6 Octubre 2011

pessoa: uno de tantos

Publicado en buscando un billete por franciscru a las 18:51 h.

Cuando la peseta, el dracma y el escudo eran tres divisas de poquísimo peso que buscaban refugio en las altas cumbres de los Alpes Suizos, los Bancos Nacionales emitían billetes con imágenes de conquistadores y eminentes figuras de las letras. Por aquel entonces, los países imprimían dinero a capricho y se montaban su propio Monopoly. Ahora el euro nos da alegría y estabilidad, pero limita la cancha del homenaje a los sellos de correos y los cupones de lotería. En 1988, Portugal emitió una serie de cem escudos, el último en papel de su historia. En el anverso figuraba el retrato de Fernando Antonio Nogueira Pessoa, un escritor que se manifestó contrario a la tradición lusa que prescribe la utilización preferencial del apellido materno. Portugués casi por casualidad, Fernando Pessoa (persona o máscara) escribía compulsivamente utilizando varias decenas de heterónimos, que eran algo así como desdoblamientos de su personalidad creadora. Digamos que, siendo uno, el autor se multiplicó en un sinfín de poetas (se dice que setenta y dos) con distintas inquietudes, que componían en tres idiomas diferentes y cada cual a su manera: “como cuando era niño, tendía a crear un mundo de ficción en torno y a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Su vida y su obra está envuelta de un halo de misterio que no se corresponde con la anodina existencia de un oficinista nómada en su propia ciudad: Lisboa. Falleció joven. Exceptuando una colección de poemas en inglés y Mensagem, la mayoría de su producción, fértil y copiosa, no vería la luz hasta diez años después de su muerte. Traemos aquí algunas poesías de “su otro yo” Alberto Caeiro, cantor de la naturaleza; su biografía apócrifa nos cuenta que vivió apaciblemente en el campo y murió a los veintiséis años, víctima de la tuberculosis.

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3 Octubre 2011

100 novelas famosas

Publicado en fondos de la biblioteca por franciscru a las 0:05 h.

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En tiempos de caos y desconcierto, donde las brújulas se vuelven locas buscando un norte que acaso alguien ya ha declarado ilegal, en tiempos, digo, donde se habla y escribe de oídas y las preferencias se expresan en referéndum por mayoría de la mitad más uno, las listas vienen a cubrir el hueco que dejaron padres, parientes, amigos, maestros, profesores… aquellos que nos invitaban a transitar por vericuetos de cine, literatura, música, ciencia o pensamiento… siguiendo itinerarios descubiertos por ellos o antaño revelados por otros. En tiempos de precipitación, donde se impone la utilización del navegadores gepeese para alcanzar el cuarto de baño, las relaciones de “los más” son una interesante opción para degustar cómoda y rápidamente las obras capitales de la cultura universal, evitándonos el embarazoso escrutinio propio que nos obligaría a dilapidar tiempo y dinero. Las mil películas que hay que ver antes de morir, los cien mejores libros de la literatura universal, las quinientas pinturas y esculturas que hay que contemplar deprisa y corriendo antes de que las roben o las enajenen, los cien mejores discos de la historia, los diez museos que hay que recorrer antes de que retiren todas las obras para preservarlas del deterioro… Haciendo el cálculo, dedicando al empeño doce horitas al día, solapando la música con la lectura y posponiendo las proyecciones para la tarde-noche, nos podemos merendar lo más granado de la cultura occidental en cinco meses, seis si nos demoramos en digerir un poco lo que vamos viendo-leyendo-oyendo; tres si viajamos, vemos cine, escuchamos música y leemos a la vez. Cuando internet no era siquiera ni un sueño posible, se publicaban compilaciones y enciclopedias como la que hoy traemos a la bitácora: Las 100 más famosas novelas. Estas modestas recopilaciones tenían la intención de iniciar a su modo a los nuevos y cándidos lectores del Sissi y el Can-Can, ofreciendo un espectro de alternativas en una época donde en las escuelas no existían bibliotecas, y las públicas eran escasas, tétricas y oscuras. Este libro rescatado de nuestros fondos históricos es obra de un crítico literario de la época (mediados del siglo pasado) especialista en gastronomía. En las sinopsis, el autor atiende prioridades pedagógicas tendenciosas y moralizantes, no exentas de cierta bobería infantil (se recomienda la lectura del resumen de Ana Karenina: el enorme piélago literario de Tolstoi reducido a un vasito de agua carbonatada). Aún así, hay que alabar la atinada selección, donde encuentran sitio tanto Shakespeare (?) como Dante, Scott, Victor Hugo o Verne. Un libro de otro tiempo, desgastado y ñoño que, posiblemente sin pretenderlo, alentó entre sus lectores las ganas de experimentar por sí mismos la emoción de saberse dueños de sus propias lecturas.