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UN GUEPARDO NO GALLARDO

9 Febrero 2010
Publicado por Nacho en: Cuentos, minicuentos y otras historias, Nuestro cuaderno de notas
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 - ¡Podría haber sido yo! - sollozaba el gordísimo guepardo.

- ¡Pero no lo has sido! - decía, severo el sabio mono - No todos consiguen triunfar en la vida. Además, aquí tienes una familia que te quiere, amigos, una bonita tienda…

- Pero ese era mi sueño… -justificaba el guepardo.

- ¡Además, cuánto más lejos estés de ese loco, mejor!

- ¡Mi sueño era convertirme en caballero! - exclamaba el guepardo - Creía que podía conseguirlo…

El sabio mono se agachó ante él.

- Y algún día lo conseguirás… Estoy seguro… Pero, has de trabajar duro. No todo se obtiene con chasquear las garras… Pero tú eres fuerte de corazón y pondrás todo tu empeño en conseguirlo, hasta tal punto, que algún día lo lograrás. Pero no olvides que hasta el gran leopardo tuvo un día que mancharse la piel para poder cazar…

El guepardo sonrió. Empezaba a animarse.

De pronto, agitaron una de las acacias que tapaban la entrada a la cueva donde ellos vivían. Pues habían instalado un grillo de unos quince centímetros en una de las acacias, de modo que, al agitar una de ellas, se despertaba y hacía “Cri-Cri” para avisar de que habían picado a la “puerta”.

Pero sigamos con nuestra historia:

Entonces entró una delgadísima y larguísima serpiente, que dijo a nuestros protagonistas:

- Buenos días, venía a por una nueva piel, ya que la última se me está empezando a deshacer…

- Oh, por supuesto, señora Ki-Natacha, ¡qué gusto verla por aquí! - la atendió el mono.

El mono y el guepardo se conocían hacía muchísimo tiempo. El mono había criado al guepardo desde bien pequeño, pero eso es otra historia. La cuestión es que eran verdaderos amigos y unos grandes socios. Ambos, habían fundado tiempo atrás una tienda de pieles de serpiente. Ellos eran los que las fabricaban…

- Estupendo… Saben que confío plenamente en ustedes. Las demás tiendas siempre me dicen que soy demasiado delgada y nunca encuentran pieles a mi medida. Dicen que las serpientes son delgadas, pero jamás tanto. No obstante, a mí siempre me ha gustado mucho mi aspecto.

- Excelente, e4xcelente, Señora Ki-Natacha. Sabe usted que nosotros siempre la hemos apreciado mucho…- dijo el mono, muy buen vendedor - En fin, ¡de qué color quiere la piel esta vez?

- Me ha gustado mucho tu color muchachito - dijo Ki-Natacha, dirigiéndose al guepardo, que ahora sonreía feliz - y creo que quiero una piel naranja, con motas negras, con forma de flores de la sabana. Creo que será una piel preciosa y todas mis amigas me la envidiarán.

- Muy bien, señora. Tendremos su piel lista para pasado mañana por la mañana. ¿le parece bien? - dijo el guepardo muy contento, empezando a hablar antes de que el mono dijera nada.

- Claro, señores, muy amables. ¡Muchas gracias! - les agradeció la señora Ki-Natacha.

- ¿Sabes? - dijo el guepardo cuando la serpiente se fue - Me he dado cuenta de que no me importa la fama, sino los amigos como Ki-Natacha y tú.

- Me alegro de que hayas entrado en razón - le dijo el mono.

- Cuando realizaron aquel concurso de “Mejor Caballero”, pensé que no me lo podía perder. Pero ahora me doy cuenta, de que hay cosas mucho más importantes que la fama - y abrazó al mono.

En ese momento se oyó un “Cri-Cri” y tres flemáticas hienas entraron en la cueva.

-¿Qué queréis? - exclamó el mono - ¡Esto es propiedad privada!

Una de las hienas sacó una hoja de arce del bolsillo de su traje y se la entregó al guepardo.

