30 Octubre 2010

cambio de hora

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 23:23 h.

Como cada año, a los lectores horizontales se nos obsequia con sesenta minutos de diversión extra merced al cambio de hora de la próxima madrugada. Porque son, somos, legión los tumbados que aun poniendo intención de lectores las veinticuatro horas al día, tan solo encontramos asilo en la cama, ese sanctasantórum del reposo, monumento universal al descanso que, en sus diferentes versiones, nos acoge como a peregrinos en busca de onírico jubileo. Es injusto calificar de perezosos a los que, persiguiendo un buen fin, le muestran querencia o prolongan la estancia en el lecho más allá del último ronquido. Escritores e intelectuales alumbraron entre sábanas algunas de sus mejores obras: Descartes se recreaba con ensueños geométricos hasta la hora del almuerzo, Valle-Inclán recibía a las visitas bien arropadito, Proust concluyó postrado siete novelas y el uruguayo Juan Carlos Onetti se la pasó contemplando cómo la vida deshilachaba las costuras de su edredón de miraguano. Del otro lado, los que algo sabemos del tema afirmamos categóricamente que la horizontalidad es el estado natural del lector aficionado: estabilidad asegurada, óptimo riego cerebral, disponibilidad de las cuatro extremidades, infinitas posibilidades ergonómicas…  Hasta la lengua se muestra generosa, describiendo al hombre tumbado con expresiones de intensa sonoridad: decúbito supinoyacente, decúbito prono… Y para demostrar lo antedicho, nos atrevemos a preguntar a nuestros ocasionales visitantes cuántos de entre ellos pondrían objeciones a la progresiva sustitución de la clásica silla de biblioteca por mullidos canapés y cómodos triclinios como los que se pueden ver y disfrutar en las salas de espera de algunos aeropuertos.

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