Artículo de Antonio Muñoz Molina en El País

18 06 2012

Antonio Muñoz Molina en El País

Que todo suceda tan rápido será un signo de estos tiempos angustiados. Afilada por la expectación de lo inminente y lo casi siempre temible la conciencia no tiene más remedio que mantenerse más alerta que nunca. El sábado por la noche, en una cena familiar en la que se discuten las últimas noticias alarmantes, escucho por primera vez el nombre de un helenista español que vive en Atenas y que escribe desde allí un blog sobre Grecia. El domingo, en la feria del Retiro, un librero me pregunta si conozco a Pedro Olalla y cuando le digo que no me regala Historia menor de Grecia, diciéndome que no puedo dejar de leerlo: entonces caigo en la cuenta de que su autor es el mismo del que oí hablar por primera vez la noche del sábado. Como el libro es de Acantilado incita en seguida a que las manos lo abran y entra por los ojos. En el taxi de vuelta a casa ya lo voy hojeando mientras la radio salta del fútbol a las noticias sobre el rescate financiero de España. Esa noche me quedo leyendo hasta que se me cierran los ojos. Solo he interrumpido la lectura para buscar por Internet el rastro de Pedro Olalla, que resulta ser un hombre joven y enjuto que habla y escribe con la misma solvencia sobre la Grecia clásica y la Grecia de ahora, sobre el fundamento griego de casi todas las cosas mejores que tenemos y sabemos y sobre el desastre de una Europa subordinada a los grandes poderes económicos, deshabitada de ciudadanía, estragada por clases políticas incapaces y corruptas.

Soy más proclive a pensar en la tradición de los griegos porque hace solo unos días he estado en el lugar donde la descubrí. He visitado el instituto donde hace cuarenta años oí hablar por primera vez de Homero, de Sócrates, de Pericles, de la idea de la democracia y del pensamiento racional, del individuo como ciudadano, del héroe trágico que ejerce su libertad y ha de hacer frente a las consecuencias de sus actos. Ante un grupo de adolescentes bastante burdos y con frecuencia desganados, un profesor entonces mucho más joven de lo que nos parecía a nosotros explicaba los enigmas de la lengua griega y hablaba apasionadamente de dioses y héroes, de la guerra de Troya y la ceguera de Edipo y la condena injusta de Sócrates. Aquel profesor, don Francisco Navarro, habría merecido que le hiciéramos más caso. Y aunque uno andaba trastornado por sus efervescencias hormonales y por su hosca y confusa rebeldía algunas cosas se le quedaron para siempre de aquellas clases de Griego: el gran arquetipo narrativo del viaje de Ulises, por ejemplo; la idea de la resistencia frente a la tiranía, representada heroicamente por las ciudades griegas que se unen contra la invasión de los persas; la noción del individuo que somete a duda los dogmas acatados por todos y que en nombre de su soberanía personal está dispuesto a morir. Si teníamos la capacidad de imaginar un sistema político en el que se pudiera respirar más anchurosamente que en aquel país eclesiástico y cuartelario en el que habíamos nacido era gracias a que unos griegos de veintitantos siglos atrás habían inventado la palabra y la idea de la democracia.

Mucho más habría podido aprender si hubiera prestado atención, pero una palabra que le escuché por primera vez a mi profesor de Griego la he tenido siempre presente: hubris. La hubris era la desmesura en la ambición o el exceso de confianza en las propias fuerzas que ciega a los soberbios y los empuja al desastre. En todo empeño humano hay un límite, una medida que la embriaguez del poderío o del éxito anima a traspasar. El soberbio es el único responsable de su propia perdición, pero las consecuencias de su insensatez arrastran también a los inocentes y a los débiles. No es un mal dictamen para comprender estos tiempos.

