29 Septiembre 2010

bestiario

Publicado en biblioteca virtual por franciscru a las 8:56 h.

Si hacemos un completo examen de los recuerdos más remotos, no tardarán en aparecer aquellos seres reales o inventados que un día poblaron nuestra imaginación, y que aún hoy conservan la caprichosa apariencia que la fantasía y la inocencia quisieron darles. Del bestiario personal de cada uno podemos extraer las fobias, temores u obsesiones que nos hacen tan únicos como las huellas dactilares. Y son la excusa perfecta para enredar la creatividad con la escritura y la pintura, volviendo la vista a tantas y tantas imágenes que pueden encender la punta afilada de nuestros bolígrafos. Nosotros estamos haciendo un bestiario, rescatando criaturas fantásticas para que pueblen las amplias extensiones de terreno fértil que otros siguen abonando con su inagotable necesidad de historias, tal como han hecho ya Montse Rubio, de la que os ofrecemos una muestra de sus maravillosas ilustraciones, o bien el mismísimo Borges, que junto a Marganita Guerrero, en el “Libro de los seres imaginarios” (disponible en la biblioteca) hace una recopilación de seres extraños que han surgido de la imaginación humana. A modo de ejemplo, recogemos aquí la descripción del FASTITOCALÓN. ¿Te recuerda a alguien?

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“Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marinos que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros peces del mar. Éstos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos arrastra al infierno”.

22 Septiembre 2010

el códice de fernando I y doña sancha

Publicado en biblioteca virtual por franciscru a las 9:35 h.

Fueron los reyes Fernando I y Dña. Sancha los que encargaron la confección de este libro, que fue copiado en letra visigótica a dos tintas, roja y marrón, y concluido allá por el año 1047. Contiene noventa y ocho miniaturas primorosamente dibujadas, inscritas en las tradicionales bandas paralelas de colores contrastados, tan características de los Beatos de esta época. El libro en sí es una obra de arte de valor incalculable. Fue concebido y pautado con muchísimo esmero: la escritura es firme y regular, con perfecta separación entre palabras. Las roturas y desgarros producidos durante la preparación del manuscrito fueron cosidos con puntos de sutura. El libro se inicia, como era tradicional en los textos de la época, con las ilustraciones preliminares y las “genealogías” de Cristo, desde Adán y Eva. Después continúa con un prólogo de Beato y los doce capítulos con el comentario propiamente dicho, concluyendo con un colofón, firmado por el autor de la copia, un monje llamado Facundus, quien posiblemente también se encargara de iluminar la obra. El códice perteneció al Marqués de Mondéjar hasta que el primer Borbón se lo requisó. Actualmente se encuentra entre los fondos de la Biblioteca Nacional de España.

En nuestro volumen, disponible también en la biblioteca para todo aquel que lo reclame, aparecen bien disimulados cinco anacronismos muy evidentes, añadidos a otras tantas iluminaciones de las que ilustran el texto: un casco, una botella, un balón… Si eres buen observador darás con ellas mientras te solazas en la contemplación de estas miniaturas, tan lejanas y, a la vez, tan cercanas a nuestras modernas historietas y novelas gráficas. Esmérate, porque hay premio para el primero que descubra las cinco inconveniencias…

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20 Septiembre 2010

junto a la tumba de Wilde

Publicado en audio libro por franciscru a las 2:09 h.

Al turista necrófilo ―irreverente como todo aquel al que la muerte no aflige― se le perdona su detestable fijación por los ilustres yacentes, cuya hundida presencia solo él puede llegar a percibir bajo la planta de los pies con esa sensibilidad especial de acólito nostálgico o rendido admirador. Otra cosa son las hordas de romeros pisalápidas, que corrompen el suelo de los cementerios con su trotecillo cansino y dejan rastros más o menos indelebles que arruinan la solemnidad de cualquier camposanto. En los cementerios de París, donde reposan los restos de media humanidad, los residentes habituales cuentan con el innegable confort que proporcionan los dos metros de tierra que les separan de la superficie, superpoblada por vivos muy vivos que acuden en manada a perturbar su descanso. En el caso de Oscar Wilde, un monolito de varias toneladas le protege de los descendientes de los que un día le condenaron y hoy estampan sus labios contra el monumento de granito. Wilde escribió relatos y cuentos que seguro que te suenan: El Príncipe Feliz, El Gigante Egoista, El Amigo Fiel, El Fantasma de Canterville, El Retrato de Dorian Gray… Más que su obra, el carisma que irradia la biografía de este personaje sin par sigue atrayendo a una legión de curiosos que rodean su última morada como si buscaran un acceso que les permitiera compartir con el escritor unos instantes de inmortalidad. Disfrazados de merodeadores, también nosotros visitamos la tumba de Wilde, y estamos en condiciones de decirte, sin temor a equivocarnos, que Oscar no estaba allí. Su palabra, traducida a todos los idiomas, aguarda vivita y coleando en los anaqueles de nuestra biblioteca, a la espera de que la tierna y afilada prosa de este autor resuene en tu cabeza como resuenan en las profundidades del nicho los pasos de miles de profanadores.

 

 

16 Septiembre 2010

los beatos

Publicado en biblioteca virtual por franciscru a las 19:19 h.

Corre el año 776 de nuestra era. Acantonados en monasterios perdidos entre montañas, a resguardo del moro y de sus devastadoras incursiones bélicas, unos privilegiados bendecidos con el don de la lectura atesoran en oscuras bibliotecas los últimos testimonios escritos de una civilización extinta. En esta época, escribir un libro supone precisamente eso: seleccionar y curtir pieles de animales, para después trazar el texto letra a letra, con cuidado de no cometer un error fatal que obligue a desechar la costosa vitela. El pesimismo general fue el promotor de obras como “Los Comentarios al Apocalipsis de San Juan” de Beato de Liébana; “El Apocalipsis” es el último libro del Nuevo Testamento, donde se revela en tono profético lo que ha de ser cuando el mundo toque a su fin y se haga necesario hacer justicia tanto a virtuosos como a pecadores. Se sabe que Beato era un erudito que manejaba bibliografía y documentaba sus reflexiones, aunque con la mentalidad de un monje del siglo VIII, evidentemente. La obra adquirió una notable repercusión; teniendo en cuenta todas las limitaciones del momento, bien puede decirse que fue un superventas: el texto original se copió en los scriptoria de los cenobios durante siglos, alcanzando una gran popularidad en las postrimerías del año 1000, cuando se pensaba que al mundo le quedaban dos telediarios. Los nuevos manuscritos no eran simples clones del original; cada copista ponía un poco de sí mismo en la elaboración de la obra, incluyendo textos diversos que enriquecían el conjunto e ilustraciones alusivas, que tenían el cometido de hacer accesible el mensaje a los que no sabían leer. Después de diez siglos, superada la barrera de otro milenio que (de momento) no nos ha traído el fin de los tiempos, queda una treintena larga de estos excepcionales ejemplares, parcial o totalmente conservados. Biblioluces ha recuperado de la red alguno de estos preciosos códices que pueden admirarse con pasmo, añadiendo la posibilidad de que te los lleves a casa en tu lápiz de memoria, si lo deseas. La historia particular de cada uno de ellos también resulta apasionante, porque al tratarse de objetos bellos y raros, han sido muy codiciados -por motivos bien diferentes, eso sí- desde el momento mismo de su alumbramiento, nunca mejor dicho. Pero de eso hablaremos en otra entrada.