NO a la jerga administrativa

5 11 2008

Ligada a la burocratización de la enseñanza está la adopción de un lenguaje específico para nuestra profesión: el jurídico-administrativo-igualitarioso-complicativo. No voy a decir nada que no hayan señalado ya ilustres trabajadores de la lengua española, pero me creo en el deber de recordarlo, pues dentro de los dislates de la burocracia, la creación de una jerga nueva merece apartado propio.

Las lenguas naturales se rigen por la ley de la economía lingüística, que, como todo el mundo sabe, consiste en no usar dos palabras cuando te puedes comunicar con una, ni tres sílabas donde basten con dos.  Si alguien creía que la jerga administrativa era natural que se desengañe: donde el resto de los mortales dicen: “enseñamos”, aquí se escribe: “sometemos al discente a un proceso continuo de enseñanza-aprendizaje”; donde la plebe comenta: “mi hijo suspendió”, los profesionales deben utilizar la forma preferente: “el discente no ha alcanzado los objetivos mínimos previstos en los apartados procedimentales y actitudinales”.

Otra característica de la jerga educativa en boga es el cuidado o cuidada que debe ponerse o ponersa en no discriminar al ser humano o humana con la utilización de terminaciones o terminacionas machistas o machistos. Es decir, cada palabra acabada en vocal –a u –o será sometida a un proceso de duplicación, consistente en adjuntar a dichas palabras un vocablo gemelo con la única diferencia de un rabito de más o de menos. Se cree que semejante medida prevendrá eso que llaman, agramaticalmente, “violencia de género”.

En la misma línea va el uso constante  del eufemismo: las lenguas de los diferentes pueblos tienen como objetivo primordial reflejar la realidad; la jerga educativa, al igual que la política, disfrazarla. Así, no existen los tontos, ni los inadaptados, ni los gamberros, ni los macarras, ni siquiera los listos de la clase: ¿hace falta que consigne los eufemismos con que hay que llamarlos ahora? Por no existir, no existen ni los maestros: docente es la palabra obligatoria –añádasele lo de “funcionario” y lo tenemos-.

La siglización (perdóneseme el neologismo) es otra marca que caracteriza a esta jerga nuestra. Consiste, como la propia palabra indica, en la reducción a siglas de todo sintagma –nominal o verbal-  de más de tres palabras: los institutos son ies (es muy posible que esta definición se sustituya muy pronto por uges), las reuniones son erredés, cecepés o cocopes y las horas en que te metes en internet porque no tienes que hacer nada son aces (sin hache, y no es broma). Dicha siglización alcanza niveles del ochenta por ciento o más en los textos escritos: no dispongo de datos fiables para comprobar su incidencia en el discurso oral diario (dentro y fuera de la cafetería). ¡Pero qué esperábamos de un sistema educativo que nombra a una importante etapa del desarrollo juvenil con el despectivo “eso”!



NO a la burocracia

29 10 2008

Pueden imaginarse ya que mi siguiente NO iría contra la burocracia. Por si acaso mis opiniones al respecto no han quedado bastante claritas, escribo esto, más que nada, para desahogar mis sentimientos, ya que otra forma de protesta no me (nos) queda.

Manifiesto mi alarma por la creciente burocratización del trabajo del profesor. Se nos pide cada día un papel nuevo, hoy voluntario; mañana, forzoso con seguridad. Cada vez hay que dejar constancia escrita de más cosas: si llamo al padre, si hablo con el padre, si envío tarea de verano, si mando castigo, si me reúno y atiendo en lugar de dormirme, si voy al váter y tiro de la cadena. Un ejemplo: hasta ahora, en mi tarea docente, he apuntado en un cuaderno aquello que podía olvidar al día siguiente; me he abstenido de sacar el boli cuando confiaba en el sistema de almacenaje de datos de mi cerebro, que a día de hoy está bien sano. Por lo visto esto no vale: si llamo al señor Fulanito Perengánez para comunicarle que su hijo Fulanitín está vagueando en mi clase, deberé levantar acta detallando, en lenguaje jurídico-administrativo, que el señor Perengánez escuchó y consintió, no sea que al final de curso el antedicho me levante falso testimonio diciendo que no ha recibido ninguna comunicación del profesorado. En suma, antes tenía que hacer mi trabajo. Ahora tengo que hacer mi trabajo, y además, demostrarlo.

