28 Abril 2013

Tardi a las trincheras…

Publicado en Recomendaciones, atrapa al personaje, el escritor por franciscru a las 0:32 h.

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Hace un par de meses, Jacques Tardi rechazó la Legión de Honor, condecoración instituida por Napoleón hace doscientos y pico años. El que más tarde sería autocoronado emperador sabía muy bien lo que hacía: cuando alguien le dijo que estas dádivas eran meros “hochets” (sonajeros, juguetitos para niños…) él respondió: Vous les appelez les hochets, eh bien c’est avec des hochets que l’on mène les hommes. Tardi, que conoce muy bien la historia reciente de su país, declinó tal distinción con una bala dialéctica del calibre de su obra: “Uno no tiene por qué estar forzosamente contento de ser reconocido por la gente que no quiere”.  Posiblemente esta actitud le granjeará algún magno reproche tanto monárquico como republicano, pero para sus lectores es la rúbrica perfecta de un autor de enorme mérito y coherencia. Tardi es hijo y nieto de combatientes, y la guerra ha estado siempre muy presente en su vida y en su obra. Su abuelo fue uno de los inocentes protagonistas de sus historias en las insalubres trincheras del glorioso ejército francés; su padre René lo fue como prisionero de guerra en un stalag alemán. Las imágenes que recrea con su pluma son un antídoto contra la indiferencia. Presta gran atención a los escenarios, que son capaces de trasladarnos en butaca de primera fila a la representación de esos insignificantes episodios donde se consumen poco a poco la vida y las esperanzas de los últimos peones de la guerra: los soldados rasos. La temática bélica está muy presente en la obra de Tardi:  C’était la guerre des tranchées (1993), Voyage au bout de la nuit (1988) o Putain de guerre (2008) son algunos ejemplos, quizá los más emblemáticos del pensamiento del autor, recogido en estas pocas palabras:

Un montón de tratados deberían asegurarnos la paz. Pero bien se sabe que no serán respetados: porque es preciso llenar de gasolina los depósitos de los coches; que el ciudadano sea atado a su pequeño confort [calefacción central y televisión], que devuelvan los préstamos a los bancos. Es preciso que todas estas coacciones le preocupen y le angustien. Delante del telediario, a la hora de cenar, le hará comprender que vive en un país casi paradisíaco y se adormecerá olvidando la revolución. Es lo menos que desean los gobiernos…

 

 

En fin. Internet hierve de información sobre guerra, cómic, literatura… Esta modesta aproximación al género no ha tenido más pretensión que la de remover los cimientos de la curiosidad y poner de relieve la cantidad y la calidad de obras que nos aproximan, por fortuna en sentido figurado, a la realidad sucia, cruel, perversa y tan humana de la Guerra, la misma Guerra con mayúsculas que hoy mismo se vive en Siria, Colombia, Irak, Mali… Queremos concluir con la escena final de la película Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick (una de las confesadas influencias de Tardi) cantando o, mejor dicho, tarareando la cancioncilla “El valiente húsar” con ayuda de los bravos soldados y la cándida muchacha alemana, todos ellos atrapados por un destino incierto que aguardan, resignados, la triste condecoración que ellos nunca solicitaron…

Und als er zum Schatzliebchen kam,
ganz leise gab sie ihm die Hand,
die ganze Hand und noch viel mehr,
die Liebe nahm kein Ende mehr.

