Documentos confidenciales

10 10 2014

De vuelta. Con un poco más de burocracia para no variar (me siento una cucaracha). Al menos en el centro reciclan el papel, o eso se intenta.

Me dicen que hay que comprar una trituradora de papel para hacer trizas esos documentos de carácter oficial y confidencial que con tanta frecuencia expedimos en los centros y que se llaman exámenes. Al parecer, arrojar los exámenes viejos a un contenedor de reciclaje es una práctica peligrosamente ilegal, por cuanto el nombre del alumno queda expuesto a la curiosidad pública (en el caso de que el viento caprichoso se lo lleve). Para salvaguardar la privacidad de los estudiantes, nos vemos obligados a guardar exámenes del año la pera en un cuarto oscuro, donde atiborrarán la estancia hasta que el presupuesto nos permita hacernos con la maquinita en cuestión.

El que ahora se considere “documento confidencial” a un folio con unos cuantos ejercicios desigualmente resueltos con un nombre en la cabecera y un número del uno al diez al lado me resulta tan absurdo como la larga salud de la asignatura de Religión en los estados laicos. Un examen es una herramienta de trabajo, nada más, y cuando ha cumplido su utilidad, que no es otra que la de informar a profesor y alumno del progreso de este último, mejor estaría entrando de nuevo en la cadena de reciclaje para convertirse, quizás, en envoltorio de pescado o, por qué no, en papel higiénico. Pero los funcionarios no hacemos la ley; solo la obedecemos: si toca desmenuzar el control de Lengua de A. M. G. (nombre supuesto), pues lo desmenuzamos. Mientras el destino final sea el contenedor azul y no la papelera de los chicles, a mí me vale.

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