El PLEI

6 11 2017

La última chorrada pedagógica de los que mandan: ahora resulta que tenemos que llevar un registro de nuestras actividades de lectura en el aula, aunque sólo sirva para que sea el inspector de turno el que se entretenga leyendo. Es decir, que cada vez que les dé un texto literario a mis alumnos debo apuntar en una hojita, convenientemente ubicada en mi departamento didáctico:

a) La hora y fecha en que he hecho la lectura.

b) El curso y grupo de alumnos que la ha soportado.

c) El estado de dichos alumnos durante la lectura, a saber: callados, comentando puntos de interés, saboteando la clase, dormidos…

d) La utilidad pedagógica de dicha lectura (entiéndase “moraleja”).

e) La conexión de dicha lectura con el currículum oculto (léase racismo, machismo, creacionismo…).

f) La relación entre la lectura realizada y la indepencia de Cataluña (por si acaso).

Si lo que quieren es conseguir que hasta el profesor odie la lectura, pues, oye, lo están haciendo bien.



La selección

10 05 2017

“La selección”, o cuando la portada vale más que el libro.

Somos conscientes de que esto no es 1984; ni siquiera Los juegos del hambre. Pero no nos parece lícito (nótese, por favor, el plural de modestia) juzgar un libro según sus posiblidades de ingreso en El canon occidental. Cada historia tiene una función y un alcance: este es un libro para adolescentes (en su mayoría femeninos) y sólo pretende cumplir una fantasía, lo que en absoluto es reprochable: la literatura se escribe por placer y se lee por placer, y quien te diga lo contrario se ha pasado demasiado tiempo estudiándola.

La premisa es muy interesante: mezclar Cenicienta con un reality show. Y en un futuro distópico, además. Una sociedad de castas y escasez coronada por una monarquía de opereta. Ruritania en un mundo feliz. Pero no se ha sacado partido a las posibilidades que el tema ofrecía. Ni se nos muestran los entresijos del reality, ni se describe a las concursantes (el color del vestido no cuenta como descripción, gracias), ni la sociedad presuntamente distópica es analizada ni cuestionada. Oh, sí, aparecen unos rebeldes muy educados que atacan cada dos capítulos porque los guardias de palacio no han recibido el entrenamiento suficiente para acordarse de cerrar la puerta.

Sin embargo lo que arruina la lectura por completo es la presencia constante de estereotipos (la protagonista es a un tiempo pelirroja y temperamental), algunos de ellos abiertamente racistas (la única concursante asiática es introvertida y honorable) y machistas: una chica de dieciocho años comenta entre lágrimas que quiere un marido –se deduce que la frase terminaría con “antes de que sea demasiado tarde para pillarlo”–; varios personajes se extrañan de que una señora calificada por todos como “lista y buena” no se haya casado –es evidente que toda mujer que supere los antedichos dieciocho en estado de soltería tiene que ser por fuerza “tonta y/o mala”. Me pregunto por qué no se han atrevido a decir abiertamente ”fea”. Ah, y no se olvide que en el futuro se considerará inapropiado que una mujer lleve pantalones. Me refiero a la prenda, por si no quedara claro.

Una distopía pone de relieve las injusticias que existen en la realidad, pero para luchar contra ellas, no para refrendarlas.  Es obvio que La selección no está batallando contra la desigualdad social ni contra el machismo, sino asumiéndolos y aceptándolos. Así que llamemos a las cosas por su nombre: ni distopía ni ficción especulativa; simplemente, novela romántica. Una novela romántica con un trasfondo ideológico retrógrado y machista que nos parece increíble que esté resurgiendo a principios del siglo XXI. Vayan con cuidado: 1984 ya no es el futuro. El futuro es 1950.



NO al libro obligatorio

21 01 2008

Pido perdón a mis alumnos por todos los libros que les he obligado a leer. Pido perdón por todas aquellas veces que, pertrechada de una lista impuesta por cualquier otro, les hice copiar en los cuadernos un título, un nombre y una editorial, para después acompañarlo de una fecha de examen y la amenaza rastrera del suspenso. Pido perdón a mis alumnos por transmutarles el placer de la literatura en angustia ante los plazos.

Hay cosas a las que te tienen que obligar. A lavarte los dientes. A cortarte las uñas de los pies. A salir de las habitaciones sin portazos. Pero a leer, no: ¿cómo obligarías a alguien a ser feliz? Borges dijo, y yo copio sus palabras, que son mejores que las mías: “Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría”. De esta creencia extrae la única afirmación lógica posible, apoyándose a la vez en las palabras de otros, cual era su costumbre: “Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso”.

Prefiero estar con Borges que con los teóricos de la educación. Prefiero estar con el escritor que con los docentes que se toman la literatura como un inventario de difuntos. A ver, ¿para qué escriben los que escriben? ¿Para que les leamos con asco -profe, ¿cuántas páginas tiene?- por cumplir un programa? ¿Cuánta gente ha tenido la dicha de leer el Quijote por voluntad propia?

