Echando de menos Vandalucía

3 06 2009

Lo malo del tiempo es que desdibuja los recuerdos; buenos o malos, hubiera querido conservarlos prístinos. Se me está olvidando Andalucía: el color de la luz, el olor del aire, el acento de la gente. Pero es inevitable: todo lo que vives, pasa; todo lo que pasa, se ha ido.

Aunque estoy en Asturias feliz de la vida, a veces echo de menos Andalucía, sobre todo tres cosas: algún amigo (quien se tenga que dar por aludido, que se dé), a los alumnos (eran majísimos; de verdad los quise) y las aceitunas de diversas especies aliñadas en casa (y no extraídas de un triste bote de conservas, única manera de conseguirlas aquí).

Pero estoy olvidando demasiado. No me importa olvidarme de las motos sin silenciador que pasaban sin tregua debajo de mis balcones, pero lamento no poder acordarme de todos los nombres de aquellos a quienes traté. Ya se me desvanece todo en la memoria: lo indignante y lo magnífico, lo triste y lo divertido, sin duda para dejar sitio a lo que haya de venir. Por eso pongo punto final, con este, a los artículos de Exiliada, que, por cierto, no creo que me ganen precisamente el nombramiento de hija predilecta de Sanlúcar Burla.

Y a todos los asturianos que tienen que trabajar lejos de casa, desearles mucha suerte y pronta vuelta.



Mi despiste más gordo

30 03 2009

Intento ser benevolente con los despistes de los alumnos (a no ser que vea que intentan escaquearse de hacer los deberes, claro). ¿El motivo? Porque ninguno de ellos ha superado nunca este que sigue. El despiste más gordo que tuve en mi carrera profesional me ocurrió en Andalucía. Ya no me acuerdo si fue en Sevilla o en Sanlúcar, pero sí que me acuerdo, casi palabra por palabra, del diálogo que sostuvimos los chicos y yo. Tal que así:

(La escena muestra un aula con las mesas separadas y los alumnos decentemente colocaditos de uno en uno. Entra la profesora)

Profesora (que soy yo, claro): ¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Habéis tenido examen?¿Con quién?

Alumna aventajada: Pero profe… ¡si lo tenemos ahora, contigo!

Profesora:¡Ay, Dios! ¡Se me había olvidado!

Alumnos: Nada, profe, no te preocupes… lo dejamos para mañana, si nos da igual…

Profesora: De eso nada, ¡que lo tengo en la maleta! (o eso esperaba)

Desgraciadamente para mis pobres pupilos, que ya se habían hecho ilusiones, el examen estaba en la maleta, y hasta fotocopiado veinte veces, y a partir de ahí todo normal. Un olvido lo tiene cualquiera, ¿no?



Difícil desempeño

4 03 2009

Un puesto “de difícil desempeño” es, como pueden ustedes imaginarse, una plaza de esas que, si te ha tocado, tienes razones para acordarte de la madre que engendró al ministro correspondiente.

En Asturias, centros “de difícil desempeño” son los que están a tanta distancia de Oviedo que llegas primero a oír misa en la catedral de León (véase Degaña), en el caso de que seas católico, claro.

En Andalucía, centro “de difícil desempeño” incluye también a los institutos donde los profesores sufren amenazas de muerte, los alumnos se drogan en el recreo, los conserjes han huido y el director es un liberado sindical. Complétese el cuadro con una tapia llena de pintadas y con agujero, y se irán haciendo a la idea.

Pues resultó que hubo un proyecto para declarar a mi ex-IES “centro de difícil desempeño”. Creo que quedó en nada, pero al menos se intentó, lo que ya dice bastante. Es una lástima que no nos concedieran semejante título oficial cuando enseñaba allí yo, pues daba más puntos para el traslado.

La verdad es que, y por una vez no estoy siendo irónica, no creo que se lo mereciese. Para empezar, tengo un recuerdo estupendo de los chavales (de los compañeros también, pero eso se da por supuesto). Para que haya “difícil desempeño” tiene que darse una situación de marginalidad, o al menos eso creo yo, pero todas aquellas situaciones que viví en dicho instituto y que no fueron demasiado ejemplares no tienen, por desgracia, nada de excepcional, sino que son generales en toda Andalucía, mal que le pese al señor Chaves.

Pero les paso la responsabilidad a mis lectores: ¿ustedes qué opinan? ¿Se puede considerar un puesto “de difícil desempeño” aquel en que…

…convives con ratas, serpientes y pulgas?

…pasas un invierno entero sin calefacción?

…patrullas por un patio lleno de bolsas de plástico “que el viento mueve, esparce y desordena“?

…te tropiezas en las escaleras con una rodaja de chorizo olvidada?

…aparecen huevos estrellados en las ventanas de tus aulas (y no estoy hablando de que nos inviten al desayuno)?

…tus alumnos se escapan por el agujero de la valla que nadie repara?

…tus alumnos desaparecen del centro y solo les conoces por las fotos de la ficha?

…tus alumnos le tiran piedras a la poli?

…tus alumnos le tiran un borrador a un señor que pasaba por allí y le dan en la cocorota?

A mí no me parece para tanto, la verdad.



Ilegalidades vándalas

12 01 2009

En Cádiz hay un pueblo, que no voy a nombrar y que esta vez no es Sanlúcar de Barrameda, donde la mayor parte de las familias se dedican a traficar con drogas. Enseñar allí es profesión arriesgada: si los alumnos no te amenazan de muerte, lo hacen sus padres, y además tienen toda la pinta de ir a cumplirlo.

