Un día normal

1 10 2013

(Un día cualquiera de un profesor cualquiera, desde el IES Bernaldo de Quirós. Nótese que en todo momento he utilizado el masculino genérico, ya que la que esto suscribe es perfectamente sabedora de que el masculino es el género no marcado en la lengua española, mal que les pese a feministas, políticos y miembros del Departamento de Orientación.)

El profesor entra en el instituto. Un alumno ha arrojado el borrador a la cabeza de otro. El profesor encuentra al malherido en Conserjería, sangrando. La víctima todavía disculpa al agresor, asegurando que “lo hizo sin querer”. Es el conserje el que se encarga del dolorido.

El profesor registra la ausencia total de unos cuantos alumnos. Algunos están enfermos de verdad.

El profesor reparte nueve suspensos para diez alumnos.

El profesor confisca el móvil a un alumno.

El profesor enseña a los alumnos que aguardan a la puerta que, antes de entrar, lo conveniente es dejar salir.

El profesor intenta encajar en el exiguo tiempo del recreo las siguientes actividades: tomar el pincho, sacar sesenta fotocopias, hablar con dos compañeros localizables, buscar a un compañero ilocalizable, responder una pregunta de un alumno extraviado, regañar a un alumno por haber tirado el chicle al suelo, chocar con un alumno en los pasillos, evitar ser atropellado por la marabunta que utiliza las escaleras en el sentido opuesto, pillar turno en el baño de profesores, evacuar en el baño de profesores. El profesor consigue tener éxito en, al menos, la mitad de las acciones propuestas.

El profesor sonríe complacido ante el ingenio de uno de sus alumnos. Lástima que, en eso, el profesor no tiene mérito alguno.

El profesor enseña el adverbio (o la división) en primero de la ESO.

El profesor enseña el adverbio (o la división) en segundo de la ESO.

El profesor enseña el adverbio (o la división) en tercero de la ESO.

El profesor enseña el adverbio (o la división) en cuarto de la ESO, sin cambiar ni una coma (o un decimal). El profesor termina más aburrido que sus propios discípulos, quienes, al menos, pueden permitirse el lujo de estar pensando en otra cosa.

El profesor decide no expulsar del aula al alumno con comportamiento disruptivo porque de hacerlo así tendría que rellenar un informe con fecha y firma con los motivos de la expulsión, entregarle a dicho alumno tarea suplementaria y además corregírsela, y, por si no bastara, llamar por teléfono al padre o tutor legal del alumno detallándole los hechos, ofreciéndose además a recibirle con posterioridad si lo requiriese. Téngase en cuenta que todo este protocolo corresponde ni más ni menos que a una expulsión de cincuenta minutos como máximo.

El profesor marca la tarea para casa y desea con todo su corazón que no la tenga que hacer ningún padre ni profesor de particular.

El profesor respira aliviado cuando suena el timbre. Por fin es libre.

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