Esperando a Godot

5 04 2017

El inspector vino el viernes pasado, pero yo me encontraba fuera de servicio. Lo cierto es que el jueves y el viernes sufrí de una pasajera infección de garganta que me obligó a ausentarme del instituto: desde aquí afirmo rotundamente que el hecho de que coincidiera con la anunciada venida del inspector fue una desafortunada coincidencia (tengo justificante médico si se necesita prueba). En fin, el caso es que me quedé sin conocer al esperado personaje, pero no me desanimo: tendré otra oportunidad. Tanto la directora como la jefa de estudios, así como una o dos compañeras me han recordado sucesivamente y sin ponerse de acuerdo que había sido agraciada con una cita con el inspector, sin duda para que me ocupe de poner mis papeles en regla.

La verdad, prefiero una cita con el inspector antes que una cita con…

dentista

Asumiendo que todos somos, por definición, profesionales competentes y honrados que desempeñamos nuestro trabajo con eficacia, no entiendo el porqué de tanta agitación, que pudiera malinterpretarse como pánico, ante la aparición de un inspector que no es el de Hacienda. La jefa de estudios me ha citado a su despacho para entregarme unos folios con toda la secuenciación temporal de las actividades programadas para la inspección, de cuáles sólo dos tienen algo que ver conmigo; la orientadora se ha apresurado a devolverme unas encuestas que les pasé al alumnado a principio de curso y que ni a ella ni a mí nos han servido absolutamente para nada, sin duda movida por el laudable objetivo de que se las enseñe al inspector cuando me pida cuentas de lo que he hecho. Al parecer, ni siquiera mi orientadora confía en que haya hecho algo alguna vez en la hora de tutoría.

Sigo esperando a Godot.



Que viene el coco

29 03 2017

Cuando aterricé en este centro me advirtieron de que el IES la Ería venía con un inspector de educación pegado. De hecho, la primera persona con la que topé me habló del inspector, la segunda también y la tercera no digamos. Por lo visto, los compañeros del instituto anterior habían oído algo del asunto, puesto que cuando se lo comenté a una camarada de inglés me miró con cara de pena al tiempo que movía la cabeza en un equívoco balanceo que para mí venía a significar: “te acompaño en el sentimiento”.

Esperaba conocer al inspector el primer día de curso, puesto que me habían dicho que el hombre se personaba en el centro el día uno a primera hora y encima se te metía en las clases (cómo se las arreglaba para aparecer en todas a la vez es algo que no atino a discernir, pero debo aceptar: también es un misterio la omnipresencia de Dios). Pero no apareció. Me preguntaba si lo conocería en el primer claustro, pues me habían contado que el buen señor se estaba en el centro la jornada completa, la hora del claustro y el intervalo entre ambas que los demás aprovechamos para comer, pero sufrí una decepción: no compareció. Me aseguraron que se colaba en las reuniones de departamento (esa es la única razón por la que hacemos las reuniones de departamento), pero tras más de quince erres-dés aún no le he visto ni el pelo (suponiendo que lo conserve). A las evaluaciones no viene, para mi gran desilusión.

No es que los inspectores de educación sean especial motivo de mi curiosidad, pero comprenderán ustedes que tanto oír hablar del mismo fulano me hiciera preguntarme, por lo menos, qué aspecto tenía. Sabía que era de sexo masculino (de nacimiento o transgénero) porque el idioma español lo distingue quieras o no; en cuanto a su edad, me imaginaba un anciano barbicano hasta que en una conversación casual pregunté “¿y no se jubilará de una vez?” y me dijeron que, por desgracia, le quedaba bastante.

Michael Fassbender

Si el inspector tuviera este aspecto, no me importaría que me inspeccionara todos los días…

Por otro lado, parecía que la presencia del inspector generaba cierto malestar. No dejaba de oír historias sobre el inspector haciendo a la jefa de algún departamento rehacer la programación completa, el inspector insistiendo en que el compañero que se olvidaba de firmar el parte no cobraba la hora, el inspector bajándose de la cama y yéndose al instituto en pijama a tomar el cafetín porque vivía “ahí al lado”. Incluso llegué a preguntarme si la insistencia del inspector en visitar este instituto dejando en olvido los otros ochocientos centros que le tocan se debería al lozano aspecto de la directora y de la secretaria, que están de muy buen ver, pero deseché de inmediato dicho pensamiento por sexista, denigrante y poco educativo. Además, nadie me ha asegurado que el inspector sea heterosexual.

Danny de Vito

Por desgracia, el españolito medio suele parecerse más a este (y, que yo sepa, el inspector es de nacionalidad española)

A estas alturas de curso había sacado ya la cómoda conclusión de que el inspector era, o bien una leyenda urbana, o bien una novatada. Y justo cuando ya había perdido la fe,  me dan la noticia: que viene el lobo el coco el inspector. Con fecha exacta. Y viene, además, a inspeccionar las tutorías de los cursos impares. Y yo, señores ¡soy tutora de un primero de Bachillerato!

¿Me pedirá el inspector mi cuaderno del profesor lleno de tachones? ¿Se quedará a séptima hora? ¿Se parecerá a Michael Fassbender o a Danny de Vito? La respuesta, en el próximo capítulo… si es que Godot viene…



Echando a un alumno de clase (II)

22 11 2016

Toda la parafernalia del artículo de ayer era nada más que para echar al alumno de clase. Cuando se trata de expulsar al alumno del centro, la cosa se complica tanto que algunos institutos prefieren quedarse con el nene aunque el muchacho/a haya faltado al respeto a profesor, compañeros, personal de limpieza y hasta a la sufrida directora. Pero claro, tomar la decisión de sancionar al alumno da pereza, sobre todo porque hay que pedirles permiso a los padres para remitirles a su angelito, y para ello hay que localizarlos primero.

Además, las medidas punitivas están muy mal vistas (sobre todo por aquellos que se han librado del contacto directo con alumnos), con lo que el número máximo de días que un director puede expulsar del centro a uno de sus estudiantes por primera vez es de tres. Sí, como lo oyen: tres días en todos los casos, haya hecho lo que haya hecho. En un caso de acoso como el que se ha hecho recientemente popular por los telediarios, con la víctima en el hospital y con parte de lesiones, los presuntos responsables han sido sancionados con tres días de privación de asistencia a clase; exactamente lo mismo que pasa con el que se niega a entregar su móvil al jefe de estudios.

Y el remate es cuando te viene te viene el alumno problemático de turno con carita de hastío a preguntarte: “Oye, profe, ¿qué más tengo que hacer pa que me echen, que estoy hasta el gorro de estar aquí?”