El aula de instituto en la que yo aprendía estas cosas a los quince y dieciséis años podría formar parte de la trama del libro de Pedro Olalla. Por su título y su portada parece que trata en exclusiva de la Grecia clásica, pero va mucho más allá, y llega mucho más cerca de nosotros. Cada breve capítulo es como una polaroid en la que la imaginación literaria se combina con el conocimiento histórico más serio para ofrecer un episodio de los orígenes o de la larga cadena de transmisiones y resonancias de la actitud humanista hacia el mundo, que es el legado específico de los griegos. En las costas de Jonia, en torno al año 750 antes de Cristo, un poeta decide que además de los hechos de guerra y las proezas de los héroes contará sus debilidades humanas, su capacidad de ternura o de sufrimiento; en Atenas, el año 431, todavía en los principios de la guerra del Peloponeso, Pericles pronuncia un discurso fúnebre en el que celebra la libertad personal y el respeto a las leyes de todos como rasgos de la ciudadanía; en Alejandría, dos siglos después, un poeta llamado Dioscórides copia sobre un papiro unos versos celebrando la belleza y la sensualidad de su amante Doris; el año 10 de nuestra era Pítilo, ciudadano de Antigonia, dedica en un templo la inscripción en piedra en la que conmemora la liberación de sus esclavos. Todo sucedió hace mucho tiempo y ayer mismo: Eratóstenes calcula con precisión asombrosa el diámetro de la Tierra; se funda la biblioteca de Alejandría y al cabo de unos siglos ya está incendiada y no quedan ni ruinas de ella; la filósofa Hipatia es martirizada por una chusma de cristianos fanáticos; Petrarca recibe unos códices recién llegados de Bizancio que contienen la Ilíada y la Odisea y apenas puede descifrar unas palabras, porque no sabe griego; solo en su torre, en 1571, Montaigne decide que irá tomando apuntes de sus lecturas de los maestros griegos y latinos, y nutriéndose de ellos funda la conciencia moderna. En 1955, en la isla de Ischia, un arqueólogo descifra en los fragmentos recién excavados de una copa de barro la que bien podría ser la inscripción más antigua en griego…

Pedro Olalla dice que aspira a ser rigurosamente histórico en cuanto al contenido y rigurosamente literario en cuanto a la forma. En ese propósito se parece al inmenso Gibbon, que en los miles de páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano junta la potencia narrativa de varias docenas de novelas. Y también me recuerda las melancólicas evocaciones de la historia antigua de Cavafis, y esas viñetas históricas insuperables en las que Borges mezcla la erudición de Gibbon con las visiones fantásticas de Marcel Schwob. La trama abarca milenios y sus ramificaciones son casi ilimitadas, pero la médula de lo que Pedro Olalla quiere contar es el devenir de la noción ilustrada del individuo autónomo y la sociedad libre gobernada por la ley. En cada ser humano y en cada momento de la historia se está debatiendo siempre la primacía de la racionalidad o de la barbarie oscurantista, la de la libertad o la sumisión. El ahora mismo es un capítulo en esa Historia menor que Pedro Olalla podría seguir escribiendo.



El voto del domingo, artículo de Pedro Olalla en La Vanguardia

17 06 2012

Atenas 13/6/2012

Las elecciones del próximo domingo en Grecia mantienen a Europa en una gran expectativa. La causa, más allá del habitual ruido mediático que suele acompañar a todos los comicios, es que, esta vez, el resultado es muy trascendente. ¿Qué se decide? Se decide entre otorgarle o denegarle la legitimidad democrática a la política impuesta hasta el momento de forma coercitiva desde el nucleo neoliberal europeo. Ni más ni menos. Por eso es trascendente, y no sólo para Grecia, sino para la democracia como proyecto.

Este domingo, en Grecia, no se vota a un partido: se vota si dar continuidad a un régimen o abrirse a la posibilidad de subvertirlo. Una y otra opción tienen sus riesgos, si bien los medios del establishment se esmeran en agigantar los de la opción de cambio mientras guardan un perverso silencio sobre los de la opción de continuismo.