- Ten - dijo - Viene de Palacio, de parte de su Majestad del Reino de Wanyama. su Excelentísimo Nyamafu del Linaje Tumbusi.

- Oh, pues muchas gracias, señores, por habérnosla traído - dijo el mono cogiendo la carta de hoja de arce.

- Lo que tenías que hacer era arrodillarte. Porque, claro, para llevar una maldita carta, a nuestro señor rey no se le ocurrió más que encargárselo a los animales más altos y distinguidos del reino. Y henos aquí, en las Selvas Bajas de Wanyama… ¡Puaj! - dijo la hiena.

- Lo siento, nobles hienas, no era nuestra intención ofenderos y, ahora, por favor, idos - dijo el mono haciendo una reverencia de mala gana.

- Lo haré encantado, mono. Tengo tantas ganas de salir de este cuchitril - dijo al tiempo que se alejaba.

El mono tapó la entrada con las acacias.

-¿De Palacio? ¿Qué querrán? - se extrañó el mono - Se suponía que habías perdido las oposiciones… - dijo mirando al guepardo.

El mono abrió la carta y, leyó en voz alta, gesticulando mucho…

“Estimado señor Rahisi:

Nos consta que os presentasteis vos a las Oposiciones a “Mejor Caballero”.

Su excelentísimo soberano el rey Nyamafu, se complace al anunciar que no habíamos apreciado vuestra verdadera valía. Si de verdad…”

- ¡Esto es genial! - dijo el guepardo al tiempo que arrebataba la carta al mono. - ¡Sabía que reconocerían mi verdadero talento! - y olvidó todo lo que el mismo había dicho anteriormente. - ¡Ésta es una oportunidad única! ¡Seré caballero! ¡Hurra!

- Chico, por favor - El mono intentó calmarle y puso cara seria - Aquí hay guepardo encerrado, hazme caso… Quiero decir… - El guepardo lo miró con cara rara - ¡Esto me huele mal!

- ¡Tonterías! - dijo el guepardo sin escucharle. - Aquí pone… “Si de verdad queréis ser caballero, preséntese mañana al alba en Palacio” ¡Tengo que prepararme para ir a Palacio!

El palacio era un antiguo templo africano reconstruido por los animales, con ramas, árboles, follaje y hojas secas. El guepardo estaba fascinado; jamás en su vida había visto nada igual. Al llegar a palacio, el mono y el guepardo preguntaron por el rey, mostrando su cita a los guardias. Una liebre que parecía dormirse por las esquinas, les llevó hasta la Sala del Trono, el centro de aquel antiguo templo. El mono dejó a solas al guepardo, mientras éste se presentaba cortésmente al rey.

El rey Nyamafu III era un buitre, uno de los animales mas “reales”. Era más gordo incluso que nuestro protagonista. Tenía cara sonriente, de gordo bonachón.

- Bien, así que eres el joven aspirante a caballero, ¿eh? ¡Felicidades, amigo, tu habilidad nos ha impresionado!

- Con todos mis respetos, señor… éste… majestad, ¿no había acaso suspendido las oposiciones? ¿No había sido la ganadora aquella valiente gallina?

- ¡Jamás! - y soltó una carcajada, pero enseguida se calmó - Bueno, sí… Ganó aquella gallina, y también se hizo chef de palacio. ¡Menudos huevos fritos hacía ella! Pero… desgraciadamente… dejó de poner huevos… y tuve que buscarle otra utilidad - dijo sonriente, acariciando su barriga - Y después, sí, probé con aquel conejo, pero era demasiado calmado para ser caballero, y no me quedó otro remedio - dijo mientras, picaronamente, se daba unos golpecitos en la barriga - Y llegó aquel lobo, pero ni siquiera tenía olfato, así que… - y se volvió a mirar la barriga.

El tan extasiado guepardo, ingenuo de él, parecía no enterarse de nada.

