El cuento más gracioso del mundo

30 03 2020

 El cuento más gracioso del mundo no es un cuento, sino una novela, que no es otra cosa sino un relato largo. El cuento más gracioso del mundo no es una ristra de chistes, sino un análisis precoz de los males del colonialismo. Y digo precoz porque estamos hablando de 1847 y de Herman Melville; sí, ese de la ballena.

Omoo: a Narrative of Adventures in the South Seas, traducido como Omú en español, permanece inevitable a la sombra gigante del cachalote albino; en contraste con su hermano mayor nos ofrece un texto irónico de arriba abajo, lleno de desastres y carente de tragedia, que relata el viaje más absurdo en barco desde la novela bizantina. El navío, cómo no, un ballenero.

Melville no se corta a la hora de criticar a su propio país -y al de los demás- y destapar todos los males de una Armada poblada por oficiales incompetentes, navíos escorados y marineros poco mejores que piratas. En un ballenero que hace aguas se juntan un capitán sin autoridad, una tripulación de cuchillo en boca y unos nativos que aguardan en islas ocupadas por europeos rapaces que roban sus recursos con la excusa de la civilización. Y esto último escrito sin equívocos por un hombre blanco muerto.

Y no pienso contaros si al final naufragan.

P.D.: Al ser esta una de las lecturas recomendadas para los alumnos de Literatura Universal, os recuerdo que el que la haga me envíe un correo cuando la termine para su evaluación.



El cuento más romántico del mundo

18 03 2020

La culpa es de los tlaxcaltecas“, de Elena Garro.

Es este un relato que exige una cierta competencia lectora (esto va por los de Literatura Universal) y que no es tan conocido como merecería: ¿tendrá algo que ver que su autora es mujer y esposa de autor de primera fila? Me lo topé por casualidad en una librería de viejo –que no en el temario de Hispanoamericana–, en una antología de literatura mexicana “de hoy” (años 60: me ha hecho sentir joven; fue antes de que yo naciera). El volumen se caía de ancianito: cada vez que pasaba una página se rompía, lo cual me hubiera hecho reflexionar sobre la fugacidad de la belleza si fuera un poco más pedante. Valió la pena. Más quiero ese relato roto que otro entero.

Ahora bien, si os lo resumo, siquiera un poco, lo estropeo. Lo siento, pero aquí no haré spoilers. Solo decir que está a la altura de Juan Rulfo, que juega con el tiempo y el espacio a lo Cortázar, que baila con la ambigüedad como Henry James, pero el sentimiento de los amantes es intimista y poético.

Mis contemporáneos son los que aún hoy leo con gusto.

P.D.: Aquel alumno de Literatura Universal que lo lea y me lo demuestre a la vuelta se gana el punto por lectura.



Un penoso deber

13 03 2020

Una alumna me analiza así el verbo de la siguiente oración:

Hemos leído el libro de don Ildefonso Falcones”: perífrasis modal de obligación

Sabemos que leer a ciertos autores es un suplicio, pero disimula, mujer…



Shakespeare vive

13 12 2019

Segundo de la ESO. Les pregunto a mis alumnos qué quieren leen en la hora de lectura. Resulta que los que no estaban conmigo el año pasado ya habían hecho todas las lecturas pedagógicas que tenemos en el departamento, incluso las que no tocaban: adaptaciones de clásicos, libros para niños del siglo XIX, novela juvenil actual con valores (la nueva forma de llamar a la moraleja). Total, que de pronto levanta la mano un alumno y me sugiere:”¿Por qué no leemos la historia tan chula que nos habías contado el año pasado?” Interesada, pido más pistas. “Esa que iba de un asesinato en Escocia con brujas y unas manos manchadas de sangre…” Y entonces me muero de alegría. ¡Los alumnos querían leer Macbeth! Efectivamente, se la había contado el año anterior a los que estaban conmigo, pero no la habíamos leído en clase. Un curso después, no solo se acordaban, sino que me pidieron a coro que sí, que esa, esa, y no otra, especialmente no uno de esos libros que estaban en la lista del departamento y que se suponen hechos adrede para gustarle a un chaval de doce a catorce años. Porque, señores, resulta que lo que le gusta de verdad a un chaval de trece años son los asesinatos truculentos, las manchas de sangre, las brujas y los misterios en la noche, y no los libros políticamente correctos diseñados por un equipo editorial que se esmeran en el prodesse y olvidan el delectare.



