28 Abril 2020

cien años de Boris Vian

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 12:00 h.

39 años. Como los 39 escalones de Hitchcock. Una vida muy breve para hacer muchas cosas: Boris Vian fue cantante, poeta, guionista, escritor, actor, técnico, crítico… No se puede decir que fuera un genio. Ni siquiera es correcto afirmar que todo lo que hacía lo hacía bien. Pero de lo que no hay duda es que era todo un personaje, un personaje de carne y hueso que protagonizó su propia y apretada existencia como nadie. Anticlerical con primera comunión, antimilitarista dispensado del servicio por problemas de salud, ingeniero con vocación de trompetista, blanco comprometido con la causa de los negros (americanos), escritor de novelas prohibidas por la cuarta República (francesa)… A nosotros nos interesa especialmente su dimensión literaria. Sus libros están escritos con la entraña. La pólvora que derrocha en todos sus escritos es una crítica demoledora al momento histórico que le tocó vivir. Sería por eso que sus libros no tuvieron demasiado éxito ni alcanzaron verdadera difusión hasta después de su muerte. Boris Vian falleció en un cine, en el patio de butacas, durante el estreno de una película basada en su novela más conocida: Escupiré sobre vuestra tumba. El escritor había renegado públicamente de esta adaptación a la pantalla y mostró su descontento muriéndose durante la proyección. Por si fuera poco, ese día los empleados del cementerio andaban de huelga (¡Aaaah! ¡La France siempre será La France!), así que sus amigos tuvieron que enterrarle por su cuenta. ¿De verdad que no te apetece leer nada de este hombre?

En el centenario de su nacimiento seleccionamos El desertor, interpretado por Vian (cantante), todo un referente antimilitarista del siglo XX. El segundo vídeo es una canción de Diane Tell, con letra del mismísimo Boris Vian (escritor).

23 Abril 2020

día del Libro

Todos los Días del Libro son especiales. Pero en tantos años de conmemoración, el del 2020 se lleva la palma. Nuestros libros, los que en apretada sucesión permanecen varados en las estanterías, se han convertido en testigos callados, que no mudos, de este confinamiento. Más de uno ha descubierto de nuevo su pequeña biblioteca, trazado con el dedo un rastro invisible sobre la fila de lomos expuestos a la curiosidad, recuperado trabajosamente un volumen del muro compacto, que se afloja y desmorona. El retiro obligado nos ha proporcionado la excusa perfecta para disfrutar del sencillo placer de la lectura, excelente compañera en momentos en los que la mente, cautiva del cautivo, se revuelve como gato enjaulado. En este día del libro, a solas con las lecturas recopiladas durante años, no se nos ocurre mejor homenaje que seguir compartiendo títulos y autores con nuestros estudiantes, esta vez a través de un servicio de préstamo telemático provisional. Ahora tenemos la oportunidad de difundir nuestros fondos electrónicos, una opción de lectura cada vez más popular que nos permite ser respetuosos con la naturaleza y llegar sin trabas a cualquier usuario que cuente con el dispositivo apropiado. No tiene el atractivo del libro en papel, un diseño que apenas ha sufrido modificaciones en siglos de historia, pero respeta la esencia de la palabra escrita y supera cualquier objeción práctica que se le quiera poner. Nos sumamos también a la propuesta de Marcos Mundstock (1942-2020) dirigida a la Real Academia y al Instituto Cervantes: “Apoyar al desarrollo de los libros de autoayuda de última generación: los libros de autolectura. O sea, libros que se leen solos. Usted lo compra, lo deja un tiempo en la biblioteca y ya no tiene que leerlo. Al fin de cuentas, es lo que muchos hacemos con todos los libros“. Gracias Marcos. Y descansa en paz.

19 Abril 2020

escribir un diario

Publicado en Recomendaciones, biblioteca virtual por franciscru a las 21:57 h.

