El nombre de la rosa

17 05 2017

A reválida by any other name would smell as rotten.

Mientras los de arriba proclaman que nos han quitado las reválidas, nos imponen un nuevo examen externo en cuarto de la ESO cuya utilidad no conoce nadie. En teoría no servirá para evaluar a los alumnos, ni para influir en modo alguno en sus notas medias, ni mucho menos para evitar que les regalemos el título en setiembre. Si fuéramos mal pensados creeríamos que se trata más bien de evaluar a los profesores y a los centros, pero esta teoría queda inválida porque van a ser los mismos profes que les dan clase los encargados de corregirles los exámenes. De lo que se trata en verdad es de mostrar estadísticas que poder ofrecer a políticos y periódicos, y aumentar (¡todavía más!) la ya agobiante carga de burocracia que arrastramos en los centros.

Desde aquí recomiendo a los profesores que tienen que corregir que les pongan a todos los ejercicios la misma nota: 0 ó 10, lo mismo da. Y a los padres, que no manden a sus hijos al instituto el día de la prueba: aceptaremos con una sonrisa un “es que, profe, ayer me puse malo”. Digamos NO a exámenes inútiles y a imposiciones externas. NO aceptemos que nos diga un político cómo tenemos que hacer nuestro trabajo.



NO necesitamos

8 06 2015

- No necesitamos más burocracia, sino más creatividad.

- No necesitamos más horas de clase, sino temarios más cortos.

- No necesitamos más exámenes, sino formas de evaluar más individualizadas.

- No necesitamos más religión, sino más artes.

- No necesitamos más deberes, sino más atención.

- No necesitamos más cursillos, sino más (in)formación.

- No necesitamos que nos declaren autoridad pública, sino que nos permitan aplicar sanciones.

- No necesitamos más alumnos en el aula, sino más profesores. Y, de paso, un enfermero por centro tampoco nos venía mal.

- No necesitamos que la política esté por encima de la pedagogía, muchas gracias.



NO a la enseñanza de religión

23 05 2011

Cuando se trata de juntar educación con religión me adhiero al pensamiento laico: que el estado no pague ni exhiba ni haga propaganda de religión alguna, pero tampoco luche contra ellas; que la religión sea asunto exclusivo del creyente.

Por eso defiendo la supresión de la asignatura llamada “Religión” de las escuelas. Y mira que lamento escribir esto, porque precisamente entre mis mejores amigos hay profesores de esta materia, y no quisiera que se quedaran sin trabajo. De hecho, si he tardado tanto en decidirme a colgar este artículo ha sido por amistad: uno de los compañeros a quienes más aprecio fue profesor de Religión (hola, Manolo Guiño).

Conocer la historia de las religiones, y, sobre todo, de la religión que ha marcado el devenir de Europa es positivo y necesario. Todos estamos de acuerdo en que un ciudadano medianamente culto no puede ignorar quién es esa señora con orla dorada que sale en el cuadro barroco sujetando a un bebé gordito. Sin frivolizar: el cristianismo está en la génesis de la mitad de las obras de arte del mundo occidental, por no decir de instituciones y costumbres. Pero todos sabemos también que este no es el planteamiento de la asignatura en cuestión. Se afirma que no se trata de “catecismo”, pero sus profesores han de ser aprobados por la autoridad eclesiástica (que les pide cuentas hasta de su vida privada). Se insiste en que no es una “maría”, pero hay institutos en que no se ha visto un insuficiente en Religión desde tiempos prehistóricos. ¿Y por qué hay una “alternativa no evaluable” a la asignatura de Religión y no la hay, pongo por caso, a la de Francés? ¿Qué tal si yo les dijera a mis estudiantes que pueden optar entre dar Lengua o nada?

Ninguna creencia religiosa -ni siquiera el ateísmo- debería ser materia de enseñanza en un centro educativo estatal.  Defiendo el derecho de cada confesión religiosa a educar a sus propios fieles, pero no en un centro público, con dinero público, instalaciones públicas y horario público –añadiendo de paso una hora inútil a los alumnos que no la cursan-. Y probablemente el noventa por ciento de la gente piensa así (soy consciente de que no estoy lanzando ninguna idea original); sin embargo, no hay manera de erradicar de las escuelas el lastre de una asignatura que corresponde a una forma ya caducada de entender la enseñanza. Me preguntó por qué nos cuesta tanto.



NO firmé la carrera profesional

11 03 2009

 Sí, yo soy una de esos pardillos/desinformados/concienciados que en su momento no firmaron la denominada “carrera profesional”, que a día de hoy todavía no se sabe muy bien en qué consiste.

¿Que por qué no la firmé? Pues porque antes de comprometerte a algo tienes que saber a qué te comprometes, ¿o no? Te piden que des un sí, no más, a unas condiciones que no se te comunican. Te tientan con una suma importante de dinero. Te dicen que ya te lo explicarán, que, de momento, tú cobras y no lo trabajas; cuando por fin se dignen a darte las claúsulas del acuerdo que has aceptado a ciegas será el momento de que te hagan devolver el soborno, si no has cumplido. ¿No les suena a anuncio de internet gratis, hable hoy y pague mañana?

