15 Abril 2013

El segundo jinete

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir, fondos de la biblioteca por franciscru a las 1:03 h.

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Sabemos que la memoria colectiva es esa frágil conexión bioquímica que nos une con la historia reciente. Cuando se rompe o se agota, los hechos pretéritos pasan a formularse como relatos acabados que bailan de puntillas sobre un duro pavimento de datos y fechas. Hemos disfrutado de un largo período en ausencia de guerra (que no de paz). Por desgracia, está a punto de desaparecer la generación que experimentó en territorio patrio el último duelo fratricida. Recientemente hubimos de lamentar el fallecimiento de D. José Luis Sampedro. Con él se extinguió la llama de una mente clara y lúcida, pero también el testimonio narrado en primera persona de un drama de proporciones apocalípticas; porque la guerra, desde todos los puntos de vista, es sobre todo eso: el Apocalipsis. Nada, ni siquiera la peste se le parece. La guerra es un azote al que algunos se empeñaron en ponerle reglas, como si eso fuera suficiente para difuminar el perfil aniquilador de todo guerrero eficiente. Y puesto que se trata de la realidad cotidiana padecida ahora mismo por millones de seres humanos, conviene tener en cuenta algunos axiomas que pocas veces pasan como tales, y que a decir de ciertas sensibles pituitarias, expelen un tufillo de incorrección política, a saber: En la guerra no hay el bando de los buenos ni el de los malos; tan solo hay “amigos” y “enemigos”… pero ¡ojo! El statu quo puede cambiar en cualquier momento. Dos: el odio es el verdadero armamento de destrucción masiva. Contra él no hay pacto ni tregua posible. Basta con inseminar; lo demás vendrá por añadidura. Y tres: la crónica de los sucedido siempre la escriben los vencedores; la propaganda es el prólogo de un relato que se repetirá una y mil veces hasta que se imponga como verdad absoluta. La literatura ha contribuido a consagrar estos dogmas, pero también ha denunciado los excesos y condenado los atropellos que se cometen cuando el argumento que vale es el de la fuerza bruta. Los relatos sobre la guerra no tienen por qué estar ambientados en un campo de batalla. Desde el punto de vista narrativo, posee tanta fuerza el diario de una niña confinada en la buhardilla de su casa como la atormentada vida interior de un soldado horriblemente mutilado. Por eso nos vamos a tomar la pequeña libertad de consagrar al género todas las entradas que nos restan hasta el próximo Día del Libro, dedicado este año a las “historias de guerra”. Y para que nuestros jóvenes lectores vayan entrando en harina, el primero que identifique a la autora que aparece en la cabecera de la bitácora obtendrá una recompensa nada desdeñable: dos bonitos libros expurgados, ilustrados y garabateados por nuestros dibujantes. Pero antes de recibir la justa gratificación, el ganador deberá decirnos qué le sugiere la foto de más abajo, una imagen que, por sí misma, ya encierra el germen de una historia…

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