Durante los dos últimos años, la parte más progresista del pueblo griego ha estado clamando en las calles y en el ciberespacio contra flagrantes injusticias derivadas de las políticas de austeridad y de recortes, impuestas por reducidos grupos que actúan sólo por su propio interés económico; clamando contra los procedimientos antidemocráticos por los que un grupo limitado de políticos colaboracionistas ha comprometido la soberanía y los recursos del país con la firma de onerosos Memoranda; clamando contra la arbitraria suspensión de un referéndum ya anunciado, y abortado por el temor y las presiones de la derecha neoliberal europea; clamando contra un gobierno de agentes y de títeres, impuesto al margen de las urnas para ejecutar los planes de una élite concreta; clamando un día y otro por la democracia y la justicia, ante oídos sordos, falanges policiales y cortinas de gases lacrimógenos.

Las elecciones del próximo domingo son trascendentales para Grecia y Europa, porque, por vez primera en todo este proceso, la voz sonora de la disidencia frente a esta “hoja de ruta” neoliberal y globalizadora tiene la posibilidad de transformarse en acción política por vía democrática. Y esto es muy importante, tan importante como la caída de un régimen, de ahí el desasosiego del establishment griego y europeo y su desesperada campaña de desprestigio y miedo. Los “numerarios” del bipartidismo clientelista griego saben perfectamente que serán derrotados para siempre si pierden estas elecciones, saben que se acaba el juego, y lo sabe también la detestable oligarquía beneficiaria de sus políticas de endeudamiento, privatizaciones y rescates. Y no nos engañemos: el nerviosismo que ahora recorre los despachos europeos y los consejos de administración de la gran banca tiene este mismo origen.

El gran fracaso de los comicios griegos del pasado mes de mayo fue que la resistencia frente a esta política de depredación y abusos no fue capaz de trazar a tiempo una línea de mínimos y unir sus fuerzas en un frente común para ganar las elecciones. Ahora puede hacerlo. En estos momentos, el voto pragmático para que pueda haber un cambio progresista de política, para que se depuren responsabilidades y para que se ponga freno al sistema de sometimiento a través de la deuda, lo tiene únicamente Syriza, y cuantos en Europa desean de verdad abrir la posibilidad a ese cambio deben ahora apoyar a Syriza, por encima de los lógicos recelos y de las eventuales diferencias. Para que algo cambie hay que vencer el miedo y que asumir el riesgo, y me parece abominable la actitud del KKE (Partido Comunista de Grecia), que pide expresamente en su campaña que no se vote a Syriza, prefiriendo una clara victoria del bipartidismo continuista –que les permita seguir cínicamente instalados en su sistémica oposición retórica–, al esperanzador triunfo de un partido de mayor afinidad ideológica, que les dé terreno para colaborar de forma constructiva en las tareas de gobierno.

Atención: no es el euro ni Grecia, es la Democracia lo que está en crisis; y los europeos hemos de espabilarnos de una vez, dejar de actuar como cómplices del engaño, y decidir con valentía si empezamos a luchar por valores o seguimos defendiendo intereses. Si, este domingo, los griegos que acudan a las urnas consiguen con su voto abrir en Europa la posibilidad a este cambio, este pequeño pueblo habrá realizado sin duda otra de sus aportaciones al progreso de la humanidad en su conjunto.

Artículo publicado en La Vanguardia (14/6/2012)



Artículo de Pablo Huerga en La Nueva España: Desde la patria espiritual de la civilización

13 06 2012

La presentación del nuevo libro de Pedro Olalla, “Historia menor de Grecia”, como lección de economía de un intelectual comprometido.
En el Antiguo Instituto de Gijón, hace menos de un mes, el asturiano Pedro Olalla presentó su último libro, «Historia menor de Grecia», (publicado por Acantilado, abril 2012). El acto fue verdaderamente interesante, no solamente por las ideas que apunta en su libro, que invitan a leerlo con sumo interés, sino porque hubo ocasión de volver a discutir y reflexionar acerca de las amenazas que se ciernen sobre nosotros, tomando como referencia lo que está ocurriendo en Grecia. Era inevitable que el coloquio se centrara en estos asuntos, y hay que reconocer a Pedro Olalla su generosidad y paciencia para responder a todas las preguntas que un público preocupado y expectante le hacía. Este artículo quiere ser una crónica de ese coloquio.

