22 Febrero 2014

machado

Publicado en atrapa al personaje, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 16:01 h.

sello_machado

Hace setenta y cinco años que desapareció Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por el compromiso con su familia, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al poeta sevillano, que falleció en un pequeño hotel y hubo de ser inhumado en un nicho prestado que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

 

13 Febrero 2014

nueva estantería

Publicado en Recomendaciones por franciscru a las 22:14 h.

estanteria_biblioluces_febrero_2014

A lo largo de este curso iremos repasando, como siempre, las efemérides literarias de este año 14, que viene cargadito de medios y cuartos de siglo. Para empezar, en julio hará cien años del comienzo de una de las carnicerías más devastadoras de la historia: la Primera Guerra Mundial abrió una profunda cicatriz artística y literaria que dejó huella en la piel lacerada un mundo que ya nunca volvería a ser el mismo. Han pasado cien años y ya no queda nadie que deje constancia de la masacre. Ya solo podemos recrear el pasado inmediato a través de los testimonios grabados y de los ríos de tinta que desde entonces hacen rebosar los sinuosos cauces de la memoria. Pero también es posible recordar el cuadrigentésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de Shakespeare, el centenario de Marguerite Duras, Cortázar, el burro Platero y Bioy, así como las cincuenta primaveras de la Mafalda de Quino. Sin embargo, hay una fecha inmediata, el 22 de febrero, en la que se cumplirá el septuagésimo quinto aniversario de la muerte de un hombre bueno: Antonio Machado. Dicen que la primera noche de destierro en territorio francés se la pasó en un vagón de tren, abandonados en vía muerta (tanto el vagón como el pasajero). No es difícil imaginar la triste figura del poeta, sostenido por su madre, maltrecho, casi exánime, abatido y roto por dentro y por fuera. La estampa del exiliado, del que huye no solo para salvar la vida sino la dignidad, tan laboriosamente construida con fe en el verso y la palabra. Sirva como preámbulo este video, cargado de versos que no por muy conocidos, o quizá precisamente por eso, suenan llenos de ternura y sabiduría. Pues eso.

 

10 Febrero 2014

la biblioteca de Borges

Publicado en escribiendo por escribir, vale más que las pesetas por franciscru a las 14:28 h.

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Si tienen tiempo y gana de visitar la ciudad autónoma de Buenos Aires con billete de turista virtual, en el barrio de Boedo, entre Muñiz y Avenida La Plata, se van a encontrar con la Biblioteca Pública Miguel Cané, donde trabajó como catalogador Jorge Luis Borges. En la planta baja, escurrida hacia el fondo, se ubica la sala principal, amplia, presidida por la bandera y la figura del escritor y periodista que le da nombre al complejo. Los macizos de estantes se parapetan estableciendo el territorio de la lectura, mientras el aire caliente que se adhiere a los altísimos techos se entibia, para caer después en forma de ráfagas frescas, proyectadas a través del pasillo imaginado que comunica los dos accesos situados en ambos extremos de la sala. En esta biblioteca no es raro ver aparecer escritores y académicos que se repasan hasta el último desconchón en las paredes para descubrir huellas de la presencia del maestro, pero también de aficionados que respiran profundo en el interior, como para embeberse de espíritu borgiano. Con intención de curar de la decepción a unos y otros, la municipalidad armó una pequeña sala con un viejo escritorio y algunos objetos que recuerdan al autor de El Aleph; allí los crédulos se santiguan y hasta los más agnósticos rezan por el alma del mago de las palabras. La vida y obra de Borges estuvo profundamente ligada a las bibliotecas, el espacio físico donde los libros nos recuerdan que dios es solo un capítulo de entre todos los que componen la inacabada enciclopedia del ingenio humano. Puede ser que en esta biblioteca de barrio, donde no parece concebible que la urgencia de la actividad cotidiana comprometiera todos y cada uno de los minutos laborables del catalogador, puede, decimos, que allí mismo compusiera Borges La biblioteca de Babel, un cuento con alusiones matemáticas relacionadas con la combinatoria y la infinitud, y donde se describe el lugar donde se atesoran todos los libros escritos y por escribir, que dispuestos de manera azarosa ocuparían tantos estantes como átomos hay en el universo. Una metáfora sobre el conocimiento que hoy identificaríamos con internet, la apoteosis mística de todo el saber humano, obscenamente expuesto al deterioro, la trivialización y el olvido.

No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.