13 Diciembre 2011

música y literatura: como Ulises

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 9:00 h.

En la boca de un pequeño callejón sin salida en el decimocuarto distrito, l´impasse Florimont, una placa recuerda al visitante que Georges Brassens compuso allí sus primeras canciones. Oculto de la Gestapo durante cinco meses, Brassens solo pudo respirar tranquilo cuando París fue liberada. Este prometedor comienzo avala la carrera del cantautor francés, cualificado desde un principio para hacer apología de la libertad. Aunque es de ley añadir que, en este caso, ni la letra y ni la música son de su autoría. En este poema, como en el escrito por Du Bellay, de igual denominación e inspirador del primer verso de la canción, se evoca la figura del más legendario de los héroes griegos: Ulises, el personaje literario por antonomasia. La vida de Ulises (Odiseo para otros) es un desafío constante al destino y, por tanto, a los Dioses, que se entretienen allá arriba iluminando o confundiendo el entendimiento de los hombres. Tal y como se narra en La Ilíada, Ulises es en gran medida responsable de la victoria griega, y Homero le atribuye la pícara genialidad del caballo de madera, aunque es en La Odisea donde el aedo ciego le convierte (por indudable mérito) en el protagonista central de la historia que se desarrolla en el mar Mediterráneo. Toda una contribución al género de viajes y aventuras, por el que los griegos sentían verdadera pasión. Transcribimos aquí la letra en francés, fácilmente localizable en la red, cuyo mensaje suscribimos verso a verso, empezando por aquellos que dicen algo así como “Feliz quien como Ulises ha hecho un maravilloso viaje, ha visto cien paisajes, para después regresar, tras muchos avatares, al país de los verdes senderos. ¡Qué hermosa es la libertad!. ¡La libertad!”

Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage
Heureux qui comme Ulysse
A vu cent paysages
Et puis a retrouvé après
Maintes traversées
Le pays des vertes allées

Par un petit matin d’été
Quand le soleil vous chante au cœur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Quand on est mieux ici qu’ailleurs
Quand un ami fait le bonheur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Avec le soleil et le vent
Avec la pluie et le beau temps
On vivait bien contents
Mon cheval, ma Provence et moi
Mon cheval, ma Provence et moi

Heureux qui comme Ulysse
A fait un beau voyage
Heureux qui comme Ulysse
A vu cent paysages
Et puis a retrouvé après
Maintes traversées
Le pays des vertes allées

Par un joli matin d’été
Quand le soleil vous chante au cœur
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Quand c’en est fini des malheurs
Quand un ami sèche vos pleurs
Qu’elle est belle la liberté
La liberté

Battus de soleil et de vent
Perdus au milieu des étangs
On vivra bien contents
Mon cheval, ma Camargue et moi
Mon cheval, ma Camargue et moi

8 Diciembre 2011

ruedas de molino

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 9:00 h.

Alguien dijo una vez (no sé si con mucho conocimiento de causa) que la plena realización del ser humano pasa por plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. La primera tarea es llevadera: la dificultad radica en preservar el arbolito y mantenerlo sano y vigoroso; pero de ésto último el proverbio se desentiende. Al personal del género masculino, la segunda faena se le puede antojar un poco complicada, pero todo se andará. Y llegamos a la tercera que, en contra de lo que pudiera parecer, es la más fácil de todas: cualquiera puede escribir un libro. Y de hecho, las estanterías de las librerías están repletas de obras presuntuosas, retahílas de palabras o sucesos que no encierran más saber del que evocan sus tapas duras. Sin embargo, poderosos intereses comerciales intentan convencernos de lo contrario: grandes biografías de personajes sin sustancia, éxitos clamorosos antes siquiera de ser publicados, novelas imaginativas redactadas si pizca de imaginación, textos de autoayuda perversos y ñoños, memorias interesadas y oportunistas, segundas malas partes de peores primeras… Todo ello dispuesto entre títulos inspirados por el talento y el trabajo que, sin embargo, pasarán prácticamente desapercibidos. De entre los diez, los veinte o los cien libros más vendidos cada temporada, muy pocos se salvan de la mediocridad. Pero eso poco importa: la clave está en vender muchos ejemplares al precio de la novedad, promocionar la imagen del mercachifle de moda y lanzar algún derivado comercial que se venda igualmente bien. Antes de comprar un libro piensa que el título en cuestión ha de ganarse el mérito de figurar en tu biblioteca: los libros que no se leen ocupan sitio y acumulan polvo. Déjate aconsejar. El gusto por la lectura se alimenta de buenas historias y siempre hay algún autor capaz de hacernos crecer como lectores. No te fíes de los premios y los laureles, que en su mayoría están amañados. Acércate a lo nuevo sin prejuicios y a lo viejo sin complejos.

Como para muestra vale un botón, vamos a reproducir aquí dos fragmentos de sendas novelas que fueron finalistas del Premio Planeta, tomados ambos de la misma página; una de ellas escrita por el poeta gaditano Fernando Quiñones (La Canción del Pirata, 1983) y la otra firmada por un señor del que ahora mismo no recordamos cuál es su gracia (Villa Diamante, 2007). El estilo genuino, rico y evocador de Quiñones puesto al mismo nivel de la redacción chapucera del otro, que posiblemente también encierre su mérito, pero desde luego no el literario…

 

Soy ahora un casco en desguace o leño a la deriva, las greñas blanqueando, esa zanja fea de la frente que me entrecierra el ojo, encorvado el lomo y a medio desdentar: lo que se dice empezando ya a buscar la tierra como si fuese bien anciano, aunque no he de haber cumplido más de cuarentiséis, según mi cuenta, ni menos de cuarentitrés. Pero de mozo, y de hombre en todo su brío, fui trigueño, moreno de la mar y de ojos vivos, no porque yo lo diga; de los que calan muchas cosas antes de tenerlas vistas ni aprendidas, y bien memorioso, que eso me ha ido a más en vez de a menos. Si le caí en gracia a mucha gente, fue por salir a mi madre en el donaire, y a mi padre en la buena planta y el agrado del semblante, aunque todo lo haya ido perdiendo aun antes de llegar a viejo.

