1 Agosto 2015

el dioscórides

Publicado en Recomendaciones, biblioteca virtual, el escritor por franciscru a las 10:39 h.

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Este libro es un ejemplo excepcional de la transmisión de conocimientos a través de los siglos: Dioscórides, médico griego del siglo I, escribió un importante tratado de botánica farmacéutica y se le puede considerar el padre de la farmacología. Esta obra fue traducida al árabe en el siglo X, en tiempos de Abderramán III; más tarde, la Escuela de Traductores de Toledo vertió al latín estos conocimientos, siendo la primera edición española la de Antonio de Nebrija, en 1518. Corre el año 1555, y el editor Juan Latio publica en Amberes la traducción en castellano que nos ocupa, realizada por el doctor Andrés Laguna, médico del papa Julio III, quien, en sus viajes a Roma, pudo consultar diversos códices, así como un libro impreso en Venecia por Matthioli. La obra continuó editándose hasta mediados del XVIII y en el siglo pasado se realizó una edición facsímil. Laguna añadió para esta edición dibujos diseñados por él mismo, que fueron grabados en tacos de madera a la fibra. Son en total más de seiscientas imágenes de plantas y animales. Se indican los nombres en varias lenguas, entre las cuales hay, según él mismo dice, «algunas extranjeras pero españolizadas». Se desconoce quién pudo ser el grabador, pero probablemente, al tratarse de una edición belga, sea algún artista flamenco de la época. Varios autores opinan, sin embargo, que pudiera tratarse de grabadores italianos, por su parecido con la edición de Matthioli, y que Laguna se llevó los tacos a Amberes, trayéndolos luego a España para publicar nuevas ediciones. Este ejemplar, de gran calidad técnica, se imprimió en vitela y se iluminó para regalárselo a Felipe II, por estas fechas todavía príncipe

Acceso al DIOSCÓRIDES

23 Julio 2015

de compras

Publicado en Recomendaciones por franciscru a las 19:07 h.

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¿Cómo prefieren cargarse al cerdito? Normalmente yo lo envuelvo en una camiseta de algodón para amortiguar y después le atizo un golpe seco con un rodillo repostero. Si eres diestro y preciso, tras la operación podrás pegar los fragmentos y reutilizar el bicho de barro un año más. Pero lo más emocionante es el recuento: un vuelto de allí, un regalo de allá, un extra inesperado de acullá… Y al final te encuentras con el montante total del tesoro, laboriosamente recopilado durante meses. La primera parada es en la librería de viejo. Busco una edición de La zapatera prodigiosa, La muerte de Ivan Ilich o lo que salga de Scott Fitzgerald. Me topo por casualidad con El desertor de Lajos Zilahy y El tiempo amarillo de Fernán-Gómez. Para la bolsa. El librero, un tipo huraño que mira de reojo desde las alturas de su escalera de mano, me ofrece por una miseria El diario íntimo de Unamuno y de regalo un libro de un tal Boris Izaguirre: tomo el primero con beatífica expresión y con la mano libre señalo el camino que debe seguir el segundo, que al instante reposa dentro de un contenedor de papel reciclable con la complicidad de cliente y negociante. Siguiente parada: la pequeña y oscura librería del Antiguo, de pasillos luengos y angostos, que bien se dirían hundidos en la entraña de la tierra sino fuera por ese olor a incienso y unos ventiladores blancos que remueven el aire cargado de taninos. Allí localizo No logo, Nieve de Pamuk, La casa del mirador ciego, Los anillos de la memoria, una edición facsímil de El hombre que se parecía a Orestes de Cunqueiro, y un libro que me habían recomendado en la peluquería: Las batallas en el desierto. Humm. Qué más. Qué más. La palabra más hermosa, por ejemplo. Y Plegarias atendidas, de Capote. Y La fórmula preferida del profesor, un par de títulos de James Ellroy, una biografía de Copérnico, Las pequeñas virtudes, Poemas escocidos de Huero Caín, Canciones de amor a quemarropa (me agrada el título) y Nostalgia de Cartarescu. A punto de marchar, incorporo El epicureismo del maestro Lledó, Grandes ideas de la Ciencia de Asimov y una bonita edición de El valle del terror. Y ya puestos, Distintas formas de mirar el agua, Leyendas y romances de ciego, cuatro libros de autores japoneses que no recuerdo y una integral en tres volúmenes del profesor Elíade. Cuando vuelvo el calcetín sobre el mostrador la muchacha palidece. Contar la calderilla le va a llevar su tiempo. Se nota que es de la ESO. Aprovecho para echar un vistazo entre las liquidaciones y rescato Pequeños cuentos misóginos y No te bebas el agua… Woody Allen cotiza a la baja. Otra vez a contar. Al final faltan seis céntimos, pero la dependienta me los perdona con tal de verme desaparecer. La bolsa pesa una barbaridad y me imagino cuán cómodo sería portar todas estas páginas en un moderno libro electrónico. Ante mí, una tienda de artefactos electrónicos a mitad de precio y una heladería. Me pido uno de fresas con pasas que está de muerte.

