Denuncias a centros educativos

18 02 2008

Supongo que habréis leído esta noticia: un adolescente se suicidó en su habitación a una hora en que debía estar en clase. El instituto donde estudiaba ha sido denunciado como responsable de su muerte.

¿Tiene esto algún sentido? ¿Es que suponen que en el instituto en cuestión le dijeron al chaval: “hala, majo, vete a casa, que no tienes que aguantar hasta la última hora”? ¿Acaso creen que si el muchacho hubiese permanecido en el centro no se hubiera quitado la vida dos horas después? La pregunta clave: ¿se podría haber evitado si el profesor de guardia hubiese visto al chiquillo saltar la tapia y hubiese dado la alarma? Desgraciadamente, la respuesta es “no”.

Vivimos en una sociedad demasiado burocrática obsesionada con la responsabilidad legal  y poco preocupada, en extraño contraste, por la responsabilidad moral. Que un adolescente se haya suicidado es una desgracia, pero no es culpa de nadie. No es culpa de los padres, que seguro que estaban al tanto de sus problemas, pero que no pudieron, como humanos que son, solucionarlos. No es culpa de sus profesores, cuya función es formar e informar, pero no leer en la mente de sus alumnos y mucho menos -ojalá fuera posible- espantarles las angustias con una charla amistosa. Como tampoco es culpa del que diseñó la terraza desde la que el chaval se arrojó tan fácilmente.

Pero a los profesores se nos carga con demasiadas responsabilidades para las que no estamos capacitados, y si luego ocurre un desastre, se nos piden cuentas. Podemos vigilar que los alumnos asistan a clase, pero no podemos arrastrarlos al aula si los encontramos fumando delante del instituto. Podemos escuchar sus problemas, pero solo si nos los quieren contar. Podemos ayudarles, pero no vivir la vida por ellos. Y no podemos evitar que hagan mal a otros, ni que se lo hagan a sí mismos. ¡Qué más quisiéramos! Pero no, no podemos.

Lo único que van a conseguir con esto es alimentar los remordimientos inútiles de todo el que le dio clase al pobre chico -que si le hubiera hablado de otra manera, que si le hubiera sonreído, que si no le hubiera puesto un apercibimiento…-, abrir -aún más- la brecha entre padres y profesores -ellos tienen la culpa de que mi hijo haya muerto- e instaurar la dictadura del miedo en los centros: si todo lo que haga un alumno, en clase o en casa, es responsabilidad de su profesor, este puede ser enjuiciado en cualquier momento porque un chico beba, se drogue, asalte un supermercado o deje embarazada a una de catorce.

No dejemos que nos usen como chivo expiatorio. Si los padres de este chiquillo, con todo el amor que le tenían, no pudieron ayudarlo, ¿cómo íbamos a hacerlo nosotros? ¿La sociedad cree que arreglará algo responsabilizando al colegio? ¿Buscando una cabeza de turco van a devolverle la vida al pobre chaval? Ya lo he dicho antes: por desgracia, la respuesta es siempre “no”.