¿Qué causas pueden llevar a un profesor a ser privado del derecho a la vida en ese anónimo pueblo? Pensarán que se trata de un suspenso puesto al niño; pues no, no hace falta llegar tan lejos. Uno que allí pena destinado me cuenta que te amenazan por consignar una simple falta de asistencia: como pueden suponerse, el instituto del lugar tiene el récord de ausencia de absentismo aunque hay criaturas que se pasan tranquilamente tres meses sin aparecer. Pero por lo demás los chavales son pacíficos, me contaba: no te rajan ni te pegan, para qué, si pueden pasar de ti y recordarte lo miserable que eres: “Yo pa qué voy a estudiar, maestro, si voy a la playa y doy un porte y gano más que tú”.

Mis sanluqueños eran mejor gente: lo más ilegal que hacían eran las carreras de coches en descampado, y no en horario escolar. En cuanto a los adultos, pues aparte de evadir impuestos empadronándose donde no vivían, conducir vehículos sin matrícula, engancharse a la corriente eléctrica del tendido municipal, subir al perro en la moto, recoger pasajeros para Jerez cobrándoles sin ser taxista y edificar manzanas enteras sin licencia, eran de lo más honrado y modesto. El Ayuntamiento merecía la calificación de ejemplar: todas sus corporaciones habían sido procesadas, fueran del partido que fueran; incluso le tocó ir a juicio a más de un compañero mío, pues suele pasar que concejales y maestros sean, en los pueblos, las mismas personas. Mis alumnos, que no entendían mucho de política, malinterpretaron el suceso, y salieron propagando que “el maestro va a ir a la cárcel por pegarle a su mujer”. Era el único delito con el que estaban familiarizados, los pobrecitos.

El Ayuntamiento que yo conocí era un edificio bellísimo donde trabajaban mil quinientos funcionarios nombrados a dedo. Yo no sé si atribuir la cifra a la típica hipérbole andaluza o a la verdad desnuda, pero es la que a mis oídos llegó: ni un enchufado más ni uno menos. Dicen que había tres funcionarios por cada mesa: uno trabajaba, otro sacaba brillo al ordenador (parece ser que ignoran cómo encenderlo) y el tercero no comparece pero cobra (este suele ser el pariente directo del alcalde). El más culto de la plantilla era el mismo alcalde, que había hecho hasta Bachillerato, pero estaba de baja y lo sustituía el alcalde en funciones, que creo que tenía la EGB; su mujer era su Secretaria Personal, y había conseguido semejante bicoca sin siquiera haber ido al colegio.

Parece ser que hubo una revuelta popular contra dicho ayuntamiento, de la que los alumnos me iban participando noticias, a trozos. Todo empezó por una deuda astronómica y la imposibilidad consiguiente de celebrar la Feria del año, ya que no quedaba dinero ni para pagar la portada. El ayuntamiento intentó recaudar fondos apostando dos polis en una curva y poniendo multa a todo el que circula sin casco, lo que es lo mismo que decir a todo el que pasa. Me cuentan los alumnos que esta es una práctica habitual en Sanlúcar: cuando las arcas municipales están vacías, mandan, siempre a la misma curva, a un par de maderos, que trabajan un rato y cuando han reunido suficiente, lo dejan. Pero aquella vez no bastaba, así que se pusieron a cobrar recibos atrasados. Al padre de una alumna le quisieron cobrar algo que ya había pagado: fue a protestar y creo que no por escrito. Seguramente no le serviría de nada utilizar la vía administrativa, porque la mayor parte de los funcionarios en nómina eran, según me dijeron, analfabetos.

Empezó la guerra: contenedores quemados, bombas de gas contra el ayuntamiento, manifestaciones con pancartas donde comparaban al alcalde con un embutido vedado por la ley de Moisés. Creo que hasta salimos en la tele, y era la nacional, oiga: mis padres vieron horrorizados, en mitad del telediario, el pueblo donde vivía su hija incendiado y con aspecto de sufrir un asedio, igualito que Beirut o Kabul: sin duda, la mejor propaganda turística que pudieron hacerle a Sanlúcar.

Sin inmutarse por tales naderías, la corporación municipal en pleno se fue al Rocío cuando llegó la fecha, dejando los asuntos pendientes sin solucionar: los alumnos me contaron que, a la vuelta, habría quien les esperaría en el embarcadero con garrotes, la forma más española de arreglar los conflictos. No fui a ver el espectáculo por miedo a que me cayera algún tortazo a mí, por lo que no supe si al final hubo o no paliza, pero los millones que se debían, que yo sepa, se siguen debiendo. Pero hubo feria, que es lo que importa. Tampoco sé quién pagó la portada, pero en cuanto los sanluqueños vieron que la levantaban, con sus lucecitas correspondientes, terminó la insurrección. Y todos a beber manzanilla, tan contentos.



Becas vándalas

27 11 2008

Los alumnos sanluqueños, como los de otras partes de España, disfrutan de becas de estudio si su situación económica lo requiere. Pero existe una manera de aprovechar el dinero recibido muy típica de este pueblo, que los responsables de Educación parecen ignorar. El proceso es el siguiente:

Primero se apunta al niño en el instituto; sin este paso inicial, no hacemos nada. Después se solicita la beca adjuntando el impreso de matrícula. Se obliga al chaval a asistir a clase, cosa que puede cumplir o no, pero no se le dota de libros, bolígrafos ni otro tipo de material, pues la vida está muy cara y primero hay que comprarle el MP3. Se espera con paciencia a que el gobierno regional ingrese el importe de la beca en la cuenta bancaria que el progenitor del beneficiario, muy solícito, les ha indicado. Al cabo de dos meses o así, la beca llega. Entonces se presenta uno en el banco, retira el dinero, le compra una moto al niño y lo saca del instituto. El profesor nunca más volverá a ver a su alumno, excepto si se lo cruza en un paso de cebra por casualidad.