12 Julio 2015

el derecho a la pereza

Publicado en General por franciscru a las 16:45 h.

Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: «Miren cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido». Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad. Allá por el año 1880, a Paul Lafargue no le parecía mal que el mismísimo dios de los cristianos se tomara unas abundantes vacaciones (que duran hasta nuestros días) después de una dura semanita de incesantes idas y venidas que culminaron con la Creación toda. En El derecho a la pereza, obra nacida a la sombra de la teoría económica del suegrazo Carlos Marx, Lafargue justifica la legítima aspiración de trabajar lo justo para poder disfrutar de las cosas que la vida te ofrece y que no son, necesariamente, patrimonio exclusivo de orondos burgueses de cuello blanco. Cierta mañana de 1911, Paul y su esposa Laura se suicidaron inyectándose una solución de ácido cianhídrico; dejaron para la posteridad dos bonitos cadáveres azules y una nota autógrafa que olía a almendras amargas: Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales. Hoy mismo Javier Krahe tendrá la oportunidad de aclarar con la pareja los términos exactos de su voluntaria exclusión; el libro de Lafargue se vendía conjuntamente con Las diez de últimas, el disco postrero del cantautor madrileño. Nos consta que se ha ido sin escribir la última palabra, la última rima, el corolario de un periodo en la historia de España que siempre recordaremos unida a los versos del no tan ingenuo Cuervo-Krahe: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN… 

8 Julio 2015

quen poidera

Publicado en atrapa al personaje, el escritor por franciscru a las 20:11 h.

cunqueiro

Don Álvaro no creía en las Musas: paciente se dejaba mecer por las olas de la buena memoria y escribía; dicen que lo hacía de una sentada y que le era siempre fiel a los periodísticos compromisos cotidianos. Seducido por la abundante tradición oral de su Galicia natal y tocado de esa imaginación que se movía tan a su gusto tanto en gallego como en castellano, las páginas crecidas por las sombras de tinta de este ilustre de las letras son, como poco, un fresco admirable desde el punto de vista estético, pero sobre todo, el espectro de una inventiva despampanante corrido al azul del mar de Fisterra, desde donde los mariñeiros se asomaban al océano con el alma puesta más allá de las pedras negras del litoral afilado, en las simas donde los dragones acechan a los prófugos asomando a la superficie los ojos inyectados por la sangre de mil inocentes. Aunque no cocinaba, encendió de palabra muchos fogones que le vieron disfrutar y, más tarde, padecer la afición al buen yantar, y la no menos sostenida querencia por los alvariños, que cataba sin censuras y mano a mano con Fraga Iribarne, antes incluso de que el terrible ministro elevara en Palomares el nivel de los mares. Como Ulises, navegante en el piélago que a la sazón dominaba la que se dio en llamar “novela social”, el barroco entusiasmo del estilo cunqueiriano fue decayendo para bien, dejando en el poso páginas memorables, como la que traemos aquí recién rescatada de la novela Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, cercana a la fantasía de aquel otro barón rampante que describiera Italo Calvino, pero con una gracia entre mística y galaica, que no celta ¡Quen poidera escribir como él!

Talla corta, no más de la que se pide en quintas, metido en hombros, flaco, pálido bajo el octogonal bonete rojo de los bachilleres in utroque por Osuna, enmarcado por guedejas negras que le abrigaban en la nuca y se le ondulaban en el cuello, siendo lo más notorio de este una nuez en ángulo agudo, medio cubierta por un lunar vinoso. Los ojillos, vivos y claros, se apartaban en el nacimiento de una nariz larga y curva, que terminaba mismo a la entrada de la boca con dos ventanales amplios y pilosos. Lo único que merecía el adjetivo carnoso en aquella cara eran los labios gordezuelos y colorados, y en el resto del cuerpo, escurrido, las manos blancas, los dedos sin nudo, las yemas como cerezas, manos femeninas, suavizadas cotidianamente con agua gorda de molleja de pavo.

Álvaro Cunqueiro. Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca (1972)

 

22 Junio 2015

qué leer

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 16:20 h.

