NO a la falsa integración

5 05 2008

Una vez me preguntaron si tenía alumnos extranjeros, y mi primera reacción fue responder que no, así, sin pensar. Dos minutos más tarde recapacité: ¡pero si tenía una polaca! Me di cuenta de que no la estaba considerando como extranjera porque ella ya hablaba español perfectamente cuando ingresó en mi curso, así que no había diferencia. Me di cuenta también de que no suelo pensar en cubanos, mejicanos, ecuatorianos, argentinos, venezolanos, etc…  como extranjeros: si me hablan en español, son españoles para mí.

Este año tengo por vez primera un extranjero de verdad, es decir, uno que no hablaba ni una palabra de castellano cuando apareció por el aula. El instituto en que estoy no tiene problemas con esto: vienen pocos inmigrantes, y en seguida la dirección se ocupó de que el chaval recibiera clases de apoyo para que aprendiera a comunicarse, que es lo primordial. Pero esto no es más que un parche: quienes dan clases de lengua a este alumno no son profesores de lengua, sino de biología con una hora sobrante, y tampoco hay unidad en las enseñanzas, aunque los profesores traten de coordinarse: son demasiados para un solo alumno. Sin embargo, el sistema va funcionando: es fácil ocuparse de uno, pero no vale para los institutos que reciben doce o trece chicos de distintas procedencias por aula. Si no hay verdaderos programas de inmersión lingüística en estos centros –y me consta que no los hay- los alumnos extranjeros quedan aparcados en las últimas filas, autoclasificados por ghettos lingüísticos, sin entender ni papa de las explicaciones de historia o de física hasta que empiezan a pillar los insultos y pronuncian, más o menos al mes, su primera palabra, habitualmente “capullo”.

La educación tiene hoy un gran problema: cómo tratar a los alumnos que no hablan español. La solución más habitual es meterlos en clase y confiar en que aprendan solos. A eso se le llama integración. Yo lo llamo disimular.

El primer objetivo con estos alumnos debería ser el aprendizaje de la lengua, al menos a un nivel básico. Y después, se les puede llevar a clase y enseñarles lo demás. Podrían tener algunas asignaturas comunes con los otros –el ejemplo más evidente, educación física-, para no aislarlos del todo –y de paso que acostumbren el oído al español-, pero al mismo tiempo serían sometidos a un programa de aprendizaje exhaustivo de la lengua hasta que pudiesen entrar en una clase y escuchar al profesor además de mirarlo.

¿Por qué no se hace así? Para empezar, no tenemos verdaderos profesionales especializados en la enseñanza de español como lengua extranjera, o, si los tenemos –las facultades forman titulados de esta especie cada año- no se quiere gastar el dinero en contratarlos. Repito lo que dije otras veces: los profesores de instituto no somos polivalentes. El especialista en ciencias no lo es en filosofía. Y más aún: el licenciado en lengua no tiene por qué conocer la manera más adecuada de enseñar esa lengua a un extranjero.

Para seguir, los que dirigen esto tienen verdadera fobia a la palabra “discriminación” (a pesar de ser los mismos que suelen apoyar la llamada “discriminación positiva”, chorrada ofensiva donde las haya, sobre todo para el positivamente discriminado; hablo por experiencia: soy mujer). Para estos teóricos, poner a un alumno a hacer algo distinto de lo que hacen los otros es discriminar si implica el uso de un aula diferente; cuando se utiliza la misma clase lo llaman “atención a la diversidad”.

No queremos que se maquille el problema agrupando a todos los alumnos en la misma clase y denominando a la amalgama “integración”. Queremos que se atienda a cada cual según su necesidad, y un niño que no entiende el español necesita un especialista en lengua (y si puede ser, mejor en lenguas) que le atienda individualmente –o con un pequeño grupo que esté a su mismo nivel-. Hasta que consiga hablar y entender, leer y escribir. Entonces sí que estará integrado. No antes.

P.D.: Si alguno de vosotros tiene alumnos extranjeros, quizás encuentre ideas buenas en el siguiente enlace.



NO soy una niñera

3 04 2008

La función de un profesor de hoy es rellenar impresos, asistir a reuniones, contestar encuestas, hacer guardias, patrullar los pasillos, separar alumnos que se pelean en los patios, controlar que no entre el traficante, poner faltas, expedir calificaciones, expedir estadísticas de calificaciones, precuparse de anotar quién está en el aula más que de quién aprende algo en el aula, y también dar clase. Si se puede.