El PLEI

6 11 2017

La última chorrada pedagógica de los que mandan: ahora resulta que tenemos que llevar un registro de nuestras actividades de lectura en el aula, aunque sólo sirva para que sea el inspector de turno el que se entretenga leyendo. Es decir, que cada vez que les dé un texto literario a mis alumnos debo apuntar en una hojita, convenientemente ubicada en mi departamento didáctico:

a) La hora y fecha en que he hecho la lectura.

b) El curso y grupo de alumnos que la ha soportado.

c) El estado de dichos alumnos durante la lectura, a saber: callados, comentando puntos de interés, saboteando la clase, dormidos…

d) La utilidad pedagógica de dicha lectura (entiéndase “moraleja”).

e) La conexión de dicha lectura con el currículum oculto (léase racismo, machismo, creacionismo…).

f) La relación entre la lectura realizada y la indepencia de Cataluña (por si acaso).

Si lo que quieren es conseguir que hasta el profesor odie la lectura, pues, oye, lo están haciendo bien.



La selección

10 05 2017

“La selección”, o cuando la portada vale más que el libro.

Somos conscientes de que esto no es 1984; ni siquiera Los juegos del hambre. Pero no nos parece lícito (nótese, por favor, el plural de modestia) juzgar un libro según sus posiblidades de ingreso en El canon occidental. Cada historia tiene una función y un alcance: este es un libro para adolescentes (en su mayoría femeninos) y sólo pretende cumplir una fantasía, lo que en absoluto es reprochable: la literatura se escribe por placer y se lee por placer, y quien te diga lo contrario se ha pasado demasiado tiempo estudiándola.

La premisa es muy interesante: mezclar Cenicienta con un reality show. Y en un futuro distópico, además. Una sociedad de castas y escasez coronada por una monarquía de opereta. Ruritania en un mundo feliz. Pero no se ha sacado partido a las posibilidades que el tema ofrecía. Ni se nos muestran los entresijos del reality, ni se describe a las concursantes (el color del vestido no cuenta como descripción, gracias), ni la sociedad presuntamente distópica es analizada ni cuestionada. Oh, sí, aparecen unos rebeldes muy educados que atacan cada dos capítulos porque los guardias de palacio no han recibido el entrenamiento suficiente para acordarse de cerrar la puerta.

Sin embargo lo que arruina la lectura por completo es la presencia constante de estereotipos (la protagonista es a un tiempo pelirroja y temperamental), algunos de ellos abiertamente racistas (la única concursante asiática es introvertida y honorable) y machistas: una chica de dieciocho años comenta entre lágrimas que quiere un marido –se deduce que la frase terminaría con “antes de que sea demasiado tarde para pillarlo”–; varios personajes se extrañan de que una señora calificada por todos como “lista y buena” no se haya casado –es evidente que toda mujer que supere los antedichos dieciocho en estado de soltería tiene que ser por fuerza “tonta y/o mala”. Me pregunto por qué no se han atrevido a decir abiertamente ”fea”. Ah, y no se olvide que en el futuro se considerará inapropiado que una mujer lleve pantalones. Me refiero a la prenda, por si no quedara claro.

Una distopía pone de relieve las injusticias que existen en la realidad, pero para luchar contra ellas, no para refrendarlas.  Es obvio que La selección no está batallando contra la desigualdad social ni contra el machismo, sino asumiéndolos y aceptándolos. Así que llamemos a las cosas por su nombre: ni distopía ni ficción especulativa; simplemente, novela romántica. Una novela romántica con un trasfondo ideológico retrógrado y machista que nos parece increíble que esté resurgiendo a principios del siglo XXI. Vayan con cuidado: 1984 ya no es el futuro. El futuro es 1950.