 

Quieto como una esfinge de piedra, E. desmigaja el tiempo en el filo de una frágil guillotina, la del segundero que sube y baja hoy con la misma parsimonia con la que camina el astronauta por el Mare Tranquillitatis. Ante sí reposan, sobre pulcros estantes color cerezo, hileras de libros con el lomo vuelto hacia el observador. La duda asoma en la expresión de E., que reclina la cabeza en la palma de la mano, como si la decisión le pesara meninges adentro. La mirada se encuentra de nuevo con la esfera del reloj. No es nada fácil someterse a los dictados ajenos, y aunque el padre se muestra benigno y concede la posibilidad de elegir al gusto, el escrutinio forzado de las futuras lecturas estivales no es una tarea que le inunde de entusiasmo precisamente. “Debes proveerte de tres o cuatro libros para estas vacaciones… Tendrás tiempo para todo ¡Y no quiero escuchar la eterna cantinela de que te aburres!”. Recuerda así las palabras que resumen la terca perseverancia paterna. Los libros parecen disponerse respetando un orden; los espacios vacíos entre volúmenes señalan la fuga momentánea de algún tomo, reubicado provisionalmente en las mesillas de noche, dentro de una bandolera o en la guantera del automóvil de mamá. De la inacabable oferta no le suenan más de tres o cuatro títulos que ya pasaron por sus manos o que fueron objeto de teórica atención por parte del profesor de Lengua. En un momento de inspiración, cierra los ojos y deja que el dedo índice, arrojado al océano de la biblioteca, se enganche en la presa como si de un anzuelo se tratase. Repite la operación un par de veces más. La tía J., que en silencio y a la distancia le viene observando desde hace rato, le arrebata las capturas sin apenas darle tiempo a despegar los párpados. “¡Ah! ¡Curiosa elección! ¡No conocía yo tus inquietudes por la dinastía… merovingia!”. Sin aguardar respuesta, la tía distribuye los mamotretos en los huecos que va encontrando libres, y con el mismo desparpajo extrae ejemplares que le arrima al pecho con un gesto de cínico entusiasmo. “¡Empieza por los clásicos y después me cuentas!”. Aliviado, E. regresa a su habitación con el botín y se tumba en la cama de un salto a lo Fosbury. Cuando por fin repara en las palabras de su tía, apenas le queda tiempo de asomarse de un brinco a la ventana antes de que ésta desaparezca en el interior de su coche rojo. ¡Tía! Y… ¿qué es un clásico?”. Con la mano desmayada sobre el volante, ella lo mira un momento, diríase que hasta un poco conmovida. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, le responde.

 

14 Junio 2015

controversia

Publicado en escribiendo por escribir, musica y literatura por franciscru a las 12:55 h.

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A menudo, el “bilingüismo” ha venido utilizándose en la educación pública como un ensalmo mágico capaz por sí mismo de conjurar los males endémicos de la formación básica. Casi siempre estas iniciativas son fruto de maniobras políticas y promesas electorales que no tienen en cuenta los recursos necesarios ni los presupuestos que han de sostenerlos. Desgraciadamente, más inglés no es sinónimo de calidad en la enseñanza, aunque hay que reconocerle su considerable potencial para “seleccionar” a los alumnos. Por encima de la platea, en el gallinero, se escucha el rumor de los que promueven un aprendizaje activo y constructivo de la propia lengua, donde se conceda relevancia y mérito académico a las producciones del alumnado, las capacidades expresivas y las habilidades para elaborar pensamiento nuevo a partir de lo visto, oído o leído. La urgencia de un bilingüismo no sentido por la población la encontramos en Puerto Rico. El fuerte vínculo de la ciudadanía con el idioma de la antigua metrópoli es objeto de debate y hasta de controversiaY no solo en sentido figurado. La controversia hecha música es un divertido género portorriqueño en el que dos trovadores se retan a un duelo dialéctico. Como si se tratara de pugilato, ambos ponen a prueba su capacidad para dar y encajar, haciendo del verso improvisado y de su agudeza para mantener la porfía sus armas principales. Traemos aquí una que viene muy a cuento, donde se dicen sobre el español cosas tan bonitas como ésta: Es algo que llevo dentro, que cuando busco, lo encuentro, y descarga mi conciencia, va más allá de la ciencia, del dinero o del poderío… Es un caudaloso río de sentimientos y amores, de voces de mil colores… ¡Es ese el idioma MÍO!

¿Hay quien dé más?

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5 Junio 2015

Groucho y yo

Publicado en atrapa al personaje, el escritor por franciscru a las 0:22 h.

groucho

Querido Julius:

