25 Noviembre 2019

adán y raza, azar y nada: entrevista con José Pablo García

Publicado en Recomendaciones, atrapa al personaje, el escritor, el tebeo, vale más que las pesetas por franciscru a las 12:03 h.

Este palíndromo encabeza Satarsa (1982), un relato breve de Julio Cortázar, publicado el mismo año en el que el dibujante José Pablo García se asomaba por vez primera al patio de luces de su Málaga natal. Con once primaveras tomó la alternativa en el periódico local El Sol de Antequera, remedando a uno de los grandes: Don Antonio Mingote. Han pasado algunos años desde entonces (aunque no tantos) y el estilo de este joven creador ha consolidado a lo largo de una trayectoria corta pero fructifera. Y si lo más laudatorio que se puede decir de un autor es aquello de que lo mejor está aun por llegar, se lo aplicamos sin riesgo a José Pablo, que se ha atrevido a ilustrar la obra de un historiador británico de renombre y resuelve con sobresaliente la adaptación gráfica de la novela Soldados de Salamina, del multilaureado Javier Cercas (Cáceres, 1962). El perfil y los méritos de este dibujante nos invitan a conocerle un poco más, como siempre con la intención de orientar los pasos de los que siguen su estela. Y en eso estamos…

Bl. A nosotros nos gusta pensar que el libro ilustrado, que el tebeo en sí, es una pequeña obra de arte ¿Estás de acuerdo?

J.P. Lo que hace pequeña o grande a una obra de arte es su ambición, no el medio que se utilice para expresarse, y hay autores del cómic, como Chris Ware, que están entre algunos de los artistas más importantes e influyentes del mundo. Sus libros deberían estar en los museos.

Bl. ¿El cómic es un reclamo para que las nuevas generaciones de lectores se enganchen a la gran literatura?

J.P. Los tebeos han sido fundamentales en la formación de grandes lectores a lo largo del último siglo, pero no tengo muy claro que ahora sea así, al no ser un medio tan popular como antes. Hay que pensar que en la posguerra española, por ejemplo, los niños no tenían televisor, ni videojuegos, ni móviles, ni tantas ofertas de ocio como ahora; sólo les quedaba jugar en la calle o leer tebeos, que por entonces tenían tiradas de millones de ejemplares. El uso de dibujos permite entrar en las historias de manera más inmediata y sí que es un primer paso para lectura muy valioso, pero no por ello es un medio menor que la novela, el ensayo o la poesía. Hay novelas gráficas de gran madurez y complejidad que también podrían considerarse gran literatura.

Bl. En el caso de adaptaciones tan importantes como las de Preston o Javier Cercas, ¿qué te condiciona más: la opinión de los autores o las expectativas de tus potenciales lectores?

J.P. Si pensara en la opinión de mis futuros lectores, o de los autores de esas obras, posiblemente me bloquearía y no haría nada. Ya tengo suficiente con mi nivel de autoexigencia, que me hace sufrir bastante. Mi única intención, cuando se trata de encargos de ese tipo, es contar las historias de la mejor forma y lo más claramente posible.

Bl. Después de comprobar cómo te recreas con soltura en varios estilos clásicos, ¿crees que a estas alturas tienes un estilo propio (e inconfundible)?

J.P. Sí, aunque he dado muchas vueltas en ese sentido, tengo un estilo más funcional al que siempre recurro y con el que me siento muy cómodo. Al final el estilo es algo en lo que no hay que pensar, es algo que surge después de dibujar mucho.

Bl. ¿Cómo vences el vértigo de “la página en blanco”?

J.P. No recuerdo qué se sentía con ese vértigo porque llevo algunos años sin trabajar en una historia desde cero, sólo haciendo adaptaciones, guiones de otros o historias reales con base documental. Eso no quiere decir que no le dé vueltas a la forma de representar algo, pero siempre tengo esa base para empezar a trabajar.

 «Estamos demasiado saturados de imágenes, hay demasiado ruido visual por todos lados»

Bl. Se puede decir que en La Guerra Civil Española lo que haces es “escribir con dibujos”… ¿Qué debe aportar el dibujante en un mundo donde la imagen lo domina todo?

J.P. Desde la llegada de internet, estamos demasiado saturados de imágenes, hay demasiado ruido visual por todos lados. Por eso creo que es importante ser claro, que la imagen sea directa, y contar las cosas de la manera más sencilla y efectiva posible.

Bl. En Las aventuras de Joselito homenajeas el tebeo de todo pelaje. Hace unas décadas el cómic era un consumible habitual dentro de un mercado infantil y juvenil muy dinámico, donde se leía, se releía y se intercambiaban revistas y cromos… Estampas del pasado… ¿Qué espacio tiene reservada la cultura actual al noveno arte?

J.P. Como decía antes, el cómic es un medio que no goza de la popularidad que tenía antiguamente, pero a cambio sí creo que tiene más prestigio y presencia en los medios de comunicación. Se trata con cierto respeto, y no como una afición de “frikis”, que era la imagen que se tenía de ellos hasta hace muy poco.

Bl. ¿Cómo ves el cómic español en la actualidad? ¿Qué autores te parecen más interesantes?

J.P. Vivimos en un momento muy bueno, se publica más que nunca y no paran de salir nuevos autores con un gran nivel. En parte se debe a que ahora hay un mayor acceso a todo lo que se está haciendo, gracias a Internet, y eso permite que los dibujantes no vivan tan aislados como antes y se enriquezcan unos a otros. Mis preferidos son muchos, pero diré a Albert Monteys y Rayco Pulido, que me gusta todo lo que hacen, y recomiendo sobre todo a Carlos Giménez, que sigue vivo y es el autor de Paracuellos, posiblemente la obra más importante del cómic español.