Nada de lo que hago existe si no pasa por Secretaría para el correspondiente certificado (con dos copias en papel, a ser posible). Mientras contribuyo involuntariamente a la deforestación del planeta me pregunto:  ¿Se puede certificar el amor? Pregunta retórica por demás, ya que el amor no es materia de currículo. La poesía tampoco, parece ser, aunque el año de nacimiento del poeta sí, sobre todo si es premio Príncipe. Sin embargo, las lumbreras que nos dirigen acaban de descubrir que la eficiencia docente sí es susceptible de ser certificada: ya puede ser pesada y medida, como las patatas, mediante el cómodo sistema de las evaluaciones a los docentes. Consiste el mecanismo de marras en una encuesta de lo más sencillito, que hasta es divertido rellenar, donde uno mismo se pone cruces declarando lo buen maestro que es y lo mucho que piensa usar las nuevas tecnologías (TIC en nomenclatura oficial). Para contestar correctamente a la encuesta y no poner por equivocación que no quieres que te suban el sueldo es conveniente consultar un diccionario específico de códigos y abreviaturas, en el que te enteras de que tu deseo natural de que los alumnos aprendan se traduce en la cómoda cifra de 001 –o algo por el estilo-: hay que evitar a toda costa que el profesor escriba un texto de su propia mano, no sea que se le escape la subjetividad por los adjetivos.

Mi costumbre es utilizar la palabra escrita para decir algo o bien útil, o bien bello. No para repetir innecesariamente lo que hago en la vida. La palabra es hermosa cuando se utiliza para crear mundos inexistentes; inútil cuando los duplica. Tomar la pluma para dejar constancia de que he hecho lo que tenía que hacer me parece estúpido, pero si se me pide que haga cosas estúpidas, aún obedezco: relleno las encuestas en el plazo que corresponde; no sea que me quede sin cobrar a fin de mes. Después de todo, ya lo he aceptado: no soy profesora, sino funcionaria. Me queda el consuelo de que el puesto es para toda la vida.



Ya NO soy profesora

28 10 2008

Se están confirmando mis peores temores. En el claustro de ayer me entero de que ya NO dependemos de la Consejería de Educación, sino de Administraciones Públicas. La fecha exacta de este cambio, me da igual. Desde que me lo han comunicado, yo ya NO me considero profesora. Soy funcionaria. Y punto. Emito impresos y me pagan. Cumplo mi horario y cobro. Si enseño algo a alguien, es por casualidad: mientras relleno papeles contesto alguna duda ortográfica, si un pobre niño de doce añitos se atreve a preguntármela. Ah, y por cierto, ya no somos un IES. No es que me importe mucho perder de vista esas siglas, pero menos aún me gusta la alternativa: ahora somos una Unidad de Gestión. Lo que no me ha quedado nada claro es qué es lo que estaremos gestionando.



NO a las oposiciones a la asturiana (y van dos)

22 09 2008

Para empezar, mi enhorabuena a todos aquellos que han conseguido la plaza en las oposiciones; enhorabuena sentida de corazón, puesto que algunos son amigos míos. Pero nótese, por favor, que he dicho con toda intención “conseguir plaza” en lugar de “aprobar”; en las oposiciones asturianas ambos términos distan mucho de ser sinónimos. Es de todos sabido que en las oposiciones asturianas no se elige al aspirante que más sabe, sino al que más paga. ¿Conciben ustedes un sistema de selección que prefiera al candidato que paga por entrar antes que al que demuestra competencia en la materia? Pues así es el sistema de oposición vigente en esta autonomía: lo que menos cuenta es la nota del examen; lo que más, los cursillos cuya matrícula se ha abonado en el banco, cuyo precio, que de simbólico no tiene nada, puede llegar a los mil euros o más (hablo de un caso real y comprobado). Nótese, por favor, que hablo de “pagar” y no de “cursar”: sé, como todos en el gremio sabemos, que los tales cursillos, convenientemente no presenciales, pueden ser plagiados y reenviados de un aspirante a otro. ¿Conciben ustedes un sistema de selección en que la nota media de una carrera de cinco años cuente menos que la realización de un seminario de siete horas? Pues ya saben en qué administración está vigente tamaño despropósito: cómo no, tenía que ser la nuestra. Si un empleador escoge a sus trabajadores según un criterio equivocado, que luego no se queje de los resultados. Si se deja sin plaza a aspirantes que han obtenido notables y sobresalientes en el proceso selectivo para otorgársela a candidatos cuyo único mérito es llevar veinte años en la cola o haberse comprado los méritos a golpe de talonario, que no se nos quejen luego de la calidad de la enseñanza; quizás si empezaran por buscar la calidad del enseñante nos iría mejor.



