29 Diciembre 2013

las tristes burbujas del champán

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 15:07 h.

En algún momento ya hablamos aquí de los hermanos Grimm (los dos que se dedicaban a la lingüística y las letras, porque había un tercero que iba a su bola), de sus cuentos y sus archiconocidas adaptaciones. También hemos hablado de la pareja Hansen y Gretel, protagonistas de un desgraciado dramón en el que algunos folcloristas han querido ver similitudes con los horrores vividos durante el Tercer Reich. Personalmente no nos gustan las historias en las que se combina el chocolate con la casquería. Aunque no más edificante, la figura de Till Eulenspiegel nos resulta más simpática: se trata de otro personaje de la tradición alemana, precedente de la novela picaresca centroeuropea, fácilmente identificable en imágenes y adaptaciones por el ridículo gorrito ese de cascabeles; Richard Strauss se inspiró en Till para componer un poema sinfónico del que, a buen seguro, has escuchado algún fragmento. Pero lo que trae a estos personajes de cuento a nuestra página no es un súbito acceso de germanofilia en el sentido literal, sino un hecho triste para los que fuimos germanófilos en el sentido de la Movida: el fallecimiento del paisano German Coppini, que le cantó a Till e intuyó, ya hace un montón de años, que corrían malos tiempos para la lírica. A él le dedicamos el último artículo de este 2013.

25 Diciembre 2013

bustos domecq

Publicado en Recomendaciones, el escritor por franciscru a las 14:02 h.

cuentos_bustos

Borges conoció a Adolfo Bioy Casares en 1932. Por aquel tiempo, “Adolfito” (que así es como llamaban a Bioy) era un muchacho joven, de familia bien, con profundos intereses literarios. Adolfito lo tenía todo: los Casares eran dueños de media Argentina. Pero además, estaba empeñado en ser escritor. Fruto de esta relación con Borges, Bioy publica la que posiblemente será su obra más recordada: La invención de Morel (que nada tienen que ver con las invenciones de ese otro Morrell, que se ganó fama de embustero al informar de que había sido el descubridor de la inexistente Nueva Groenlandia del Sur). De la mutua afición por la narrativa y el cuento, surgieron dos autores ficticios: un tal Benito Suárez Lynch por un  lado y por el otro, el algo más reputado y conocido Honorio Bustos Domecq, que firmó varias obras como Los seis problemas para Don Isidro Parodi o Crónicas de Bustos Domecq. Al resguardo de estas ficticias identidades también formaron parte de antologías del cuento detectivesco promovidas por ambos dos: en Los mejores cuentos policiales aparecen relatos de Irish, Ellery Queen, Graham Greene o Faulkner, pero también de Poe, Stevenson, Conan Doyle, London, Peyrou o Adolfo Luis Pérez Zelaschi. El cuento de éste último, Las señales, es posiblemente el mejor de todos ellos: un ejercicio definitivo de genio narrativo que no pasó desapercibido para el tándem Borges-Bioy, y del que reproducimos un pequeño fragmento:

Allí estaban. Midió agónicamente sus posibilidades de escape: ninguna. Tres altísimas paredes verticales y ciegas cerraban el patiecito. Nadie oiría un grito mientras el viento zumbelara allá arriba, tan perdido Manuel Cerdeiro en la ciudad como en un abismo entre montañas desnudas. Sólo cabía regresar al bar (“ahoramevanamatar”) y eso hizo. De no estar tan aferrado por la circunstancia, por los ineludibles aquí y ahora, hubiese comprobado que su espanto había desaparecido y que podía realizar un balance, incluso desapasionado, de los hechos o, por lo menos, de los hechos que le concernían.

12 Diciembre 2013

mapas

Publicado en Naturalmente leyendo, Recomendaciones por franciscru a las 11:08 h.

medalla_drake

Los mapas han formado parte de nuestra vida desde la infancia. Todos identificamos la imagen de los coloreados mapas que cuelgan de los muros escolares, de los globos terráqueos que nos regala las tía Elvirita por nuestro cumpleaños, los desplegables que se compran en la gasolineras cuando te falla el sistema de navegación o los complicados esquemas de isobaras que representan el caprichoso proceder de las errantes masas de aire. Los mapas tienen la facultad de aparentar cualquier geografía, real o ficticia, y sus líneas irregulares cuentan con un poder evocador casi inmediato, una suerte de magnetismo que atrae los dedos con los que anticipamos la derrota de nuestra trayectoria, quien sabe si para perdernos en alguna remota jungla de Madagascar o desembarcar en la archiconocida isla de Trinidad a la busca del tesoro. Los mapas han sido habituales en relatos e historias de piratas y aventureros, prófugos y peregrinos que se preguntaban lo que había más allá del horizonte. Pero para los que gustan de los mapas por sí mismos, se entusiasmarán con interesantes incursiones en los históricos libros de geografía que pueden descubrir por la red, desde la preciosa Cosmografía de Ptolomeo hasta el atlas de Frederik de Wit, dos atractivas invitaciones para viajar en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Los que quieran saber un poco más pueden echar un vistazo al libro Historia de los mapas de G. R. Crone o pasar un buen rato con las anécdotas que relatan Ken Jennings en Un mapa en la cabeza o Simon Garfield en En el mapa, cuyo subtítulo nos avanza el carácter de la obra: De cómo el mundo adquirió su aspecto. 

Viejos mapas, mapas viejos