21 Mayo 2012

el placer de escribir

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 9:01 h.

Internet es una herramienta extraordinaria. No solo nos permite abrirnos al mundo, trepar por la empinada pendiente del conocimiento o viajar por encima de las nubes a la velocidad del rayo. También ofrece la maravillosa posibilidad de hacernos visibles en el océano, de iluminar el universo sumando nuestra candelita a la de millones de internautas de uno y otro hemisferio. Para cualquier aficionado a la lectura y la escritura, asomarse a esta terraza privilegiada es un aliciente, una plataforma que permite superar los límites de nuestra habitación y elevar nuestras opiniones o nuestras pequeñas aportaciones literarias al limbo que rodea este astro palpitante. Nosotros desde aquí animamos a que así sea. Muchas páginas ofrecen información sobre concursos y certámenes literarios; otras crean un entorno para publicar y compartir, una excelente oportunidad de conocer lo que otros autores de tu mismo calibre tienen que ofrecer, sin afanes ni ambiciones. Por el puro placer de escribir. Seleccionamos una de esas páginas al azar: se trata de La cesta de las palabras, que tiene ahora mismo en marcha un concurso de relatos sobe el tema ¿Qué harías si te quedasen 24 horas de vida? ¿Cuál sería tu fin del mundo? Y como el particular nos pareció interesante, te invitamos a participar. De entre todos los presentados hasta el momento seleccionamos uno cualquiera, un relato divertido que a buen seguro le hizo pasar un buen rato a su autor o autora, escrito sin más pretensión que la de trasladar ese entusiasmo a un lector atrapado sin cebo y casi por casualidad en el inmenso océano de la información.

EL FIN DEL MUNDO DE MARCELIANO FUENTES

Marceliano Fuentes se enteró en un tugurio de la calle Lepanto de que el fin del mundo había comenzado en los suburbios de una gran urbe canadiense. Como poseído por un renovado sentimiento de lealtad paterna, corrió hacia su casa. Allí, un chico bisojo de piernas regordetas y una muchacha larguilucha con gesto de uva pasa se inclinaban sobre una mesa camilla, cubierta de cuadernos sembrados de goma de borrar. Abarcándolos a los dos, los atrajo hacia sí; pero la niña detestaba que aquel hombre butiroso y mugriento se le restregara por la piel y le apartó sin contemplaciones. Al niño tampoco le gustaba el hedor a vino rancio y perfume barato, pero tuvo que consentir que su padre, rechazado en primera instancia, volcara en él toda su desesperanza alcohólica. La radio local interrumpió momentáneamente la programación deportiva para advertir a los oyentes del próximo, fatal desenlace. El muchacho se debatía entre los brazos temblorosos de Marceliano, intentando recuperar trabajosamente una postura que le permitiera resolver el problema de quebrados. “¿Dónde está tu madre?”, le preguntó. “Mamá nos abandonó esta mañana”, respondió la niña. “Nos dijo que después de cenar hiciéramos los deberes y nos fuéramos temprano a la cama”. El hombre quedó petrificado. Jamás hubiera imaginado que ella le dejaría a su merced en trance semejante. “¿No os dio nada para mí?”. Sin siquiera elevar los párpados, la niña se tentó el vestido y le alargó una nota, escrita en papel de estraza. “Encontrarás todo el vino mezclado con licores diversos en un cubo rojo, bajo el fregadero. He añadido un litro de lejía con la esperanza de que revientes antes de que te alcance el fin del mundo. Si quieres cenar, hay latas de atún en la despensa. Marialuisa.” El último gol del astro argentino fue ruidosamente celebrado por el locutor, que a la mitad del grito triunfal prorrumpió en amargos sollozos. “El público abandona el campo”. Y continuó. “Esto se acaba, señores”. El último boletín informó de que el cataclismo progresaba en todas direcciones y que América había desaparecido bajo las aguas; esta vez Hollywood se había superado a sí misma. Sonaron los primeros compases de “Lo que el viento se llevó”. Los infocomerciales se sucedieron rápidamente, superponiéndose los unos a los otros. “El tiempo se agota”, sentenció Marceliano, que a duras penas podía mantener la verticalidad. Los hijos le miraron de reojo y prosiguieron con lo suyo. “Necesito un trago”. Cuando se preparaba para retornar a la tasca sobrevino el apagón. Los ecos de alarmas y sirenas ascendían por el hueco de la escalera descorchando el silencio de la noche. Marceliano sintió miedo y se refugió de nuevo en el hogar. La angustia le devoraba por dentro. “Nunca más veré a los chiquillos”, pensó. Sin darse cuenta, pronunció sus nombres. Nadie respondió. A tientas llegó hasta la cocina con la esperanza de encontrar los fósforos largos que utilizaba en las barbacoas. Extrajo de una vieja lata de cacao una caja grande que contenía un único ejemplar. Lo prendió frotando contra el raspador de lija. La madera húmeda restañaba. “Deben haberse acostado”, se dijo para sí. Pero cuando intentó dar un paso la luz amenazó con extinguirse. El suelo empezó a temblar bajo sus pies. “No es posible. Esto no puede estar sucediendo”, se dijo varias veces. Con la mano libre se propinó un par de bofetadas. Estaba aturdido y la consciencia se le iba y se le venía. Antes de que la llamita le lamiera la punta de los dedos localizó el cubo de plástico. Se dejó deslizar por la brillante superficie del frigorífico hasta tomar suelo con las posaderas. Un súbito cambio de presión le volvió los tímpanos del revés. Los oídos comenzaron a rechinarle. Se abrazó al cubo rojo como el náufrago que se agarra a su tabla de salvación. Había oído decir que el delirium tremens trastornaba la percepción de la realidad. Pero esto era diferente. Ayudándose con las rodillas, elevó el cubo a la altura de la barbilla e introdujo la cabeza dentro. “A tu salud, Marialuisa”.

