El nombre de la rosa

17 05 2017

A reválida by any other name would smell as rotten.

Mientras los de arriba proclaman que nos han quitado las reválidas, nos imponen un nuevo examen externo en cuarto de la ESO cuya utilidad no conoce nadie. En teoría no servirá para evaluar a los alumnos, ni para influir en modo alguno en sus notas medias, ni mucho menos para evitar que les regalemos el título en setiembre. Si fuéramos mal pensados creeríamos que se trata más bien de evaluar a los profesores y a los centros, pero esta teoría queda inválida porque van a ser los mismos profes que les dan clase los encargados de corregirles los exámenes. De lo que se trata en verdad es de mostrar estadísticas que poder ofrecer a políticos y periódicos, y aumentar (¡todavía más!) la ya agobiante carga de burocracia que arrastramos en los centros.

Desde aquí recomiendo a los profesores que tienen que corregir que les pongan a todos los ejercicios la misma nota: 0 ó 10, lo mismo da. Y a los padres, que no manden a sus hijos al instituto el día de la prueba: aceptaremos con una sonrisa un “es que, profe, ayer me puse malo”. Digamos NO a exámenes inútiles y a imposiciones externas. NO aceptemos que nos diga un político cómo tenemos que hacer nuestro trabajo.



Éxito de los alumnos de FPB II

16 05 2017

Mi enhorabuena a los alumnos que han sido capaces de representar a Lorca sin decorados y casi sin vestuario (las faldas de las chicas eran mías).



Y no se ha acabado

3 05 2017

Al día siguiente de tan esperada entrevista todo el mundo me preguntó qué tal con el inspector. De hecho, no había acabado de abrir la puerta del centro cuando dos o tres compañeros me asaltaron con intenciones aviesas, y tuve que repetir la misma historia varias veces antes de poder refugiarme en un aula. Estoy segura de que si me hubieran operado de apendicitis nadie se interesaría lo más mínimo por mi estado.

A la hora del café me encontré a la pelirroja orientadora al borde del llanto, pues al parecer el inspector se había pasado toda la cita echándole la bronca (con lo majo que parecía); por los pasillos me crucé con otro compañero que definió al inspector como “muy estirado y pegado a la letra” (¿pero eso no es una tautología?). Y mientras yo me preguntaba por qué la presencia de este señor anulaba las conversaciones sobre cualquier otro tema, una compañera relató cómo había ido la cosa en su tutoría. Al parecer el inspector entró en la clase con la presumible intención de comprobar cómo se traducía al mundo real lo que salía en los papeles. Después de verse empujado por un montón de chavales que llegaban tarde y entraban en tropel sin disculparse, el pobre hombre tomó asiento en una silla vacía de la última fila. Diez minutos después una alumna irrumpió en el aula y se encaminó sin miramientos hacia su sitio, que por desgracia era el mismo en que descansaban las posaderas del inspector. La alumna frenó en seco, dirigió una –nos suponemos que insolente– mirada al señor inspector y dijo, en un tono de voz más elevado de lo habitual:

–¿Pero qué hace ese sentado en mi sitio? ¡Ya se puede ir quitando o lo quito yo!

Debo reconocerle al inspector un temple digno de un caballero británico: lo único que comentó a la salida fue: “Los alumnos de este centro son un poco ruidosos, ¿no?”

bosque eucaliptos

Árboles dispuestos a morir para satisfacer las demandas del inspector

P.S.: Ahora sí que s’acabao. El equipo de inspección nos convocó a la última reunión (a la hora en que el españolito medio come) para leernos la cartilla mostrarnos los resultados de su evaluación. Voy a resumir, que ustedes tendrán hambre: nos dieron papeles, nos explicaron los papeles, nos exigieron más papeles. Todo se desarrolló con exquisita educación: nos dieron también las gracias, aunque carecen de validez por no constar en acta.