Una de nuestras múltiples funciones es lo que se denomina “hacer la guardia”. ¿En qué consiste? Lo explico para los legos. Se trata de sustituir al profesor de física y química cuando está malo–aunque tú seas de lengua y literatura-, entrar en su clase y pasarse toda la hora con sus alumnos –a los que ni conoces-, mirándoles con cara de imbécil. Se supone que así aprovechan la hora.

La guardia tiene mucho sentido para el maestro de primaria, que sabe –más o menos- todas las materias y puede improvisar una clase sobre cualquier tema, u ofrecer a los niños un juego con utilidad pedagógica, consiguiendo así que los pequeños no pierdan su hora de clase. Nosotros no somos polivalentes. Soy especialista en literatura, no en matemáticas, y si me meto en la clase del de mate ni siquiera voy a ser capaz de ayudar a los discentes a dividir. En mis tiempos cuando faltaba un profesor los chavales tenían hora libre y podían hasta marcharse del instituto, pero hoy el alumno debe permanecer bien atado a su centro educativo desde el inicio hasta el final de las clases, no sea que le pille un coche y a su tutor le caigan doscientos años de cárcel.

También se computan dentro del concepto de “guardia” las siguientes tareas: paseo reglamentado por pasillos, vigilancia de patio en el recreo, vigilancia de puertas y demás accesos oficiales al centro –agujero en la tapia no incluido-, irrupción intempestiva en el baño de alumnos en prevención de posible mal uso de este –respetando la división de sexos, eso sí-. Todas ellas tareas muy relacionadas con la licenciatura estudiada para ingreso en el cuerpo.

Ir a perseguir a los alumnos al baño para que no fumen es una buena manera de ahorrarse un ordenanza o un segurata. Pero si manifiestas que te molesta tal cometido, sientas plaza de vago, parece que no valoras los privilegios con que cuenta tu profesión y además quedas como un pijo clasista. Supongo que todo el mundo está de acuerdo con que una secretaria no está obligada a llevarle el café calentito al jefe, y supongo que por lo mismo convendréis conmigo en que la función de un profesor no es ir empujando a los chavales del pasillo para que se metan en el aula de una vez.  Dentro de poco haremos también de timbre, y resucitaremos la poética profesión de sereno, paseando con una lucecita por los pasillos mientras cantamos: LAS TRES Y MEDIA Y HORA DE SALIR.

Un instituto no es una guardería, pero la LOGSE nos convirtió, ya no en docentes, sino en –robo el conocido título- polis de guardería. Alumnos encerrados cual ovejas en redil, vallas carcelarias, petición del carnet para salir del centro –aún no ha llegado el detector de armas, pero ¿para cuándo el detector de móviles?-. Está claro que a la administración solo le importa que el alumno esté guardadito –aunque sea aprendiendo nada (véanse ciertas asignaturas no evaluables)-. En mis tiempos se confiaba más en la madurez del estudiante y se le dejaba ir a dar una vuelta por ahí durante el recreo; sin embargo hoy los niños tienen un montón de derechos pero no se les reconoce autonomía, y por eso si le pasa algo a un alumno durante la mañana la culpa la tengo yo aunque dicho alumno no haya pisado mi clase en un mes.

No estoy diciendo con esto que se nos supriman las horas de guardia, sino que se aprovechen para otra cosa más relacionada con nuestra tarea real. En la universidad los profesores tienen horas de obligada permanencia en sus despachos, para que los alumnos puedan ir a preguntar dudas o consultar aspectos relativos a la materia. ¿Por qué no hacer lo mismo con el instituto? Ah, se me olvidaba, es que los chicos del instituto no pueden pirar. Pero podrían sustituir la asistencia a una clase concreta por la consulta en el despacho de un profesor, cuando fuera necesario. O podrían disponer de horas libres –dentro del horario escolar- que dedicarían a usar el aula de informática, ir a la biblioteca o hablar con su tutor. O irse a tomar algo, si quieren. Algo sin alcohol, se entiende.



NO a la enseñanza obligatoria

13 02 2008

 Advertencia: edito a día de hoy (por junio del 2015) para anotar que, debido a la reforma educativa que entrará cual elefante en cacharrería el curso que viene, lo que dije en este artículo está un tanto desfasado. No obstante, me reafirmo en mi negativa a considerar el instituto como una mera guardería de adolescentes.

