Admitida

26 04 2011

Soy admitida en el nuevo formato de la “carrera profesional”. Por el lado más egoísta me alegro: a nadie le amarga cobrar unos euros de más. Por el lado más reflexivo doy, quizás, la razón, a algunos sindicatos: pretenden valorarnos lo que cualquier profesor hace de oficio; a saber: escuchar a los padres, tener un seguimiento constante del alumno, llegar a la hora. Para esto mejor nos hubieran subido el sueldo sin hipocresías (si es que había presupuesto, que seguimos en crisis y va para largo) y sin obligar a la administración y a los directores a cargar con unos trámites costosos en tiempo y dinero.

Además, como “evaluación del profesorado” resulta bastante incierta. ¿Qué debería valorarse en un profesor? Que enseñe bien; que haga que sus alumnos aprendan, tratándolos con cariño y respeto. Pero eso no es cuantificable: ¿significa un aprobado que mi discípulo ha aprendido cuando la nota se la pongo yo? ¿quién puede medir si los estudiantes se sienten cómodos en mis clases o me tienen terror o asco? Así que nuestros examinadores optan por la vía fácil: evaluemos lo que está reflejado en un papel. Otra vez nos hemos topado con la burocracia. Funcionarios antes que docentes. Y, sin embargo, he firmado.

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