Comienza nuestro IV Ciclo de cine griego con Z, de Kosta Gavras, el 6 de febrero de 2015

23 01 2015

 Os esperamos el próximo viernes 6 de febrero de 2015 en el CCAI de Gijón, a las 19:00h, para compartir con vosotros la película Z. Como siempre, habrá coloquio sobre la película.

¡Nos vemos en el Salón de actos del CCAI!

Breve ficha de la película

Dirección: Constantin Costa-Gavras

País: Francia (1969)

Música: Mikis Theodorakis

Reparto: Yves Montand, Jean-Louis Trintignant, Irene Papas, Jacques Perrin, François Périer, Pierre Dux, Charles Denner, Marcel Bozzuffi

Duración: 125 minutos

Breve reseña: En 1969, desde su exilio en Francia, el director franco-griego Costa-Gavras decidió adaptar a la gran pantalla una novela del escritor y diplomático Vassilis Vassilikós en la que se denunciaba el asesinato en 1963 de Grigoris Lambrakis, diputado griego de izquierdas y pacifista. El responsable del guión fue Jorge Semprún. Nació así una de las mejores obras de cine político rodadas jamás. En un país regido por una supuesta democracia, dominada por las fuerzas policiales y militares, un diputado de la oposición es asesinado en plena calle cuando acababa de presidir un mitin pacifista. El asesinato, supuestamente cometido por exaltados de un grupo de ultraderecha, es encubierto por el gobierno y los militares. Pero la investigación del caso será encomendada a un joven magistrado que indagará en el turbio asunto con la ayuda de un periodista gráfico.

La película obtuvo multitud de premios: dos Oscar (mejor película de habla no inglesa y mejor montaje), Globo de Oro a la mejor película extranjera y premio del jurado y al mejor actor  (Jean-Louis Trintignant) en el Festival de Cannes, entre otros.



La Odisea en el aula, 26 de enero de 2015

23 01 2015

Al parecer somos multitud los que acudiremos el próximo 26 de enero a escuchar a Mª Eugenia sobre La Odisea el próximo lunes.

¡Nos vemos en el CPR de Gijón!



Artículo en El País: El diccionario de Griego

23 01 2015

Grecia es una palabra que tendrán que traducir en Europa con más cuidado que hasta ahora

Artículo de Juan Cruz en El País que nos ha gustado especialmente:

Era el libro más misterioso del Bachillerato; abultaba como un mamotreto y siempre iba con nosotros a clase, metido entre los demás libros como un hermano mayor que gruñía al abrirse. Era como un enorme prospecto de medicinas que el profesor de la asignatura nos hacía revisar a cada hora: “Quien no sabe Griego no sabe de la vida”. Él se llamaba Eudoxio, era pequeño, llevaba un bigote viejo, como un campesino que hubiera olvidado de afeitarse bajo la nariz, y cada día nos preguntaba, sin remisión ni olvido, las veinte palabras que había decidido que debían ser nuestra ración de aprendizaje.

Llegamos a saber más palabras en Griego que en español, y a veces nos atrevíamos a hablar entre nosotros en el Griego que nos enseñaba don Eudoxio, palabra a palabra, ración a ración. Para don Eudoxio (como para don Emilio Lledó, que luego fue nuestro profesor de Filosofía) Grecia era mucho más que una lengua, era una civilización, un modo de ser, el lugar en el que Occidente había visto la luz, el arte, las ideas, y saber su lengua vieja era como nacer cada día a un alumbramiento civil.

Grecia fue el sitio de la política y del saber; a un fascista bonachón español, José María Pemán, le parecía que allí, en Grecia, había sido posible la democracia porque la gente se encerraba en un estadio y podía decir sí o no levantando la mano. “Pero en España ya eso no es posible: hay mucha gente”, añadía el autor de El divino impaciente.

En aquella época de don Eudoxio y de don Emilio entre nosotros no había democracia, ni era posible vislumbrar cuándo la habría; de hecho, aquellos años, del 68 al 73 del pasado siglo, vivíamos pendientes de la lucecita de El Pardo, como Arias Navarro, más que de las luces de Grecia, o, para ir más cerca, de las luces de Brindisi, que son las que primero veían los emigrantes albanos (o griegos) que hace una década se arriesgaban a cruzar el Mediterráneo para ver de cerca la prosperidad de Europa.