Explico tan polémico título antes de que se me eche encima toda la inspección educativa: me refiero a la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciséis. Sé que es batalla perdida; no se puede hacer nada ya: ninguna reforma educativa cambiará la edad de la libre elección, porque ningún gobierno se arriesgaría a llenar las calles de vagos y a obligar a los padres a cargar con el querido fruto de sus entrañas.

Tengo un objetor escolar. ¿Sólo uno? ¡Que suerte!, me diréis, maravillados y rechinantes de envidia. En realidad no es solo uno, pero con una muestra nos vale; aquí va su día a día: “¿Has hecho los deberes”, le digo. “No”, me responde. Yo agradezco para mis adentros que dicha respuesta consista en un monosílabo y no la adorne con el vocativo “hija de puta”. “Saca el libro”, continúo. “No lo tengo”, me informa. “¿Por qué no tienes libro?” “Mi madre no me lo compra”. “¿Por qué no te lo compra?” “Mi madre no me compra los libros porque sabe que no voy a hacer nada”.

Este es el plan. Esperar hasta los dieciséis estabulado en el aula, pero, eso sí, sin acarrear ni siquiera el material mínimo, no sea que le causemos un grave perjuicio a la economía de los padres. Realmente el objetor en cuestión no me molesta. No da la lata en clase, me deja explicar, no tira papelitos a los compañeros (insértese aquí cualquier otro tipo de acción interruptora pertinente). Entonces, ¿por qué me preocupo? Bueno, a lo mejor me preocupo por el resto de los alumnos. Este mi objetor tranquilo es una excepción: la norma es el objetor desafiante. Sí, ese que insulta, arroja cosas por las ventanas, pincha al compañero con el compás, maúlla durante las explicaciones. Su actitud, aunque cargante, es comprensible y normal: un adolescente medio que no está entretenido haciendo los deberes tiene que buscarse la diversión en otro lado: no vamos a pretender que se quede quieto cual difunto, con la energía que gastan a esa edad. Y lo que cuenta no es que me moleste a mí, ya que por lo que se ve los profesores no importamos a nadie, sino que no permita aprender a los otros treinta. Esto es lo que nuestro pacato sistema educativo, que cree en la bondad natural del “buen salvaje”, ignora.

No se puede enseñar a quien no quiere ser enseñado. Esto es de Perogullo, pero los que diseñan los programas de estudios parecen desconocerlo; claro, ellos viven en el mundo de las ideas platónicas, no en el de las aulas dionisíacas. Todos tenemos derecho a la educación. Sin duda. Pero derecho a la educación significa, o más bien debería significar, que todos tuvieran la oportunidad de ser educados, no la obligación. Que la niña gitana pueda venir a estudiar a la facultad de Farmacia en las mismas condiciones que cualquier otro, eso es derecho a la educación. Que el chaval que desea ser mecánico sea forzado a cubrir seis horas diarias de instituto por narices hasta que cumpla la edad legal no es derecho, es abuso. Y pérdida de tiempo, de dinero y de paciencia.

A los catorce años un alumno ya no es un niño, es un joven. A los catorce años un alumno ya está -o debería estar- formado en lo básico. A los catorce años un alumno ya sabe si quiere seguir estudiando o no, y es de sobra consciente de si sirve para el trabajo intelectual o para el manual, bien sea por capacidades o por preferencias, que lo mismo da. Entonces, ¿por qué nos obligan a encerrarlos en aulas y a telefonear a sus padres si se saltan una sola hora de clase?

La única razón para mantenerlos en el aula es pragmática, no pedagógica: el mercado de trabajo se abre a los dieciséis. No tiene remedio: cambiar esa ley supondría admitir la explotación infantil, y arreglaríamos un mal con otro peor. Pero, ¿significa eso que la única alternativa para el joven de doce a dieciséis años es aguantar en un instituto jorobando a compañeros, padres, profesores y hasta a sí mismo?

