Autoridad del profesor

22 05 2019

Las últimas noticias divulgan que seremos autoridad (¿no lo éramos ya?) y que un profesor de a pie (no un director o jefe de estudios) podrá expulsar de su clase a un alumno por un máximo de tres días, es de suponer que no al arbitrio sino por motivo justificado.

Lo que las noticias no dicen es que para expulsar al chavalillo en cuestión tendremos que:

-Registrar por escrito la falta cometida (no te exigen simultaneidad; menos mal, no tienes que hacerlo mientras te están clavando una tijera en el ojo).

-Dar una fotocopia de dicho escrito a jefatura y a sus padres.

-Obtener la firma de sus padres, que certifica que se han enterado.

-Obtener el consentimiento de los padres (no es lo mismo el recibí que el consiento).

-Ofrecer una alternativa educativa para los días que el alumno esté expulsado (léase mandarle deberes).

-Obtener la firma de los padres en dichos deberes, certificando que los han recibido.

-Recibir al alumno en el centro durante esos tres días en la sala habilitada para ello, con un profesor acompañante (es decir, tú lo echas de tu clase y se lo lleva un compañero menos afortunado).

-Y, como remate, el punto que le anula todo: no se podrá sancionar si el alumno “no distingue el bien del mal”  (letra exacta de la nueva ley y no de un vetusto tratado de teología).

Y ahora la opinión pública cree que podremos echar al alumno de clase a voluntad y capricho. En fin…



Non sequitur

26 02 2018

El departamento de Lengua recibe una queja del AMPA contra un profesor concreto (es evidente que no daremos nombres) por no cumplir con la programación. Me abstengo de juzgar sin conocer los hechos en detalle. Pero lo que sí me ha dejado descolocada es la respuesta del inspector: a partir de ahora, todos los miembros de dicho departamento rellenaremos un papelito en el que tendremos que anotar en qué tema estamos, así como si nos saltamos la parte de ortografía o no.

La próxima vez que tenga un agujero en mi tejado redactaré un informe en lugar de arreglarlo. Igual con eso evito que me entre la lluvia.



El PLEI

6 11 2017

La última chorrada pedagógica de los que mandan: ahora resulta que tenemos que llevar un registro de nuestras actividades de lectura en el aula, aunque sólo sirva para que sea el inspector de turno el que se entretenga leyendo. Es decir, que cada vez que les dé un texto literario a mis alumnos debo apuntar en una hojita, convenientemente ubicada en mi departamento didáctico:

a) La hora y fecha en que he hecho la lectura.

b) El curso y grupo de alumnos que la ha soportado.

c) El estado de dichos alumnos durante la lectura, a saber: callados, comentando puntos de interés, saboteando la clase, dormidos…

d) La utilidad pedagógica de dicha lectura (entiéndase “moraleja”).

e) La conexión de dicha lectura con el currículum oculto (léase racismo, machismo, creacionismo…).

f) La relación entre la lectura realizada y la indepencia de Cataluña (por si acaso).

Si lo que quieren es conseguir que hasta el profesor odie la lectura, pues, oye, lo están haciendo bien.



Los papeles del CESID

25 09 2017

Perdóneseme el título engañoso, que ya me penalizará Google, pero en eso parecen haberse convertido de un tiempo a esta parte los exámenes.  La última novedad en este proceso es que hemos tenido claustro extraordinario sólo para decidir qué protocolo había que seguirse en el caso de que un padre solicitara el acceso a los exámenes de su hijo. No se crean que se nos permite insinuarle al padre en cuestión que él no los va ni a entender, ni mucho menos a poder juzgar. Tampoco podemos negarnos a enseñarlos a alguien más que al alumno alegando que luego se fotocopian en la academia particular para los chavales de la siguiente hornada. No, ahora el padre tiene derecho a ver los exámenes si solicita una fotocopia de los mismos por registro, y por registro debe consignar su entrega el profesor. Nótese la inflación de procedimientos para algo que no es más que un ejercicio sobrevalorado.

Señores, no gastemos tiempo, dinero y papel en cosas sin importancia y canalicemos toda esa energía en lo que sí la tiene. Un examen no es material clasificado: es un ejercicio con el cual el profesor evalúa, y, en el mejor de los casos, el alumno aprende algo. Mi costumbre, allá por los tiempos en que empecé en esta profesión, era permitir que los alumnos se quedaran con los exámenes para que pudieran corregir sus propios errores y trabajar sobre ellos; hoy se me niega la posibilidad y se me obliga a blindarlos mediante un protocolo desmedido. ¿Quién sale aquí ganando? ¿El maestro? ¿El discípulo? ¿El inspector? Les dejo que se lo piensen.



El nombre de la rosa

17 05 2017

A reválida by any other name would smell as rotten.

Mientras los de arriba proclaman que nos han quitado las reválidas, nos imponen un nuevo examen externo en cuarto de la ESO cuya utilidad no conoce nadie. En teoría no servirá para evaluar a los alumnos, ni para influir en modo alguno en sus notas medias, ni mucho menos para evitar que les regalemos el título en setiembre. Si fuéramos mal pensados creeríamos que se trata más bien de evaluar a los profesores y a los centros, pero esta teoría queda inválida porque van a ser los mismos profes que les dan clase los encargados de corregirles los exámenes. De lo que se trata en verdad es de mostrar estadísticas que poder ofrecer a políticos y periódicos, y aumentar (¡todavía más!) la ya agobiante carga de burocracia que arrastramos en los centros.

Desde aquí recomiendo a los profesores que tienen que corregir que les pongan a todos los ejercicios la misma nota: 0 ó 10, lo mismo da. Y a los padres, que no manden a sus hijos al instituto el día de la prueba: aceptaremos con una sonrisa un “es que, profe, ayer me puse malo”. Digamos NO a exámenes inútiles y a imposiciones externas. NO aceptemos que nos diga un político cómo tenemos que hacer nuestro trabajo.