21 Noviembre 2014

la tabla periódica, la literatura y la vida

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 8:21 h.

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La Tabla Periódica de los elementos representa el orden natural, la armonía de la materia. Más allá de la apariencia, el reino de lo muy pequeño se muestra tan enigmático como el oscuro y vacío Universo de galaxias y estrellas que tan solo podemos intuir a través de esa ventanita diminuta que llamamos cielo. Sin embargo, hemos podido establecer de que están hechas las cosas y las leyes que determinan las distintas combinaciones, lo que ha proporcionado al género humano un inmenso poder para transformar su entorno y obrar en provecho de unos intereses en ocasiones poco claros. La engañosa simplicidad de la tabla de Mendeleiev es uno de sus atractivos, y por eso su elegante arquitectura ha inspirado a otros para crear sus particulares clasificaciones “periódicas”, con sus propios números, colores y símbolos, aunque no tan rigurosas e incontestables. De entre ellas, nos ha llamado la atención esta Periodic Table of world literature, un ejercicio anglosajón que agrupa a los escritores más influyentes de la historia, y en el que comparten grupo Charles Baudelaire (Ba) con Bob Marley (Bo), por ejemplo; o Dostoiesky (Fd) y J. K. Rowling (Jk). Quizá entre el Hidrógeno (H) y el Praseodimio (Pr) no haya tanta diferencia como entre cada uno de estos pares, eso suponiendo que todos pertenezcan a la misma entidad química que podríamos denominar literatura. Otra conocida tabla periódica es la del siempre interesante Primo Levi, una obra dividida en veintiún capítulos dedicados a distintos elementos y donde esboza historias en las que la química (la profesión del autor) y sus experiencias en los campos de concentración nazis se funden en un relato apasionante, incluso para los que no tienen idea de lo que es el número atómico o la teoría de los orbitales moleculares. Ni falta que hace. En el capítulo dedicado al Vanadio (V), una partida de barniz defectuoso propicia el contacto con un antiguo carcelero que pretende limpiar su mala conciencia…

¿Qué hacer? El personaje Müller se había entpuppt, había salido de la crisálida, se perfilaba nítido, bajo los focos. Ni infame, ni heroico. Dejando aparte la retórica y las mentiras de mejor o peor fe, lo que quedaba era un ejemplar humano típicamente gris, uno de los no escasos tuertos en tierra de ciegos. Me hacía un honor que no merecía al atribuirme la virtud de amar a mis enemigos. No, a pesar de los lejanos privilegios que me deparó su trato, y aun cuando no hubiera sido un enemigo mío en el estricto sentido del término, no era capaz de amarlo. Ni lo amaba, ni tenía ganas de verlo. Y sin embargo me despertaba un conato de respeto; ser tuerto no debe resultar cómodo. No era un cobarde ni un sordo ni un cínico, no se había adaptado, estaba ajustando cuentas con el pasado y las cuentas no le salían; se esforzaba por hacerlas coincidir, aunque fuera haciendo algunas trampas.

3 Noviembre 2014

nos vemos allá arriba

Publicado en Naturalmente leyendo por franciscru a las 11:07 h.

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Las grandes epopeyas bélicas solo son eso, epopeyas, para los que no las han vivido, para los bardos que cantan las gestas, para los mariscales que mueven sus peones sobre una mesa de roble, para los políticos que acuñan las más altas y las más bajas condecoraciones… para las madres que buscan consuelo en el heroísmo agujereado por la metralla. Sin embargo, los muertos tienen otro punto de vista: vacíos de sangre, pierden lastre y se elevan muy por encima del limbo de bronce y mármol en el que se evocarán sus gestos. Solo así pueden descansar en paz, justo anhelo para los desdichados que se han visto arrastrados a morir sin ella. Albert Maillard falleció enterrado en el agujero que había perforado un obús. Justamente en ese punto arranca la novela Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre. De las (des)venturas de este soldado y de su “alter ego” Édouard Péricourt extraemos no pocas nociones de la naturaleza humana, que pasan por la solidaridad, el rencor, la ambición, el poder y la avaricia, entre otras estaciones intermedias de parada obligada. ¿Qúe hace una nación con millones de muertos? Enterrarlos y rendirles memoria. Una labor lucrativa que no se libra de una aparatosa corrupción y del tráfico ilícito de los sentimientos más arraigados a la condición humana. La novela es ágil he incorpora elementos narrativos muy notables, sobre todo en los primeros capítulos. Nos vemos allá arriba es una ilustración grotesca de la posguerra y de la agonía de los supervivientes.