 A medida que la alfabetización alcanzó los distintos estratos de la sociedad occidental, los diarios y la correspondencia de los soldados, involuntarios protagonistas de la historia, fueron llenando los huecos que dejaban la propaganda y las versiones oficiales. Conscientes del impacto de sus testimonios, los censores del ejército trabajaban a pie de trinchera recortando los párrafos más crudos, las atroces descripciones de la carnicería, la natural desafección patriótica que se decantaba en el fulgor de los episodios más terribles. No se podía permitir que se quebrara la moral de retaguardia, la de las madres y esposas que aguardaban el retorno de sus héroes en loor de la victoria. Curiosamente, durante las grandes campañas bélicas del siglo pasado, los servicios de reparto postal funcionaron admirablemente, con puntualidad y un mínimo porcentaje de extravíos. También el soldado encontraba consuelo en la correspondencia que le acercaba a los suyos, que le ponía al corriente de la rutina doméstica, el primer diente del chico, el ternerillo malogrado… Imágenes, olores y sabores del añorado hogar al que quizá nunca regresaría. Es difícil imaginar la angustia de quien se siente desamparado, a merced de un obús extraviado, una bala rasante o un oficial desquiciado. Leer y escribir fue una vía de escape para el soldado durante los períodos de inactividad, que transcurrían lentamente en la tensa calma que precedía a la tormenta. Se han publicado abundantes compilaciones de diarios y cartas escritas en el frente. Son el resultado de investigaciones en archivos públicos y privados, fondos documentales y correspondencia particular. Buen número de estos libros fueron editados con motivo de efémerides y conmemoraciones. Otros han servido a la investigación historiográfica. Pero todos han alimentado la conciencia crítica de la opinión pública, que en sociedades con tradición democrática constituye el motor de corrientes a favor o en contra de determinadas cuestiones de interés capital.
Durante la Gran Guerra europea se distribuyeron millones de libros entre la tropa de uno y otro bando. Era una forma de aprender y mantener la mente ocupada. La labor benéfica de las bibliotecas de campaña no ha sido suficientemente alabada, pero es indudable que contribuyeron al esparcimiento y el equilibrio mental enmedio de la saturación casi insoportable de la conflagración. Siguiendo el ejemplo citado, a través de nuestra biblioteca de préstamo virtual te ofrecemos la posibilidad de leer lo que sea de tu gusto a lo largo de estas semanas de confinamiento. Si te ha interesado el tema de las cartas y diarios de guerra, contamos con el testimonio del peculiar escritor Ernst Jünger en Tempestades de acero; o Sarajevo, un estupendo libro de crónicas de la muy reciente guerra de Bosnia, escrito por el periodista Alfonso Armada. Pero si te apetece ocupar un asiento de primera en el devenir cotidiano de un conflicto, recomendamos la curiosa bitácora de William Henry Bonser Lamin. Hace unos años, su nieto tuvo la idea de publicar on line las cartas que su abuelo Henry había enviado desde el frente, respetando el orden y sincronizando cada entrada con el día correspondiente. Durante varios meses, lectores de todo el mundo pudieron seguir con el alma en vilo las evoluciones de Henry entre 1917 y 1918, temiendo que cada carta fuera la postrera. Ahora tienes la oportunidad de conocer de cerca al soldado Lamín y descubrir cuál fue su destino final.
Te proponemos igualmente que durante estos días escribas un diario de cuanto sucede alrededor. Estás viviendo un situación excepcional que sin duda recordarás el resto de tu vida. Es seguro que con el paso del tiempo se te olviden muchos de los detalles que están condicionando la experiencia de la cuarentena, y en el futuro te apetezca rememorar episodios que en su momento no te parecieron tan triviales o insignificantes. El diario te ayudará a pensar y a colocar en perspectiva todo lo que sucedió durante el año del coronavirus

Un relámpago brilló de repente en las alargadas raíces de aquella haya y un golpe contra mi muslo izquierdo me tiró al suelo. Creí que había sido alcanzado por un terrón de tierra; pronto el calor de la sangre que fluía en abundancia me hizo ver que estaba herido. Más tarde se pudo comprobar que un afiladísimo fragmento de metralla me había producido una herida en la carne, después de que mi portamonedas hubiera amortiguado su virulencia. Su aguzado filo, parecido al de una hojilla de afeitar, había traspasado no menos de nueve capas de rudo cuero antes de dañar el músculo. Tiré la mochila y corrí hacia la trinchera de donde habíamos venido. Desde todas la partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Ernst Jünger. Tempestades de acero (1920).