Como decía el autor del libro, Grecia ya no es para nosotros una referencia de nuestro pasado, sino, tal vez, desgraciadamente, «la imagen de nuestro inmediato futuro». El Estado griego ha reducido gastos en inversiones necesarias, ha subido y ampliado el elenco de impuestos y está sometiendo a sus ciudadanos a una presión psicológica suicida. Todo el dinero que recoge y ahorra el Estado está dirigido a pagar las deudas exteriores derivadas de la nefasta política del euro. Si los países hacen caso de las «exigencias» europeas, necesariamente cada vez un mayor porcentaje de su riqueza empezará a coger la ruta de los paraísos fiscales, hacia las arcas de los bancos que tienen su sede en Suiza, París, Fráncfort o la City de Londres. La dificultad que señala Pedro Olalla es que han sido precisamente las castas políticas de nuestras debilitadas y degeneradas democracias las que han contribuido, mediante la firma de pactos que sellan las estrategias financieras, a la depredación contra los estados.

Durante el acto comentó parte del público leyendas que los periodistas han aireado, según las cuales han sido los propios ciudadanos los que, viviendo «por encima de sus posibilidades», han generado esta situación de bancarrota de los estados. Pedro Olalla apuntó con gran acierto que esa no es la causa de la situación actual. Una cosa es que haya fraude y picaresca, y otra muy distinta lo que está ocurriendo también en España. Se trata de una «guerra declarada», un ataque deliberado de corporaciones y estados fuertes, que trata de expoliar los estados, debilitarlos y reducirlos a la servidumbre, mientras que con esa ingeniería financiera se contribuye a la acumulación de capital cada vez en menos manos, que redunda en una impresionante usurpación del poder político, ilegítima, ilegal y fascista. Olalla señaló que se ha conseguido conectar picaresca y crisis como si nosotros mismos hubiéramos sido los verdaderos causantes de la situación. Esta conexión es el Santo Grial del poder financiero internacional, y la base que sustenta la legitimación mediática de esta guerra económica. El periodismo profesional ha contribuido a confundir a la opinión pública divulgando opiniones y chismes que no responden a la realidad. Por ejemplo, hablando de las últimas elecciones en Grecia, han identificado al partido de izquierda griego («Syriza») -que ha tenido tan buenos resultados- con un partido radical extremista, cuando lo cierto es que se trata precisamente de un partido moderado, aproximadamente como es aquí IU, pero sin comunistas, porque en España IU incluye al PCE, mientras que el partido comunista griego, KKE, comparece en las elecciones sin alianzas. Pedro apuntaba en este sentido la necesidad de que los partidos de izquierda alcancen la formación de un frente común para exigir un replanteamiento de las directrices políticas y económicas de Grecia: no tanto -o solamente- la salida del euro, cuanto el negarse a aceptar las condiciones que «Europa» está exigiendo, que es lo que hay que hacer.

¿Por qué los periodistas profesionales contribuyen a la confusión? Nadie lo sabe. En todo caso, esta confusión mediática ha convertido a personas como Pedro Olalla en figuras francamente imprescindibles. Sólo con intelectuales comprometidos es posible que tengamos información fidedigna y responsable acerca de lo que ocurre en nuestra más inmediata realidad. Una de las cosas que todos los asistentes agradecimos a Pedro Olalla fue que haya recogido esa necesidad de convertirse en reportero de Grecia o, lo que es lo mismo, en una de las voces más autorizadas para denunciar los ataques que el poder financiero está dirigiendo contra todos nosotros, contra España, contra los pueblos, contra la civilización, que nació en Grecia.

