:24
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Apreciadísimo internauta

Lunes 10 Abril 2017

sirenas-de-odiseo.jpg

Siento comunicarte que has equivocado tu singladura. Ninguna carta de navegación emplaza, ni siquiera menciona, este islote perdido en la red. Solo un error en tu ruta o una galerna imprevista han podido arrojarte a estas costas. Como ves, nada invita a detenerse en ellas; las playas están tapizadas de algas podres entre las que se esconden plásticos hirientes y peces escorpiones. Cierto que tierra adentro los miradores son luminosos, hay buena música y los lotófagos son monstruos tranquilos. Pero enseguida desearás volver a las autopistas y a los estadios animados por el hormiguero humano; no te inquietes, más difícil lo tuvo Odiseo y retornó, tarde y gracias al augurio de Tiresias en la Nekya, a reconquistar su trono en Ítaca. Aquí puedes ser más diligente: clica a la página anterior y en un suspiro te hallarás en aguas conocidas. Pero si derivas por el placer insensato de navegar sin rumbo, y no temes que caiga la noche sobre las negras naves, el islote ofrece varios canales con anchura y calado suficiente para salir indemne. Lo que no sabría decirte es adónde llevan. Ya tardas.

https://arfueyo.wordpress.com/

ernestoss @ 10:27
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