- Y le tocó el turno, elegí a una cabra, que podía pegar muy buenos golpes, pero era tan razonable que me ponía de los nervios. ¡Ahhhg! Aún recuerdo el daño que me hicieron sus cuernos cuando me la tragaba. ¡Buaj! - y le sonaron las tripas - Así que no me quedó otra, tú eres el siguiente plato… Digo… ¡candidato! Yo te declararé caballero, joven Nené de los Rahisi, si consigues hacer lo que todo buen caballero debe saber hacer: ¡aprender a volar!

Al pequeño inocente guepardo no le importaba lo que le mandase; estaba decidido a convertirse en caballero.

El infame buitre continuó:

- Quiero que subas hasta la más alta almena de palacio y, desde allí, aprendas a volar. Tienes hasta el próximo anochecer, jo, jo. Y ahora, retírate.

Y, en cuanto se fue, el buitre susurró al oído del nuevo chef, un cerdito jabalí que, a pesar de serlo, estaba totalmente flaco y huesudo.

- Vete preparando la salsa, ja, ja, o tú serás el siguiente plato - dijo mientras se relamía.

El guepardo estaba en lo alto de palacio intentando saltar, pero el vértigo le podía. De pronto, apareció su amigo, el mono, y le dijo:

- Mira, no sé lo que te ha dicho, pero no me fío de él. Solo te digo que no hagas tonterías y deja de intentar saltar o lo que estés haciendo. Pero tú mismo has dicho que la fama no es lo más importante. ¿Por qué no vuelves a casa con tus amigos y familia? Yo no te puedo ayudar a ser caballero, pero sé que, si te esfuerzas, puedes llegar a ser un héroe. Confío en ti - y le sonrió - Espero que, cuando seas famoso, vengas a visitarme algún día - y, triste, pegó un brinco hasta la muralla y, de otro salto, se fue.

El guepardo se dio cuenta entonces de lo que estaba haciendo. A veces, el arrepentimiento hace que tu cabeza se llene de ideas luminosas y extraordinarias; y algo así fue lo que le pasó a Rahisi, el guepardo.

Quería librar al pueblo de Wanyama del terrible azote que sufría debido al malvado rey y a su crueles secuaces, las hienas.

Se acordó de las pieles semejantes a la de él que había encargado la señora Ki-Natacha. Así que fue a la tienda y cogió algunas de las que ya se habían fabricado, sin que nadie se enterase. Esperaba que la señora Ki-Natacha no se enfadara. Después, cogió algunas de las flores que el mono había recogido de muestra para las motas que ella quería en el vestido. Por último, cogió varias de las acacias que tapaban la entrada de la cueva y unos leños de madera con los que se calentaba el fuego.

Se le acababa de ocurrir una idea brillante.

Construiría un gran muñeco parecido a él. Con los leños de madera hizo el cuerpo. Con las pieles de la señora Ki-Natacha lo vistió. Después, utilizó las flores como ojos. Acto seguido, utilizó una de las acacias como rabo. Y, para terminar, cogió otra acacia, una de las más flexibles y altas que encontró, y la plantó firmemente en el suelo. Y, en su otro extremo, ató una liana bien trenzada y elástica a la que unió el muñeco.

Su plan era perfecto.

Entonces, muy astuto, fue a la Sala del Trono, donde el cocinero ya estaba mostrando su salsa, y dijo:

- ¡Majestad! ¡Majestad! ¡Ya estoy listo! ¡He aprendido a volar! ¡Corred a verlo!

El rey, relamiéndose, con una sonrisa en los labios, se levantó tranquilamente mientras decía:

- ¡Fantástico, muchacho, jo, jo, sabía que podrías!

El rey buitre esperó, apoyado en la pared de su templo, mientras la boca se le hacía agua.

El guepardo subió a la almena. Estaba decidido a acabar de una vez por todas con aquel villano.

Así que, cogió el muñeco y tiró de él hacia atrás, hasta que la acacia se hubo doblado y la liana estuvo bien tensada. Había llegado el momento. Se lo pensó dos veces antes de actuar, pero finalmente lo hizo. Entonces, soltó el muñeco, que salió disparado por los aires. El buitre, que lo vio caer y llevaba un buen rato esperando, se abalanzó sobre él. Solo le dio tiempo a decir:

-¿Pero, qué…?