Estos ataques obedecen a los parámetros políticos que desde hace muchos años los ideólogos del nuevo orden mundial llevan preparando. Jeremy Rifkin, sin ir más lejos, ya hace más de quince años vaticinó (solicitó, recomendó al emperador norteamericano, de quien era asesor) el fin de los estados como el paso necesario para alcanzar una nueva era definida sobre una noción de hombre nuevo, tal como lo perfiló Tocqueville: «Hombres girando cada uno en torno a sí mismo, procurándose pequeños placeres vulgares con los que llenar sus mentes». El ideal de una Unión Europea está resquebrajado. Pero nuestros políticos nacionales y europeos aceptan de buen grado la destrucción de los estados más débiles «esos que los cerdos llaman pigs» -Olalla dixit-, bien con la esperanza de beneficios extra, bien con la miopía de quien no sabe lo que está haciendo o, en el peor de los casos, creyendo de buen grado que lo que se está obligando a hacer a nuestros países es verdaderamente bueno. El proyecto europeo dominado por los grandes capitales, y encorsetado por políticos miopes, despiadados o estúpidos -esa es la duda-, se está derrumbando, para mayor gloria del imperio anglosajón. Hace algunos años Fritz Stern escribió un magnífico libro, «El mundo alemán de Einstein», en el que reflexionaba sobre la enorme promesa cultural que significaba Alemania, su potencial capacidad para liderar al mundo, a finales del siglo XIX. Lamentando cómo ese potencial sólo sirvió para destruir Europa, hoy, cuando vemos esa mueca fija de Merkel, sabemos que de nuevo se están despilfarrando las esperanzas nacidas de la reunificación alemana y del «proyecto» europeo. Sin duda, el libro de Pedro Olalla «Historia menor de Grecia» contribuirá a perfilar el discurso necesario de un intelectual comprometido, que ha sabido desembocar en un análisis político audaz sobre el presente, desde la raíz de la cultura europea y mundial, desde la patria espiritual de la civilización, desde Grecia.

Enlaza aquí con el mismo artículo en LNE Digital



Artículo de Antonio Rico en La Nueva España: Memorias de Grecia para ser leídas en el ascensor

11 06 2012

La mirada humanista del profesor asturiano Pedro Olalla sobre la historia de un país acosado por la coyuntura económica

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Hace siglos que sabemos que la Tierra no permanece quieta en el centro del universo suspendida de la nada, pero nos está costando entender que Europa no permanece quieta en el centro de la crisis suspendida de los mercados. Y quien dice Europa dice Grecia. ¿Por qué Grecia? Ya no tenemos con nosotros a la gran helenista Jacqueline de Romilly para contestar a esta pregunta, y casi todos los helenistas han sido barridos del mapa de Europa por los mercados, la prima de riesgo, las agencias de calificación, la deuda soberana y toda esa metafísica financiera con la que algunos justifican la estafa de la crisis. Los nuevos sabios de la economía nos piden sacrificios y sentido común, pero no fue el sentido común lo que hizo grande a Aquiles. ¿Por qué Aquiles? ¿Por qué Homero, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno? ¿Por qué Grecia, si sus templos están en ruinas? ¿Por qué interesarse por la historia, si el presente es urgente y el pasado es sólo importante? El helenista (sí, helenista), escritor, profesor, traductor, fotógrafo y cineasta Pedro Olalla (Oviedo, 1966) ha escrito un libro urgente sobre la historia de Grecia que arrojará luz sobre nuestro importante presente porque, como dice el escritor asturiano y embajador del helenismo, el fin de la historia es mejorar el mundo y, además, ya es hora de que alguien nos ayude a responder a la pregunta «¿Por qué Grecia?».Historia menor de Grecia no es novela histórica y no es historia novelada. Tampoco es un ensayo histórico ni, mucho menos, historia ensayada. No es un manual de historia de Grecia para eruditos, ni alta divulgación para iniciados, ni siquiera una introducción al mundo griego especialmente indicada para todos aquellos que creen que Grecia es un país con algo de historia, un poco de presente y ningún futuro. Pedro Olalla podría haber escrito una novela histórica, una historia novelada, un ensayo histórico, una historia ensayada, un manual universitario, un libro de alta divulgación o un texto divulgativo para uso de alemanes abducidos por la metafísica de la crisis, pero ha preferido ofrecernos, como dice el sugerente subtítulo de Historia menor de Grecia, una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos.

