La Andalucía de pandereta

24 11 2008

Los tópicos sobre Andalucía corresponden a verdades. Yo pude comprobarlo viviendo allí. Son verdad el flamenco, los toros, las ferias, las procesiones, las cañitas: no las hacen para los turistas ni para Próspero Merimée. Solo hay una cosa de Andalucía más típica, y sin embargo no se ha constituido en tópico: las motos sin casco. Pero es que en la época de los románticos no se habían inventado.

No critico la permanencia de la cultura popular en Andalucía; al contrario, es algo que admiro. Pues mientras que en el norte los chicos se divierten a la manera que propone el imperialismo yanqui (centro comercial, cine y hamburguesa), al menos los del sur guardan modos propios y más adaptados a su idiosincrasia.

Mis alumnos de Sevilla, por ejemplo, se entretenían jugando a la Semana Santa. En el recreo se ponían a sacar un paso de papel por la clase, si no salían al patio: el paso lo habían realizado mediante ingeniosa papiroflexia, con Cristo crucificado o virgencita, y recorrían el aula dos o tres veces imitando los movimientos de los costaleros, incluso el esfuerzo. En Asturias es impensable semejante entretenimiento: aquí solo fuman a escondidas, como mucho.

Estos mismos me preguntaban si yo era de alguna cofradía; se me escandalizaban, los pobres, cuando les decía que no. Yo debía de parecerles un ser huérfano, pues no estaba bajo la tutela de virgen o santo alguno, y triste, amén de raro, porque no me entusiasmaba con la música de Semana Santa, que ellos llevaban en sus auriculares y me daban a escuchar.

En las carpetas los niños no llevaban fotos de modelos despampanantes, sino de la Virgen Macarena, de cuya belleza se declaraban admiradores. Es cierto que la cara de la Macarena es mas bonita que la de la Jolie, pero no deja de resultar curioso que un crío de quince años en plena efervescencia hormonal elija a la madre de su dios como amor platónico.

La Feria de Abril y el resto de ferias menores son más importantes para el adolescente y sus padres que los estudios: ¿he contado ya la historia de la alumna que no llevaba gafas porque su madre se había gastado el dinero en las casetas? Recuerdo un año en que Sanlúcar estuvo a punto de quedarse sin feria, porque el Ayuntamiento estaba tan endeudado que no tenía presupuesto. Los alumnos se pusieron a bailar sevillanas en los pasillos una semana antes, en previsión de que les quitaran la Feria; al final no llegó la sangre al río. No sé con qué la costeó el consistorio, pero la Feria se celebró: de no haber sido así, probablemente alguien hubiese asesinado al alcalde.



El cine en tierra de vándalos

19 11 2008

 Cuando yo llegué a Sanlúcar de Barrameda los adolescentes no podían ir al cine, porque no había. Poco antes de marcharme, inauguraron uno. Un día fui. No iba a ver una película intelectual iraní de esas, qué va, era una americanada palomitera, pero no había más que otras dos personas. Esas dos personas eran adolescentes: la oscuridad me impidió ver si se trataba de alumnos míos.

Los adolescentes se pasaron toda la película preguntándose el uno al otro la hora (más o menos como hacen en clase); de cuando en cuando salían al servicio o a buscar chucherías, o quizás a fumar (les daba tiempo). Allí me di cuenta de que los chavales de hoy no tienen paciencia ni para aguantar una historia de hora y media, aunque se cuente en imágenes y haya tía buena y tiros: ¿cómo voy a esperar que me atiendan en clase? Este mal no es exclusivo de Sanlúcar, desde luego: lo comparten, me temo, todos los muchachos en edad de merecer del Occidente capitalista.

En sesiones más concurridas pude corroborar mis impresiones. Nunca había mucho público: los jóvenes prefieren andar dando vueltas con la moto y a la gente más mayor parece que no le interesa. Los que van hablan durante toda la proyección, gritan cuando les apetece, se levantan, llaman por el móvil y hasta encienden cigarros en la sala. A excepción de los cigarros, igualito que en las aulas: hasta sentía tentaciones de enviarlos al jefe de estudios. Cuando recordaba que lo más parecido a semejante cargo era, en el cine, el acomodador, buscaba desesperadamente uno con la mirada, pero no me servía de mucho. Para quien no lo sepa, en Cádiz no hay acomodadores (o, al menos, no los había cuando yo tenía la dicha de vivir allí). Yo me pregunto por qué los sanluqueños se molestan en pagar más de seis euros por ir al cine si luego no miran la película. En Sanlúcar de Barrameda la sala de cine es, fundamentalmente, un lugar donde se come, pues esa es la actividad más practicada: se traen hamburguesas, ketchup, coca-colas y se dan el festín; a veces, cuando se acuerdan, miran la pantalla. Aunque parezca mentira, hacen más caso al profesor en clase que a las películas: sin duda es porque no les dejamos comer.



