25 Febrero 2015

ripley no ha muerto

Publicado en De cine, Recomendaciones, atrapa al personaje, escribiendo por escribir por franciscru a las 13:29 h.

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Tom Ripley es el vástago literario más reconocido y reconocible del bestiario particular de Patricia Highsmith. Su personalidad se va construyendo a lo largo de una saga que comprende cinco novelas (no merece la pena dar sus títulos porque todos ellos contienen la palabra “Ripley”) publicadas entre 1955 y 1991. Sus orígenes son modestos. Pero el destino le da la oportunidad de conocer el lujo y el derroche, algo que le arrebatará al punto de convertirle en un cínico asesino que diseña su propio ascenso social y económico sobre el cadáver de un joven heredero. Literalmente. A partir de ese momento, Ripley se forja una cómoda existencia entre macizos de flores y obras de arte, aunque nunca abandonará esa pulsión fría que le lleva a cometer crímenes sin el menor asomo de culpa o arrepentimiento. Un tipo curioso este Ripley, porque a ojos del lector su conducta no le convierte en un ser desagradable o aborrecible. Al contrario: la naturalidad con la que aborda cada una de las situaciones es tan verosímil que a pocos se les ocurriría poner en entredicho las motivaciones que le mueven a actuar como lo hace. A Ripley no le han faltado caras cinematográficas: desde Alain Delon (el mejor) y Dennis Hopper hasta John Malkovich (nuestro favorito) y Matt Damon. Todas las adaptaciones son bastante libres para que el contenido argumental le resulte sólido y convincente al espectador no iniciado. Y aunque en algunas se intuye que Ripley es desenmascarado, la justicia nunca logrará probar ninguno de sus crímenes. Patricia Highsmith, su cronista a lo largo de casi cuarenta años, murió en 1995; pero no descartamos que Ripley siga viviendo en alguna villa de la Riviera Francesa o, mejor aún, bajo el sol de Marbella, haciendo de las suyas y amparado, como siempre, por la más absoluta impunidad.

18 Febrero 2015

yo tarzán, tú jane

Publicado en atrapa al personaje por franciscru a las 13:40 h.

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El huérfano John Clayton fue recogido por una manada de simios cuando quedó solo y desamparado en la inhóspita selva africana. No se sabe muy bien si se trababa de chimpancés o de gorilas porque el autor, Edgar Rice Burroughs, describe confusamente a la familia adoptiva del futuro héroe, el primero de una larga saga alumbrada a lo largo del prodigioso siglo XX. Burroughs, antiguo soldado del 7º de caballería y escritor de ciencia ficción más bien chapucero, sabía tanto de la jungla como de Marte, pero eso no le impidió describir con profusión un escenario que nunca conoció personalmente. Lo cierto es que su personaje estrella, blanco como la leche y apenas cubierto con un taparrabos, se fue abriendo camino por las sendas de la literatura, la historieta, el cine, la radio y la televisión. Desde su nacimiento hace cien años, no ha habido generación que no haya contado con su “versión” de Tarzán, perdurando pese al tiempo transcurrido como un icono reconocido y reconocible cuyo nombre sigue custodiado y celosamente protegido por la marca registrada propiedad de los herederos de Burroughs. Hay quien quiere ver en el Tarzán primigenio la ilustración perfecta del modelo de “supremacía blanca“, muy extendido y generalmente aceptado por la sociedad de principios del siglo XX, y no hay duda de que el lector moderno se extrañará de que las numerosas escaramuzas protagonizadas por Tarzán no dejen rastro alguno de en la nívea piel del hombre salvaje. Por su parte, Hollywood se encargó de los detalles accesorios que contribuyeron a consolidar el mito de Tarzán: las monadas de Chita (hermana de leche) o el grito sinfónico que movilizaba todo el gallinero (la jungla, se entiende).

11 Febrero 2015

highsmith o la frustración

Publicado en De cine, audio libro, el escritor por franciscru a las 14:47 h.