23 Abril 2013

día del libro: recordando a Annelies Marie Frank

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Querida Kitty:
De la biblioteca nos han traído un libro con un título muy provocativo: ¿Qué opina usted de la adolescente moderna? Sobre este tema quisiera hablar hoy contigo. La autora critica de arriba abajo a los «jóvenes de hoy en día»; sin embargo, no los rechaza totalmente a todos como si no fueran capaces de hacer nada bueno. Al contrario, más bien opina que si los jóvenes quisieran, podrían construir un gran mundo mejor y más bonito, pero que al ocuparse de cosas superficiales, no reparan en lo esencialmente bello(…). A los jóvenes nos resulta doblemente difícil conservar nuestras opiniones en unos tiempos en los que se destruye y se aplasta cualquier idealismo, en los que la gente deja ver su lado más desdeñable, en los que se duda de la verdad y de la justicia y de Dios. Quien así y todo sostiene que aquí, en la Casa de atrás, los mayores lo tienen mucho más difícil, seguramente no se da cuenta de que a nosotros los problemas se nos vienen encima en mucha mayor proporción. Problemas para los que tal vez seamos demasiado jóvenes, pero que igual acaban por imponérsenos, hasta que al cabo de mucho tiempo creemos haber encontrado una solución, que luego resulta ser incompatible con los hechos, que la hacen rodar por el suelo. Ahí está lo difícil de estos tiempos: la terrible realidad ataca y aniquila totalmente los ideales, los sueños y las esperanzas en cuanto se presentan. Es un milagro que todavía no haya renunciado a todas mis esperanzas, porque parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, sigo aferrándome a ellas, pese a todo, porque sigo creyendo en la bondad interna de los hombres.Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esta crueldad también acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial. Mientras tanto tendré que mantener bien altos mis ideales, tal vez en los tiempos venideros aún se puedan llevar a la práctica…

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21 Abril 2013

Dos húngaros

Publicado en General por franciscru a las 0:00 h.

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La guerra es un dura prueba de supervivencia. Por su propia naturaleza, cuando el hombre está resuelto a matar y aniquilar no respeta ninguna condición; nadie pone límites a las máquinas de hierro y fuego: una vez desatadas, consumen hasta la última molécula de civilización. En este escenario macabro, la infancia ocupa otra dimensión donde el peligro, el juego, la intuición, los sentimientos y el aprendizaje se funden en la mente del niño hasta dotar de significado a todo aquello que no lo tiene. El recorrido literario por las obras que describen escenarios de conflicto es muy largo: desde siempre, los autores han plasmado en relatos y novelas los recuerdos, vivencias, experiencias o, sencillamente, las ficciones que les han inspirado escenarios de guerra. En esta ocasión, nos vamos a fijar en dos escritores húngaros. Citamos a Imre Kertész en primer lugar por aquello de que recibió (y puede ser que hasta merecidamente) el premio Nobel. En la novela autobiográfica Sin destino describe la experiencia de un adolescente de quince años en un campo de concentración nazi; el chico va creciendo, madurando, iniciándose como adulto en esta perfecta recreación del averno en la tierra, donde la muerte representa el único alivio posible para alguien que está desperezándose a la vida. No todas las novelas sobre el Holocausto consiguen cautivar a los no iniciados, pero la citada Sin destino y, por mencionar otra obra de mérito, Si esto es un hombre de Primo Levi, logran conmover profundamente al lector más desapasionado.

Existen situaciones en que parece imposible que se puedan agravar o empeorar. Yo mismo, al cabo de tanto esfuerzo, de tanto afán, de tanto empeño, acabé encontrando la paz, la tranquilidad y el alivio. Ciertas cosas, por ejemplo, que antes me habían parecido sumamente importantes, perdieron por completo su significado para mí. Así estando en la fila durante el recuento, si me cansaba y sin mirar si me encontraba en medio de un charco o si había barro, me dejaba caer, me sentaba y me quedaba sentado o acostado hasta que mis vecinos me levantaban a la fuerza. No me molestaban ni el frío, ni la humedad, ni el viento ni la lluvia: simplemente no me llegaban, ni siquiera los sentía. Desapareció hasta el hambre, me seguía llevando a la boca todo lo que encontraba, todo lo que fuera comestible, pero sin prestar atención, como por costumbre y de manera mecánica. Si tenían algún inconveniente, lo más que podían hacer era pegarme, y con eso tampoco me hacían mayor daño, sólo me hacían ganar tiempo, puesto que con el primer golpe me acostaba en el suelo y ya no sentía los otros porque me quedaba dormido.

La otra autora también es húngara. Huyó de su país hacia un destino incierto. Se apropió de un idioma nuevo y en él desarrolló toda su obra conocida. Agota Kristof fue una escritora peculiar. Durante cinco años trabajó en silencio en una fábrica de relojes suizos, quién sabe si dejando pasar el tiempo mientras maduraba lo que estaba por escribir. Después abandonó su trabajo, se separó de su marido y comenzó a estudiar francés. En esa lengua relató las andanzas de dos gemelos, Claus y Lucas, desarrollando la historia en una trilogía que en España se publicó en un sólo volumen. Curiosamente, Kertész ha renunciado a seguir escribiendo, tal y como Kristof decidió en su momento. Nos dejaron lo que llevaban dentro. Retazos autobiográficos del pedacito de la convulsa historia que les tocó vivir. Gracias a ellos podemos mirarnos al espejo, sumergirnos en la profundidad hueca de las pupilas y decirnos hacia dentro y hacia afuera “nunca más“.