En la bellísima introducción (cuatro páginas que nuestros políticos deberían leer antes de sacar la tijera), Pedro Olalla dice que todo lo que se cuenta en Historia menor de Grecia ha sucedido, y si no ha sucedido así, al menos influyó en la historia posterior como si así hubiera sido, lo cual es asimismo una forma de suceder. Como Memorias de Adriano, las maravillosas memorias ficticias del emperador romano escritas por Marguerite Yourcenar, una obra meticulosamente documentada que ofrece una visión verosímil y profunda del pensamiento y de la obra de Adriano, Historia menor de Grecia es una delicia literaria con un contenido rigurosamente histórico. Así pues, Pedro Olalla ofrece al lector unas «Memorias de Grecia» que no se limitan a diseccionar con precisión de cirujano y exactitud de poeta a grandes personajes de la historia de Grecia como Homero o Pericles (que también), sino que nos llevan a Alejandría con Demetrio de Falero (295 a. C.), a Roma con los filósofos Carnéades, Diógenes y Critolao (155 a. C.), al puerto de Esmirna con Ignacio de Antioquía (107), a Adrianópolis con Roger de Flor y los principales caballeros de la Compañía Catalana (1305) y, por supuesto, a Atenas, aunque sea la Atenas ocupada por los turcos y acosada por la artillería del veneciano Morosini (1687). ¿Por qué todo esto no forma parte de la historia «mayor» de Grecia, sino sólo de la «menor»? ¿Acaso porque no son grandes hechos, como apunta Pedro Olalla, y no aparecen en los libros de texto? Concedámoslo. Pero sí concedemos también que los hechos «menores» que forman Historia menor de Grecia muestran la grandeza, la vileza o la contradicción de la condición humana mejor de lo que haría un manual con los «grandes éxitos» de los griegos.

Los 126 capítulos de Historia menor de Grecia abarcan desde las costas de Jonia oriental, en el mar Egeo, en torno al 750 a. C. (un aedo se propone componer un poema sustentado en la escritura en vez de en la memoria), hasta la isla de Ischia, la antigua Pitecusa, en Italia, en 1955 (Giorgio Buchner recompone una copa de barro hallada en la tumba de un muchacho fenicio). Son capítulos cortos y, a veces, muy cortos que se pueden leer en el ascensor o en la parada del autobús. Son capítulos bellos y, casi siempre, muy bellos que se deberían leer después de ver el telediario o escuchar una rueda de prensa de Mourinho. Página a página, vuelven a la vida filósofos como Anaxágoras, a punto de partir para Lámpsaco después de ser condenado por impiedad en Atenas (433 a. C.), o como Aristóteles, que se pregunta en el Ninfeo de Mieza, Macedonia (339 a. C.), si habrá conseguido despertar en el alma del joven Alejandro y de sus amigos el asombro y el cuestionamiento. Capítulo a capítulo, nos acercamos a Eratóstenes de Cirene, que se propone calcular el tamaño de la Tierra (230 a. C.), escuchamos las reflexiones de Filón de Alejandría (40), sufrimos con la ruina de Atenas tras ser destruida por los hérulos (267), acompañamos a Juliano el Apóstata en un sueño imposible (361), espiamos a Teodosio cuando dicta al escriba el edicto en el que desea que todas las gentes gobernadas por él profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos (380), entendemos por qué el Papa Gregorio revoca el decreto de nulidad sobre el bautismo de los griegos, de forma que el bautismo ortodoxo se considera nuevamente válido (1235), y hasta saboreamos la almástiga de Quíos, un líquido con virtudes medicinales que mana de los árboles. Página o página, capítulo a capítulo, la historia menor de Grecia se hace mayor.

El filósofo pitagórico Parón decía que en el tiempo se engendra el olvido y proclamó al tiempo rey de la ignorancia. Pedro Olalla ha escrito Historia menor de Grecia precisamente para destronar al tiempo como rey de la ignorancia y proclamar al tiempo como maestro de la vida. El tiempo, la historia, nos habla de la fragilidad de la civilización y de lo efímero de sus conquistas, que han de ser defendidas día a día. En todo momento, sobre todo después del telediario y de las ruedas de prensa de Mourinho. Y en todos los lugares, incluidos el ascensor y la parada del autobús.

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¿Qué os parecen los exámenes de junio 2012 de la PAU de Latín y Griego?