Como desconozco su actual paradero, supongo que no me tomará a mal que haga público este mensaje y con él, la devoción inmerecida que continúo profesándole. Acabo de releer Memorias de un amante sarnoso. Detecté consternado que alguien había babeado en la página veintisiete, para descubrir, más consternado aún, que se trataba de mi propia saliva, de la que hallé idénticas huellas, parduzcas y redondas ellas, en las páginas veintisiete de todos los libros que acomodo en la mesita del dormitorio, y sobre los que suelo dormir el primer sueño de la noche, que dicen que es el más placentero. He exigido en la librería de la esquina que se me reintegre el importe de la obra o, al menos, el de la página anegada. Como portavoz del sindicato de comerciantes, el chico de la frutería me ha respondido tajante que los desperfectos imputables a una descuidada babipulación no están sujetos a garantía. Desafortunadamente esta cláusula figuraba en la página veintisiete del contrato de compra-venta, por lo que me pasó desapercibida. Además estamos hablando de un ejemplar de la biblioteca pública que obraba en mi poder desde hacía más de veinte años (¡cómo pasa el tiempo!). Eso me recuerda que tengo que devolver mi espléndida colección de cuatro mil volúmenes antes de que la municipalidad opte por sancionarme. Considero de mal tono que no se haya molestado en dar señales de vida durante estas últimas décadas. La excusa de que está muerto me suena a manida disculpa; precisamente es ahora cuando tiene todo el tiempo del mundo para escribir cartas y ahorrarse el importe del franqueo. Los amigos incondicionales solemos revisar regularmente alguna de sus películas. El otro día invitamos a media docena de escolares a una de estas sesiones cine-mato-nostálgicas. Como no creímos oportuno censurar los diálogos políticamente incorrectos, nos coordinamos para toser ruidosamente por turnos. Nuestros esfuerzos se saldaron con un dolor de pecho colectivo y una inmensa sensación de ridículo. Los jóvenes se marcharon decepcionados, quién sabe si por su tiznado bigotón o por el inquietante presentimiento de haber sido contagiados de tos ferina. Aunque hoy en día es casi imposible contagiarse de nada: la prueba es que la mayor epidemia del momento ha afectado a cuatro personas. Bueno… y medio millón más en países de esos que ostentan nombres raros, aunque yo no doy crédito a tales exageraciones porque, de ser ciertas, algo se habría filtrado en el noticiario, que hoy se ocupó fundamentalmente de los peligros de caminar descalzo y de un huevo que baila. A mí estas reseñas me dejan frío porque, ¿quién no ha deseado alguna vez hospedar a todo el Bolshoi en su frigorífico?

Saludos.

P.S. No aguardo pronta respuesta, pero al menos manifiéstese con un leve movimiento de cortinas en la próxima reunión espiritista de Mrs. Fraudster.

26 Mayo 2015

ancha es Bardulia

Publicado en De cine, atrapa al personaje, biblioteca virtual, musica y literatura por franciscru a las 12:43 h.

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Lo de ahora no es nuevo; en el siglo XI, por ejemplo, la Península Ibérica era un semillero de reyes y reyezuelos que se disputaban a mandobles hasta el último palmo de tierra. La idea más o menos romántica que tiene como trasfondo una guerra de religión disimula la verdadera naturaleza del conflicto, que en términos generales podría describirse de “todos contra todos”, llevándose la palma la de “moros contra moros” y “cristianos contra cristianos”. La cuestión teológica se reducía a una mera diferencia de logotipos. En este contexto no es raro que los anónimos autores de los cantares de gesta se prendaran de la bizarra figura de algún sanguinario caballero de los que por entonces la espada ceñía. El preferido fue Rodrigo Díaz, alias El Cid, un personaje rigurosamente histórico sobre el que se han construido historias rigurosamente ficticias. El Romancero le fue tejiendo una fina camisa de lino con la que, a lo lejos, nos parece contemplar un héroe sin mácula, buen hijo, buen marido, buen vasallo, buen cristiano… pelín temperamental e impetuoso. Con esas hebras nos sale una leyenda que se impuso a la historia en forma de medidos versos que hoy leemos con el orgullo de ser los herederos de tan imponente legado medieval. El Cantar de mio Cid es un Cantar de Gesta alimentado por otras tantas historias de tradición oral que se compuso cien años después de la desaparición de Don Rodrigo, y en el que se cuida de guardar, eso sí, algunos detallitos biográficos que no le son favorables al de Vivar. El manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional es una copia del siglo XIV del original, escrito o copiado a su vez por un tal Per Abbat un siglo antes. Gracias a este libro, hemos conservado casi en su integridad el contenido del poema, que ha sido editado en múltiples ocasiones. Los autores de la película sobre el Campeador protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren (¡Ah, doña Jimena!) se inspiraron en la versión de Don Ramón Menéndez Pidal, sobrino del que por entonces era dueño del tan famoso libro. En 1960, una fundación (sin ánimo de lucro, claro) lo compró por diez millones de pesetas de entonces para después donarlo a las autoridades del régimen. Desde entonces aguarda en la Biblioteca Nacional a que estudiosos de medio mundo lo analicen y estudien, y ahora, con ayuda de internet, a que cualquiera se pasee por sus hojas como quien hace un viaje en el tiempo.

14 Mayo 2015

¿hay alguien ahí?

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 16:08 h.