22 Marzo 2020

tiempo de leer

Publicado en Recomendaciones, el escritor, escribiendo por escribir por franciscru a las 14:01 h.

Ahora más que nunca hemos de tomar conciencia de que somos eslabones de una cadena. Tenemos la misión individual y casi sagrada de no flaquear, de no comprometer la solidez del conjunto, de resistirnos como ciudadanos libres e informados al miedo, el desánimo, el egoismo y la estupidez. El virus tiene todos los ases y hemos de esperar una buena mano para empezar a recuperarnos. Ayuda a tu familia, protégela y prepárate para una larga cuarentena en salud, que en la enfermedad no cabe más precaución que la de preservar del contagio a los demás. No será ésta la última ocasión en vuestra vida en la que os encontréis ante circunstancias excepcionales, así que este es un momento tan bueno como cualquier otro para aprender. Os proponemos que leáis. Leer es un excelente antídoto para sobreponerse a la crisis. Y para saber interpretar lo que ocurre a tu alrededor. Así no cometerás los mismos errores…

Los jóvenes que huyen al campo durante la peste que asoló la Comune de Florencia a fines del siglo XIV pasan el rato contándose historias al estilo de Las mil y una noches. Le corresponde a cada joven entretener por turno a los demás con sus relatos. Las jornadas se suceden. No todas las tardes pueden dedicarse al esparcimiento, pero sí una decena de ellas. De ahí el título del libro: El Decamerón, que en griego significa diez días (δεκα, diez y ημερα, día). Los diferentes relatos ―un total de ciento un cuentos, algunos de ellos un tanto licenciosos aunque nada que no pueda superar sin estrecheces un joven lector moderno― narran historias sentimentales, trágicas o moralizantes que en realidad le debemos al ingenio de Giovanni Bocaccioautor que adelanta el Renacimiento y en cuya obra confluyen las literaturas oriental y grecolatina así como el importante acervo de la tradición florentina y napolitana. Como ya dijimos, el escenario en el que se desarrolla el argumento de El Decameron es apocalíptico: el norte de Italia ha recibido el devastador abrazo de la peste negra, importada de Crimea por barcos que recalaron igualmente en buena parte de los grandes puertos europeos, magnificando los efectos de la epidemia en un mundo no tan globalizado como el actual, pero inquieto y comercialmente muy activo en la franja mediterránea. Murieron muchas personas, entre otros motivos porque no conocían los mecanismos del contagio ni los factores que lo propiciaban, por lo que no pudieron detener el avance de la bestia. Los que tenían posibilidades de subsistir fuera de sus hogares sin trabajar huían al campo para evitar el zarpazo de la peste… Tal era el caso de nuestras siete damitas y tres mozalbetes, (Pampínea, Fiameta, Filomena, Emilia, Laureta, Neifile, Elisa, Pánfilo, Filostrato y Dioneo). Pero cabe preguntarse si “escapar” de los miasmas pestíferos fue realmente una buena idea… Nuestros sufridos antepasados desconocían que el portador del bacilo que causa la peste es una pulga, que prolifera sobre sus huéspedes naturales: las ratas. Cuando éstas mueren a causa de la infección, las pulgas buscan un acomodo alternativo. La peste no se contagia directamente entre seres humanos, o lo hace en circunstancias muy especiales, por lo que la proximidad no determina la propagación aunque sí las deficientes condiciones higiénicas y de saneamiento. De hecho, el índice de mortalidad de la peste negra fue mucho mayor en zonas rurales con menor densidad de población, pero con un mayor censo de roedores. Los jóvenes y atolondrados protagonistas de El Decamerón protagonizaron sin saberlo una huída incierta hacia la muerte, que se agazapaba pacientemente entre “las verdes frondas de agradable mirar”.

«Yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos. Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los habitantes que en la ciudad».