(Continuará) 

9 Noviembre 2019

el muro

Publicado en ciudades de libro, escribiendo por escribir por franciscru a las 18:33 h.

El 12 de agosto de 1961 Detlef K., residente en Berlín-Este, acudió a la American Memorial Library, biblioteca localizada en el sector occidental, y tomó en préstamo tres libros. Durante la noche, las autoridades de la zona soviética desplegaron los primeros metros de alambrada que separarían a los alemanes durante veintiocho años. En ese momento Detlef desconocía la trascendencia futura de tales maniobras, pero intuía que no podría devolver los libros a tiempo. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro. A la mañana siguiente, el probo ciudadano se puso el abrigo gris con coderas en las mangas y se caló su gorra de algodón angoleño. Con los tres libros bajo el brazo, acudió a la biblioteca para reintegrar el préstamo, convencido de que podría persuadir a los gerentes de la institución de que el retraso se había debido a imponderables de la historia. Los que no estuvimos allí, al menos físicamente, recordamos con particular emoción la apertura del muro. Había caído el símbolo de una ofensa injusta y arbitraria, que una generación entera había vivido como “natural” consecuencia del enfrentamiento entre dos bloques: el capitalista por un lado y el comunista por el otro. “Provistos con picos o con tan solo las manos, cientos de ciudadanos golpearían con rabia contenida durante años los ciento sesenta kilómetros de doble pared y de oprobio hasta desmenuzar la mayor parte de lo que fue el símbolo por excelencia de la Guerra Fría y convertirlo de esa forma en miles de inofensivos souvenirs”. (Ricardo Martín de la Guardia, La caída del muro de Berlín, 2019). Son innumerables las obras literarias, tesis, ensayos, obras de teatro, películas, series de televisión e incluso comics que directa o indirectamente están inspirados en este episodio reciente de la humanidad. También son incontables las revisiones históricas y las monografias sobre el tema. A día de hoy, numerosos testigos pueden relatar en primera persona lo sucedido durante aquel lejano 1989. Todavía bajo la influencia de una importante carga emocional, persiste cierta dificultad para el análisis objetivo de los hechos, pero lo cierto es que con la perspectiva que nos dan estos treinta años hay que reconocer que en la medida en que el muro representó la división tajante entre mundos ideológica y políticamente diferentes, su demolición alumbró esperanzas que no fraguaron del todo… Finalmente Detlef K. fue exonerado de pagar la sanción correspondiente, pero la bibliotecaria le retiró el carné de usuario por un periodo equivalente a los días de retraso.

5 Noviembre 2019

de entre los libros de

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 1:41 h.

Hubo un tiempo en que los libros eran un bien preciado. Quien podía acceder a la palabra escrita tenía la oportunidad de aprender a leer. Y la lectura era la llave del conocimiento. Los ricos y poderosos presumían no ya de lecturas doctas o piadosas, sino de los valiosos volúmenes que habían logrado atesorar, de ordinario comprando o canjeando, sin descartar regalos, robos o rapiñas. Cuesta creer que el progreso sedimentara sobre tales cimientos, pero así fue. De esta forma los libros se convirtieron también en objetivos. Cada cual componía una lista de títulos proscritos, so pena de requisa y consigna… Eso en el mejor de los casos. Era habitual que los implacables censores burlasen el ímpetu sancionador y se reservaran un ejemplar de entre todos los que entregaban a las llamas purificadoras. Nadie mejor que los fieles servidores de Señor para disfrutar de la fruta prohibida. Textos extraviados por éstas u otras contingencias se buscaron infructuosamente durante siglos. Algunos eruditos se hubieran ofrecido gustosos al tormento de hierros candentes a cambio de poseerlos siquiera unos instantes a la luz de un candil. Cuando la imprenta multiplicó las tiradas, los libros circularon con prodigalidad, pero la reverencia hacia ellos no hizo sino aumentar, acrecentando con ello la curiosidad y el ánimo de saber de los que hasta entonces no habían podido soñar con una biblioteca propia. Se ha descrito bien la natural disposición del hombre a salvaguardar lo que considera suyo, y los libros no fueron una excepción. Los nobles blasones con alarde de yelmos y tenantes aludían a la propiedad y disipaban las malas tentaciones. Institutos, gremios y congregaciones de toda condición se sumaron a la moda, señalando con estampas bien visibles los ejemplares de sus fondos. Era lo que se dio en llamar exlibris, locución latina que figuraba a modo de leyenda en estas marcas de propiedad, y cuyo significado es “de entre los libros de”. El exlibris se extiende durante el siglo XVI por Francia, Inglaterra, Holanda e Italia, debido en parte a las aportaciones que realizaron artistas como Durero, Cranach y Holbein, que realizaron pequeñas obras de arte para hacendados y bibliófilos de la época. La estampa finamente grabada experimenta un auge a principios del siglo XX entre aquellos que desean expresar de manera exquisita su amor por los libros. El sello se personaliza sustituyendo los motivos heráldicos por otros que lo convierten en una marca única, íntimamente identificada con el propietario. En el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española (2001) leemos la siguiente definición: Exlibris: “etiqueta o sello grabado que se estampa en el reverso de la tapa de los libros, en la cual consta el nombre del dueño o el de la biblioteca a que pertenece el libro”.