Antiguamente existía una institución que era la de los aprendices. El joven que deseaba ejercer un oficio entraba de aprendiz con un practicante del mismo, quien le proporcionaba tutelaje, enseñanza y unas pocas pelas. En el mejor de los casos  salía del aprendizaje formado y con capacidad para abrir  negocio propio; en el peor, descubría que lo de aserrar maderos no era lo suyo y empezaba a buscarse alternativa. Hoy por hoy, el coste de la vida y la manía del papeleo han hecho esta solución inviable. Nadie puede permitirse contratar a un aprendiz si tiene que darle de alta en seguridades sociales y asalariarlo dignamente… ¡como si fuera poco salario el aprendizaje que recibe! ¿Y no sería buena solución que se subvencionara a los profesionales que admitieran aprendices, regulándose legalmente la situación de estos, en lugar de tanto módulo profesional de nombre rocambolesco que no se oferta en el pueblo de origen del alumnado? Un aprendiz no sería un trabajador (tendrían catorce años), sino un alumno, pero no de una institución, sino de un particular con prestigio reconocido. Y si es necesario, al final de su etapa de aprendiz se le puede expedir un título oficial, que testimonie sus competencias recién adquiridas.

Al llegar a estas líneas, alguno habrá que enarbole la bandera de la discriminación. Parece que hablar de conducir al alumno a la vía de los “oficios manuales” es automáticamente signo de discriminación y clasismo. Falsa progresía es esa, que descubre un prejuicio enquistado igual de grande: que las actividades manuales son inferiores a las intelectuales. ¿Cómo va a ser discriminación si el mismo alumno elige su destino? Discriminación es que no te permitan acceder a un puesto determinado por ser hijo de tal o por no serlo. Pero la elección libre nunca es discriminación, por su propia naturaleza.

Otros sonreirán y pensarán: lo que quiere esta profesora es simplemente librarse de sus alumnos. Pues no, señores. Para empezar, resulta que yo propondría, al lado de una medida como esta, un Bachillerato más largo.  Los actuales dos años del Bachillerato de hoy son ridículos: el primero se pierde despertando a los educandos del marasmo de cuarto; el segundo, preparándolos para la prueba de acceso a las universidades, que, como todos sabemos, es el único objetivo del curso.

¿Qué tal un tercer curso de Bachillerato? Un año más en el colegio no perjudica a nadie, mientras estemos hablando de enseñanza voluntaria y libremente escogida por el alumno. Reduzcamos los años de permanencia en la enseñanza de aquel que no quiere ser enseñado; aumentemos los del que sí quiere. ¿Discriminación? No lo será, desde el momento en que cualquiera puede elegir qué opción toma y cualquiera puede volver a estudiar, de mayor, lo que no quiso escoger de pequeño, si cambia de idea con el tiempo.

Y después de tanto escribir en este artículo que me ha salido más extenso de lo que hubiera querido, yo me pregunto de qué me quejo. Si todos esos niños objetores, obligados y reluctantes no estuvieran matriculados en los institutos, ¿de qué iba a comer yo?



NO al libro obligatorio

21 01 2008

Pido perdón a mis alumnos por todos los libros que les he obligado a leer. Pido perdón por todas aquellas veces que, pertrechada de una lista impuesta por cualquier otro, les hice copiar en los cuadernos un título, un nombre y una editorial, para después acompañarlo de una fecha de examen y la amenaza rastrera del suspenso. Pido perdón a mis alumnos por transmutarles el placer de la literatura en angustia ante los plazos.

Hay cosas a las que te tienen que obligar. A lavarte los dientes. A cortarte las uñas de los pies. A salir de las habitaciones sin portazos. Pero a leer, no: ¿cómo obligarías a alguien a ser feliz? Borges dijo, y yo copio sus palabras, que son mejores que las mías: “Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría”. De esta creencia extrae la única afirmación lógica posible, apoyándose a la vez en las palabras de otros, cual era su costumbre: “Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso”.

Prefiero estar con Borges que con los teóricos de la educación. Prefiero estar con el escritor que con los docentes que se toman la literatura como un inventario de difuntos. A ver, ¿para qué escriben los que escriben? ¿Para que les leamos con asco -profe, ¿cuántas páginas tiene?- por cumplir un programa? ¿Cuánta gente ha tenido la dicha de leer el Quijote por voluntad propia?