En aquellos años en que viajábamos como estudiantes con el diccionario de Griego en el bolsillo ya sabíamos (por don Eudoxio, por don Emilio) que la cuna de la paz y de la poesía no era España sino Grecia, porque allí se acuñó el saber como la solución que los hombres hallaron para saltarse la incertidumbre, para vivir en la duda civil, alentando la discusión, el teatro, los versos y el viaje.

Un día, con ese diccionario en mi mochila, entré en el coche de un alemán que me llevaba en autostop, casi al tiempo que en Europa (es decir, lejos de España) los jóvenes rebuscaban mar debajo de los adoquines. El alemán era un médico que no sabía mi idioma, pero se conocía de memoria aquel libro misterioso que yo llevaba, como un jeroglífico, cada vez que tenía que ir a la clase de don Eudoxio.

Con ese diccionario me entendí con el alemán; desde entonces, cada vez que el doctor me recogía en la parada de aquellas madrugadas escolares yo abría el diccionario de los jeroglíficos y me ponía a hablar como estuviera resucitando a Platón o a Homero, y cuando llegaba al Instituto tenía el Griego fresco como las palabras de agua que decía mi madre por la mañana.

Luego quitaron el Griego de las aulas, convirtieron el Bachillerato en una bachata miserable y les quitaron a los chicos esa pasión por adentrarse en la pura poesía que encerraba aquel libro misterioso. Ahora resucita Grecia pero ya no sabemos Griego, así que tardaremos mucho tiempo en saber qué pasa allí, qué pasó para que pase lo que ahora sucede; pase lo que pase, y aunque no pase lo que dicen que pasa, lo cierto es que Grecia es una palabra que ahora tendrán que traducir en Europa con más cuidado que hasta ahora.

Ahora debemos viajar otra vez con el diccionario de Griego; durante demasiado tiempo creíamos que no hacía falta para entendernos.



“¡Que viene Syriza!” Artículo de Pedro Olalla

23 01 2015
Artículo de Pedro Olalla en la revista Contexto (21/1/2015)

Falsas alarmas y verdades ocultas de un posible escenario político futuro en Grecia y en Europa

Pedro Olalla

Desde el triunfo de Syriza en las últimas elecciones al Parlamento Europeo –en las que fue el partido griego más votado y consiguió obtener seis escaños–, las encuestas realizadas durante los pasados meses sobre la expectativa de voto de los griegos han ido dando a dicha coalición de izquierda un margen de ventaja de entre cuatro y diez puntos sobre el actual partido en el Gobierno, Nueva Democracia. Dicha circunstancia –comparable, en este aspecto, al caso de Podemos en España– ha hecho saltar algunas alarmas en Grecia y en Europa cuyo origen y alcance conviene analizar sin aspavientos.

Un curioso precedente

Estos días, en Grecia, ante la verosímil perspectiva de que el partido gobernante pierda las próximas elecciones generales, el desasosiego del establishment local y europeo se ha traducido ya en una nueva campaña de desprestigio y miedo: “O nosotros o el caos”. Algo así sucede ahora también en España: los partidos tradicionales se agitan porque tienen miedo de Podemos; pero, en el caso de Grecia, las últimas elecciones generales del año 2012 supusieron un precedente clarificador de esta estrategia actual de intimidación y derribo.

En aquellos comicios –cuyo objetivo, hablemos claro, no era otro que el de legitimar cómodamente a través de las urnas la política impuesta hasta el momento de forma coercitiva y antidemocrática desde el núcleo neoliberal europeo–, el insólito ascenso de Syriza en la primera vuelta impidió formar Gobierno en mayoría, puso en peligro el statu quo del bipartidismo secular y, de cara a la segunda vuelta, hizo saltar la alarma y el miedo: el miedo del bipartidismo a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabara el juego, el miedo de unos y otros a que se abrieran procesos y se depuraran responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente pudiera interponerse en el camino de su implacable plan de conquistas a través de la deuda. Todo aquel miedo se vio canalizado entonces hacia el electorado en una operación de guerra psicológica de proporciones orwellianas: la amenaza de abandonar el euro, de ser expulsados del espacio Schengen, de ser apartados de Europa, de caer en la bancarrota absoluta, de ser atacados por Turquía, de quedarse sin alimentos ni medicinas, de volver irremediablemente a las cavernas. Y mientras la mayoría de los medios griegos y europeos propalaban esos tendenciosos vaticinios de muy discutible base, Nueva Democracia recorría el país buscando puerta a puerta a sus votantes y recordándoles a muchos los favores recibidos. Por todo eso, las elecciones de aquel domingo de junio, en las que finalmente ganó la opción de continuismo, pasaron a la historia como las más contaminadas y las de mayor injerencia externa desde la creación de la Unión Europea. El lunes siguiente, los titulares de los grandes diarios e informativos europeos afirmaban que Europa “respiraba aliviada”. Hoy, transcurridos ya más de dos años desde entonces, no hace falta sino remitirse a los hechos para comprender en qué ha consistido ese alivio y a quién ha aliviado realmente.

