La nueva ortografía

9 12 2010

“Kuenta mi pa ken los tienpos del anbre konosio un deprabao ke andaba bestio de jailander osea de escozes por madri. Echaba jirar un tronpo al suelo ial agacharse pa rrekojerlo enseñaba los guebos a niños i niñas .klaro la jente seaserkaba a ver a este loko ientoses enpesaba a gritar konsijnas akratas desia porejenplo kabia keliminar las normas dortografia”.

            Desde luego era un tipo consecuente; su escuela, el anarquismo especulativo,  planteaba que la infelicidad humana tiene su origen en las instituciones y en las normas que, dimanando de aquellas, nos oprimen. Un ácrata como dios manda, en consecuencia, debe despreciar la ortografía, pues no hay norma más puntillosa ni institución más rancia que la academia que la dicta.

            Ahora bien, si no te va airear las partes pudendas por debajo de un kirlt ni tienes la necesidad cáustica de socavar el autoritarismo y la humillación  reinantes en la sociedad de posguerra -a riesgo incluso de que te apliquen la Ley de Vagos y Maleantes-, te conviene usar bien las normas ortográficas.

            Vienen estos comentarios a propósito de la inminente aparición en el mercado de la nueva ortografía elaborada por la RAE en colaboración con las academias hispanoamericanas. Llama la atención, al respecto, el modo superficial en que los medios informativos se han referido a esta obra. El periodismo, ávido de novedades y rarezas, ha resaltado los mínimos cambios en la norma –opcionales casi todos- que se introducirán en 2011, dejando de lado el verdadero interés de este tocho de más de setecientas páginas. La academia se ha mostrado siempre muy prudente con los cambios que introduce y ha estado atenta desde su fundación a la acogida social que estos pudieran recibir. Comprendo que no resulte noticiable decir que las cosas siguen, punto arriba o abajo, como hace más de un siglo; pero da qué pensar esta obsesión de los medios por llevar los hechos a un terreno simple, emocional y polémico: tal vez la manipulación mediática no sea sólo una estrategia de los grupos de poder para crear estados de opinión, sino también una convención del género periodístico.

            Volviendo a lo nuestro, dos son las aportaciones reseñables que nos promete esta nueva ortografía. Primero, una regulación explícita de problemas no contemplados en la de 1999, tal los extranjerismos, los nombres propios, el uso de mayúsculas y minúsculas, las expresiones numéricas y la ortotipografía (párrafos, citas, cuadros, pies y otros elementos necesarios en la presentación gráfica de los textos escritos). Y en segundo lugar, su carácter razonado. A diferencia de los manuales anteriores, esta añade a la norma las justificaciones filológicas que la sustentan. Será a buen seguro una obra comprensible y fácil de manejar, pues la RAE es consciente de que la ortografía desempeña una función capital en los procesos normalizadores de una lengua histórica y de amplísima difusión como el castellano.

Su vocación didáctica extiende su influencia, más allá del ámbito de la enseñanza, al mundo laboral, al científico, al jurídico, al económico y constituye además un índice inmediato de clase sociocultural. Para demostrarlo valdrá un sencillo problema: a un lado de la plaza, un restaurante ofrece en su menú “Cebollas rellenas”; en el lado opuesto, otro cocina “ceboyas reyenas” ¿en cuál de los dos entraremos a falta de más referencias? Y conste que no quiero entrar en disquisiciones estériles sobre si “ye” o no “ye”.

Cabe por último señalar que la ortografía cumple además con el principio de cortesía. La cortesía es una deferencia que se dispensa a alguien para que se sienta a gusto. Se muestra en su grado máximo cuando a esa persona le estás ofreciendo algo que a ti te supone cierto esfuerzo. Pues bien, tomarse el pequeño esfuerzo de escribir conforme a la norma facilita, al menos en un nivel formal, la comprensión de un escrito; por lo tanto, supone un acto de cortesía con el lector. Y si no lo tienes claro terne ke rrepetirte laistoria deun jailander ke deambulaba por lagranbia?

 

Ernesto Sánchez Sánchez

 

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