Y es que no contaba con aquella trampa.

La acacia se desdobló y ambos fueron elevados por los aires, mientras el buitre soltaba gritos y alaridos de terror. Tal fue el salto que la liana se rompió y esa fue la última vez que se vio al excelentísimo rey Nyamafu III del linaje de los Tumbusi. La última vez que se le vio estaba desapareciendo por los aires.

Nadie sabe donde está, nadie sabe que ha sido de él.

Aunque muchos cuentan que su real figura aterrizó en uno de los árboles más robustos de todo Wanyama. Se dice que su figura quedó por siempre plasmada en ese robusto árbol de ese recóndito lugar de la jungla.

El pueblo se libró, por fin, de aquel tirano y ya no tuvo que sufrir más penurias. Convirtieron al guepardo en su héroe por haberles liberado.

El guepardo se convirtió, al fin, en caballero, pero con una importante lección bien aprendida: siempre se ha de trabajar duro.

Su labor como caballero fue totalmente noble, pues, además, siempre ayudaba a sus aldeanos en lo que hiciera falta, ganándose así su respeto y confianza. Pero todo esto sin separarse jamás de sus queridos amigos: el fiel y bondadoso mono y la señora Ki-Natacha.

Ah, y no nos olvidemos de la señora Ki-Natacha quién, aunque con algo de retraso, consiguió su amado abrigo de piel de guepardo. Aún así, ella se lo puso muy agradecida, encantada de poder llevarselo.

No te fíes de las apariencias, pues aquel que parece tonto, puede ser más listo que tú.

“Hasta el gran leopardo tuvo un día que mancharse para poder cazar”

Carlos Usano García   -   6º A   -   Curso 2009 / 2010-01-29

LA CONCIENCIA

13 Noviembre 2009
Publicado por Nacho en: General
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 Pablo era un niño verdaderamente travieso y malo. No obedecía cuando se le mandaba, tiraba piedras a los pájaros y gatos y, un día, robó el nido de un precioso petirrojo y destruyó los huevos que guardaba ante sus ojos. No estudiaba absolutamente nada, mas perfectamente podía. Pero lo peor era su comportamiento en clase, sobre todo cuando el profesor no estaba por algún  motivo urgente. Entonces, empezaba a saltar, correr e incluso bailar con el esqueleto de la clase hasta descomponerlo. A veces, rompía las libretas de sus compañeros y las tiraba por la ventana. De este modo, por culpa de él y algunos de sus compañeros, cuando el profesor llegaba, al ver tanto jaleo, pensaba que había sido culpa de toda la clase y, con un severo castigo, castigaba a todos, después de que la mayoría había tenido que someterse a las horribles “bromas” de Pablo.

Un día, cuando Pablo se disponía a ir a la cama, después de un día fastidiando a muchas personas, se le apareció una temible sombra. Se trataba de un gigantesco cuervo fantasma, que le acusó de hacer el mal y robarle a sus polluelos.  Pablo estaba realmente asustado. No sabía que hacer. Pero el terrible pájaro dijo:

- “Te voy a dar una oportunidad. Te enseñaré a ser justo y buen ciudadano, y, créeme, serás tú el que al final si no cambia, pague su maldad. No los demás. Yo soy tu conciencia y juro enseñarte a ser bueno. Después de este viaje es difícil que no cambies…”

Una intensa nube color gris los envolvió, para después aterrizar en una calle sucia, fría, oscura y maloliente, llena de contaminación.

- “Estamos en los barrios bajos de la ciudad”- dijo el pájaro.

Una panda de arrabaleros pasó por allí en aquel momento. Destacaba sobre todo la figura de un hombre, con una vestimenta de lujo, pero totalmente desgarrada y sucia.

