H.P. no significa “Harry Potter”

22 03 2017

Una alumna llama a una profesora “hija de puta” en público, presumiblemente porque la ha suspendido. No es una situación hipotética, como muestra el uso del femenino –término no marcado, en lingüística– sino una incidencia más en el instituto donde trabajo. Y ahí está lo grave de la situación: que se ha convertido en una incidencia más. Y eso a pesar de circular por ahí la ley de autoridad del profesor, con la que se supone que nos convertíamos en autoridades públicas.

A ver si os queda claro, queridos alumnos: la violencia verbal también es violencia. ¿Qué pasaría si el profe os llamara a vosotros hijos de puta cada vez que no traéis la tarea hecha? ¿O se cagara en vuestros muertos si sacáis en el examen menos de un 4,5? Pues que al profe le cae el pelo, y con razón, porque lo primero que debe hacer un profesor es respetaros. Pues esto es una calle de doble sentido: vosotros también tenéis el deber de respetar. Os caigamos bien o mal, que no se trata de eso.

Y ahora no me vengáis con que “esa profe no tiene paciencia” ni con “nos tenéis que aguantar”. Porque, veréis, el profesor debe tener paciencia para explicaros diez veces lo que no habéis entendido (pero no aquello a lo que no habéis atendido, que es otra cosa). Pero no estamos aquí para sufrir violencia verbal ni física, ni atentados contra nuestra dignidad; ni nosotros, ni la limpiadora, ni vosotros tampoco. Os lo he dicho varias veces, de palabra y por escrito: venimos a enseñaros, no a aguantaros

Yo no estaba allí. No sé qué pasó, ni si tienes parte de razón al cabrearte o si era que tenías un mal día, pero una cosa está clara: nada justifica tu salida de tono. Si tienes algo que decirle a tu profesor@, díselo con argumentos y no con insultos. “No me merezco esa nota porque…” es un argumento. Lo otro no es más que violencia. Y no venimos aquí ni a ejercer violencia, ni a sufrirla, ni a consentirla.



Echando a un alumno de clase (II)

22 11 2016

Toda la parafernalia del artículo de ayer era nada más que para echar al alumno de clase. Cuando se trata de expulsar al alumno del centro, la cosa se complica tanto que algunos institutos prefieren quedarse con el nene aunque el muchacho/a haya faltado al respeto a profesor, compañeros, personal de limpieza y hasta a la sufrida directora. Pero claro, tomar la decisión de sancionar al alumno da pereza, sobre todo porque hay que pedirles permiso a los padres para remitirles a su angelito, y para ello hay que localizarlos primero.

Además, las medidas punitivas están muy mal vistas (sobre todo por aquellos que se han librado del contacto directo con alumnos), con lo que el número máximo de días que un director puede expulsar del centro a uno de sus estudiantes por primera vez es de tres. Sí, como lo oyen: tres días en todos los casos, haya hecho lo que haya hecho. En un caso de acoso como el que se ha hecho recientemente popular por los telediarios, con la víctima en el hospital y con parte de lesiones, los presuntos responsables han sido sancionados con tres días de privación de asistencia a clase; exactamente lo mismo que pasa con el que se niega a entregar su móvil al jefe de estudios.

Y el remate es cuando te viene te viene el alumno problemático de turno con carita de hastío a preguntarte: “Oye, profe, ¿qué más tengo que hacer pa que me echen, que estoy hasta el gorro de estar aquí?”



¡Podremos pegar a nuestros alumnos!

10 04 2010

Al parecer, los ingleses se han cansado de la esperpéntica situación de las aulas y han recurrido a un remedio que puede ser peor que la enfermedad: el profesor podrá arrearles a los alumnos, así como suena, en caso de que estos hagan uso de la violencia. Esta noticia implica dos aberrantes premisas: que la violencia en las aulas ha llegado a ser algo normal, y que el profesor no tendrá más armas para detenerla que convertirse, a su vez, en uno de los violentos. El que más fuerte pega.

Ya me imagino a mí misma, con mis escasos cuarenta y siete kilos (¿entraré dentro del peso pluma?), intentar darle una paliza a un alumno que me dobla el peso y me triplica la estatura. Ya puestos, ¿por qué no me ponen un guardaespaldas? Eso sí, supongo que el alumno agredido por agresor podrá ponerme la denuncia correspondiente y además no será expulsado del centro, que en definitiva es de lo que se trata. A esto hemos llegado en la teoría educacional del siglo XXI: si tus alumnos pegan, no se les expulsa. Les pegas tú, y andando. Aunque, pensándolo bien, quizás sea un avance con respecto a nuestra situación de indefensión actual. Por lo menos ya no tendremos que poner la otra mejilla.