Nadie está de acuerdo hoy con la vieja máxima “la letra con sangre entra; sin embargo, no nos situamos tan lejos cuando obligamos a los pobres alumnos a leer por decreto los tres libros de moda en el modelo pedagógico que toque este año. ¡Marchando una de Tiempo de Silencio! Discúlpeseme el autobiografismo, pero uno mismo es el ejemplo que más cerca se tiene: yo era una niña aficionada a la lectura. ¡Pero Tiempo de Silencio…!  ¿Qué interés podía tener yo, a una edad púber, en la retórica artificiosa, la ironía distanciadora y el feísmo de Tiempo de Silencio? Y que conste que hoy no le tengo inquina especial a la obra, que además parece haberse caído ya de los planes de estudio, suplantada por a saber qué.

Los defensores de la lectura obligatoria (dos palabras que deberían ser, en sí mismas, paradoja) argumentan que el alumno debe conocer los clásicos. Por supuesto que debe conocerlos: debe saber de su existencia, debe ser consciente de por qué están valorados así, y debe tener acceso a ellos si lo desea, pero jamás debería ser obligado a pasar los ojos por sus líneas para luego presentar un resumen del argumento y una ridícula “opinión personal”, reducida las más de las veces a “profe, ¿qué pongo?”. Veo mucho más positiva la actitud del maestro que dice: “Este es el Quijote. Te cuento lo que es y por qué es lo que es. Te cuento quién lo hizo y por qué lo hizo. Te dejo la primera página para que la leas y continúes si quieres, o te llevo a la biblioteca y te presento un ejemplar, y lo abres o no, o entre todos discutimos por qué se hizo tan famoso y de otros libros no se acuerda nadie” que la del que dice: “Para el día 30, examen de lectura. La nota del libro vale un 40% del total”.

Los apologistas del libro-obligatorio-por-narices añaden que la lectura aumenta el vocabulario, reduce los errores ortográficos, agiliza el pensamiento, entre otras bondades. Y llevan razón. Pero ¿acaso los poetas han escrito para que sus lectores dejaran de tener faltas de ortografía? ¿Acaso quieren reducir la lectura a su sola utilidad práctica? Por supuesto, leer es bueno. Enseñar a leer es bueno. Trabajar múltiples textos es bueno. En estas cosas consiste nuestro trabajo: leer y escribir textos, textos y textos, que no tienen, además, por qué ser literarios, sino de todo tipo y matiz. Pero ¿vamos por eso a obligar a los alumnos a disfrutar del arte? ¿”Obligar” y “disfrutar” pueden ir juntos alguna vez (dejando aparte cierta desviación sexual que no viene al caso, claro)?

Creo que la misión del profesor es guiar al alumno por la selva de la literatura, diciéndole que libro es comestible y cuál venenoso o con cuál va a poderse trenzar lianas para cruzar fangales, pero jamás forzarle a meter las narices entre unas páginas que no le importan. Hay que acercar los libros a los alumnos, pero nunca como una lista de lecturas impuestas. Hay que despertar la curiosidad del alumno por el libro, pero dejarle solo ante la elección de leer o no. Quién sabe, quizás el libro del que un chaval de catorce años escuchó hablar por vez primera en tu clase acabe siendo su lectura favorita cuando cumpla los veintitrés, o los cuarenta. Sí, sé que es más fácil decirlo que hacerlo: ¿cómo estimular la curiosidad de un chico adolescente de hoy? No hay reglas fijas, pues tratamos con personas, no con máquinas programadas. Cada maestro tiene sus trucos. A mí me gusta compartir mis libros con los alumnos: decirles qué leo, qué me gusta, qué no. Lo ideal sería leer con ellos un poco cada día: más provechosa será, muchas veces, una clase hecha de lectura que de explicaciones magistrales, pero eso solo puede llevarse a cabo si los alumnos escuchan y callan. Y la práctica no siempre es tan bonita ni tan ideal como los pedagogos la pintan: de sobra lo sé. Sé que existen grupos que no tienen paciencia para aguantar en silencio la lectura de otro; que hay alumnos que prefieren, antes que escuchar una historia, interrumpirla.

Pero la naturaleza humana está llena de contradicciones, y yo he firmado todo esto a pesar de, o quizás a causa de, la programación didáctica de la asignatura que me ha tocado en suerte. Pues, muy en contra de mi voluntad y siguiendo los dictados de mi departamento, ya he fechado el examen correspondiente a la lectura obligatoria del trimestre.

Edito hoy para que sepáis que por fin he encontrado un departamento de Lengua que respeta mi decisión de NO programar libro obligatorio. Gracias, compañeros.

Y si queréis la opinión de una alumna, aquí.