- “Este hombre tenía futuro”-dijo el pájaro - “No como los demás. Pero lo perdió”. (El pájaro suspiró) “Todo por culpa de su mal comportamiento cuando aún era estudiante. Ven, le seguiremos”

El hombre se alejó de los demás arrabaleros y se acostó en el vertedero. De allí cogió un asqueroso periódico, y lo ojeó.

- “Antes - dijo el pájaro - gozaba de tantos libros como quisiera, podía leer novelas, cuantos o fábulas. También poseía libros que le ofrecían la bella Fuente del Saber, como Matemáticas, Historia, Geografía… o periódicos, mas los rechazó. Cuando era niño y el maestro no estaba en clase, en lugar de preparar lo libros de la asignatura que hubiese sobre la mesa, como ha de ser, se dedicaba a arrancar sus páginas, estropearlos y tirarlos  al suelo”.

- “Pero pajarraco estúpido, ¿por qué me cuentas la aburrida vida de ese desgraciado? ¡Qué aburrido!”

Mas el cuervo no respondió, sino que se limitó a decir:

-”Sigamos nuestro camino”.

Ahora el hombre buscaba un a postura cómoda para leer, ya que estaba sobre barro y estiércol, algo repugnante, resbaladizo e incómodo.

-”Ahora -dijo el pájaro -ha de dormir en el suelo, entre basura, como una rata. Anteriormente tenía un gran sillón donde ponerse cómodo en su casa, y en el colegio una buena silla de madera. Pero prefería sentarse con una maleducada postura, que después afectaría a su espalda, y holgazanear”.

Pablo soltó una estridente carcajada.

-”Cuando su profesor no estaba en el aula, incluso se levantaba de su asiente y comenzaba a saltar, correr y verdaderamente hacer tontería tras tontería. Su deber hubiera sido…”

-”Pero… ¿por qué demonios me narras la vida de este desafortunado hombre? ¡Cómo si me fuera a ocurrir lo mismo! -dijo el niño.

El pájaro continuó:

-”Decía que… su deber hubiera sido sentarse correcta, serena y cortésmente, y esperar pacientemente a que su tutor llegase”.

Pablo miraba despectivamente al hombre.

-”Pero continuemos con nuestra… visita”

Comenzó a amanecer. El hombre, nervioso, se levantó. Llegaron varios coches y comenzó el movimiento, ya que la ciudad estaba cobrando vida. La gente, al ver al señor, comenzó a insultarle y, efectivamente, le trataron como a una rata. El hombre huyó despavorido.

-”Sigámosle de nuevo” -dijo el pájaro.

-”Está amaneciendo… Te… Tengo que irme a casa” -tartamudeó Pablo.

-”Ven” -insistió el animal, implacable -”Había noches enteras en que te escapabas de tu casa por la ventana y andabas vagabundeando y haciendo grafitos. Ven”

Ahora el hombre estaba en el parque. Allí, la gente contaminaba el ambiente llenándolo de basura y desechos. El vagabundo buscaba allí la comida, que normalmente estaba más limpio que el vertedero. Después de “desayunar” sacó una vieja armónica del bolsillo y se puso a tocar sin descanso. Tendía a desafinar. Tocaba mal. Nadie le daba nada…

El pájaro, después de haberle observado, se puso a hablar.

- “Ni siquiera sabe tocar. Nunca se molestó en aprender. Pero ahora… ¿Has visto cómo trabaja? Antes, cuando el profesor no estaba en la clase, se dedicaba a jugar y tirar avioncitos de papel. Mas ese momento era la hora de aprender. Se arrepiente de lo que hizo, mas no tiene remedio. Y ahora, nunca tendrá oportunidad de disfrutar de la feliz diversión. Lo único que puede hacer es intentar sobrevivir…”

- “Pero, Señor Pájaro, ¿podría…?” -susurró Pablo, asustado.

- “¡Qué triste!” -dijo el pájaro.

- “Señor Pájaro, lamento interrumpirle, mas ¿sería usted tan amable de explicarme por qué me dice…?

- “Ahora está pagando las consecuencias; todo por no haber hecho lo que debía en su momento” -seguía diciendo el ave…

- “¡Señor!”