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Las emergente generación de escritores en español está perfilando el estilo literario de estos primeros años de siglo. Demostrar oficio y pericia no es fácil ahora que internet le brinda a cualquiera la oportunidad de difundir su producción. Pero precisamente esa sobreabundancia de palabra escrita es el principal inconveniente con el que se enfrenta el lector curioso. En principio, todo el mundo escribe para ser leído. Incluso los que redactan un diario personal se dirigen a sí mismos o a su círculo más próximo un mensaje inspirado por el momento, quién sabe si con intención de alimentar la nostalgia o para preservar esos recortes de intimidad que la omnipresente cámara del teléfono celular no puede recoger. Sea como fuere, desde el grafitero enamorado que busca un centímetro cuadrado vulnerable a los pies del falso balcón de Julieta allá, en Verona, hasta torpes escribidores como nosotros que se sobreponen a su mediocridad, todos, absolutamente todos albergamos la esperanza de posarnos en las aguas mansas del lector inadvertido y remover el lodo joven del fondo, enturbiar el lecho, dejar huella de nuestro paso por recónditos universos interiores, marcar  la memoria de alguien, aunque sea levemente… De esta forma, junto a pastiches de difícil calificación, surgen obras que son destellos del talento, generosas aportaciones creativas que nos hacen pensar que no todo está inventado. La gran producción con vocación literaria está marcando una etapa en la que los protagonistas son las obras, no los autores; éstos surgen por doquier, escriben algo interesante y luego se agotan o desaparecen, sin apenas tiempo para que sus nombres empapen reseñas y críticas. Como fósforos cansados de arder cuando sus cabezas apenas han empezado a chisporrotear. O fósforos mojados, como los de esta joven escritora, localizada por azar en la red…

Fue una época mala. Tenían poco trabajo cuando les llegó la enfermedad de mi hermana Leticia. Y para colmo de males Dora, con ese problemita de nacimiento en la piel. Este es un pueblo que queda de camino a Tigre, la gente hace una parada obligatoria porque en todos los mapas que les dan a los extranjeros figura como “lugar de interés”, pero la verdad es que no teníamos nada de interesante hasta que la nena, ahí estirada como un chicle por el sol en la vidriera, empezó a generar un ingreso superior a los suvenir de Gardel que vendíamos en todas las épocas turísticas. Horacio y Leticia se dieron cuenta de casualidad. No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.

Mariana Komiseroff. Fósforos mojados (2014).

9 Mayo 2015

autos

Publicado en De cine, Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 14:19 h.

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Desde el mismo momento de su concepción, el coche ha ejercido un poderoso magnetismo que en poco más de un siglo nos ha llevado a identificar nuestro modo de vida con este armatoste autopropulsado, el comienzo y el final de cualquier interacción con el entorno. Más allá de su indudable utilidad (de ahí lo de “utilitario”), el desplazamiento ha pasado a ser un asunto secundario como bien se encarga de subrayar la publicidad. ¿Te gusta conducir?, entonces… ¿Qué más te da que no tengas dónde ir? ¿Te va a retener la subida bestial del carburante? ¿Consientes que el vecino, que es un muerto de hambre, maneje un modelo mejor que el tuyo y te lo aparque delante de las narices? Todo movimiento de política populista pasa por atraer a las multinacionales del ramo, fomentar la compra de automóvil nuevo, construir autopistas y carreteras a cualquier precio, grabar la contaminación que provoca, idolatrar a los pilotos deportivos de dudosa fidelidad fiscal u otorgar licencias fraudulentas a los que velan por la inspección técnica del numeroso y suculento parque móvil… eso por no hablar de las sanciones al tráfico rodado o los intereses que se mueven alrededor de los carburantes, las estaciones de servicio, la “zona azul”, los aparcamientos. A principios del siglo pasado fueron los ricos y poderosos quienes sucumbieron a la fiebre de la velocidad, identificando el progreso con la automoción. El automóvil pronto se fue motivo literario: Joyce introduce una competición de velocidad en un cuento de Dublineses (1914), y a principios de los años treinta Musil da comienzo a El hombre sin atributos con la descripción de un accidente de tráfico. Más próximo a nosotros, nuestro querido Fernández Flórez publica en 1938 El hombre que compró un automóvil, un libro disparatado en el que se anticipa el moderno culto al coche y hasta se ironiza sobre las incisivas técnicas de venta. Como apunta Manuel Rodríguez Rivero, “el coche sirve en la literatura para el amor y el cortejo, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para matar y morir, para empezar de nuevo, como signo de estatus, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), como agente de excitación sexual (Crash, de J. G. Ballard, 1973). El automóvil, ese “admirable artefacto”, como lo llamó el entusiasta Ortega y Gasset en 1930, ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas.”

Los autos venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los autos azules —los autos de sus amigos los franceses.

James Joyce. Dublineses (1914) 

2 Mayo 2015

historia natural

Publicado en biblioteca virtual por franciscru a las 16:26 h.

