El PLEI

6 11 2017

La última chorrada pedagógica de los que mandan: ahora resulta que tenemos que llevar un registro de nuestras actividades de lectura en el aula, aunque sólo sirva para que sea el inspector de turno el que se entretenga leyendo. Es decir, que cada vez que les dé un texto literario a mis alumnos debo apuntar en una hojita, convenientemente ubicada en mi departamento didáctico:

a) La hora y fecha en que he hecho la lectura.

b) El curso y grupo de alumnos que la ha soportado.

c) El estado de dichos alumnos durante la lectura, a saber: callados, comentando puntos de interés, saboteando la clase, dormidos…

d) La utilidad pedagógica de dicha lectura (entiéndase “moraleja”).

e) La conexión de dicha lectura con el currículum oculto (léase racismo, machismo, creacionismo…).

f) La relación entre la lectura realizada y la indepencia de Cataluña (por si acaso).

Si lo que quieren es conseguir que hasta el profesor odie la lectura, pues, oye, lo están haciendo bien.



Los papeles del CESID

25 09 2017

Perdóneseme el título engañoso, que ya me penalizará Google, pero en eso parecen haberse convertido de un tiempo a esta parte los exámenes.  La última novedad en este proceso es que hemos tenido claustro extraordinario sólo para decidir qué protocolo había que seguirse en el caso de que un padre solicitara el acceso a los exámenes de su hijo. No se crean que se nos permite insinuarle al padre en cuestión que él no los va ni a entender, ni mucho menos a poder juzgar. Tampoco podemos negarnos a enseñarlos a alguien más que al alumno alegando que luego se fotocopian en la academia particular para los chavales de la siguiente hornada. No, ahora el padre tiene derecho a ver los exámenes si solicita una fotocopia de los mismos por registro, y por registro debe consignar su entrega el profesor. Nótese la inflación de procedimientos para algo que no es más que un ejercicio sobrevalorado.

Señores, no gastemos tiempo, dinero y papel en cosas sin importancia y canalicemos toda esa energía en lo que sí la tiene. Un examen no es material clasificado: es un ejercicio con el cual el profesor evalúa, y, en el mejor de los casos, el alumno aprende algo. Mi costumbre, allá por los tiempos en que empecé en esta profesión, era permitir que los alumnos se quedaran con los exámenes para que pudieran corregir sus propios errores y trabajar sobre ellos; hoy se me niega la posibilidad y se me obliga a blindarlos mediante un protocolo desmedido. ¿Quién sale aquí ganando? ¿El maestro? ¿El discípulo? ¿El inspector? Les dejo que se lo piensen.



¡Aleluya!

22 09 2017

Comienzo de curso caótico. Para empezar, nuestra querida delegación provincial se ahorra unos pocos sueldos las dos primeras semanas, pasando de enviarnos los interinos correspondientes a pesar de estar las bajas de los titulares más que sobradamente anunciadas. Nada, que como no faltan pringaos para las guardias…

Y, como era de esperar, en el parte de guardia aparecen las temidas palabras “profesor de Religión”. Cosa que en este centro podría significar que se repita el desastre del año pasado (véase). O no se molesten en verlo, que se lo resumo: los alumnos terminaron el curso con una asignatura sin evaluar. Y nosotros, fritos a guardias. Cómo sería la cosa, que este año un chaval me comenta, al verme entrar en su clase: “Profe, yo te conozco, tú nos diste religión”.

Pero la situación se ha resuelto. Milagrosamente,y he de confirmar que lo he visto con mis propios ojos (que de los güeyos de otro no me fío), ha entrado hoy por la puerta del centro un profesor de Religión en toda regla (del sexo femenino para más señas). ¡Aleluya! ¡No volveré a ser confundida con un obispo! Casi no puedo creer en nuestra (repentina) buena suerte.

Ahora que se nos ponga de baja.