15 Mayo 2012

en el corazón de las tinieblas

Publicado en Recomendaciones, biblioteca virtual, el escritor, fondos de la biblioteca por franciscru a las 9:01 h.

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Conrad nació en una ciudad polaca cuando Polonia formaba parte del Imperio Ruso. Actualmente Berdichev es una población ucraniana. Sin embargo, nuestro autor no alcanzó notoriedad escribiendo en polaco, ni en ruso, ni en ucraniano, ni tan siquiera en francés, idioma que dominaba a la perfección, sino en inglés, un inglés que aprendió a los veinte años, al parecer con excelente aprovechamiento, leyendo las obras de Shakespeare. Pero no se dejen llevar por las apariencias: Joseph Conrad fue un viajero incansable y un buscavidas precoz: a los diecisiete años se puso el mundo por montera y se enroló como marino en el puerto de Marsella. Sus obras son deudoras de las innumerables experiencias vitales que jalonan su marinera biografía. Todos estos ingredientes dan como resultado una obra peculiar, densa y diversa, difícil de catalogar, pero enormemente influyente en la literatura posterior. El excéntrico Conrad, de quien se dice que “hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días” (Javier Marías. Vidas Escritas, 1992), no puede decirse que contara con el aprecio de los lectores de su tiempo, aunque la crítica siempre alabó su escritura. Parece ser que, como resultado de ciertos lances amorosos, estuvo implicado en el contrabando de armas a favor de los carlistas, aunque su vínculo con España se limita a una posible y fugaz estancia en Irún y a una recalada en la costa asturiana. Según algunos, éste es el origen de uno de sus relatos, La posada de las dos brujas, la experiencia de unos ingleses que amarran su corbeta en la ensenada de una aldea costera, pobre y atrasada, habitada por gentes que Conrad compara con los indígenas que recibieron al capitán Cook a la sombra del Kilauea. Rescatamos un fragmento para solaz de lectores curiosos:

El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.

3 Mayo 2012

españoles de antaño y de hogaño

Publicado en biblioteca virtual, fondos de la biblioteca por franciscru a las 1:25 h.

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Hoy rescatamos del baúl de Maricastaña un curioso libro publicado en 1843 que nos llama poderosamente la atención: Los españoles pintados por sí mismos. Se trata de un volumen recopilatorio en el que varios autores diseccionan la fauna patria de mediados del XIX. Por aquel tiempo, mientras Europa se preparaba para una revolución industrial que transformaría el paisaje y elevaría las primeras columnas de humo negro en el horizonte, una España quieta y dividida (en eso hemos cambiado poco) vivía una época turbulenta, de pronunciamientos militares y guerras intestinas. Nada que hiciera presagiar un futuro venturoso. Pero el verdadero espíritu de lo ibérico se rebullía en calles, palacios, ruedos, tascas, ministerios, cuarteles o sacristías; los autores, convencidos de su propia modernidad, retratan la España profunda de alcahuetas, trepas, borrachos, chulos, castañeras, pijos, desahogados, clérigos, charranes, choriceros, criadas y cesantes. Una tropa decadente, improductiva y perniciosa, alanceada con adjetivos pedantes que solo alcanzaron a despertar la sonrisa de lectores cultos e intelectuales costumbristas entre una población mayoritariamente analfabeta. Un universo que comprenderemos mejor si aceptamos ser los herederos morales de aquellos, nuestros rebisabuelos, fácilmente reconocibles a poco que leamos cualquier página al azar. Un reto divertido. ¿O es que acaso este fragmento de Gil de Zárate no podría haber sido escrito ayer mismo?:

El zapatero hace ahora zapatos como antaño, y como antaño los cobra, escepto de los tramposos que son de las épocas. El propietario percibe los alquileres de sus fincas, aunque ande á pleito con inquilinos reninentes, plaga muy anterior á las reformas modernas. El cura, si ha perdido el diezmo, tiene esperanza en la caridad de los fieles, mientras el empleado ni aguarda caridad ni conoce fieles en el mundo (…) porque el empleado es ahora flor de efímera existencia, que nace por la mañana y por la tarde ya ha desaparecido.