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Entre gatos y caracoles, Patricia Highsmith escribió sus historias más memorables: instaló la maldad en personajes que aún nos parecen convincentes porque están muy bien construidos. Quizá el amor que profesaba por felinos y gasterópodos era el que le faltaba por el género humano. Cuenta la propia Patricia que con nueve años leyó un libro de un influyente psiquiatra de la época; los psicópatas que desfilaban por sus páginas marcaron la derrota de la mayoría de las situaciones que comenzara a describir ya con quince años. La mirada de la Highsmith cultivó la simpatía hacia lo siniestro, la dimensión ignorada y desconocida del ser humano, la que nos inclina hacia el “lado oscuro” cuando se dan condiciones para ello. Esta proyección a contraluz nos obliga a entender a los asesinos de Highsmith con cierta empatía; no se trata de elementos sanguinarios ni de criminales sin entrañas. Simplemente son personajes marcados por algún tipo de frustración que se limitan a difuminar esa delgada línea que separa el bien del mal, obligando al lector a ajustarse las lentes mientras le pone en la desagradable tesitura de censurar una conducta o adherirse al homicida sin más contemplaciones. Highsmith nació con aliento de aguarrás (se dice que su madre intentó quitársela de enmedio bebiendo un vaso hasta arriba). Su biografía señala que desde ese momento todo fue a peor. Sin embargo, ni los embates existenciales ni los reveses sentimentales lograron vencer la determinación literaria de la escritora, una mujer alcohólica y huraña, de trato difícil, que supo mantenerse al margen de las modas y, exceptuando la producción (bastante digna, por cierto) de subsistencia, fue siempre fiel a sí misma, lo que contribuyó a convertirla en una escritora de culto, sobre todo en Europa, donde buscó el cobijo que no encontró en su tierra. Hay quien opina que le estilo de Highsmith no casa con el del moderno lector de novela negra, que la psicología minuciosamente depravada de sus personajes les inmuniza contra las etiquetas de “buenos” y “malos” que el cine americano ha contribuido a consolidar. Pero no hay quien niegue que las detalladas, complejas y redondas tramas de sus cuentos y novelas gozan de buena salud y todavía son objeto de rediciones y adaptaciones cinematográficas, alguna de ellas ciertamente mítica, como la de su primer éxito literario, aquel que le permitió dedicarse por entero a la literatura: Extraños en un tren, de 1950. Como bien se sabe, la versión para la gran pantalla fue dirigida por Alfred Hitchcock y adaptada por Raymond Chandler, otro eminente creador alcohólico.

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4 Febrero 2015

liber chronicarum

Publicado en biblioteca virtual, vale más que las pesetas por franciscru a las 21:39 h.

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Intuyo que para un ciudadano maduro, que ha vivido la revolución tecnológica de las últimas tres décadas, no resultará difícil imaginar el grado de excitación que a mediados del siglo XV provocó la invención y posterior desarrollo de la imprenta. Los más jóvenes quizá precisen de algún otro detalle complementario: la edición rápida, económica y fidedigna de los libros elevó las posibilidades de alfabetización y permitió el acceso global a la ciencia, la teología, la filosofía y la literatura. Resulta pues perfectamente justificable que durante los primeros años se imprimieran fundamentalmente textos que recogían la práctica totalidad del conocimiento de la época, empezando por la Biblia. El Libro de las crónicas contiene además un sinfín de xilografías de muy bella factura, coloreadas a mano en las versiones más lujosas, práctica habitual de cualquier edición impresa que tuviera la intención de parecerse lo más posible a las copias “manuales”. Nos podríamos solazar durante horas en cada uno de los pequeños detalles que nos presenta el principal iluminador, Michael Wolgemut, maestro del gran Durero: planos, mapas, escenas, ciudades, genealogías… En este libro se confunden la antigüedad clásica con la historia sagrada, la cosmología o los acontecimientos medievales o contemporáneos. En la selección que presentamos aparecen las curiosas estampas de blemiasesciápodos, hombres lobo, faunos o mujeres barbudas, todos ellos parte del bestiario medieval que imaginaba así a los pobladores de remotas tierras inexploradas, una persistente visión medieval que contribuyó a menospreciar y sojuzgar a las civilizaciones que se fueron tropezando los europeos en sus primeras incursiones coloniales.

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