¡100% de aprobados!

18 06 2015

Este curso académico me voy con una alegría especial: todos mis alumnos de segundo de la ESO han aprobado Lengua.

Enhorabuena a todos. Lo habéis conseguido vosotros, no yo.



Imposible suspenderlos

16 03 2010

Termino de corregir unos exámenes de Primero (ESO). Los alumnos no se han molestado en aprenderse ni el cuadro de los artículos (nadie parece saber que existe el neutro). Toda la clase suspendida, excepto uno, que aprueba por los pelos. ¿Y qué va a pasar? Pues nada. El sistema me obliga a aprobarlos aunque sus exámenes sean fallidos: tienen el cuaderno más o menos limpio, han asistido a clase sin faltas y no me han escupido (esto se traduce en un punto por el comportamiento). Total, que los alumnos saben que tienen, al menos, dos puntos de regalo por defecto: ni se preocupan de estudiar. Señores inspectores, no es que no puedan: es que no les da la gana. Pero no se preocupen, que no les regatearé el aprobado; a fin de cuentas, yo cobro lo mismo.



Llegó la cosecha

19 06 2009

Llega la evaluación, y con ella el tiempo de la cosecha (calabazas, mayormente). Y aunque los alumnos no se muestren muy dispuestos a creerlo, esta que esto suscribe no disfruta especialmente poniendo insuficientes: examinar y poner notas es una tarea bien ingrata (excepto cuando das un diez, claro).

Así como la democracia -dicen- es el menos malo de los sistemas políticos, los exámenes son (con toda su posible arbitrariedad) el sistema más justo que hasta hoy hemos encontrado. Más que nada, los exámenes son necesarios para que se pongan a estudiar de una vez, pues, en contra de lo que ustedes crean, no están hechos para medir el aprovechamiento de la asignatura. Esto último es tarea imposible, al alcance tan sólo de un dios omnisciente (aceptamos objeciones de los ateos).

La estadística asegura que en Asturias aprueban muchos chavales, lo que complace a políticos y padres por igual: los que trabajamos en esto somos más escépticos. Aprobar no es sinónimo de haber aprendido, sobre todo con el sistema de ahora, en que tienes que contarles la asistencia (como si no fuera obligatoria), la limpieza del cuaderno (¿lo lavarán con Perlán?), la buena letra (el continente antes que el contenido) y la carita de bueno que te ponen dos días antes de la evaluación final. Total, que una se queda con la duda de si sus alumnos aprobados (y hasta sobresalientados) han aprendido alguna cosa de provecho en todo el año que llevan contigo.

Se me ha ocurrido un sistema que quizás añadiera algo de objetividad a la tarea de calificar, aunque no sé hasta qué punto sería factible. Se trata de algo muy simple: que a mis alumnos los examine un compañero, y no yo (evidentemente, esto sería recíproco). Si los estudiantes tuvieran un examen extraordinario a final de curso que NO calificara el que les ha estado dando clase todo el año igual nos hacíamos una idea de lo que han conseguido retener. Así no nos dejaríamos llevar por eso de “pobrecito, que se ha esforzado” (la frase más repetida en todas las juntas de evaluación).

Pero claro, dense cuenta de que este sistema es también una evaluación al profesor y a lo que ha enseñado: incluso evalúa más al maestro que al alumno, ya que poco puede aprender un discípulo modelo de un profesor que no ha cumplido -que también los hay-. Así que no sé si por evitar una injusticia caeríamos en otra peor; quizás mejor dejamos las cosas como están y seguimos aprobando a garridos mozos y mozas que no saben utilizar los signos de puntuación.