Ilegalidades vándalas

12 01 2009

En Cádiz hay un pueblo, que no voy a nombrar y que esta vez no es Sanlúcar de Barrameda, donde la mayor parte de las familias se dedican a traficar con drogas. Enseñar allí es profesión arriesgada: si los alumnos no te amenazan de muerte, lo hacen sus padres, y además tienen toda la pinta de ir a cumplirlo.

¿Qué causas pueden llevar a un profesor a ser privado del derecho a la vida en ese anónimo pueblo? Pensarán que se trata de un suspenso puesto al niño; pues no, no hace falta llegar tan lejos. Uno que allí pena destinado me cuenta que te amenazan por consignar una simple falta de asistencia: como pueden suponerse, el instituto del lugar tiene el récord de ausencia de absentismo aunque hay criaturas que se pasan tranquilamente tres meses sin aparecer. Pero por lo demás los chavales son pacíficos, me contaba: no te rajan ni te pegan, para qué, si pueden pasar de ti y recordarte lo miserable que eres: “Yo pa qué voy a estudiar, maestro, si voy a la playa y doy un porte y gano más que tú”.

Mis sanluqueños eran mejor gente: lo más ilegal que hacían eran las carreras de coches en descampado, y no en horario escolar. En cuanto a los adultos, pues aparte de evadir impuestos empadronándose donde no vivían, conducir vehículos sin matrícula, engancharse a la corriente eléctrica del tendido municipal, subir al perro en la moto, recoger pasajeros para Jerez cobrándoles sin ser taxista y edificar manzanas enteras sin licencia, eran de lo más honrado y modesto. El Ayuntamiento merecía la calificación de ejemplar: todas sus corporaciones habían sido procesadas, fueran del partido que fueran; incluso le tocó ir a juicio a más de un compañero mío, pues suele pasar que concejales y maestros sean, en los pueblos, las mismas personas. Mis alumnos, que no entendían mucho de política, malinterpretaron el suceso, y salieron propagando que “el maestro va a ir a la cárcel por pegarle a su mujer”. Era el único delito con el que estaban familiarizados, los pobrecitos.

El Ayuntamiento que yo conocí era un edificio bellísimo donde trabajaban mil quinientos funcionarios nombrados a dedo. Yo no sé si atribuir la cifra a la típica hipérbole andaluza o a la verdad desnuda, pero es la que a mis oídos llegó: ni un enchufado más ni uno menos. Dicen que había tres funcionarios por cada mesa: uno trabajaba, otro sacaba brillo al ordenador (parece ser que ignoran cómo encenderlo) y el tercero no comparece pero cobra (este suele ser el pariente directo del alcalde). El más culto de la plantilla era el mismo alcalde, que había hecho hasta Bachillerato, pero estaba de baja y lo sustituía el alcalde en funciones, que creo que tenía la EGB; su mujer era su Secretaria Personal, y había conseguido semejante bicoca sin siquiera haber ido al colegio.

Parece ser que hubo una revuelta popular contra dicho ayuntamiento, de la que los alumnos me iban participando noticias, a trozos. Todo empezó por una deuda astronómica y la imposibilidad consiguiente de celebrar la Feria del año, ya que no quedaba dinero ni para pagar la portada. El ayuntamiento intentó recaudar fondos apostando dos polis en una curva y poniendo multa a todo el que circula sin casco, lo que es lo mismo que decir a todo el que pasa. Me cuentan los alumnos que esta es una práctica habitual en Sanlúcar: cuando las arcas municipales están vacías, mandan, siempre a la misma curva, a un par de maderos, que trabajan un rato y cuando han reunido suficiente, lo dejan. Pero aquella vez no bastaba, así que se pusieron a cobrar recibos atrasados. Al padre de una alumna le quisieron cobrar algo que ya había pagado: fue a protestar y creo que no por escrito. Seguramente no le serviría de nada utilizar la vía administrativa, porque la mayor parte de los funcionarios en nómina eran, según me dijeron, analfabetos.

Empezó la guerra: contenedores quemados, bombas de gas contra el ayuntamiento, manifestaciones con pancartas donde comparaban al alcalde con un embutido vedado por la ley de Moisés. Creo que hasta salimos en la tele, y era la nacional, oiga: mis padres vieron horrorizados, en mitad del telediario, el pueblo donde vivía su hija incendiado y con aspecto de sufrir un asedio, igualito que Beirut o Kabul: sin duda, la mejor propaganda turística que pudieron hacerle a Sanlúcar.

Sin inmutarse por tales naderías, la corporación municipal en pleno se fue al Rocío cuando llegó la fecha, dejando los asuntos pendientes sin solucionar: los alumnos me contaron que, a la vuelta, habría quien les esperaría en el embarcadero con garrotes, la forma más española de arreglar los conflictos. No fui a ver el espectáculo por miedo a que me cayera algún tortazo a mí, por lo que no supe si al final hubo o no paliza, pero los millones que se debían, que yo sepa, se siguen debiendo. Pero hubo feria, que es lo que importa. Tampoco sé quién pagó la portada, pero en cuanto los sanluqueños vieron que la levantaban, con sus lucecitas correspondientes, terminó la insurrección. Y todos a beber manzanilla, tan contentos.

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