24 Febrero 2013

ciudades de libro

Publicado en ciudades de libro, escribiendo por escribir por franciscru a las 17:30 h.

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Desde siempre, el desarrollo de las historias ha necesitado de un decorado propicio. Y las ciudades han prestado gustosas su geografía para tal menester. Algunas están estrechamente ligadas a sus autores, de forma que cuando pensamos, pongamos por caso, en Dublín, se nos viene rápidamente a la cabeza James Joyce. Podríamos hacer este mismo ejercicio con BarcelonaParísLisboaNueva York,  MadridLondresRoma, Buenos AiresAlejandría… espacios urbanos convertidos en protagonistas con personalidad propia, que alientan el pulso de las distintas tramas que se urden en sus entrañas. La poesía de las ciudades se escribe con piedra y ladrillo entre los renglones de sus calles, en las plazas y los parques donde la ficción se remansa, a la sombra de monumentos y edificios emblemáticos, escenarios verosímiles de encuentros imposibles. El viajero leído siempre guarda en el zurrón las referencias que le llevarán al último confín del barrio periférico o al centro mismo del piélago urbano, donde se retratará bajo las placas de los bulevares y verificará la presencia de aquellos testigos mudos de tantas ficciones por ellos mismos inspiradas: veredas, fuentes, quioscos, jardines, fachadas, obeliscos… Comenzamos nuestro particular recorrido literario por la Muy Noble, Muy Leal, Benemerita, Invicta, Heroica y Buena Ciudad de Oviedo, a la que Don Leopoldo Alas “Clarín” rebautizó como Vetusta en su obra más conocida, La Regenta. Hoy en día, la esbelta torre apuntada de la catedral vigila día y noche el paseo de Dña. Ana Ozores bajo la lluvia, detenida como en un sueño entre la fuente de Alfonso el Casto y la casa de la Rúa. Una imagen que de tan nítida en el imaginario de los ovetenses se ha quedado plasmada y fundida en metal para disfrute de residentes y recreo de visitantes.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.

19 Febrero 2013

música y literatura: el fantasma de Tom Joad

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 9:36 h.

La literatura, como es natural, es un reflejo del sentimiento que palpita en los corazones de los escribidores de historias, el inevitable rastro que deja el tránsito colectivo por una senda abrupta, jalonada de tribulaciones. La producción artística puede optar por ignorar lo que ocurre a su alrededor o zambullirse hasta el lodo del fondo, donde con paciencia encontraremos los restos pulverizados de tiempos mejores. Ambas posturas son legítimas: la que apuesta por la evasión y la que se inclina por el compromiso y la crítica. En este caso nos vamos a referir a la segunda, por aquello de que el resultado adquiere marchamo de testimonio de un tiempo y una época. Como siempre, la novela negra es un género capaz de absorber con garantías la espesa nata de calamidad que envuelve el presente; no es casual que un autor griego ocupe un puesto notorio: hasta hace poco, un relato donde los personajes se llamasen Jaritos, Zisimópulos y Stazakos nos parecería más bien un exótico producto oriental solo apto para filólogos sin complejos. Pero no ahora: “Con el agua al cuello” es una novela de intriga en la que Petros Márkaris recoge el lamento de una sociedad, la helena, humillada, ofendida y estafada. Todo el sueño del europeísmo colgado de la percha de ayudas malgastadas y subvenciones dilapidadas, para quedar, a la postre, suspendidos de la frágil alcayata del rescate. Del otro extremo nos llega “El millonario”, la historia de un parado alemán (que haberlos haylos) que nos presenta un país, el suyo, que no es el ejemplo de sociedad perfecta que los sureños acostumbramos a imaginar. Su autor, Tommy Jaud, escribe sobre las habas que se cuecen en al otro lado del Rin con un punto de ironía y buen humor. Para los que perseveran en encontrar las claves de la depresión económica que nos acucia, “¡Huy!” es una buena aproximación a la crisis del capitalismo y las razones que explican el porqué la están pagando única y exclusivamente los damnificados, y no los promotores. El escritor John Lanchester comenzó escribiendo necrológicas y terminó publicando novelas como “El puerto de los aromas”. En “¡Huy!” demuestra que también tiene talento para explicarnos cuál es la esencia de la pura especulación que nos ha llevado al punto en el que ahora nos encontramos. La propuesta se completa con una novela gráfica patria: “Andando”, de Torres, Carreres y Riego, el retrato de una sociedad herida por todos los costados, como un toro atravesado por cien aguijones que no sabe que de nada ha de servirle su bravura. Cuatro libros de entre cientos de propuestas más o menos atractivas, pero inspiradas por el fantasma de Tom Joad, el protagonista de “Las uvas de la ira”, la célebre novela en la que Steinbeck expone la tesis de que la gente buena, trabajadora y digna “se merece lo mejor, y lo mejor nunca les llega. Es, en efecto, un recordatorio convincente de las enormes injusticias que conllevan los períodos de crisis extrema” (Huberto M. Ennis en Foco Económico).

-¿La sociedad del bienestar? -repite entre risas- ¿Qué sociedad del bienestar? Europa descubrió la sociedad del bienestar después de la segunda guerra mundial bajo la influencia de los países comunistas. Éstos hablaban continuamente de esa sociedad y Europa occidental adoptó la idea para contener el avance del comunismo. Las sociedades del bienestar se vienieron abajo en 1989, señor Galanópulos, y créame, no se ha perdido nada. -Prosigue con gravedad-: Las sociedades del bienestar no existen, señor Galanópulos. Sólo existen lo grupos de presión. Empresarios que luchan para defender sus intereses, trabajadores que luchan por los suyos a través de los sindicatos y de otras organizaciones… Sólo existen grupos que defienden sus intereses. La sociedad a la que usted alude es un invento.

