26 Mayo 2015

ancha es Bardulia

Publicado en De cine, atrapa al personaje, biblioteca virtual, musica y literatura por franciscru a las 12:43 h.

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Lo de ahora no es nuevo; en el siglo XI, por ejemplo, la Península Ibérica era un semillero de reyes y reyezuelos que se disputaban a mandobles hasta el último palmo de tierra. La idea más o menos romántica que tiene como trasfondo una guerra de religión disimula la verdadera naturaleza del conflicto, que en términos generales podría describirse de “todos contra todos”, llevándose la palma la de “moros contra moros” y “cristianos contra cristianos”. La cuestión teológica se reducía a una mera diferencia de logotipos. En este contexto no es raro que los anónimos autores de los cantares de gesta se prendaran de la bizarra figura de algún sanguinario caballero de los que por entonces la espada ceñía. El preferido fue Rodrigo Díaz, alias El Cid, un personaje rigurosamente histórico sobre el que se han construido historias rigurosamente ficticias. El Romancero le fue tejiendo una fina camisa de lino con la que, a lo lejos, nos parece contemplar un héroe sin mácula, buen hijo, buen marido, buen vasallo, buen cristiano… pelín temperamental e impetuoso. Con esas hebras nos sale una leyenda que se impuso a la historia en forma de medidos versos que hoy leemos con el orgullo de ser los herederos de tan imponente legado medieval. El Cantar de mio Cid es un Cantar de Gesta alimentado por otras tantas historias de tradición oral que se compuso cien años después de la desaparición de Don Rodrigo, y en el que se cuida de guardar, eso sí, algunos detallitos biográficos que no le son favorables al de Vivar. El manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional es una copia del siglo XIV del original, escrito o copiado a su vez por un tal Per Abbat un siglo antes. Gracias a este libro, hemos conservado casi en su integridad el contenido del poema, que ha sido editado en múltiples ocasiones. Los autores de la película sobre el Campeador protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren (¡Ah, doña Jimena!) se inspiraron en la versión de Don Ramón Menéndez Pidal, sobrino del que por entonces era dueño del tan famoso libro. En 1960, una fundación (sin ánimo de lucro, claro) lo compró por diez millones de pesetas de entonces para después donarlo a las autoridades del régimen. Desde entonces aguarda en la Biblioteca Nacional a que estudiosos de medio mundo lo analicen y estudien, y ahora, con ayuda de internet, a que cualquiera se pasee por sus hojas como quien hace un viaje en el tiempo.

14 Mayo 2015

¿hay alguien ahí?

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 16:08 h.

fosforos_biblioluces

Las emergente generación de escritores en español está perfilando el estilo literario de estos primeros años de siglo. Demostrar oficio y pericia no es fácil ahora que internet le brinda a cualquiera la oportunidad de difundir su producción. Pero precisamente esa sobreabundancia de palabra escrita es el principal inconveniente con el que se enfrenta el lector curioso. En principio, todo el mundo escribe para ser leído. Incluso los que redactan un diario personal se dirigen a sí mismos o a su círculo más próximo un mensaje inspirado por el momento, quién sabe si con intención de alimentar la nostalgia o para preservar esos recortes de intimidad que la omnipresente cámara del teléfono celular no puede recoger. Sea como fuere, desde el grafitero enamorado que busca un centímetro cuadrado vulnerable a los pies del falso balcón de Julieta allá, en Verona, hasta torpes escribidores como nosotros que se sobreponen a su mediocridad, todos, absolutamente todos albergamos la esperanza de posarnos en las aguas mansas del lector inadvertido y remover el lodo joven del fondo, enturbiar el lecho, dejar huella de nuestro paso por recónditos universos interiores, marcar  la memoria de alguien, aunque sea levemente… De esta forma, junto a pastiches de difícil calificación, surgen obras que son destellos del talento, generosas aportaciones creativas que nos hacen pensar que no todo está inventado. La gran producción con vocación literaria está marcando una etapa en la que los protagonistas son las obras, no los autores; éstos surgen por doquier, escriben algo interesante y luego se agotan o desaparecen, sin apenas tiempo para que sus nombres empapen reseñas y críticas. Como fósforos cansados de arder cuando sus cabezas apenas han empezado a chisporrotear. O fósforos mojados, como los de esta joven escritora, localizada por azar en la red…

Fue una época mala. Tenían poco trabajo cuando les llegó la enfermedad de mi hermana Leticia. Y para colmo de males Dora, con ese problemita de nacimiento en la piel. Este es un pueblo que queda de camino a Tigre, la gente hace una parada obligatoria porque en todos los mapas que les dan a los extranjeros figura como “lugar de interés”, pero la verdad es que no teníamos nada de interesante hasta que la nena, ahí estirada como un chicle por el sol en la vidriera, empezó a generar un ingreso superior a los suvenir de Gardel que vendíamos en todas las épocas turísticas. Horacio y Leticia se dieron cuenta de casualidad. No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.

