Y no se ha acabado

3 05 2017

Al día siguiente de tan esperada entrevista todo el mundo me preguntó qué tal con el inspector. De hecho, no había acabado de abrir la puerta del centro cuando dos o tres compañeros me asaltaron con intenciones aviesas, y tuve que repetir la misma historia varias veces antes de poder refugiarme en un aula. Estoy segura de que si me hubieran operado de apendicitis nadie se interesaría lo más mínimo por mi estado.

A la hora del café me encontré a la pelirroja orientadora al borde del llanto, pues al parecer el inspector se había pasado toda la cita echándole la bronca (con lo majo que parecía); por los pasillos me crucé con otro compañero que definió al inspector como “muy estirado y pegado a la letra” (¿pero eso no es una tautología?). Y mientras yo me preguntaba por qué la presencia de este señor anulaba las conversaciones sobre cualquier otro tema, una compañera relató cómo había ido la cosa en su tutoría. Al parecer el inspector entró en la clase con la presumible intención de comprobar cómo se traducía al mundo real lo que salía en los papeles. Después de verse empujado por un montón de chavales que llegaban tarde y entraban en tropel sin disculparse, el pobre hombre tomó asiento en una silla vacía de la última fila. Diez minutos después una alumna irrumpió en el aula y se encaminó sin miramientos hacia su sitio, que por desgracia era el mismo en que descansaban las posaderas del inspector. La alumna frenó en seco, dirigió una –nos suponemos que insolente– mirada al señor inspector y dijo, en un tono de voz más elevado de lo habitual:

–¿Pero qué hace ese sentado en mi sitio? ¡Ya se puede ir quitando o lo quito yo!

Debo reconocerle al inspector un temple digno de un caballero británico: lo único que comentó a la salida fue: “Los alumnos de este centro son un poco ruidosos, ¿no?”

bosque eucaliptos

Árboles dispuestos a morir para satisfacer las demandas del inspector

P.S.: Ahora sí que s’acabao. El equipo de inspección nos convocó a la última reunión (a la hora en que el españolito medio come) para leernos la cartilla mostrarnos los resultados de su evaluación. Voy a resumir, que ustedes tendrán hambre: nos dieron papeles, nos explicaron los papeles, nos exigieron más papeles. Todo se desarrolló con exquisita educación: nos dieron también las gracias, aunque carecen de validez por no constar en acta.



El cumpleaños de Hitler

20 04 2017

Hoy es el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler. Por fin he conocido al inspector. La yuxtaposición de dos oraciones no tiene forzosamente que establecer una relación causal entre ambas.

Hitler bebé

Este bebé tan mono no es exactamente un inspector de educación.

El inspector andaba por el centro desde ayer, y aunque no nos encontráramos entonces, tuve pruebas fehacientes de su existencia. En efecto, una compañera entró muy sofocada en la sala de profesores anunciando que acababa de entrevistarse con el inspector: tengo que añadir que mencionada compañera está muy lejos de la edad en que tales fenómenos pueden atribuirse a la naturaleza. Murmuró algo sobre “registrar las entrevistas con los alumnos” que tenía que haberme puesto sobre aviso, pero es que yo soy de improvisar.

Susodichos alumnos me estuvieron contando anécdotas sobre visitas de inspectores a sus anteriores centros educativos: se habían enterado de la llegada del fulano, aunque yo (fiel a mi política) no les había facilitado la información. Pero es una verdad universalmente reconocida que los alumnos se enteran de todo excepto de lo que quieres que se enteren. En fin, que me estuvieron contando que la última vez que vieron un inspector de educación le escupieron dos veces (uno al principio de la visita y otro cuando el jefe de estudios volvió con la sanción), o que cierto chavalillo, ante la aparición de un inspector en el aula, le espetó a bocajarro un: “¿Pero qué hace aquí el payo este?”

Y por fin se despejó la incógnita que planeaba sobre la apariencia física del inspector y hasta sobre su misma existencia. Bien, en primer lugar no se trataba de un solo inspector, sino de todo un equipo de inspección completo (formado por dos personas, tampoco hay que pasarse). El que me entrevistó a mí resultó ser un señor muy agradable (pero no nos fiemos: también era muy amable O´Brien con Winston Smith) al que tengo que agradecerle haber respetado el recreo que dedico a comer galletas. También le agradezco haberme obligado a saltarme la hora de guardia para que ambos la pasáramos juntos charlando (de trabajo, no se vayan a pensar…), y como ser agradecidos es de bien nacidos, voy a incluir en esta ristra de agradecimientos a todos mis queridos tutorandos, que por supuesto no se presentaron a la hora de tutoría.

Con toda probabilidad el inspector se ha quedado descolocado ante mi costumbre de no guardar copias de documentos que no voy a volver a mirar, así como ante mi informalidad con las fechas y los números (para encima el señor es de Matemáticas), así como con mi renuencia a utilizar el formato preestablecido para las comunicaciones internas. Esta entrevista me ha servido, además, para darme cuenta de que debería controlar mi tendencia a decir lo primero que se me pasa por la cabeza aunque el audiorio esté compuesto por menores de edad, inspectores de educación o señoras católicas. En resumen, que me alegro de que el inspector no pueda despedirme ni destinarme a Degaña.



Se acerca el… inspector

17 04 2017

El inspector anuncia su llegada para el día 20 de este mes, fecha que se acerca a paso tan rápido como el invierno en Westeros. No tengo motivos para inquietarme: mi última experiencia con un inspector de educación fue tan positiva que el hombre me hizo llegar su enhorabuena. Aunque la verdad es que no entiendo por qué, ya que la clase a la que le tocó asistir la impartió por entero una alumna y yo sólo moví un bolígrafo para ponerle un sobresaliente. Supongo que sería por eso de la “construcción de aprendizaje autónomo por parte del alumnado”. Lástima que no se trate del mismo inspector.

La pretensión del inspector actual es visitar una sesión de tutoría lectiva. He de suponer que un funcionario de su categoría no será tan ingenuo como para creer que unos alumnos de Bachillerato, muchos de ellos repetidores y mayores de edad, van a quedarse a séptima hora todos los jueves para escuchar las chorradas la información que el tutor tiene que transmitirles. Pero por si acaso, mi pretensión –yo también tengo una– es que el inspector se encuentre cara a cara con la realidad. Es decir, que deseo honestamente que los alumnos hagan ese día lo que tienen por costumbre: o sea, no aparecer por el aula (con la excepción de dos o tres fieles, a los que desde aquí agradezco que cumplan el horario). A ver si así la delegación provincial se entera de lo que significa aumentarnos una hora por la cara en Bachillerato.

¿Alguien ha visto algún alumno?

Así pues, no pienso anunciar a mis alumnos la venida de este personaje, ni recomendarles que se queden este jueves, ni preparar una sesión de tutoría ficticia rogándole al empollón que haga algunas preguntas de fácil respuesta para hacerme quedar bien. Sé que algunos han entrado en el blog, pero exclusivamente para leer las burradas (que no, que las coplas no se hicieron a la muerte de mi padre…), así que no creo que este post les ponga sobre aviso de nada, pero por si acaso se lo reitero: haced exactamente lo que hacéis un jueves normal. Se me ocurre ahora que existe la muy remota posibilidad de que me esté leyendo el mismísimo inspector. Aunque parezca que no, eso tendría sus ventajas, pues es posible que esta entrada me ahorre la redacción del informe de tutoría.

Seguiremos informando…