Una controvertida “amenaza”

Ahora, en el discurso mediático oficial, Syriza vuelve a ser “la amenaza”. Pero no se alarme quien piense que lo es, alármese más bien quien deposite en ella su esperanza, porque las cosas han cambiado mucho desde que esta supuesta formación de izquierda radical se ha ido aproximando al calor del poder.

Aclaremos un punto, antes de proseguir: Syriza no es Podemos, al menos, genéticamente. Podemos –con todos los matices que deban señalarse– es una cristalización en forma de partido político del amplio movimiento generado en las calles a raíz de las protestas de los últimos años contra los planes de austeridad de la Unión Europea y las políticas de los Gobiernos nacionales afines a tal ideología. Syriza, en cambio, ya existía: no nació de la calle, sino de las fricciones y reorganizaciones del aparato político tradicional. Nació de la adhesión de la llamada Coalición de la Izquierda (Συνασπισμός της Αριστεράς) –escindida a su vez del Partido Comunista de Grecia (KKE)– a otras fuerzas menores del mismo ámbito político, y se constituyó como coalición independiente en 2004 y como partido en 2012, justo a tiempo para participar en aquellas controvertidas elecciones.

Si bien entonces, cuando pasó del anonimato a los 71 escaños, Syriza consiguió aglutinar –pese al veto del Partido Comunista de Grecia– buena parte del voto disidente frente a la política de austeridad y rescates, ahora las cosas no resultan tan claras. En estos dos últimos años de vida parlamentaria y flirteo con los poderosos, Syriza se ha atemperado mucho. Su joven líder, Alexis Tsipras, ya dejó bien claro, hace más de un año (4/11/2013), en su discurso sobre la Eurozona en la Universidad de Austin (Texas), que su eventual Gobierno no sacaría nunca a Grecia de la misma porque “the Eurozone should be saved”. Hace unos días, un año después de aquellas declaraciones, una comisión de economistas de Syriza se reunió a puerta cerrada con los “lobos de los mercados” de la City de Londres –Nomura, Merrill Lynch, Kepler Cheuvreux, Goldman Sachs, York Capital, Wellington Capital Management, Pimco, etc.–, acto que, en el caso de un partido que aspira a la inmediata sucesión en el Gobierno, no puede más que despertar serias sospechas de colaboracionismo.

Continuismo, no subversión

La verdad es que, a pesar de todas las alarmas, Syriza ya no asusta a quien tendría que asustar. Su posicionamiento a favor del euro, su sólida confianza en el proyecto europeo, sus escarceos con los magnates financieros, su disposición a “negociar” la deuda y su declaración expresa de que es “su obligación moral garantizar la continuidad del Estado” convierten esta formación en una opción de continuismo y no de subversión, y, más aún, en candidato de refresco para continuar con el bipartidismo dentro del marco establecido. Está claro: Syriza desea gobernar, no desea romper con ese marco; y dentro de él –del reconocimiento de la deuda, de los compromisos con los acreedores europeos, de los memoranda, de la moneda única, de la financiación en los mercados y de las pautas de la Comisión–, no puede hacerse otra política distinta a la de austeridad, por mucho que se empeñe, porque no queda siquiera un ápice de soberanía para ello. Y no es que Syriza, o cualquier otra fuerza política, no tenga derecho a promover sus posiciones y a aspirar al poder; pero, con tales posiciones, carece éticamente del derecho de presentarse como “oposición” y como “alternativa” al sistema existente. Si no lo sabe, debería saberlo; y, si lo sabe, no debiera ocultarlo.

Así las cosas, creando falsas expectativas, Syriza está a punto de convertirse en el último espejismo del pueblo griego. En válvula de escape que siga evitando la rebelión social y que prolongue por unos años más la agonía y la destrucción de este país y de este pueblo. Si sube al poder confiada en hacer la tortilla sin romper los huevos, no podrá hacer más que la misma política que marca el núcleo duro de Berlín y Bruselas, servir al mismo amo en una nueva fase, y, lo que es peor, pagar el agotamiento de los Gobiernos anteriores prestándose a que el error de sus políticas estalle en las manos de “un Gobierno de izquierdas” y a preparar así el terreno para un relevo fresco de nuevos “salvadores” de la misma cantera, que ya trazan sus planes para el día después.

