24 Noviembre 2013

georgie en su laberinto

Publicado en atrapa al personaje, el escritor por franciscru a las 21:58 h.

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A los cincuenta y tantos Jorge Luis se quedó ciego. Para entonces Georgie, como le conocían en familia, había leído tanto que sus ojos se cerraron para abrirse por dentro, hacia la claridad que se proyectaba a través del arco de la memoria. La enfermedad le privó de la luz, que no de la literatura, pues cuando no pudo dejar soñada una página se le otorgó un amanuense para escribirla, que no para pensarla. La biografía borgiana está jalonada de lecturas que fueron conformando el alma del poeta: a los cuatro años ya sabía leer y escribir. Se dice que de bien chico leía literatura gauchesca; cultivó el Quijote y aprendió el Fausto de memoria. Se familiarizó con la obra de Chesterton en su lengua original. A los nueve años realizó la primera traducción al español de El Príncipe Feliz de Wilde. A lo largo de su vida, Borges tradujo poesía y prosa del alemán, inglés, francés y hasta del nórdico antiguo. Publicó su última traducción, las Fábulas de R. L. Stevenson a los 84 años de edad.  ”Que otros se jacten de lo que han escrito; a mí me enorgullece lo que he leído”, dijo en alguna ocasión. Lúcido y preclaro, fue otra ceguera la que no le dejó ver que el que abrazara las charreteras de un criminal nunca podría estrecharle la mano al rey de Suecia: “Yo soy una persona muy tímida, pero Pinochet se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona.” Dicen que Borges fabricó un discurso ad hoc, tan socarrón como él era. Pero el Comité Nobel no entendió ese peculiar sentido del humor. En realidad: ¿qué pensaba Borges? De su desbordante talento literario solo podemos penetrar la dimensión artística, unánimemente alabada por críticos, especialistas, lectores y colegas amigos y enemigos. Neruda, que no se puede decir que le profesara mucho afecto al argentino, dijo de él “Todos los que hablan español están muy orgullosos de que Borges exista y los latinoamericanos en particular porque antes de Borges teníamos muy pocos escritores comparables con los autores europeos”.

7 Noviembre 2013

la mirada del hombre solo

Publicado en Recomendaciones, el escritor por franciscru a las 8:15 h.

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A Albert Camus le gustaba el fútbol. Le apasionaba tanto como el teatro. De pequeño, en su Argelia natal, había jugado de guardameta de un equipo local. Camus decía que todo lo que sabía del mundo se lo debía al balompié: “aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. Pero el que estuviera llamado a ganar el premio Nobel de literatura en 1957, se retiró de los estadios cuando la tisis se instaló en su cuerpo para no abandonarle nunca. Una de las constantes en la corta vida de Camus fue la de superar la adversidad: de extracción humilde, Camus era hijo de emigrados. Huérfano de padre, su madre, de origen menorquín, era sorda y analfabeta. En el entorno inmediato del joven Alberto, las previsiones sobre el futuro del muchacho pasaban por trabajar en la carnicería de su tío para salir adelante. Sin embargo, la tenacidad del futuro escritor y sus evidentes dotes intelectuales movieron el interés de sus maestros, que orientaron y dirigieron las primeras lecturas de Camus. Unas lecturas que le ayudaron no solo a consolidar sus ideas, sino a conquistar laboriosamente la lengua francesa, vehículo de una interesante producción literaria, teatral, periodística, ensayística y filosófica. Hijo de su tiempo, el existencialismo no reconocido de Camus (en contraposición con el de su antagonista Sartre), está marcado por la peripecia vital del autor, comprometido en los conflictos de su tiempo, empezando por el colonialismo francés y el nazismo alemán para continuar con los movimientos sociales y políticos que se desataron en Europa al calor de la Revolución rusa y la posterior consolidación del estalinismo soviético. Camus escribió “Révolte dans les Asturies”, considerada la obra de letras más reseñable en torno a la revolución asturiana de 1934. En ella apunta que “todo revolucionario termina siendo opresor o hereje. En el universo puramente histórico que han elegido, rebelión y revolución van a parar al mismo dilema: o la policía o la locura”. Mientras otros intelectuales se comprometían políticamente y justificaban los excesos como la única forma de conquistar la felicidad, Camus se alejaba de posiciones dogmáticas y de ideologías agotadas: “son los medios los que deben justificar el fin”; no distinguía entre la barbarie de los malos, representada por campos de concentración y cámaras de gas, y los nobles fines de los buenos, primero con sus bombas atómicas y después con sus gulags y sus tanques. El intelectual, escribía Camus, debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones: “la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse sierva del odio y la opresión”. Esta es una de las afirmaciones que el autor laureado pronunció en su discurso de aceptación del premio Nobel. A pesar de sus achaques, nada hacía presagiar que fallecería apenas tres años después, en un absurdo accidente de tráfico. Pero nos dejó un puñado de obras inteligentes y un libro póstumo editado por su hija. Si estás interesado en familiarizarte con este humanista que expresaba sus pensamientos de forma literaria, te recomendamos que comiences con uno de sus cuentos, un relato elocuente, particularmente intenso, que describe el sentimiento de soledad de un hombre instalado en un mundo inhóspito, un mundo forjado a golpes que dicta sus propias lecciones de supervivencia. La lúcida mirada del hombre solo.