NO a este extraño sistema de oposición

10 06 2008

En estas fechas nadie en los centros piensa en otra cosa: las dichosas oposiciones. Poco voy a decir que no se sepa, pero quería añadir mi granito de arena. Para que todo quede muy claro dejaré consignado ya en el primer párrafo que esto de las oposiciones ni me va ni me viene, puesto que yo las aprobé -con plaza, por supuesto- hace mucho. Solo que para aprobarlas tuve que marchar de mi tierra, pero eso es otro asunto.

En realidad, muchos de los profesores que conozco también las han aprobado, igual que yo, e incluso mejor que yo, pues hay quien las aprobó ya tres veces, pero sigue sin plaza. Solo este pequeño detalle da indicio de la justicia de nuestro sistema de selección: puedes tener un nueve con nueve como calificación, y quedarte para sustituciones.

Se me dirá que se trata de un concurso-oposición, y que la experiencia docente cuenta. Eso hace que un tío con veinte años de experiencia y que jamás ha pasado de un uno en el examen obtenga la plaza mientras otro que nunca ha trabajado, con un diez, siga en la cola del INEM. Es una buena forma de perpetuar dinosaurios en el puesto, sí señor: con haber sacado una vez un suspenso, hace veinte años, tienes aseguradas las lentejas para toda la vida, y hasta puedes ir a pie al trabajo, si me apuras. No sé, para eso mejor que pongan a todos los aspirantes en fila por orden de edad y cada año den paso a los diez más viejos, librando al resto, por lo menos, del incordio de estudiar.

Últimamente han modificado el sistema de acceso. En mi ignorancia de funcionaria asentada no me entero de mucho, pero parece ser que ahora les piden que traigan de casa un trabajo de extensión equivalente a una tesina, trufado de lenguaje educa-administrativo y encuadernadito en colores. El trabajo en cuestión puede bajarse del rincón del vago, componerse a escote entre quince o comprarse por un ojo de la cara en una academia, pero cuenta tanto o más que el aprendizaje memorístico. Supongo que lo hacen para evitar que se cuelen los empollones sin dotes pedagógicas (todos hemos sufrido al típico profe que sabe mucho pero no es capaz de transmitir nada), pero me temo que con un trabajo por escrito no se enteren de tu capacidad oratoria. Sobre todo si está escrito por otro.

Otra novedad es que ahora te puedes presentar a profe de Matemáticas aunque tu titulación sea de Historia del Arte, y es que para la administración todas las licenciaturas son intercambiables. No les falta razón, ya que si llegas el último al instituto te ponen a dar Comunicación Audiovisual y Multimedia cuando eres especialista en Latín, y eso, si tienes suerte, que si no te toca doblar guardia de patio. En realidad esta cláusula no es tan novedosa. Siempre se ha podido acceder a la enseñanza de una materia con cualquier licenciatura, pero existía entonces una prueba práctica para distinguir a quien sabía hacer de quien tan solo memorizaba; dicha prueba funcionaba como un efectivo colador. La novedad es la eliminación de tal prueba práctica, con lo que, más que colador, lo que nos dejan es un coladero. Pero sobre esto ya ha escrito, con información más exacta, un compañero mío Guiño.

Todo concurso tiene un jurado, y por lo general el jurado consiste en personas expertas en el tema y con mayor excelencia académica que los concursantes. Aquí el jurado son tus propios compañeros; nada de profesores universitarios, qué va: a esos los reservan para la PAU, pues debe de ser mucho más complicado juzgar ejercicios de adolescentes, con la de faltas de ortografía que cometen. No es poco habitual que te toque de jurado un compañero (actual o ex) de departamento o incluso uno de la carrera que haya tenido más suerte que tú. Antes de excrementarte en su prostituta progenitora si no te pone el sobresaliente piensa que él también va obligado a los tribunales, designado por un bombo inapelable, y que no es parte de su cometido estar actualizado en las nuevas teorías que hayan podido surgir en tu materia.

Lo dicho, en estas fechas nadie piensa en otra cosa en los institutos. Incluso los funcionarios. Porque, en lugar de celebrarse con Junio ya terminado, tienen la idea de poner el examen de oposición justo al final del curso, cuando se corrige, se evalúa, se deciden cosas tan importantes como la promoción o no de los chavales, etc. Total, que aquí no hay un solo interino que no esté pendiente de los exámenes… pero de los suyos propios, no de los de sus alumnos, como es normal jugándose uno lo que se juega. Buena manera de fomentar la calidad de la enseñanza, ¿no les parece?



Desesperado NO

23 05 2008

No debería existir la última hora del viernes. O, al menos, no debería tocarme impartirla  a mí.Guiño