NO a la burocracia

29 10 2008

Pueden imaginarse ya que mi siguiente NO iría contra la burocracia. Por si acaso mis opiniones al respecto no han quedado bastante claritas, escribo esto, más que nada, para desahogar mis sentimientos, ya que otra forma de protesta no me (nos) queda.

Manifiesto mi alarma por la creciente burocratización del trabajo del profesor. Se nos pide cada día un papel nuevo, hoy voluntario; mañana, forzoso con seguridad. Cada vez hay que dejar constancia escrita de más cosas: si llamo al padre, si hablo con el padre, si envío tarea de verano, si mando castigo, si me reúno y atiendo en lugar de dormirme, si voy al váter y tiro de la cadena. Un ejemplo: hasta ahora, en mi tarea docente, he apuntado en un cuaderno aquello que podía olvidar al día siguiente; me he abstenido de sacar el boli cuando confiaba en el sistema de almacenaje de datos de mi cerebro, que a día de hoy está bien sano. Por lo visto esto no vale: si llamo al señor Fulanito Perengánez para comunicarle que su hijo Fulanitín está vagueando en mi clase, deberé levantar acta detallando, en lenguaje jurídico-administrativo, que el señor Perengánez escuchó y consintió, no sea que al final de curso el antedicho me levante falso testimonio diciendo que no ha recibido ninguna comunicación del profesorado. En suma, antes tenía que hacer mi trabajo. Ahora tengo que hacer mi trabajo, y además, demostrarlo.

Nada de lo que hago existe si no pasa por Secretaría para el correspondiente certificado (con dos copias en papel, a ser posible). Mientras contribuyo involuntariamente a la deforestación del planeta me pregunto:  ¿Se puede certificar el amor? Pregunta retórica por demás, ya que el amor no es materia de currículo. La poesía tampoco, parece ser, aunque el año de nacimiento del poeta sí, sobre todo si es premio Príncipe. Sin embargo, las lumbreras que nos dirigen acaban de descubrir que la eficiencia docente sí es susceptible de ser certificada: ya puede ser pesada y medida, como las patatas, mediante el cómodo sistema de las evaluaciones a los docentes. Consiste el mecanismo de marras en una encuesta de lo más sencillito, que hasta es divertido rellenar, donde uno mismo se pone cruces declarando lo buen maestro que es y lo mucho que piensa usar las nuevas tecnologías (TIC en nomenclatura oficial). Para contestar correctamente a la encuesta y no poner por equivocación que no quieres que te suban el sueldo es conveniente consultar un diccionario específico de códigos y abreviaturas, en el que te enteras de que tu deseo natural de que los alumnos aprendan se traduce en la cómoda cifra de 001 –o algo por el estilo-: hay que evitar a toda costa que el profesor escriba un texto de su propia mano, no sea que se le escape la subjetividad por los adjetivos.

Mi costumbre es utilizar la palabra escrita para decir algo o bien útil, o bien bello. No para repetir innecesariamente lo que hago en la vida. La palabra es hermosa cuando se utiliza para crear mundos inexistentes; inútil cuando los duplica. Tomar la pluma para dejar constancia de que he hecho lo que tenía que hacer me parece estúpido, pero si se me pide que haga cosas estúpidas, aún obedezco: relleno las encuestas en el plazo que corresponde; no sea que me quede sin cobrar a fin de mes. Después de todo, ya lo he aceptado: no soy profesora, sino funcionaria. Me queda el consuelo de que el puesto es para toda la vida.

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