Durante mucho tiempo, se quedó echado en el diván mirando al cielo que se oscurecía poco a poco, escuchando el silencio. Ese silencio que los primeros días de su llegada, después de la guerra, le había parecido tan penoso. En aquella época, había pedido un puesto en la pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan la altiplanicie del desierto. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras al norte, rosas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Pero lo habían nombrado para un puesto más al norte, en la misma meseta. Al principio, la soledad y el silencio le habían resultado muy duros en aquellas tierras ingratas, habitadas solamente por las piedras. A veces, la existencia de unos surcos hacia pensar en tierras cultivadas, pero en realidad los surcos habían sido excavados para sacar a la luz del día cierta piedra propicia para la construcción. Allí sólo se labraba para cosechar pedruscos. Otras veces, raspaban algunas pellas de tierra, acumuladas en las hondonadas, para abonar los áridos jardines de los pueblos. Solamente la piedra cubría las tres cuartas partes de este país, en el que las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se mordían la garganta, y después morían. En este desierto, nadie, ni él ni su huésped, eran nada. Y sin embargo, fuera de este desierto, ni uno ni otro, Daru lo sabia muy bien, hubiera podido vivir verdaderamente.

1 Noviembre 2013

leer en internet

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 14:20 h.

Noticia bomba: los príncipes se separan. Este es el tipo de encabezamiento que nos garantizará unos segundos de atención por parte del lector ocasional antes de que éste descubra que le hemos tomado el pelo. Escribir en internet es algo así como arrojar un puñado del grava al mar: tanto da que entre cuarzos y dolomitas se escurra alguna piedrita preciosa. Todo se perderá en la inmensidad del océano. Sin embargo, la romántica idea de vaciar la creatividad en el oscuro sumidero de la red es más fuerte que el natural pudor de los autores, convencidos los unos de su mediocridad o, por el contrario, de su inédita genialidad. Fuentes generalmente bien informadas aseguran que la pareja real formalizó ayer noche… Pequeña descarga supletoria que nos situará bien… Y es que, ¿qué buscador se puede resistir a las palabras pareja y real? Otra tregua para el atribulado inter-escribidor, desvalido e ignorado como si sus obras completas se hubieran publicado en un paquete de toallitas húmedas para bebés. Aunque eso no impide que diariamente la red hierva con nuevos contenidos, críticas mordaces y sonoramente groseras, intentos febriles por hacerse notar, perversos montajes comerciales para incautos, palabras vacías, mensajes rancios y bobos. A todo eso hay que unir la inconstancia del lector, concentrado en el dedo temblón, automático, que le llevará (nos llevará) a su antojo de acá para allá antes de que la pupila se acostumbre al destello de la pantalla. El príncipe residirá a partir de la semana próxima en un piso de protección oficial, propiedad de su cuñado… Otra combinación explosiva: príncipe y cuñado. Puede ser que a la vuelta de unas horas estas frases inconexas e insustanciales (un príncipe, un cuñado, un piso de protección oficial…) alcancen una dimensión desmesurada, su sonoridad se imponga e incluso suplante la verdad a la que poco a poco vamos renunciando, para convertirse después en una escoria fría, negra e inútil, acumulada por capas en los depósitos de nuestra memoria. Tampoco contamos con el tiempo necesario para leer los ochenta mil títulos que se publican cada año en España, así que ni siquiera estamos en condiciones de valorar con garantías el estado de salud de nuestro mercado editorial. Únicamente disponemos, una vez más, de las reseñas y referencias que aparecen en internet, las más de las veces mal documentadas, escritas de oído o descaradamente parciales. En esta tesitura, nosotros nos conformamos con hacer una pausa entre obligaciones para escribir sin compromiso una nadería, a modo de ejercicio mental, para terminar releyendo aquello que nos gustó… Porque en un mundo saturado por billones de letras que no se leen, los textos que alcanzan el limbo de la excelencia son los que se instalan en la antecámara de la razón, aquellos que nos hacen un poco más libres, un poco más sabios; puede que hasta un pelín más infelices. Como dijo Borges: Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. (Del libro “Borges Oral”. Alianza Editorial. 1998).