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La sutil cuestión de si fue el hombre el que creó el arte y, si por el contrario, fue el arte mismo es el que nos hizo humanos es susceptible de ser ampliada con este nuevo interrogante: ¿es la naturaleza misma la que inspira al artista o el arte es el que interpreta nuestra percepción de la naturaleza? Al contemplar algunas de las maravillosas láminas de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, un biólogo creerá estar viendo una exquisita y detallada descripción de la flora colombiana. Los otros, los que no perseguimos al detalle las caprichosas formas del perianto, o la cabeza apuntada de una caliptra, que tanto nos da, nos sorprenden las similitudes entre una hoja de Aristochia y un corazón, o la trama fractal de una Marathrum foeniculaceum que se despliega alrededor de un núcleo bulboso y colorido que alimenta nuevos brotes. La expedición botánica que alumbró estos y otros trabajos de impecable rigor científico se puso en marcha en 1783 y se prolongó hasta 1816. Aquel equipo estaba integrado por naturalistas, recolectores y geógrafos, pero también por artistas, pintores y dibujantes, dispuestos a tomar apuntes de una indómita región que les ofrecía los tesoros vírgenes de su flora, potencialmente mucho más valiosa y enriquecedora que los míticos yacimientos de oro y plata que siglos antes despertaran la ambición de los pioneros españoles.

23 Abril 2015

día del libro: los cuentos del gato

Publicado en General, escribiendo por escribir por franciscru a las 12:10 h.

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Existió una vez, hace cientos, ¡no, miles de años!, allá por la prehistoria, una tribu de cromañones que descubrió algo grande, muy grande en la historia, pero eso ya lo veréis. Esta tribu no era diferente a las otras. Vivían en una aldea hecha a base de palos, de una extensión un poco pobre. En ella habitaban unas veinticinco personas. Pero entre estas personas había uno que destacaba, era una especie de héroe o protector del pueblo y siempre ayudaba a los demás. Se llamaba Haruk. Haruk era un hombre fuerte, grande y guapo (un tipo con clase). Llevaba siempre una piel colgada y un machete, por si las moscas. En aquellos tiempos también existía un dios, el padre de todos los posteriores. Era robusto y alto, tenía una cara un tanto extraña con pelo revuelto, tres ojos en vez de dos, una nariz grande y gorda y una boca grande llena de cientos de dientes afilados. Siempre llevaba un manto de piel de mamut y una especie de bastón de madera en la mano derecha que utilizaba para hacer su magia. No era muy serio pero tampoco era muy simpático. También era generoso con quien se lo mereciera. Se llamaba Atón. Un día unos neandertales atacaron la aldea de Haruk. La batalla duró días pero Haruk consiguió vencerlos haciendo que pensaran que eran más con unos maniquíes gigantes que construyeron entre todos, (incluyendo los niños y los ancianos) y así salvar a todo el pueblo. En otra ocasión salvó a unas personas que se ahogaban en un lago. Y otro día salvó a unos animales que se hundían en arenas movedizas (pero eso sí, se los comió). Atón, que había visto todo eso, decidió recompensarle con algo que él llamó Fuego. Para invocar a Fuego, Atón provocó una gran tormenta de rayos y truenos que incendió un tronco seco. Justo pasaba por allí Haruk y al ver a Fuego se asustó, pegó un salto y casi se cae por un precipicio (oportunamente colocado). Haruk pensó en qué hacer con aquel nuevo descubrimiento. Era una especie de lengua de luz naranja que desprendía un agradable calor. Haruk intentó tocarlo.

─ ¡Aaaaaaaaaaah!

