23 Abril 2015

día del libro: los cuentos del gato

Publicado en General, escribiendo por escribir por franciscru a las 12:10 h.

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Existió una vez, hace cientos, ¡no, miles de años!, allá por la prehistoria, una tribu de cromañones que descubrió algo grande, muy grande en la historia, pero eso ya lo veréis. Esta tribu no era diferente a las otras. Vivían en una aldea hecha a base de palos, de una extensión un poco pobre. En ella habitaban unas veinticinco personas. Pero entre estas personas había uno que destacaba, era una especie de héroe o protector del pueblo y siempre ayudaba a los demás. Se llamaba Haruk. Haruk era un hombre fuerte, grande y guapo (un tipo con clase). Llevaba siempre una piel colgada y un machete, por si las moscas. En aquellos tiempos también existía un dios, el padre de todos los posteriores. Era robusto y alto, tenía una cara un tanto extraña con pelo revuelto, tres ojos en vez de dos, una nariz grande y gorda y una boca grande llena de cientos de dientes afilados. Siempre llevaba un manto de piel de mamut y una especie de bastón de madera en la mano derecha que utilizaba para hacer su magia. No era muy serio pero tampoco era muy simpático. También era generoso con quien se lo mereciera. Se llamaba Atón. Un día unos neandertales atacaron la aldea de Haruk. La batalla duró días pero Haruk consiguió vencerlos haciendo que pensaran que eran más con unos maniquíes gigantes que construyeron entre todos, (incluyendo los niños y los ancianos) y así salvar a todo el pueblo. En otra ocasión salvó a unas personas que se ahogaban en un lago. Y otro día salvó a unos animales que se hundían en arenas movedizas (pero eso sí, se los comió). Atón, que había visto todo eso, decidió recompensarle con algo que él llamó Fuego. Para invocar a Fuego, Atón provocó una gran tormenta de rayos y truenos que incendió un tronco seco. Justo pasaba por allí Haruk y al ver a Fuego se asustó, pegó un salto y casi se cae por un precipicio (oportunamente colocado). Haruk pensó en qué hacer con aquel nuevo descubrimiento. Era una especie de lengua de luz naranja que desprendía un agradable calor. Haruk intentó tocarlo.

─ ¡Aaaaaaaaaaah!

Haruk sacó su cuchillo de piedra al abrasarse la mano con Fuego (lo que era una sensación que no había sentido nunca). Después de unos minutos atacando a Fuego dando cuchillazos al aire, entendió que no le hacía nada y se guardó el cuchillo, pero estaba tan caliente que le quemó las pieles (la suya y la de oso que llevaba). Haruk gritaba y corría mientras se abrasaba. Entonces empezó a rodar por el suelo y mágicamente Fuego se apagó. Decidió coger un poco de Fuego y llevarlo a su aldea pero al cogerlo se quemó otra vez las manos. Después de una hora intentando coger a Fuego (quemándose múltiples veces), tropezó con una rama que se acercó a Fuego y ardió. Haruk la cogió pero por el lado que no debía y se chamuscó. Al final logró coger el fuego y llevárselo, pero con un gran dolor en todo su cuerpo. Cuando llegó a su aldea todo el mundo se asustó al ver a Fuego. Haruk lo puso en medio de la aldea y la gente poco a poco se empezó a acercar. Muchos lo tocaron y se quemaron. Otros no se acercaron y uno o dos intentaron llevárselo. Enseguida acudió el sabio de la tribu. Era tan sabio que conocía el secreto para sumar palitos. Pero ni él sabía qué era aquel raro descubrimiento. Después de unas horas se puso a llover. Haruk y su tribu vieron que Fuego se apagaba. No sabían por qué era así que se pusieron a gritar. Intentaron de todo y no funcionaba. Hasta que Haruk resguardó a Fuego en una cueva. Entonces vio que revivía. Alrededor de él se puso toda la tribu a disfrutar del calor que Fuego desprendía. Después de años Haruk y los suyos aprendieron a usar Fuego. Lo usaban para cocinar la carne cruda que cazaban, para calentarse, para defenderse de animales y para incluso adorarlo, algo que al dios no le gustaba mucho. Pero había un problema, todas las tribus querían a Fuego. Sufrían constantes ataques de otros. Entonces decidieron hacer una cosa: quemarían las aldeas de otras tribus que intentaran atacarle. Durante meses vivieron protegiendo a Fuego, quemando a todos los que se acercaran. Habían descubierto los poderes destructivos de Fuego. Una vez una tribu consiguió una parte de Fuego y estuvieron en batalla varios días. Y esto es lo que acabó de cansar al dios. Atón, vio lo que había causado regalándoles a Fuego y pensó en una solución: después de un tiempo pensando decidió que provocaría un gran diluvio que apagaría todo Fuego existente. Durante días llovió y llovió sin parar, lo que apagó del todo a Fuego. Cuando el diluvio acabó todo estaba destruido. Las aldeas, los bosques… Haruk y su tribu comprendieron que habían abusado de Fuego y que por eso les había sido arrebatado. Después de unos dos años, todo volvió a la normalidad, pero sin Fuego. A Atón ya se le había pasado el enfado. Un día Haruk salió de caza y su hija Masar se quedó con sus amigos. Estuvieron jugando con una piedra. Masar la lanzó al suelo con fuerza y vio que salía una pequeña chispa de allí. Intentó tirarla otra vez y otra vez, y en una de estas la chispa salió disparada a un trozo de hierba seca que ardió al instante. Masar llamó a toda la tribu. La gente no se lo podía creer. Tenían otra vez aquel Fuego que habían perdido hace años. Pero esta vez lo usarían para fines no destructivos. En unos añitos ya tenían una civilización: motores, coches, aviones, electricidad y muchas otras cosas. El dios quedó satisfecho con lo que había hecho ya para siempre, pero no viviría para ver las catástrofes que produciría Fuego, ya que le sucederían otros dioses por todos conocidos, como por ejemplo Zeus, Marte, Thor, Yahvé, etc.