¿Qué les pedirán a los que han firmado? En teoría, podría ser cualquier cosa: venir dos horas de más por la tarde, hacer exámenes los sábados aunque uno sea judío, suspender a todos los niños pelirrojos y con aparato en la boca… Comprenderéis que la que esto suscribe desconfiara. Subida de sueldo encubierta, dijeron algunos que era; cheque en blanco, la llamaron los demás. Nadie fue informado con datos objetivos; sólo el boca a boca magnificaba las opiniones. Los compañeros próximos a jubilarse nos aconsejaban que no firmáramos, pero ellos siguieron la política del coge el dinero y corre. “Yo firmo”, me dijo uno,”y para cuando me pidan que venga el sábado, ya estoy jubilado. A ver quién me quita el dinero entonces”. Actitud muy cívica y solidaria, sí señor.

Pero a día de hoy, a los flamantes firmantes aún no se les ha exigido nada, y a los que no pusimos nuestro nombre en un papel se nos ha quedado cara de tontos. Hacemos lo mismo y no cobramos igual: una división más entre el profesorado, por si había ya pocas. La firma de la carrera profesional se ha convertido en la firma más cara de la historia, y, mientras, el asunto anda en los tribunales, pues compañeros que no han firmado se han querellado por el trato desigual que la administración da a iguales trabajadores. Para más inri, he oído rumores de discriminación: hay quien fue destinado a Tineo teniendo puntos de sobra para una plaza en el centro; cuando va a reclamar le preguntan si había firmado la carrera profesional. La respuesta era no.

Y ahora sólo me queda esperar. A que los tribunales decidan que a igual trabajo, igual sueldo. A que la administración se aclare y nos diga por fin en qué consiste la carrera profesional de marras, y a qué te comprometes si la firmas. A poder decidir si quiero ganar más o menos (pues sí, existen personas que prefieren ganar menos y tener más tiempo propio, y me cuento entre ellas). A poder decir SÍ o NO con conocimiento de causa. Espero. Simplemente.



NO a la falta de autoridad

3 12 2008

Cada vez que me toca cubrir una guardia me pongo de mal humor. Soy consciente de que en todos los trabajos hay cosas que gustan y cosas que no, pero, diga lo que diga la ley, siento que no es obligación mía, ni de ningún profesor de secundaria y/o bachillerato, sustituir a un compañero no para aprovechar horas de clase, sino tan solo para evitar que los alumnos salgan del recinto escolar.

Que el profesor desempeñe cometidos ajenos a la impartición de su materia no es, desde luego, la causa principal de las faltas de respeto y del clima tan relajado que se vive en las aulas de hoy, pero todo contribuye. Un poco por aquí, un poco por allá, la autoridad del enseñante se va erosionando con menudencias diversas: que si no te tratan de usted, que si no dispones de tarima, que si te ven patrullando los pasillos cual segurata… al final el alumno acaba viéndote como una especie de criado para todo que está ahí para su servicio, en vez de cómo un experto en tu asignatura, que es lo que supone que eres.

Pero reivindicar la autoridad es considerado retrógrado; si es así, cargaré buenamente con el sambenito. Creo que un profesor puede ser a la vez cercano y accesible, dar cariño a sus alumnos y a la vez mostrar la autoridad intrínseca a su posición; es un ideal, y como todos los ideales, difícil de lograr, pero no por eso vamos a conformarnos con menos.

Para empezar, creo que el profesor únicamente debería ser profesor. Y, sí, reconozcámoslo: está por encima del alumno, al menos en las horas de clase. Solo se puede aprender de alguien por quien se siente admiración; aprender es, en gran parte, imitar, y nadie quiere imitar a aquel a quien cree inferior, pero ser profesor hoy no parece gran cosa: ni siquiera te permiten expulsar a un alumno rebelde de tu clase.

No se trata de hacerle reverencias al maestro, sino de que la sociedad reconozca su autoridad en vez quitársela, como últimamente se viene haciendo. A la vez habría que ensalzar y no denigrar la cultura y a los que la producen. ¿Qué alumno querrá adquirir cultura si ser culto no solo no te reporta ningún beneficio, sino que encima te condena al ostracismo social? Este es un problema de la España de hoy que no se limita a ni se resuelve en las escuelas, pero las escuelas pueden poner su granito de arena, devolviendo al conocimiento y a los que lo imparten el prestigio perdido.

En el mundo oriental hay un concepto de la relación maestro-alumno muy diferente de la que impera hoy por acá: lo sabemos por las películas de artes marciales. En estas historias aparecen maestros que seleccionan a los estudiantes mas dignos y alumnos que son castigados, a veces con excesiva dureza, y aceptan el castigo sin rechistar, conscientes de su falta y de su posición. Es el otro extremo del espectro. No estoy diciendo que la enseñanza tendría que ser así, Dios me libre: no deseo volver a la palmeta y las orejas de burro, y creo firmemente que el temor y la enseñanza son incompatibles. Pero sí que tomemos nota: el alumno oriental busca aprender de aquel por quien siente veneración. Los nuestros están obligados a aguantar seis horas a la semana a uno al que consideran, en el mejor de los casos, un muerto de hambre; en el peor, un hijo de puta.