Nadie está de acuerdo hoy con la vieja máxima “la letra con sangre entra; sin embargo, no nos situamos tan lejos cuando obligamos a los pobres alumnos a leer por decreto los tres libros de moda en el modelo pedagógico que toque este año. ¡Marchando una de Tiempo de Silencio! Discúlpeseme el autobiografismo, pero uno mismo es el ejemplo que más cerca se tiene: yo era una niña aficionada a la lectura. ¡Pero Tiempo de Silencio…!  ¿Qué interés podía tener yo, a una edad púber, en la retórica artificiosa, la ironía distanciadora y el feísmo de Tiempo de Silencio? Y que conste que hoy no le tengo inquina especial a la obra, que además parece haberse caído ya de los planes de estudio, suplantada por a saber qué.

Los defensores de la lectura obligatoria (dos palabras que deberían ser, en sí mismas, paradoja) argumentan que el alumno debe conocer los clásicos. Por supuesto que debe conocerlos: debe saber de su existencia, debe ser consciente de por qué están valorados así, y debe tener acceso a ellos si lo desea, pero jamás debería ser obligado a pasar los ojos por sus líneas para luego presentar un resumen del argumento y una ridícula “opinión personal”, reducida las más de las veces a “profe, ¿qué pongo?”. Veo mucho más positiva la actitud del maestro que dice: “Este es el Quijote. Te cuento lo que es y por qué es lo que es. Te cuento quién lo hizo y por qué lo hizo. Te dejo la primera página para que la leas y continúes si quieres, o te llevo a la biblioteca y te presento un ejemplar, y lo abres o no, o entre todos discutimos por qué se hizo tan famoso y de otros libros no se acuerda nadie” que la del que dice: “Para el día 30, examen de lectura. La nota del libro vale un 40% del total”.

Los apologistas del libro-obligatorio-por-narices añaden que la lectura aumenta el vocabulario, reduce los errores ortográficos, agiliza el pensamiento, entre otras bondades. Y llevan razón. Pero ¿acaso los poetas han escrito para que sus lectores dejaran de tener faltas de ortografía? ¿Acaso quieren reducir la lectura a su sola utilidad práctica? Por supuesto, leer es bueno. Enseñar a leer es bueno. Trabajar múltiples textos es bueno. En estas cosas consiste nuestro trabajo: leer y escribir textos, textos y textos, que no tienen, además, por qué ser literarios, sino de todo tipo y matiz. Pero ¿vamos por eso a obligar a los alumnos a disfrutar del arte? ¿”Obligar” y “disfrutar” pueden ir juntos alguna vez (dejando aparte cierta desviación sexual que no viene al caso, claro)?

Creo que la misión del profesor es guiar al alumno por la selva de la literatura, diciéndole que libro es comestible y cuál venenoso o con cuál va a poderse trenzar lianas para cruzar fangales, pero jamás forzarle a meter las narices entre unas páginas que no le importan. Hay que acercar los libros a los alumnos, pero nunca como una lista de lecturas impuestas. Hay que despertar la curiosidad del alumno por el libro, pero dejarle solo ante la elección de leer o no. Quién sabe, quizás el libro del que un chaval de catorce años escuchó hablar por vez primera en tu clase acabe siendo su lectura favorita cuando cumpla los veintitrés, o los cuarenta. Sí, sé que es más fácil decirlo que hacerlo: ¿cómo estimular la curiosidad de un chico adolescente de hoy? No hay reglas fijas, pues tratamos con personas, no con máquinas programadas. Cada maestro tiene sus trucos. A mí me gusta compartir mis libros con los alumnos: decirles qué leo, qué me gusta, qué no. Lo ideal sería leer con ellos un poco cada día: más provechosa será, muchas veces, una clase hecha de lectura que de explicaciones magistrales, pero eso solo puede llevarse a cabo si los alumnos escuchan y callan. Y la práctica no siempre es tan bonita ni tan ideal como los pedagogos la pintan: de sobra lo sé. Sé que existen grupos que no tienen paciencia para aguantar en silencio la lectura de otro; que hay alumnos que prefieren, antes que escuchar una historia, interrumpirla.

Pero la naturaleza humana está llena de contradicciones, y yo he firmado todo esto a pesar de, o quizás a causa de, la programación didáctica de la asignatura que me ha tocado en suerte. Pues, muy en contra de mi voluntad y siguiendo los dictados de mi departamento, ya he fechado el examen correspondiente a la lectura obligatoria del trimestre.

Edito hoy para que sepáis que por fin he encontrado un departamento de Lengua que respeta mi decisión de NO programar libro obligatorio. Gracias, compañeros.

Y si queréis la opinión de una alumna, aquí.