Mi profesor es mi esclavo
Les puse a escribir una historia con tan sugerente título, y les expliqué que en la antigua Roma el estatus de profesor era un poco… ¿cómo lo diríamos?… distinto del que gozamos hoy (leyes de autoridad aparte). Una alumna con gran capacidad me sorprendió con esto:
Mi profesor es mi esclavo, por Paula Losa Zapico
Hace ya bastante tiempo, cuando yo era una niña de diez años, vivía en Roma con mi familia. Por aquel entonces, mi padre era un importante miembro del gobierno muy acaudalado y respetado, por lo que mis padres, mi hermano y yo vivíamos en una gran casa a las afueras de la ciudad y teníamos multitud de esclavos a nuestra disposición.
Entre todos los esclavos, con el que mantenía más contacto era con el profesor, un esclavo comprado exclusivamente para darnos clase a mí y a mi hermano. Aunque, como mi padre le daba mucha importancia a la educación, nunca solía estar contento con él, y por eso lo cambiaba cada poco. En uno de esos cambios llegó un esclavo joven, un esclavo que a mí sin duda me marcó; aquel esclavo se llamaba Aurelio.
Normalmente, mi padre mandaba a algunos de sus hombres de confianza para que vigilara al profesor y se asegurara de que su enseñanza se ciñera a los libros y no a ninguna idea propia. Pero en esta ocasión mi padre se ausentó con mi hermano mayor, dejando a mi madre al cargo de todo y ella de lo que menos se preocupó fue de controlarnos a mí y a mi profesor.
En las primeras clases que tuvimos nos centramos en el trabajo, pero cuando ya llevábamos unos cuantos días él dijo que quería conocerme más, por lo que comenzó a hacerme preguntas, entre ellas me hizo una que yo no supe contestar, me preguntó que qué opinaba sobre la esclavitud. Yo, que siempre había convivido con ellos y me parecían de lo más normal, no tenía ninguna opinión concreta, y así se lo hice saber. Pero Aurelio no se conformó con aquella respuesta fácil, comenzó a hablarme de los esclavos, me dijo que mi padre y los gobernantes como él los consideraban gente inferior, les trataban mal, les castigaban cruelmente y les vendían como al ganado. Yo me negaba a creerlo porque, aunque había visto a mi padre tratar mal a algún esclavo, no podía creer que se pudiera comprar y vender a las personas. Así pasaban los días, con él diciéndome la pura verdad y yo negándome a creerla. Hasta que un día Aurelio me llevó a ver las habitaciones de los esclavos, me enseñó las heridas que les habían hecho al castigarles y me llevó al campo para observar como trabajaban sin descanso y eran castigados cuando ya no podían más. En ese momento me di cuenta de que él tenía razón, aquello no era justo.
Después de eso Aurelio me siguió enseñando ideas de libertad que yo recibí con la mente abierta. Pero eso no duró mucho, porque mi padre volvió y, al ver lo que estaba ocurriendo, mandó castigar a Aurelio y después lo vendió.
Tras esto, la normalidad regresó. Vino otro de esos profesores que se ciñen al libro e ignoran los ideales. Pero yo no volví a ser la misma, aquello me abrió los ojos, me enseñó el hecho de que las cosas sean de una manera, no hace que esta fuera la correcta.
Por Paula Losa Zapico, actualmente en tercero de la ESO
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7 Enero 2010 @ 17:34
No sabía que esta alumna escribiera tan bien.
(bueno, no soy objetivo; más bien soy su padre)