- “Si, Pablo, porque estamos en el año 2.027…”

El desgraciado sacó un cartelito que ponía: “Soy Pablo, necesito sobrevivir. ¡Les ruego que me ayuden!

- “Y ese hombre…”

En aquel instante el pobre infeliz cayó muerto al suelo, provocando espantosos alaridos a su alrededor.

- “Y ese hombre… eres tú”

Pablo se inclinó ante el pájaro. Entonces vio que lo único que quedaba del pájaro era un precioso petirrojo, y una densa nube, esta vez de color blanco azulado, les envolvía.

Pablo se encontraba solo en la clara y alegre calle al amanecer. Esto le llenó de felicidad y, por supuesto, decidió que empezaría a estudiar y a comportarse como es debido. Así, daría a sus seres queridos el mayor regalo que podían desear y que tanto tiempo habían anhelado.

Pablo se convirtió en un gran estudiante y una gran persona. Triunfó en la vida como se merecía y había de ser.

Pero nuestro cuento no acaba ahí. Y es que Pablo fue envejeciendo hasta convertirse en un anciano. Todos los atardeceres se asomaba a su balcón y allí siempre veía a unos alegres pajaritos entonándole una deliciosa balada. Se trataba de los eternos descendientes de aquel pájaro que tan valiosa lección le había enseñado. Cuando terminaban de cantar, comenzaban a volar hacia el horizonte.

Carlos Usano García

10/XI/2009

El Príncipe Primate

9 Noviembre 2009
Publicado por Nacho en: General
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El Prncipe Primate 

 En el reino de Fonteius, ha nacido el príncipe Enrique. Sus padres están muy contentos, pero nadie sospecha que el joven príncipe tiene un importante destino que cumplir, pues una oscura sombra está a punto de cubrir el reino…

Érase una vez, hace muchos años, un rey y una reina, que     vivían muy felices en su castillo. Un día, tuvieron un hermoso niño, a quién llamaron, Enrique. Los reyes, Ernesto y Valentina, celebraron un bautizo esplendoroso al que acudieron todos los habitantes de la capital del próspero y feliz reino. El corazón de los reyes estaba lleno de dicha. No podían estar más felices; nada les faltaba en aquellos momentos, nada les podía arrebatar su felicidad, nada salvo…

Las puertas de la sala se abrieron de par en par armando un gran estruendo, todas las miradas se centraron allí, donde había dos siniestras figuras: los padres del rey. A la derecha caminaba una persona baja, regordeta, pero tan oscura como la niebla. Poseía a la izquierda un ojo de cristal. Se llamaba Lady Claudia, y era la Reina del país vecino, que por siglos había estado en guerra con el de nuestro joven príncipe. Había quién decía que solo se había casado con el padre de Ernesto para planear una revolución contra el país del príncipe Enrique. A pesar de que muchos catalogaron este matrimonio como una época de paz. Además, había varias leyendas negras que decían que Lady Claudia era una hechicera negra, al igual que toda su familia, y la sangre de bruja corría por sus venas. Decían, que aquel ojo de cristal era su alma y había nacido con él. También hablaban de que su hijo la había descubierto planeando esa rebelión y le paró los pies. Pero todo se había catalogado tan solo como rumores.

La figura de la izquierda, el padrastro del rey de nombre Sir Jorge, era mas erguida, y se decía de él que era el único ser del que se podía decir que Lady Claudia apreciaba de verdad; se había casado con él semanas mas tarde de la “repentina” muerte del verdadero padre de Ernesto, Alfonso X.

Sin embargo, no ocurrió nada sospechoso en el bautizo de Enrique, Lady Claudia pidió cortésmente asiento para su marido y ella, y se sentaron en primera fila como les correspondía. Cabe destacar, que ellos habían tenido otra nieta días antes, esta vez con sangre de Sir Jorge.