Cuatro años largos de rescates e intervencionismo han dejado ya claro que dichas políticas no tienen nada que ofrecer al ciudadano. Es más, el continuismo en esta línea desde cualquier Gobierno no conduce más que al empobrecimiento del pueblo, al expolio de la nación, al trasvase acelerado de la riqueza común a menos manos, a la reducción progresiva de las conquistas sociales y democráticas, a la pérdida de la soberanía y de la libertad a manos de los “acreedores” y a la disolución de facto del Estado griego. No basta un cambio de Gobierno o unas elecciones si con ello no se rompe con el marco de los “compromisos” adquiridos y con la política de endeudamiento y rescate. Si dentro de la Unión Europea no se crea urgentemente un frente común entre los pueblos para obligar con decisión a las instituciones de gobierno a construir un proyecto realmente democrático y solidario –cosa que se demora pese a la grave situación de muchos países–, la Unión Europea será, cada vez más, un régimen de tiranía, y Grecia sólo podrá salvarse fuera de ella, con una refundación del Estado: disolución del Parlamento, asamblea constituyente, nueva Constitución, moneda propia… Una sucesión de Estado, como se denomina en el derecho internacional, donde ese nuevo Estado tenga margen para decidir qué compromisos asume o no de los contraídos por el Estado anterior.

Un Parlamento sin oposición

Pero el gran problema político es que en Grecia no hay oposición. Hay un Gobierno colaboracionista y una oposición meramente retórica. No hay una oposición decidida de verdad a romper con el marco político que ha llevado a los griegos a la onerosa situación en la que viven, a un expolio y a una degradación tan sólo comparable a la de territorios ocupados o en guerra. Y la inexistencia de esa oposición ha quedado sobradamente demostrada durante los últimos cuatro años –ya casi cinco–, en los que los políticos griegos han aceptado que se obligue al país a contratar uno de los mayores préstamos de la historia tan sólo con los votos del partido en el Gobierno, en los que han aceptado un presidente impuesto por los acreedores para la salvaguarda de sus intereses, en los que han firmado –uno tras otro– ignominiosos memoranda que han llevado la sociedad a la ruina, en los que han aprobado más de cuatrocientas enmiendas plegados a las directrices de la Troika, en los que han pisoteado repetidamente la Constitución y los derechos humanos, en los que han hecho la vista gorda ante delitos de lesa patria, y en los que han dejado al pueblo solo, pidiendo justicia frente a una barrera policial.

Si hubiera realmente oposición, todos los que en el Parlamento dicen oponerse a estas políticas deberían haberlo abandonado ya, demostrando así que no quieren ser cómplices de ese teatro de títeres desprovisto de soberanía y legitimidad, y forzando su disolución. Deberían abandonar el Parlamento y ponerse del lado de la sociedad, bajar a la calle, estar en la primera fila de los que salen a pedir que se detengan de una vez los sacrificios humanos en aras de intereses privados; dar ejemplo inequívoco de su fidelidad al pueblo griego y dejar que ese Gobierno solo, debilitado y desacreditado, trate de mantenerse en pie ante el oprobio de la comunidad internacional. Eso es oposición real, pero eso es lo que falta en esta farsa de estentóreas alarmas y verdades ocultas.


Pedro Olalla (pedroolalla.com) es autor, entre otros libros, de Historia Menor de Grecia. Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos (Acantilado, 2012) yAtlas Mitológico de Grecia (Lynx Edicions, 2002), y de las películas documentales Ninfeo de Mieza: El jardín de Aristóteles y Con Calliyannis. Reside en Grecia desde 1994 y es Embajador del Helenismo.



Desde el 8 de enero, plazo para apuntarse a la Unidad formativa en el CPR de Gijón el 26 de enero, La Odisea en el aula

8 01 2015

Ya podéis apuntaros a esta Unidad formativa organizada por el CPR de Gijón a petición de Céfiro. Será impartida por María Eugenia Díaz Pascual y su duración es de 3 horas.  Os dejamos aquí el enlace al formulario de inscripción del CPR.



Nuevo Proyecto de Real Decreto en el que se mantienen nuestras dos especialidades: Latín y Griego

6 01 2015

Os dejamos el enlace, página 5 y siguientes:

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