Juan Ochoa: un escritor recordado

Se llamaba Juan José Felipe Magno de Ochoa y Betancourt, y era el hermano de mi bisabuelo. No era un escritor de primera fila, pero hay cantidad de artistas que no lo son y que merecen, de todas formas, el máximo respeto: la historia de la Literatura no sólo se escribe con Quijotes y Celestinas, sino también con miles de obras menores que proporcionaron placer, en un tiempo, a sus lectores y a los propios autores. Fue un escritor malogrado; no se sabe a qué podría haber llegado si no se muere con treinta y cuatro años: se fue en plena juventud, ya que para un artista, los treinta no son precisamente la madurez; Rimbaud y Mozart son excepciones, no la norma.

Nació en Avilés en 1864, falleció en Oviedo en 1899; fue un escritor del Realismo. Perteneció a lo que Baquero Goyanes llamó la “escuela asturiana” de narradores del XIX, caracterizada, entre otras cosas, por un sentido del humor muy propio de nuestra región y que siempre se compara al denominado “humor inglés”.

Era hijo de Fernando María de Ochoa, alcalde que fue de Avilés, y de María Cleofé de Betancourt, último de cuatro hermanos. Nació en la casa que es hoy sede del Archivo Histórico Municipal de Avilés. En esta villa vivió Juan Ochoa hasta los diez años, hasta que tuvo que trasladarse a Oviedo en 1874 con su familia. Pero cuando contaba quince, una bien temprana edad, quedó huérfano de padre.

Cursaría la carrera de Derecho en la Universidad de Oviedo, pero nunca ejerció. En su lugar se dedicó a escribir en los periódicos, cosa que al parecer se acomodaba más a su temperamento que la abogacía y sus burocracias. Ya Fernando de Ochoa había firmado varios artículos en la prensa, aunque con más interés en la política que en lo propiamente artístico; su hijo tocará los asuntos políticos, aunque su gran pasión será la literatura. En 1884, con veinte años, empezará a colaborar en periódicos locales:”La Democracia Asturiana”, “El Carbayón”, “El Liberal Asturiano”, “La Sinceridad”, ”Revista de Asturias“, “Ecos del Nalón”. Un año más tarde se ganará una sección propia en el periódico “La Libertad”, titulada “Parola”, donde escribe bajo el pseudónimo de Miquis. Dicen de él que mostraba sobre todo sentido irónico y agudeza e ingenio, y su popularidad fue rápida. En “El Eco de Asturias” también tiene sección, “Habladurías”. Llega a colaborar en “El Atlántico”, periódico santanderino. Sus trabajos publicados en los medios son tanto de periodismo como de literatura: críticas, cuentos y hasta algunos poemas. La mezcla de sus dos intereses, crítica político-social y literatura, puede observarse bien clara en la creación de un personaje, el político Próspero Rodríguez Chanchullo (vaya con el nombrecito), al que da vida y voz en uno de sus relatos breves.

A la vez que escribe para la prensa, se dedica a la creación literaria propiamente dicha. En esta época tiene la suerte de conocer a Clarín, que acababa de publicar La Regenta. Se hicieron grandes amigos. Había una diferencia de edad, pero no de intereses, que convirtió esta amistad en algo muy íntimo e intenso. Clarín le recomendó a Ochoa irse a Madrid a triunfar, ya que por aquel entonces los escritores “de provincias” estaban condenados a un segundo puesto en el Parnaso: si uno quiere ser reconocido, la llamada “vida literaria” (todo lo que hace el escritor cuando no está escribiendo, para entendernos) es imprescindible. Y ocurría que en “provincias” -palabra despectiva donde las haya-, la tal “vida literaria” era, en el XIX, bien escasa.

Clarín era un genio indiscutido y tenía una personalidad y una voz propia de las que Ochoa carecía. Este se dejó arrastrar por la atracción del gran escritor, cuya influencia está clara tanto en la obra como en la vida de Juan Ochoa. A Juan Ochoa no le hacía ninguna gracia irse a Madrid: quienes le conocen le describen como muy apegado a su gente y a su tierra, pero se trataba de elegir entre el carbayón y el laurel, y Ochoa eligió el laurel. Fue para mal.