Ana Elisa deseó en su silencio poder tener la capacidad de contemplarse desde lejos, como si fuera otra, como si estuviera frente al proyector de su padre viéndose en la pantalla junto a ese ser que por fin tenía un rostro y un cuerpo en verdad completamente distintos de aquellos con los que fantaseaba en los dibujos que enviaba en sus cartas y su imaginación completaba hace ya tanto tiempo. Las aves, espectadoras impávidas de cada respiración, de cada gesto entre los dos humanos presentes, volvían a quedarse quietas, su silencio presionándole las sienes, mientras observaba la sonrisa, los labios, el eco de la profunda voz del hombre que movía suavemente sus manos bajo el agua, ante ella.

5 Diciembre 2011

un punto negro

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 9:38 h.

Un puntito negro suspendido sobre un rectángulo que se inclina ligeramente a la izquierda; como era de esperar, la retrospectiva sobre Malevich atrajo a muchos japoneses ávidos de experiencias artísticas ultraterrenas, curiosos capaces de reconocer el arte decadente y exquisitos amantes del suprematismo, que alababan cada vértice, cada tetrágono concebido por la inagotable imaginación del maestro. De entre todos ellos, uno fue el que llamó la atención de los vigilantes, que hacían la ronda sin esperar mayores entusiasmos que un dedito peligrosamente levantado a pocos centímetros del lienzo sucio o las toses convulsas de quien había preferido visitar la exposición a quedarse encamado toda la tarde. Después de tres horas contemplando el cuadro, resultaba evidente que el peculiar visitante estaba atrapado por el magnetismo de la pintura. El sujeto, de gruesas lentes, vestido con sombrero de ala corta y un abrigo gris que le llegaba hasta poco más arriba de los tobillos, no se conmocionó ni cuando una conocida presentadora de televisión se asomó a su hombro para compartir la turbación que alguien pudiera experimentar a la vista de tamaña obra maestra. Tal y como el vigilante de sala temía, cumplida la hora del cierre, el tipo de los anteojos seguía instalado en una especie de ausencia hipnótica; ni las palabras amables ni otras más gruesas fueron capaces de sustraer su atención, sostenida durante más de cinco horas de pasmo estético. Alertada por los encargados, la comisaria de la exposición optó por evacuar rutinariamente todas las salas antes de solicitar la intervención del personal de seguridad. Rodeado por un grupo cada vez más furibundo que le observaba como a un bicho raro, el visitante movió ligeramente la cabeza, elevando un tanto la barbilla como para enriquecer la agotada perspectiva. Esta leve profanación de la quietud fue la señal que los presentes aguardaban desde hacía más de media hora.
—Realmente cautivador… ¿no le parece?, le espetó la comisaria interponiéndose bruscamente entre la obra y el observador.
La tez del hombre tornó al rojo para volverse después ligeramente azul antes de que la respuesta le brotara como un aullido desde lo más profundo de la garganta:
—iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Carlos Huero Caín. Malevich, incluido en el volumen Cuentos con Arte

Y es que, como dicen que sobre gustos no hay nada escrito, vamos a publicar algo que cubra este enorme vacío hablando de buena y mala literatura, sin afán de hacer escuela ni de mover conciencias. Escribir por escribir… Eso es… De igual forma que otros que se dicen escritores hablan (y redactan) mal (”Mi palabra favorita en español son muchas“) y encima salen en el canal del Instituto Cervantes.

1 Diciembre 2011

musica y literatura: la obertura 1812, a cañonazo limpio

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 9:00 h.

Napoleón se las prometía muy felices cuando cruzó las fronteras del imperio ruso camino de Moscú. Le movía esa inclinación suya por coleccionar países, anexionándoselos para sí mismo y para sus parientes cercanos. Por su afición a unificar, se puede decir que fue el primer europeísta de la historia. De hecho, no hubo villa o villorrio que se librara de la conquista y el expolio, sistemático en algunos lugares. Muchas obras literarias están ambientadas en esta tumultuosa época de la grandeur: desde los primeros Episodios Nacionales de D. Benito, de los que hemos hablado aquí, hasta El Húsar o El Asedio de Arturo Pérez Reverte, eso sin olvidar, por ejemplo, Los Miserables (novela de Victor Hugo de la que escribiremos algún día) o la que nos ocupa ahora: Guerra y Paz de León Tolstoi. La obertura 1812 fue compuesta por Piotr Ilich Chaikovski para conmemorar la resistencia rusa ante el gabacho, que se resolvió favorablemente para los primeros después de dejar casi medio millón de muertos esparcidos por ciudades, pueblos y campos de batalla. Cualquiera que haya leído Guerra y Paz habrá creído oir allá, en la lejanía, los característicos cañonazos de la conocida obertura, que ilustran a las bravas el ímpetu de las tropas del zar contra el invasor. En este caso, la novela  —escrita en 1865— y la pieza musical —compuesta quince años después— se complementan e identifican perfectamente con un período histórico apasionante que marcó los designios de esta desconcertada, vieja y variopinta Europa nuestra.