Overbooking

19 09 2019

La ley permite que treinta y tres alumnos de segundo de Bachillerato se hacinen en una clase y compitan cual lechoncillos mamones por la atención de un solo profesor.

Los que mandan se deshacen en buenos deseos y propuestas para la mejora educativa, llenándose las bocas con atenciones a diversidades, nuevas (del siglo pasado ya) tecnologías y aplicaciones neometodológicas en el aula.

Por favor, guardaos los ordenadores y los discursos y mandadnos un profesor más.



Autoridad del profesor

22 05 2019

Las últimas noticias divulgan que seremos autoridad (¿no lo éramos ya?) y que un profesor de a pie (no un director o jefe de estudios) podrá expulsar de su clase a un alumno por un máximo de tres días, es de suponer que no al arbitrio sino por motivo justificado.

Lo que las noticias no dicen es que para expulsar al chavalillo en cuestión tendremos que:

-Registrar por escrito la falta cometida (no te exigen simultaneidad; menos mal, no tienes que hacerlo mientras te están clavando una tijera en el ojo).

-Dar una fotocopia de dicho escrito a jefatura y a sus padres.

-Obtener la firma de sus padres, que certifica que se han enterado.

-Obtener el consentimiento de los padres (no es lo mismo el recibí que el consiento).

-Ofrecer una alternativa educativa para los días que el alumno esté expulsado (léase mandarle deberes).

-Obtener la firma de los padres en dichos deberes, certificando que los han recibido.

-Recibir al alumno en el centro durante esos tres días en la sala habilitada para ello, con un profesor acompañante (es decir, tú lo echas de tu clase y se lo lleva un compañero menos afortunado).

-Y, como remate, el punto que le anula todo: no se podrá sancionar si el alumno “no distingue el bien del mal”  (letra exacta de la nueva ley y no de un vetusto tratado de teología).

Y ahora la opinión pública cree que podremos echar al alumno de clase a voluntad y capricho. En fin…



Calidad de la enseñanza

20 02 2018

Nos manifestamos para que nos devuelvan las condiciones laborales pre-crisis: nos impusieron dos horas de más a cada profesor, con todo lo que esto implica: más alumnos, más exámenes, más sesiones de evaluación. Claro que también implica menos contrataciones, menos personal, menos dinero que la Consejería se gasta en educación. Eso sí, por pizarras digitales que no quede.

Este año comenzó, además, con trampa: se nos dijo que en nuestros horarios aparecería una hora de menos, con la intención de progresivamente (nótese el adverbio) ir paliando la injusticia.  Y nos lo creímos. Ilusa de mí. La susodicha hora de menos se ha traducido, en la práctica, por mor de no sé qué esotéricos algoritmos (no me pidan que se los explique; soy de letras) en una hora más de guardería guardia. Toma ya.

Mis compañeros y yo nos preguntamos cómo se relaciona todo esto con la burbuja inmobiliaria.



Evaluando para diagnosticar

29 05 2017

Según palabras textuales del Director General de Ordenación Académica e Innovación Educativa (¡toma ya!) la evaluación de diagnóstico no es una reválida (le concedo parte de razón, puesto que ya existía antes), sino una “actividad académica ordinaria que anualmente deben realizar los centros para conocerse mejor”.

Lo lamento, pero no. No vemos la necesidad de “conocernos mejor” mediante un examen con plantilla cuando ya nos hemos estado conociendo todo el año. ¿O se cree este señor que los profesores no tienen ni idea de en qué fallan sus alumnos a estas alturas de curso? El susodicho lamenta, además, que parte del alumnado, autorizado por sus progenitores, haya declinado el honor de asistir a una prueba que no tiene efectos académicos. Será el único que lo lamente, porque que yo sepa los profes estamos encantados de que por fin alguien se plante cuando se le pide un esfuerzo inútil.



El nombre de la rosa

17 05 2017

A reválida by any other name would smell as rotten.

Mientras los de arriba proclaman que nos han quitado las reválidas, nos imponen un nuevo examen externo en cuarto de la ESO cuya utilidad no conoce nadie. En teoría no servirá para evaluar a los alumnos, ni para influir en modo alguno en sus notas medias, ni mucho menos para evitar que les regalemos el título en setiembre. Si fuéramos mal pensados creeríamos que se trata más bien de evaluar a los profesores y a los centros, pero esta teoría queda inválida porque van a ser los mismos profes que les dan clase los encargados de corregirles los exámenes. De lo que se trata en verdad es de mostrar estadísticas que poder ofrecer a políticos y periódicos, y aumentar (¡todavía más!) la ya agobiante carga de burocracia que arrastramos en los centros.

Desde aquí recomiendo a los profesores que tienen que corregir que les pongan a todos los ejercicios la misma nota: 0 ó 10, lo mismo da. Y a los padres, que no manden a sus hijos al instituto el día de la prueba: aceptaremos con una sonrisa un “es que, profe, ayer me puse malo”. Digamos NO a exámenes inútiles y a imposiciones externas. NO aceptemos que nos diga un político cómo tenemos que hacer nuestro trabajo.