La huelga de tres días

22 10 2013

Primer día de huelga. El seguimiento, por parte de los alumnos, al cincuenta por ciento. Los terceros no están, faltan la mayor parte de los cuartos; segundo de la ESO asiste casi al completo; segundo de Bachillerato, indeciso. Los profesores estamos todos; no es nuestro día.

Por casualidad, oigo en el autobús a dos señores que nos ponen verdes: “están en huelga los maestros”(sic); “tres días de vacaciones”, “así va el país”; “mira, ese sí va pa´l instituto”, dice uno, señalando a un joven a lo lejos -quien, por cierto, parece estar más en edad universitaria que otra cosa-. Como no puedo seguir soportando tal ensalada de tópicos, intervengo educadamente -o eso intento- y señalo que soy profesora, que en absoluto me han dado tres días de vacaciones y que, si decido hacer uso de mi derecho a la huelga el jueves, me descontarán la parte proporcional de mi sueldo, así como que los alumnos tienen derecho a la huelga también, incluso en el probable caso de que no sepan por qué se ha convocado el paro.

Los señores -por nombrarlos de alguna manera- deciden ignorarme. No eligen discutir conmigo civilizadamente, ni tampoco gritarme o descalificarme; se ve que son demasiado educados para lo último y poco aficionados al debate para lo primero. Esta que está aquí se pregunta si el hecho de ser mujer y varias décadas más joven ha influido de alguna manera en tal comportamiento: quizás no les merece la pena molestarse en escuchar las opiniones de alguien con quien no tienen en común edad, género y profesión. Y ya no sólo me siento molesta porque la sociedad tienda a menospreciar el trabajo de los docentes, tildándonos de vagos privilegiados; más bien estoy preocupada porque en el mundo en el que vivo la gente sólo escucha a los de su propia tribu.

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