E. R. F., alias “Bob”. 1º C

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14 Abril 2015

cómo suena un tambor de hojalata

Publicado en el escritor, escribiendo por escribir, musica y literatura por franciscru a las 12:36 h.

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Vaya, hombre… Han fallecido dos escritores universales, un referente obligado para los que se empeñan en diseccionar las entrañas del pasado siglo XX. Durante unos días se dirá y se escribirá de todo sobre GyG (Grass y Galeano, Galeano y Günter). Así que siguiendo una política de ahorro intelectual, vamos a dejar que los expertos opinen. Pero no por ello vamos a dejar de lamentar, a nuestra manera, la desaparición de parte de la memoria de los últimos sesenta años. Las lecturas adolescentes de GyG despertaron el interés por las distintas visiones de la historia y fue el germen de los primeros discursos moderadamente coherentes con una naciente conciencia democrática. Hoy la sobada portada de Mario Eskenazi nos devuelve al insufrible Oscar Matzerath (interpretado en el cine por el actor David Bennent. por si alguien le quiere poner cara al personaje), el testarudo niño cautivado por el sonido de un tambor de juguete que se niega a crecer. Y de ahí el dedo escrutador nos lleva hasta el lomo de Las venas abiertas de América Latina, obra tan censurada y perseguida como el propio autor, obligado a escapar de una bonita colección de dictadores que bien a gusto le hubieran cortado la lengua en finas lonchitas. Hoy (¡paradojas de la historia!) otros autócratas reivindican su figura y regalan volúmenes del libro a otros líderes mundiales a modo de presente aleccionador… una prueba irrefutable de que el género humano es incorregible… Para GyG, uno y otro, vaya nuestro reconocimiento y el pequeño homenaje musical: se trata de uno de los más conocidos Coros de J. S. Bach, cuyos primeros versos rezan así: ¡Oh, cabeza lacerada y herida, llena de dolor y escarnio! ¡Oh, cabeza rodeada, para burla, de una corona de espinas! ¡Oh, cabeza otrora adornada con elevados honores y agasajos, y ahora grandemente ultrajada!

13 Abril 2015

buscadores de oro

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 10:56 h.

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Somos buscadores de tesoros. Vivimos pensando en la fortuna enterrada a nuestros pies, o la que se esconde en las cuevas que el mar horadó pacientemente en los acantilados. Como el hobbit, buscamos las riquezas que un dragón custodia bajo la montaña, el oro que se emplea en la confección de un teléfono celular o el que brilla en los dedos de la vieja tía solterona y que algún día será nuestro… Somos saqueadores en nuestra propia Reed Gold Mine, donde diariamente lavamos en bateas relimpias la esperanza de hacernos ricos, creyendo descubrir en cada destello, en cada brillo inesperado, una señal del cambio de suerte. Con apenas la veintena, el escritor Jack London (autor de Colmillo blanco) recorrió las orillas del Klondike, escarbando la arena negra en la que se ocultan diminutas lágrimas doradas, germen de locura para muchos hombres. Curiosamente, London descubrió en las frías latitudes del norte otro filón que posteriormente le haría rico y famoso: la inspiración para numerosos relatos y novelas muy populares entre los lectores de principios del siglo XX. Sin embargo, la vida apasionada y el alcohol le impedirán disfrutar de la dicha que, dicen, suele acompañar a los caudales: emprende proyectos que no concluye y que comprometen la calidad de su producción literaria. Se jacta de beber un litro de güisqui al día sin ocuparse en el progresivo deterioro de su salud. En mil novecientos dieciséis el escritor es un hombre enfermo que ha experimentado el vértigo de una existencia colmada de toda suerte de emociones. Murió de una sobredosis de sulfato de morfina. No se sabe si fue una decisión deliberada o un accidente. Lo cierto es que este admirador de Nietzsche y firme creyente en la reencarnación dejó de existir a la temprana edad de cuarenta añitos (como su paisano Edgar Allan Poe). A decir de muchos, no encontró aquello que buscaba, pese a que en su camino hubo infortunio, penalidades, dicha, dinero y triunfo. Quizá lo que perseguía Jack London no era cosa de esta vida y ahora mismito esté retozando feliz en una mullida pradera, reencarnado en el corpachón de un grizzly que contempla sin miedo el ocaso que ya se anuncia en el horizonte.

Mientras se asoleaba, a Jacob Kent lo asaltó una idea que lo hizo saltar de la silla. Los placeres de la vida habían culminado con el continuo acto de pesar y volver a pesar el nuevo oro; pero una sombra se había proyectado sobre este grato pasatiempo, que hasta el momento no había podido dejar de lado. Sus pesas eran realmente pequeñas, como máximo podían pesar una libra y media (veinticuatro onzas, o setecientos gramos), en tanto que su tesoro alcanzaba unas tres veces y un tercio esta cantidad. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación, y, por tanto, consideraba que lo estaban privando de una forma nueva y sumamente edificante de contemplación. Al serle negado esto, había perdido la mitad del placer de la posesión.

De El hombre de la cicatriz, recogido en el libro The God of His Fathers & Other Stories (1901)