Mariana Komiseroff. Fósforos mojados (2014).

9 Mayo 2015

autos

Publicado en De cine, Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 14:19 h.

auto_biblioluces

Desde el mismo momento de su concepción, el coche ha ejercido un poderoso magnetismo que en poco más de un siglo nos ha llevado a identificar nuestro modo de vida con este armatoste autopropulsado, el comienzo y el final de cualquier interacción con el entorno. Más allá de su indudable utilidad (de ahí lo de “utilitario”), el desplazamiento ha pasado a ser un asunto secundario como bien se encarga de subrayar la publicidad. ¿Te gusta conducir?, entonces… ¿Qué más te da que no tengas dónde ir? ¿Te va a retener la subida bestial del carburante? ¿Consientes que el vecino, que es un muerto de hambre, maneje un modelo mejor que el tuyo y te lo aparque delante de las narices? Todo movimiento de política populista pasa por atraer a las multinacionales del ramo, fomentar la compra de automóvil nuevo, construir autopistas y carreteras a cualquier precio, grabar la contaminación que provoca, idolatrar a los pilotos deportivos de dudosa fidelidad fiscal u otorgar licencias fraudulentas a los que velan por la inspección técnica del numeroso y suculento parque móvil… eso por no hablar de las sanciones al tráfico rodado o los intereses que se mueven alrededor de los carburantes, las estaciones de servicio, la “zona azul”, los aparcamientos. A principios del siglo pasado fueron los ricos y poderosos quienes sucumbieron a la fiebre de la velocidad, identificando el progreso con la automoción. El automóvil pronto se fue motivo literario: Joyce introduce una competición de velocidad en un cuento de Dublineses (1914), y a principios de los años treinta Musil da comienzo a El hombre sin atributos con la descripción de un accidente de tráfico. Más próximo a nosotros, nuestro querido Fernández Flórez publica en 1938 El hombre que compró un automóvil, un libro disparatado en el que se anticipa el moderno culto al coche y hasta se ironiza sobre las incisivas técnicas de venta. Como apunta Manuel Rodríguez Rivero, “el coche sirve en la literatura para el amor y el cortejo, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para matar y morir, para empezar de nuevo, como signo de estatus, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), como agente de excitación sexual (Crash, de J. G. Ballard, 1973). El automóvil, ese “admirable artefacto”, como lo llamó el entusiasta Ortega y Gasset en 1930, ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas.”

Los autos venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los autos azules —los autos de sus amigos los franceses.

James Joyce. Dublineses (1914) 

2 Mayo 2015

historia natural

Publicado en biblioteca virtual por franciscru a las 16:26 h.

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La sutil cuestión de si fue el hombre el que creó el arte y, si por el contrario, fue el arte mismo es el que nos hizo humanos es susceptible de ser ampliada con este nuevo interrogante: ¿es la naturaleza misma la que inspira al artista o el arte es el que interpreta nuestra percepción de la naturaleza? Al contemplar algunas de las maravillosas láminas de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, un biólogo creerá estar viendo una exquisita y detallada descripción de la flora colombiana. Los otros, los que no perseguimos al detalle las caprichosas formas del perianto, o la cabeza apuntada de una caliptra, que tanto nos da, nos sorprenden las similitudes entre una hoja de Aristochia y un corazón, o la trama fractal de una Marathrum foeniculaceum que se despliega alrededor de un núcleo bulboso y colorido que alimenta nuevos brotes. La expedición botánica que alumbró estos y otros trabajos de impecable rigor científico se puso en marcha en 1783 y se prolongó hasta 1816. Aquel equipo estaba integrado por naturalistas, recolectores y geógrafos, pero también por artistas, pintores y dibujantes, dispuestos a tomar apuntes de una indómita región que les ofrecía los tesoros vírgenes de su flora, potencialmente mucho más valiosa y enriquecedora que los míticos yacimientos de oro y plata que siglos antes despertaran la ambición de los pioneros españoles.