En 1892, nada más llegar, colaborará en “La Justicia”, como crítico literario, gracias a la amistad que tenía con el director de este periódico, Rafael Altamira. Pronto escribirá en “El Progreso”, “El Imparcial”,  en revistas como ”Madrid Cómico”, “La España Moderna” y “Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispanoamericanas”, e incluso en una revista de Barcelona, “Barcelona Cómica”. Sigue utilizando el pseudónimo de Miquis, aunque lo alterna con su propio apellido y un sobrenombre nuevo, Madrid. En seguida obtiene un gran éxito crítico. Tratará gran variedad de temas: incluso (sonreí al enterarme) se preocupa por el escaso sueldo de los maestros. En Madrid tendrá la oportunidad de irse de tertulia literaria con otros escritores asturianos como Tomás Tuero, Pío Rubín y Armando Palacio Valdés, que se reunían en “La cervecería inglesa”.

Murió precisamente debido a la amistad: se dedicó a cuidar a Tomás Tuero, convalenciente de tuberculosis, y se contagió. Juan Ochoa sólo había pasado un año, y ni siquiera completo, en Madrid. Tuvo que volver a Asturias. Ochoa nunca había sido un hombre muy sanote: más bien se parecía al estereotipo de poeta romántico delgado y enfermizo, y el clima extremo de la capital no le ayudó nada. Pero si no se hubiera puesto en contacto tan estrecho con un tuberculoso, quizás no hubiera fallecido antes de cumplir los cuarenta. Sin embargo en algunas personas la muerte nos da el retrato preciso de lo que fueron en vida; así fue Juan Ochoa, amigo de sus amigos, sensible, fiel y gentil, y generoso hasta el final.

Volvió a la patria chica herido de muerte. En 1894 publicó su primera novela, Su amado discípulo, novela corta que apareció en un volumen compartido con otros escritores. Tuvo buena acogida por parte de la crítica; ya Marcelino Menéndez Pelayo había elogiado sus cuentos anteriormente. Aunque algún crítico le afeara que el asunto de su novela era “poco menos que nada”, la fama que estaba conquistando influyó para que su siguiente novela, Los señores de Hermida, fuera publicada en forma de folletón, formato este habitual en la época, en la revista “la España Moderna”, en los meses de agosto, septiembre y octubre de 1896. Pero ya no recuperará la salud. Se dedica a pasear con Clarín por el Parque San Francisco, a seguir escribiéndose con sus amigos del gremio (Palacio Valdés hasta se anima a recetarle consejos para su mejoría: optimista por naturaleza, le decía que toser sangre no tenía la menor importancia) y a la literatura. No le quedaba mucho tiempo de vida cuando publica Un alma de Dios, novela que mereció los elogios de José María de Pereda y hasta del mismísimo Galdós. Preparando la siguiente novela, que quedará inconclusa, le llega el final. Muere en 1899, a las cinco de la tarde de un dieciséis de abril, en plena primavera. Clarín se encargará de escribir su necrológica.

En ella lo retratará como escritor: “A él en su fe no le ayudaba tanto la teología como el fondo de bondad tranquila y serena, que era el rico tesoro de su naturaleza y planta nativa. Ya lo han dicho otros, la misericordia era la musa de Ochoa” (número 8.202 de “El Carbayón”). Me pregunto si Clarín se daba cuenta de la diferencia entre ambos: él era uno de los grandes; Ochoa, no. Es difícil juzgarse uno mismo, pero la finura crítica de Leopoldo Alas no podía ignorar la verdadera estatura literaria de otro colega, aunque fuera un muy querido amigo. Algunos elogios dicen más con lo que callan que con lo que exhiben: Clarín resalta la bondad de un escritor, no su maestría. Aunque quizás esto se deba a que le importaba más como ser humano que como artista. Pensémoslo así.

Otros críticos, ya no amigos, coinciden en esta apreciación. De Juan Ochoa suele resaltarse la ternura y el amor por los animales, a los que humaniza en varios de sus relatos. Incluso Unamuno llega a decir claramente que Ochoa era “como escritor, bien poquita cosa”. Sin embargo, no se olvida de dedicarle el epíteto de “noble“. ¿Querría con esto decir, como a mí me parece entender, que era demasiado buena persona para ser buen escritor? Lo cierto es que sus relatos carecen del tono ácido, crítico y mordaz de otros coetáneos con más éxito: hasta en un relato que Juan Ochoa mismo tilda de “anticlerical”, lo más hiriente que ocurre es la presentación de dos sacerdotes que comen y beben en demasía. Pero yo destacaría de algunas de sus historias la fidelidad al lenguaje popular: sus personajes pescadores o criados hablan como pescadores y criados asturianos, con faltas gramaticales y todo, aunque Ochoa cree que debe disculparse por ello, y se justifica ante los lectores alegando perseguir un realismo máximo.