Haruk sacó su cuchillo de piedra al abrasarse la mano con Fuego (lo que era una sensación que no había sentido nunca). Después de unos minutos atacando a Fuego dando cuchillazos al aire, entendió que no le hacía nada y se guardó el cuchillo, pero estaba tan caliente que le quemó las pieles (la suya y la de oso que llevaba). Haruk gritaba y corría mientras se abrasaba. Entonces empezó a rodar por el suelo y mágicamente Fuego se apagó. Decidió coger un poco de Fuego y llevarlo a su aldea pero al cogerlo se quemó otra vez las manos. Después de una hora intentando coger a Fuego (quemándose múltiples veces), tropezó con una rama que se acercó a Fuego y ardió. Haruk la cogió pero por el lado que no debía y se chamuscó. Al final logró coger el fuego y llevárselo, pero con un gran dolor en todo su cuerpo. Cuando llegó a su aldea todo el mundo se asustó al ver a Fuego. Haruk lo puso en medio de la aldea y la gente poco a poco se empezó a acercar. Muchos lo tocaron y se quemaron. Otros no se acercaron y uno o dos intentaron llevárselo. Enseguida acudió el sabio de la tribu. Era tan sabio que conocía el secreto para sumar palitos. Pero ni él sabía qué era aquel raro descubrimiento. Después de unas horas se puso a llover. Haruk y su tribu vieron que Fuego se apagaba. No sabían por qué era así que se pusieron a gritar. Intentaron de todo y no funcionaba. Hasta que Haruk resguardó a Fuego en una cueva. Entonces vio que revivía. Alrededor de él se puso toda la tribu a disfrutar del calor que Fuego desprendía. Después de años Haruk y los suyos aprendieron a usar Fuego. Lo usaban para cocinar la carne cruda que cazaban, para calentarse, para defenderse de animales y para incluso adorarlo, algo que al dios no le gustaba mucho. Pero había un problema, todas las tribus querían a Fuego. Sufrían constantes ataques de otros. Entonces decidieron hacer una cosa: quemarían las aldeas de otras tribus que intentaran atacarle. Durante meses vivieron protegiendo a Fuego, quemando a todos los que se acercaran. Habían descubierto los poderes destructivos de Fuego. Una vez una tribu consiguió una parte de Fuego y estuvieron en batalla varios días. Y esto es lo que acabó de cansar al dios. Atón, vio lo que había causado regalándoles a Fuego y pensó en una solución: después de un tiempo pensando decidió que provocaría un gran diluvio que apagaría todo Fuego existente. Durante días llovió y llovió sin parar, lo que apagó del todo a Fuego. Cuando el diluvio acabó todo estaba destruido. Las aldeas, los bosques… Haruk y su tribu comprendieron que habían abusado de Fuego y que por eso les había sido arrebatado. Después de unos dos años, todo volvió a la normalidad, pero sin Fuego. A Atón ya se le había pasado el enfado. Un día Haruk salió de caza y su hija Masar se quedó con sus amigos. Estuvieron jugando con una piedra. Masar la lanzó al suelo con fuerza y vio que salía una pequeña chispa de allí. Intentó tirarla otra vez y otra vez, y en una de estas la chispa salió disparada a un trozo de hierba seca que ardió al instante. Masar llamó a toda la tribu. La gente no se lo podía creer. Tenían otra vez aquel Fuego que habían perdido hace años. Pero esta vez lo usarían para fines no destructivos. En unos añitos ya tenían una civilización: motores, coches, aviones, electricidad y muchas otras cosas. El dios quedó satisfecho con lo que había hecho ya para siempre, pero no viviría para ver las catástrofes que produciría Fuego, ya que le sucederían otros dioses por todos conocidos, como por ejemplo Zeus, Marte, Thor, Yahvé, etc.

E. R. F., alias “Bob”. 1º C

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14 Abril 2015

cómo suena un tambor de hojalata

Publicado en el escritor, escribiendo por escribir, musica y literatura por franciscru a las 12:36 h.

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Vaya, hombre… Han fallecido dos escritores universales, un referente obligado para los que se empeñan en diseccionar las entrañas del pasado siglo XX. Durante unos días se dirá y se escribirá de todo sobre GyG (Grass y Galeano, Galeano y Günter). Así que siguiendo una política de ahorro intelectual, vamos a dejar que los expertos opinen. Pero no por ello vamos a dejar de lamentar, a nuestra manera, la desaparición de parte de la memoria de los últimos sesenta años. Las lecturas adolescentes de GyG despertaron el interés por las distintas visiones de la historia y fue el germen de los primeros discursos moderadamente coherentes con una naciente conciencia democrática. Hoy la sobada portada de Mario Eskenazi nos devuelve al insufrible Oscar Matzerath (interpretado en el cine por el actor David Bennent. por si alguien le quiere poner cara al personaje), el testarudo niño cautivado por el sonido de un tambor de juguete que se niega a crecer. Y de ahí el dedo escrutador nos lleva hasta el lomo de Las venas abiertas de América Latina, obra tan censurada y perseguida como el propio autor, obligado a escapar de una bonita colección de dictadores que bien a gusto le hubieran cortado la lengua en finas lonchitas. Hoy (¡paradojas de la historia!) otros autócratas reivindican su figura y regalan volúmenes del libro a otros líderes mundiales a modo de presente aleccionador… una prueba irrefutable de que el género humano es incorregible… Para GyG, uno y otro, vaya nuestro reconocimiento y el pequeño homenaje musical: se trata de uno de los más conocidos Coros de J. S. Bach, cuyos primeros versos rezan así: ¡Oh, cabeza lacerada y herida, llena de dolor y escarnio! ¡Oh, cabeza rodeada, para burla, de una corona de espinas! ¡Oh, cabeza otrora adornada con elevados honores y agasajos, y ahora grandemente ultrajada!

13 Abril 2015

buscadores de oro

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 10:56 h.