Petros Markaris. Con el agua al cuello (fragmento)

 

15 Febrero 2013

puntos de lectura

Publicado en marcapáginas por franciscru a las 1:16 h.

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De la mano de una amable coleccionista de marcapáginas descubrimos cuán extendida está la afición de atesorar estos humildes objetos de uso cotidiano, a los que debemos la custodia de tantas y tantas lecturas interrumpidas, pospuestas con y sin proyecto de futura prosecución. ¿Sabían que el primer marcapáginas documentado data del siglo XI? Estaba confeccionado con una fina tira de piel de becerro y decorado con miniaturas delicadas que representaban al Cordero, vencedor de entre las Bestias y las Serpientes. En el Palacio Real de Madrid se conserva el riquísimo marcapáginas con el que Felipe V obsequió a su hijo Luis el día de la coronación de éste como Rey. Se trata de una delgada lámina de oro rojo, exquisitamente repujada, donde se puede contemplar, por una cara, el escudo de armas de los Borbones, y por la otra una alegoría en la que aparece el sol iluminando al monarca junto a todas sus posesiones europeas y de ultramar, entre las que curiosamente se incluyen las islas de Terranova y de Menorca, a la sazón de soberanía británica y arrebatadas a Francia y España en virtud del tratado de Utrech. Insignes aficionados a este peculiar coleccionismo fueron Don Pedro Rodríguez de Campomanes, brillante jurisconsulto que llegó a sujetar entre sus dedos un marcapáginas original atribuido al mismísimo Rubens, perdido para siempre en el incendio que redujo a cenizas el palacio solariego de los Campomanes en Corniella. También Menéndez y Pelayo, de quien su gran amigo Gumersindo Laverde dijo: “No importaba si era de día o de madrugada: Marcelino pasaba largas horas contemplando sus marcapáginas, algunos de ellos tan desgastados y carcomidos que era preciso manipularlos ayudándose de unas ingeniosas pinzas de metal, forjadas especialmente para él por un herrero vallisoletano. Nunca conocí a nadie tan entusiasmado por los libros ni por cuanto en ellos podría contenerse”. (Laverde Ruiz, Gumersindo (1873). Ensayos y Memorias. Tomo IV. Lugo. Imprenta de Soto Freire). Pese a que en nuestra explotación ganadera tenemos becerros de sobra, nos nos parece correcto arrancarles la piel a tiras; tampoco disponemos del oro suficiente como para hacer más allá de una decena de marcapáginas como el que Felipe quinto (¿o quizá fuera Carlos tercero?) regaló a su hijo primogénito. De hecho, los últimos eran de cartulina y se los cedimos a una compañera lucense que lleva una bonita página sobre el particular. Prometemos a todos los que nos han solicitado algún ejemplar que tendremos en cuenta sus amables peticiones cuando la disponibilidad pecuniaria del instituto se vuelva a poner a la par con nuestra voluntad por agradar a los gentiles lectores.

9 Febrero 2013

vidas imaginarias

Publicado en biblioteca virtual, el escritor por franciscru a las 19:54 h.

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En “Vies Imaginaires”, el joven Marcel Schwob desarrolla un juego divertido que marca los antecedentes de mucha literatura posterior: la biografía fabulada o, si lo prefieren, la fábula biográfica. Consciente de que al lector se le atrapa con el reclamo de la verosimilitud, Schwob repasó la vida de piratas, herejes, pirómanos, matronas, pintores, jueces o princesas indias con la desenvoltura de un erudito de treinta años que maneja la prosa poética como un autor consagrado. El perfil cuasi panegírico de Eróstrato, incendiario del que ya hemos dado buena cuenta en esta página, la impúdica relación entre Clodio y Clodia, las andanzas del hereje Dulcino, la trampa urdida por el cuáquero Knot contra Walter Kennedy, incauto pirata analfabeto… todas ellas historias salpicadas de referencias y datos de los que es difícil sustraerse durante el escrutinio de la verdad, y que no hace sino subrayar la facilidad con la que se puede reinventar la historia a poco que uno se lo proponga.

Pocahontas era la hija del rey Powhatan, el que reinaba sentado en un trono hecho como para servir de cama y cubierto con un gran manto de pieles de mapache cosidas de las cuales pendían todas sus colas. Fue criada en una casa alfombrada con esteras, entre sacerdotes y mujeres que tenían la cabeza y los hombros pintados de rojo vivo y que la entretenían con mordillos de cobre y cascabeles de serpiente. Namontak, un servidor fiel, velaba por la princesa y organizaba sus juegos. A veces la llevaban a la floresta, junto al gran río Rappahanok, y treinta vírgenes desnudas bailaban para distraerla. Estaban pintadas de diversos colores y ceñidos por hojas verdes, llevaban en la cabeza cuernos de macho cabrío, y una piel de nutria en la cintura y, agitando mazas, saltaban alrededor de una hoguera crepitante. Cuando la danza terminaba, desparramaban las brasas y llevaban a la princesa de regreso a la luz de los tizones.