También quiero hacer hincapié en una cualidad de la prosa de Ochoa: aún tratándose de un escritor tierno y sensible, no era ningún cursi (y mira que es difícil no ser un cursi siendo decimonónico, católico y sentimental). Aunque pueda parecerlo, este no es un elogio vacío de contenido: tal vicio era frecuente en los autores coetáneos, tanto románticos como realistas, y no sólo en los de segunda fila: véase Palacio Valdés y su aldea perdida, con sus azucarados campesinos y su ambientación de idilio pastoril. Ochoa tampoco se pasaba de retórico, lo que es muy de agradecer desde el punto de vista del lector actual. Algunas frases, sí, están lastradas por la ñoñería del diecinueve; a veces abusa de los puntos suspensivos. Tenía tendencia a ocuparse de lo insignificante, lo melancólico, la muerte: sus finales son agridulces casi siempre, cuando no directamente tristes, pero nunca melodramáticos. Unamuno no le valoró su preocupación por las personas corrientes, por la vida cotidiana de las gentes insignificantes, a pesar de que él mismo inventó la “intrahistoria”. Como a Baroja, le atraía la “poesía de las cosas vulgares”.

Usaba técnicas heredadas del Naturalismo, como la animalización de los personajes; le gustaba además, por contra, la personificación de los objetos. Sin embargo, su temperamento lo acercaba en ocasiones a los románticos; comprobémoslo en algunas descripciones como la que sigue, de un naufragio en el Cantábrico:

Y el patache permaneció un instante casi inmóvil, como indeciso; de pronto, una ola inmensa arremetióle por la popa, y entonces el desdichado, ciego, semejante á un caballo que tasca el freno, avanzó frenético hacia el peligro, como un suicida, estrellándose contra las rocas. Las olas, como fieras hambrientas, repartiéronse los miembros del cadáver, brutalmente desgarrados; cada cual se llevó lo que pudo, y todas se alejaron bufando. El mineral de hierro de que venía fletado el barco esparcióse por el agua, tiñéndole con tinte rojo. Los restos de la embarcación parecían trozos de un monstruoso animal descuartizado, flotando en un lago de sangre”. (Los señores de Hermida)

Algún crítico ilustre le afeó precisamente esta descripción por retórica, pero a mí me encanta esa imagen del barco cargado de hierro derramando su color rojo sangre sobre las aguas.

Para equilibrar un poco -de lo trágico a lo cotidiano- pongo este otro pasaje que también es de mis favoritos. Aquí se advierte la ternura con que capta la psicología infantil:

“Frisaba Rosita en los cuatro años, y era muy cariñosa y parlanchina. Miraba con recelo á las personas desconocidas, y luego pregunta: -¿Es un maestro?- Si le decían que no, dejábase besar muy contenta.” (Un alma de Dios)

Se manejaba bien en la novela corta y en el cuento, en una época en que los novelones solían pasar de las mil páginas: personalmente, a mí me gustan más sus cuentos que sus novelas (no es preocupante: me pasa lo mismo con Cortázar). Sus amigos animaron a Juan Ochoa a componer una “gran novela” (y con “grande” se referían más al tamaño que a otra cosa), y es posible que se hubiera puesto a ello si la muerte no se le hubiese cruzado por el camino; quizás la que estaba preparando en aquellos últimos momentos, Los amores de Florita, estuviera destinada a serlo. De todos modos, no debe juzgarse jamás a un narrador por la extensión de sus páginas: de hacerlo así, correríamos el riesgo de minusvalorar a Borges.

Su mayor mérito, quizás, está en su concisión: en una época en que la longitud era un valor, Ochoa escribía cuentos de una o dos páginas (hoy a esto se le llama “microcuento” y se dice que es un género nuevo) donde no sobra una palabra o una situación. Para Baquero Goyanes, la prosa de Ochoa convoca “ternura y emoción a través de la máxima sencillez”. En lugar de desgastarse en florituras retóricas o cobrar a tanto la página, Juan Ochoa dice lo que tiene que decir y luego, se calla. No es poco mérito. En esto es muy moderno: el cuento actual tiende a despojarse de lo superfluo. Es, además, muy sensible y nunca sensiblero: por estas dos cualidades, concisión y sensibilidad, creo que puede ser leído aún con agrado.

Avilés dedicó una calle a Juan Ochoa Betancourt y también hay un colegio bautizado en su honor, el C.P. Poeta Juan Ochoa.

Enviar un comentario


*
Para demostrar que eres un usuario (no un script de spam), introduce la palabra de seguridad mostrada en la imagen.
Anti-Spam Image