Que viene el coco

29 03 2017

Cuando aterricé en este centro me advirtieron de que el IES la Ería venía con un inspector de educación pegado. De hecho, la primera persona con la que topé me habló del inspector, la segunda también y la tercera no digamos. Por lo visto, los compañeros del instituto anterior habían oído algo del asunto, puesto que cuando se lo comenté a una camarada de inglés me miró con cara de pena al tiempo que movía la cabeza en un equívoco balanceo que para mí venía a significar: “te acompaño en el sentimiento”.

Esperaba conocer al inspector el primer día de curso, puesto que me habían dicho que el hombre se personaba en el centro el día uno a primera hora y encima se te metía en las clases (cómo se las arreglaba para aparecer en todas a la vez es algo que no atino a discernir, pero debo aceptar: también es un misterio la omnipresencia de Dios). Pero no apareció. Me preguntaba si lo conocería en el primer claustro, pues me habían contado que el buen señor se estaba en el centro la jornada completa, la hora del claustro y el intervalo entre ambas que los demás aprovechamos para comer, pero sufrí una decepción: no compareció. Me aseguraron que se colaba en las reuniones de departamento (esa es la única razón por la que hacemos las reuniones de departamento), pero tras más de quince erres-dés aún no le he visto ni el pelo (suponiendo que lo conserve). A las evaluaciones no viene, para mi gran desilusión.

No es que los inspectores de educación sean especial motivo de mi curiosidad, pero comprenderán ustedes que tanto oír hablar del mismo fulano me hiciera preguntarme, por lo menos, qué aspecto tenía. Sabía que era de sexo masculino (de nacimiento o transgénero) porque el idioma español lo distingue quieras o no; en cuanto a su edad, me imaginaba un anciano barbicano hasta que en una conversación casual pregunté “¿y no se jubilará de una vez?” y me dijeron que, por desgracia, le quedaba bastante.

Michael Fassbender

Si el inspector tuviera este aspecto, no me importaría que me inspeccionara todos los días…

Por otro lado, parecía que la presencia del inspector generaba cierto malestar. No dejaba de oír historias sobre el inspector haciendo a la jefa de algún departamento rehacer la programación completa, el inspector insistiendo en que el compañero que se olvidaba de firmar el parte no cobraba la hora, el inspector bajándose de la cama y yéndose al instituto en pijama a tomar el cafetín porque vivía “ahí al lado”. Incluso llegué a preguntarme si la insistencia del inspector en visitar este instituto dejando en olvido los otros ochocientos centros que le tocan se debería al lozano aspecto de la directora y de la secretaria, que están de muy buen ver, pero deseché de inmediato dicho pensamiento por sexista, denigrante y poco educativo. Además, nadie me ha asegurado que el inspector sea heterosexual.

Danny de Vito

Por desgracia, el españolito medio suele parecerse más a este (y, que yo sepa, el inspector es de nacionalidad española)

A estas alturas de curso había sacado ya la cómoda conclusión de que el inspector era, o bien una leyenda urbana, o bien una novatada. Y justo cuando ya había perdido la fe,  me dan la noticia: que viene el lobo el coco el inspector. Con fecha exacta. Y viene, además, a inspeccionar las tutorías de los cursos impares. Y yo, señores ¡soy tutora de un primero de Bachillerato!

¿Me pedirá el inspector mi cuaderno del profesor lleno de tachones? ¿Se quedará a séptima hora? ¿Se parecerá a Michael Fassbender o a Danny de Vito? La respuesta, en el próximo capítulo… si es que Godot viene…

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