Entramos en el campo. Está vacío. No hay nadie por ninguna parte. Algunos edificios siguen ardiendo. El hedor es insoportable. Nos tapamos la nariz y avanzamos, aun así. Subimos a una torre de vigilancia. Vemos una plaza muy grande en la cual se alzan cuatro piras negras. Localizamos una abertura, una brecha en la barrera. Bajamos de la torre y encontramos la entrada. Es una puerta grande de hierro, abierta. Encima está escrito, en lengua extranjera: «campo de tránsito». Entramos.

Las piras negras que habíamos visto desde arriba son cadáveres carbonizados. Algunos han ardido bien, no quedan más que los huesos. Otros apenas están ennegrecidos. Hay muchos. Grandes y pequeños. Adultos y niños. Pensamos que antes los han matado, y después los han amontonado y les han echado gasolina para prenderles fuego.

Vomitamos. Salimos corriendo del campo. Volvemos a casa. La abuela nos llama para comer, pero seguimos vomitando.

15 Abril 2013

El segundo jinete

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir, fondos de la biblioteca por franciscru a las 1:03 h.

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Sabemos que la memoria colectiva es esa frágil conexión bioquímica que nos une con la historia reciente. Cuando se rompe o se agota, los hechos pretéritos pasan a formularse como relatos acabados que bailan de puntillas sobre un duro pavimento de datos y fechas. Hemos disfrutado de un largo período en ausencia de guerra (que no de paz). Por desgracia, está a punto de desaparecer la generación que experimentó en territorio patrio el último duelo fratricida. Recientemente hubimos de lamentar el fallecimiento de D. José Luis Sampedro. Con él se extinguió la llama de una mente clara y lúcida, pero también el testimonio narrado en primera persona de un drama de proporciones apocalípticas; porque la guerra, desde todos los puntos de vista, es sobre todo eso: el Apocalipsis. Nada, ni siquiera la peste se le parece. La guerra es un azote al que algunos se empeñaron en ponerle reglas, como si eso fuera suficiente para difuminar el perfil aniquilador de todo guerrero eficiente. Y puesto que se trata de la realidad cotidiana padecida ahora mismo por millones de seres humanos, conviene tener en cuenta algunos axiomas que pocas veces pasan como tales, y que a decir de ciertas sensibles pituitarias, expelen un tufillo de incorrección política, a saber: En la guerra no hay el bando de los buenos ni el de los malos; tan solo hay “amigos” y “enemigos”… pero ¡ojo! El statu quo puede cambiar en cualquier momento. Dos: el odio es el verdadero armamento de destrucción masiva. Contra él no hay pacto ni tregua posible. Basta con inseminar; lo demás vendrá por añadidura. Y tres: la crónica de los sucedido siempre la escriben los vencedores; la propaganda es el prólogo de un relato que se repetirá una y mil veces hasta que se imponga como verdad absoluta. La literatura ha contribuido a consagrar estos dogmas, pero también ha denunciado los excesos y condenado los atropellos que se cometen cuando el argumento que vale es el de la fuerza bruta. Los relatos sobre la guerra no tienen por qué estar ambientados en un campo de batalla. Desde el punto de vista narrativo, posee tanta fuerza el diario de una niña confinada en la buhardilla de su casa como la atormentada vida interior de un soldado horriblemente mutilado. Por eso nos vamos a tomar la pequeña libertad de consagrar al género todas las entradas que nos restan hasta el próximo Día del Libro, dedicado este año a las “historias de guerra”. Y para que nuestros jóvenes lectores vayan entrando en harina, el primero que identifique a la autora que aparece en la cabecera de la bitácora obtendrá una recompensa nada desdeñable: dos bonitos libros expurgados, ilustrados y garabateados por nuestros dibujantes. Pero antes de recibir la justa gratificación, el ganador deberá decirnos qué le sugiere la foto de más abajo, una imagen que, por sí misma, ya encierra el germen de una historia…

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