El príncipe Enrique era muy tierno creciendo con un carácter obstinado, juguetón y travieso. Un día, sin dar mas detalles, se escapó al bosque, donde le prohibían ir, pero a él le encantaba ese Paraíso de Libertad. Allí, encontró a una niña, la princesa del reino vecino, que pensaba exactamente lo mismo que él. Se fueron haciendo muy amigos, pero sus familias no sabían nada de aquello. Su punto de encuentro era el bosque, dónde ya todos los días se escapaban. Un día, la princesa Alicia, que así se llamaba, enseñó a Enrique a bailar riéndose de él cariñosamente, ante su hiperactividad  saltando de un lado a otro y trepando por los árboles.

Pasaron muchos años, era el día de la Coronación de Enrique. Cuando, nervioso, se estaba preparando, apareció su abuela, que le ordenó que dijese a todo el pueblo que ella sería la reina, y al negarse, pronunció unas palabras mágicas, que le convirtieron en mono, ella se transformó en Enrique.

Enrique fue vendido al circo, que iba de ciudad en ciudad, y ese día, a un hombre, que resultó ser un sirviente de la princesa Alicia, le gustó el mono, lo compró y decidió enviárselo como regalo a su ama, la princesa. A Enrique, ésto le dio una última esperanza, cuando estuvo en el cuarto de la princesa a la que no le había gustado el mono-regalo y  que estaba asustada y confusa ya que éste le resultaba familiar, tuvo una idea: dio llave a una muñeca bailarina, y, junto a ella comenzó a bailar el vals de Tchaikovsky de “La Bella Durmiente” que la princesa le había enseñado. Un extraño temor invadía a Alicia. Esos ojos verdes de niño travieso no eran propios de un simple simio, los había visto en otra parte. “¡No!, era imposible, en aquel preciso momento estaban coronando a Enrique, y, ella, tristemente no había podido ir a la ceremonia”. Pero aquél simple chimpancé le miraba con una profunda mirada, como si quisiera decirle algo, y, finalmente, lo aceptó. Esos ojos le hicieron adivinar inmediatamente lo que había pasado. Y quiso ayudarle, por supuesto.

Pero al interrumpir la coronación, todos se echaron a reír por lo que ella decía. Sin embargo, se armó de valor, y supo lo que había que hacer. Parecía como si el mono y ella estuvieran conectados por una especie de fuerza sobrenatural. “¿Cual es la lanza favorita del príncipe?” preguntó a los sirvientes. Enrique/Lady Claudia no supo responder. El primate señaló una de ellas, ya que estaban colgadas en la pared, y los sirvientes asintieron. Entonces, todo el mundo cayó en la cuenta pero Lady Claudia convocó a los antiguos fantasmas de los guerreros que codiciaban el reino de Enrique, hombres muertos, a los que no se podía dar muerte. Los invitados estaban aterrorizados, pero tuvieron que comenzar una terrible lucha.

Parecía que Lady Claudia había ganado. Y de pronto, sacó un puñal y atacó al mono Enrique. Mas fue entonces cuando Alicia, desesperada, y enfurecida, se abalanzó sobre su abuela, y, sin querer, le sacó su ojo de cristal, que cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. De él surgió una intensa nube que mostraba pequeñas imágenes que revelaban cuales eran las verdaderas intenciones de ésta. Se la vio seduciendo a Sir Jorge para que planeasen juntos el asesinato de Alfonso X, la crueldad que mostraría siendo reina, y lo que pretendía hacer con Enrique. Esta nube absorbió a todo el ejercito de los muertos, y también a la bruja, mientras gritaba “¡Mi corazón!. ¡Me han arrancado mi corazón!” dando desesperados alaridos y convirtiéndose Enrique en humano al haber terminado el poder la perversa bruja. En ese mismo instante un caballero atravesó el corazón de Sir Jorge.

Y por fin terminó aquella eterna guerra, poseyendo ya, paz y prosperidad, a pesar de que el rey, Enrique y Alicia estaban muy tristes por haber perdido, después de todo, a Lady Claudia. Además, Enrique y Alicia se casaron, gobernando justamente, y consiguiendo de nuevo un reino feliz y próspero.

FIN

  

Carlos Usano García (6ºA)