Juan Ochoa: “La última mosca”

LA ÚLTIMA MOSCA

Llegó el invierno “con sus nieves cano”. De tarde en tarde podíamos tomar un sol de tan pocos alientos, que más bien parecía querer robarnos el humilde calor que cada cual llevaba debajo del abrigo, que prestarnos buenamente un haz de rayos tibios para ir viviendo.

Una noche disponíame yo á leer metido en la cama, cuando oí a mi lado el aleteo de una mosca. Era flaca, desmirriada, y tenía las alas rotas. Debía de ser la última del invierno. Los restos mortales de sus hermanas, pegados á las vidrieras, habían desaparecido como mísero polvo, ahuyentado por el plumero de la criada… ¡La última mosca que aún luchaba!… Ardía en mi candelero la mitad de una vela, y en ella se posó, alicaída y débil; luego, poco a poco, fué ascendiendo, como granuja por cucaña, hasta colocarse á distancia tal de la llama que sintiera el halago del calor sin peligro de quemarse.

Comencé á leer. Entró mi espíritu de tan buena gana en los laberintos del libro, que en vano el reloj me dijo: ¡las once, las doce! No oí maldita la campanada. Al fin el sueño empezó á vencerme; la voz que me hablaba escondida en el bosque de páginas, se hizo más confusa y suave, y mi alma, como vieja miedosa, que cuida de cerrarse por dentro, dejaba plegarse á los párpados rendidos… Incorporéme pesadamente para apagar la luz. Sólo quedaba un pequeño cabo de vela; y la mosca solitaria había ido descendiendo, á medida que la llama bajaba, mendigando al fuego un instante de vida, pero disfrutando del calorcillo agradable que exhalaba la muerte… Sí, la muerte estaba en mi cuarto. La víctima iba a ser una mosca; ¡pero era la muerte! El día señalado, tan polvo será mi cuerpo como el de ese animalejo… Como el más respetable homo sapiens, esa mosca nace, vive, muere, y ansía el alimento y tiene apego á la vida… La llama y la mosca seguían bajando…

Con gran arranque fuí á soplar la luz y me detuve. No. Que la mate el frío ó que la mate el Tato, como decían nuestros padres. No todos los días está uno para quebrantar Mandamientos. Soy hombre que no mata una mosca.

Volvíme hacia la pared y dije para mí: Quédate aquí, desdichada, ya que te condena, quien puede, á morir con los últimos alientos de esa vela. Día llegará en que el calor huya también de mí y de nada han de valerme entonces estas mantas felpudas, ante los témpanos con que la muerte rodeará este lecho…

Y hubiera continuado este discurso grave, sino me cortara los vuelos el sopor del sueño. Recuerdo vagamente la agonía de la luz: claridades y sombras que aleteaban en las paredes de la alcoba en medio del silencio…

Desperté al día siguiente y vieron mis ojos el sol de invierno que iluminaba el dormitorio. La vela había desaparecido, y en el mármol blanco de la mesa de noche yacía, chamuscado y patas arriba, el cadáver de una mosca.

“La última mosca”, por Juan Ochoa Betancourt, publicado por primera vez en “Barcelona Cómica” (Barcelona, 6 de febrero 1897). He transcrito el texto, respetando la ortografía original, a partir del volumen Novelas y cuentos, de Juan Ochoa (Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, 1987).

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