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Somos buscadores de tesoros. Vivimos pensando en la fortuna enterrada a nuestros pies, o la que se esconde en las cuevas que el mar horadó pacientemente en los acantilados. Como el hobbit, buscamos las riquezas que un dragón custodia bajo la montaña, el oro que se emplea en la confección de un teléfono celular o el que brilla en los dedos de la vieja tía solterona y que algún día será nuestro… Somos saqueadores en nuestra propia Reed Gold Mine, donde diariamente lavamos en bateas relimpias la esperanza de hacernos ricos, creyendo descubrir en cada destello, en cada brillo inesperado, una señal del cambio de suerte. Con apenas la veintena, el escritor Jack London (autor de Colmillo blanco) recorrió las orillas del Klondike, escarbando la arena negra en la que se ocultan diminutas lágrimas doradas, germen de locura para muchos hombres. Curiosamente, London descubrió en las frías latitudes del norte otro filón que posteriormente le haría rico y famoso: la inspiración para numerosos relatos y novelas muy populares entre los lectores de principios del siglo XX. Sin embargo, la vida apasionada y el alcohol le impedirán disfrutar de la dicha que, dicen, suele acompañar a los caudales: emprende proyectos que no concluye y que comprometen la calidad de su producción literaria. Se jacta de beber un litro de güisqui al día sin ocuparse en el progresivo deterioro de su salud. En mil novecientos dieciséis el escritor es un hombre enfermo que ha experimentado el vértigo de una existencia colmada de toda suerte de emociones. Murió de una sobredosis de sulfato de morfina. No se sabe si fue una decisión deliberada o un accidente. Lo cierto es que este admirador de Nietzsche y firme creyente en la reencarnación dejó de existir a la temprana edad de cuarenta añitos (como su paisano Edgar Allan Poe). A decir de muchos, no encontró aquello que buscaba, pese a que en su camino hubo infortunio, penalidades, dicha, dinero y triunfo. Quizá lo que perseguía Jack London no era cosa de esta vida y ahora mismito esté retozando feliz en una mullida pradera, reencarnado en el corpachón de un grizzly que contempla sin miedo el ocaso que ya se anuncia en el horizonte.

Mientras se asoleaba, a Jacob Kent lo asaltó una idea que lo hizo saltar de la silla. Los placeres de la vida habían culminado con el continuo acto de pesar y volver a pesar el nuevo oro; pero una sombra se había proyectado sobre este grato pasatiempo, que hasta el momento no había podido dejar de lado. Sus pesas eran realmente pequeñas, como máximo podían pesar una libra y media (veinticuatro onzas, o setecientos gramos), en tanto que su tesoro alcanzaba unas tres veces y un tercio esta cantidad. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación, y, por tanto, consideraba que lo estaban privando de una forma nueva y sumamente edificante de contemplación. Al serle negado esto, había perdido la mitad del placer de la posesión.

De El hombre de la cicatriz, recogido en el libro The God of His Fathers & Other Stories (1901)

24 Marzo 2015

estanteria

Publicado en Recomendaciones por franciscru a las 12:27 h.

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«Los libros no se prestan» es una frase incomprendida. Es efecto de una regla que jamás se dice, pero que se cumple a rajatabla: «los libros no se devuelven». Esta norma solo tiene algunas excepciones que la confirman: hay libros que son devueltos. Pero cómo. Cuando no deslomados, desencuadernados o desencolados, retornan doblados o apisonados, oblicuos o llenos de elementos extraños al papel y la tipografía que los componen. Elementos como una mosca aplastada, miguitas de pan o granos de arena, cuando no la huella indeleble y negra de un criminal a quien se le deberían llevar a juicio porque gusta de leer y hurgarse la nariz al tiempo sobre páginas que son de propiedad privada. El préstamo de libros es, en puridad, lectura en usufructo, no posesión del bien. Lo peor es que el que hurta libros aprovechándose de la confianza de quien los presta no tienen siquiera conciencia del daño. Alega siempre el olvido, el descuido, Y su víctima tiene que tragarse el enfado por el apropiamiento y la felonía, porque jamás será comprendido, ni por la otra parte, ni por la sociedad. «Vamos hombre, ponerse así por un libro». Hay una táctica cortés y valiente, además de efectiva, para mantener intacta la biblioteca. Cuando un amigo o conocido pide que se le preste un libro, lo mejor es echar mano a la cartera y ofrecerle el importe de lo que cuesta. «Toma 30 euros cómpratelo tú. Ya me devolverás el dinero». Lo normal es que no acepten el préstamo, quizá porque como no pensaban devolver el libro, tampoco piensan regresarte el dinero. Pero deber dinero lo consideran más grave que no devolver libros. Por una deuda económica tienen que esconderse, cruzar de acera, regir el saludo, dar explicaciones. Por un libro creen que deban cumplir en nada; como mucho, las primeras veces, dicen como distraídos: «tengo u libro tuyo en casa. A ver si me acuerdo de devolvértelo, chico». La ocasión que crearon para pedírtelo son incapaces de crearla para devolvértelo. Además, con el dinero no devuelto, ya hay una razón socialmente aceptada para retirar al traidor trato y saludo, incluso para arrastrarle la horra por la suelos, más cuanto más pequeña sea la cantidad. Yo soy de los que prefiere perder lo que cuestan los libros que perder los libros.

Juan Carlos Esparza