7 06 2012

Parece que las dos opciones del examen de Latín han estado bastante bien, ajustadas a lo que los alumnos pueden y deben saber. En cuanto a los exámenes de Griego, la opción A es muy aceptable, en cambio la opción B parece haber despertado ciertas dudas entre los profes de Griego y no digamos ya entre los alumnos.

¿Qué os parece?



Los destructores de Europa, último artículo de Pedro Olalla

4 06 2012

Jueves, 31 de Mayo de 2012

 Si, dentro de unos meses, la moneda única y la Unión Europea comienzan a venirse abajo, habrá que “agradecérselo” a Merkel, Sarkozy, Barroso, Draghi, Strauss-Khan, Lagarde y a sus respectivos círculos de influencia. Ellos no son los únicos, claro está, pero en estos momentos son los más visibles.

 Ahí donde “Europa unida” era, desde su nacimiento, un sueño frágil e inspirador de múltiples recelos, estos personajes han conseguido en los últimos tiempos minar por completo su “credibilidad” (por usar un término resemantizado por la tecnocracia financiera neoliberal). Y lo han conseguido a base de convertir dudosos postulados económicos en incuestionables dogmas políticos. Bien es verdad que han tenido a su favor una “escuela de pensamiento económico único” con pocos disidentes, unas élites económicas nacionales contentas y beneficiadas de esa situación, una clase política cómplice y partícipe durante demasiado tiempo, unos medios de comunicación muy fieles a la voz de su amo y una ciudadanía dormida en los laureles de un aparente confort.

 ¿Y ahora qué? En diez años de vida, la moneda única europea ha generado concentración de capital en los países del nucleo duro y deuda en los de la periferia. Ahora, para poder mantenerse en “Europa” o para que “Europa” pueda mantenerse, dicen que hay que rescatar la economía virtual de las finanzas con la economía real de la producción; o peor aún, que hay que pagar la deuda de la especulación financiera y los desmanes de la prolongada connivencia entre la élite económica y la clase política con las conquistas del estado social y de la democracia. Dicen que hay que seguir confiando en el FMI, pese a los más que controvertidos resultados de sus intervenciones en 120 países y a la evidencia de los intereses que de facto representa. Dicen que hay que perseverar en la “lógica” de que el Banco Central Europeo preste dinero a la banca privada a muy bajo interés para que ésta financie al Estado a un interés muchísimo más alto. Dicen que hay que rescatar y recapitalizar a esa banca privada con el dinero de los contribuyentes, al tiempo que a éstos se les suben los impuestos y se les recortan los sueldos, las prestaciones, los derechos y las condiciones laborales en nombre de supuestos “planes de austeridad”. Y se atreven a decir, incluso, que hay que elevar a norma constitucional el pago preferente a los acreedores por encima de cualquier prioridad de la ciudadanía o del Estado. Éstas son las recetas para “solucionar la crisis” y para sobrevivir en el caos que ellos mismos han creado. El cinismo es tan enorme que los máximos exponentes de la pleonexía van ahora de apóstoles de la austeridad.

 En todo este desastre, una cosa ha quedado bien clara: que Europa no ha conseguido aún ser un proyecto democrático, progresista y solidario. Aunque no lo parezca, ya no tiene sentido seguir perdiendo tiempo hablando cada día de la deuda, de la austeridad y de los rescates. Lo que Europa necesita de verdad es un cambio, un cambio profundo que la convierta de una vez en un proyecto político y social en beneficio de todos y que la aparte de este “master plan” para grandes superficies comerciales que guía últimamente sus pasos, de estas recetas neoliberales que podrán ser válidas para crear negocios lucrativos pero que no valen para organizar sociedades. Europa necesita urgentemente un cambio de signo si quiere sobrevivir a lo que se le viene encima. Las segundas elecciones de Grecia, la amenaza a la continuidad del euro y lo que está bullendo ya en los países a los que los cerdos llaman PIGS, no deja lugar a dudas y advierte de que queda poco tiempo, tal vez menos de lo que parece. Y basta ya de bravatas insensatas en boca de falsos salvadores. Esta gente que nos vende “miedo a salir del club” está dinamitando Europa.