Comunicaciones vándalas

18 11 2008

En este artículo iba a hablar de los autobuses vándalos, en concreto de los que van a Chipiona: esos que tienen un horario oficialmente aproximado, admiten pasajeros de pie y hasta les faltan partes (yo viajé en uno en que se abría un agujero justo bajo mis pies). Pero después de ir a Mieres todos los días con una empresa llamada, cacofónicamente, ENFERBÚS, y haber soportado a un conductor que se baja en plena autopista a darle voces a uno que nos adelantaba, renuncio a mi artículo costumbrista-andaluz y me recuerdo a mí misma, además, que este es un blog de educación y no de indignación por el atraso consuetudinario de nuestra querida España.

Así que cambio de tema y me centro en otro medio de comunicación crucial para el profesorado: el teléfono de los padres de nuestros alumnos. Resulta que medio Sanlúcar no tiene teléfono, lo que hace un poco difícil la tarea del tutor, que consiste básicamente en llamar a los padres para decir “Fulanito no trabaja, Fulanito ha cateado, Fulanito se ha escapado de clase”.

En Sanlúcar de Barrameda los padres no tienen teléfono fijo, pero los alumnos, aún los hijos de familias más humildes, traen teléfono móvil de última generación, y para encima lo encienden en horas de clase. Si le quitas al alumno el móvil (es el castigo preceptivo por encenderlo en el centro), viene el padre a quejarse porque ese es el único teléfono familiar, y por ahí recibe las llamadas de ofertas de trabajo. Y yo me pregunto por qué el canal por el que un hombre espera ansioso una llamada que lo saque del paro está en manos de su retoño no currante.

Una vez me sucedió una cosa divertida. Era yo tutora y llamé al padre de un tal Zutanito. Me contestan; pregunto si está Zutano y me dice que es él. Empiezo a decirle que su hijo se comporta muy mal, que no estudia, que las está suspendiendo todas, que venga a verme cuanto antes… en esto que mi interlocutor me interrumpe y me aclara que él es el hijo. El teléfono deforma las voces y Zutano y Zutanito se llamaban igual; yo pienso que al menos el chico es honrado, pues hubiera podido seguir con el equívoco y ahorrarse la bronca. En esto que me doy cuenta de que: 1) La familia no tiene otro teléfono, y el que tienen se lo dan al niño, y 2) Estamos en horas de clase, así que Zutanito o me está contestando desde el aula o está pirando: no sé qué opción es peor.

Bueno, al menos Zutanito era buen chaval y comprendía que mi trabajo consiste precisamente en hacer de chivata ante progenitores: creo que no me lo tomó en cuenta. La historia tiene final feliz: conseguí hablar con el padre. El correo postal aún sirve para algo.



Juanramonismo andaluz

12 11 2008

Este testimonio es absolutamente verídico. No me sucedió a mí, sino a otro compañero, pero lo apunté porque me pareció curioso, y hoy lo comparto con ustedes:

Un profesor pidió el carnet a una alumna para firmarle una autorización. La alumna le dictó los números. Al llegar a la letra del NIF, la muchacha le dice: “Una ge”. El profesor escribe “G”. La alumna niega: “Esa no, la otra”. “¿Cuál?”, pregunta él. “La otra”. Ante tal capacidad de elocuencia, el maestro lo intenta: “¿La que tiene esta forma?”, dice dibujándole una “J”.”¡Esa!”, grita, jubilosa, la chica.

Es que los andaluces leen demasiado a Juan Ramón Jiménez.



Gaseada

11 11 2008

Sí, yo fui gaseada en Sanlúcar de Barrameda. Por suerte sobreviví, y puedo estar escribiéndoles esta, pero el trauma de haber sido víctima de un singular holocausto no me lo quita nadie.

Si se acuerdan ustedes, en el instituto donde trabajaba éramos visitados de cuando en cuando por animales de diverso pelaje y escama. Pues bien, en una de estas, aparecieron las pulgas. Si una perra callejera se revuelca entre la hierba sin segar y luego viene un alumno y se tumba a dormir la siesta encima, lo normal es que al alumno se le pegue, como poco, una plaga. Y ya se sabe, de un alumno pasa a otro, y a otra, y a otros más, y ya la tenemos armada.

Total, que cuando medio instituto estaba invadido por las pulgas el director decidió llamar a una empresa de fumigación. Hasta aquí todo correcto. Lo malo viene después, cuando el mismo director decide que no se puede perder ni un día de clases, no sea que la delegación provincial se mosquee, y ordena que se abran las aulas y vengan niños y maestros a dar clase normal sin haber pasado veinticuatro horas. Naturalmente, aquello fue la desbandada. Los alumnos emigraron en masa, pero los profesores tuvimos que quedarnos a cumplir el horario, deambulando solitarios entre mesas pringosas y sospechosos olores a sustancia cancerígena. Aquel día temí haber contraído hasta el SIDA, a pesar de saber de sobra que la fumigación de institutos no es vía de transmisión, e imaginé vívidamente los estertores de las pobres pulguitas, gaseadas cual hebreos en Alemania. Dicen que los efectos colaterales de ciertas sustancias nocivas tardan años en aparecer: no hace tanto tiempo que me fui, y, en las noches en que me siento hipocondríaca, empiezo a temer por mi frágil vida y me pregunto por qué no se me ocurrió falsificar un justificante para no ir, aquella fatídica jornada, a clase.