22 Marzo 2020

tiempo de leer

Publicado en Recomendaciones, el escritor, escribiendo por escribir por franciscru a las 14:01 h.

Ahora más que nunca hemos de tomar conciencia de que somos eslabones de una cadena. Tenemos la misión individual y casi sagrada de no flaquear, de no comprometer la solidez del conjunto, de resistirnos como ciudadanos libres e informados al miedo, el desánimo, el egoismo y la estupidez. El virus tiene todos los ases y hemos de esperar una buena mano para empezar a recuperarnos. Ayuda a tu familia, protégela y prepárate para una larga cuarentena en salud, que en la enfermedad no cabe más precaución que la de preservar del contagio a los demás. No será ésta la última ocasión en vuestra vida en la que os encontréis ante circunstancias excepcionales, así que este es un momento tan bueno como cualquier otro para aprender. Os proponemos que leáis. Leer es un excelente antídoto para sobreponerse a la crisis. Y para saber interpretar lo que ocurre a tu alrededor. Así no cometerás los mismos errores…

Los jóvenes que huyen al campo durante la peste que asoló la Comune de Florencia a fines del siglo XIV pasan el rato contándose historias al estilo de Las mil y una noches. Le corresponde a cada joven entretener por turno a los demás con sus relatos. Las jornadas se suceden. No todas las tardes pueden dedicarse al esparcimiento, pero sí una decena de ellas. De ahí el título del libro: El Decamerón, que en griego significa diez días (δεκα, diez y ημερα, día). Los diferentes relatos ―un total de ciento un cuentos, algunos de ellos un tanto licenciosos aunque nada que no pueda superar sin estrecheces un joven lector moderno― narran historias sentimentales, trágicas o moralizantes que en realidad le debemos al ingenio de Giovanni Bocaccioautor que adelanta el Renacimiento y en cuya obra confluyen las literaturas oriental y grecolatina así como el importante acervo de la tradición florentina y napolitana. Como ya dijimos, el escenario en el que se desarrolla el argumento de El Decameron es apocalíptico: el norte de Italia ha recibido el devastador abrazo de la peste negra, importada de Crimea por barcos que recalaron igualmente en buena parte de los grandes puertos europeos, magnificando los efectos de la epidemia en un mundo no tan globalizado como el actual, pero inquieto y comercialmente muy activo en la franja mediterránea. Murieron muchas personas, entre otros motivos porque no conocían los mecanismos del contagio ni los factores que lo propiciaban, por lo que no pudieron detener el avance de la bestia. Los que tenían posibilidades de subsistir fuera de sus hogares sin trabajar huían al campo para evitar el zarpazo de la peste… Tal era el caso de nuestras siete damitas y tres mozalbetes, (Pampínea, Fiameta, Filomena, Emilia, Laureta, Neifile, Elisa, Pánfilo, Filostrato y Dioneo). Pero cabe preguntarse si “escapar” de los miasmas pestíferos fue realmente una buena idea… Nuestros sufridos antepasados desconocían que el portador del bacilo que causa la peste es una pulga, que prolifera sobre sus huéspedes naturales: las ratas. Cuando éstas mueren a causa de la infección, las pulgas buscan un acomodo alternativo. La peste no se contagia directamente entre seres humanos, o lo hace en circunstancias muy especiales, por lo que la proximidad no determina la propagación aunque sí las deficientes condiciones higiénicas y de saneamiento. De hecho, el índice de mortalidad de la peste negra fue mucho mayor en zonas rurales con menor densidad de población, pero con un mayor censo de roedores. Los jóvenes y atolondrados protagonistas de El Decamerón protagonizaron sin saberlo una huída incierta hacia la muerte, que se agazapaba pacientemente entre “las verdes frondas de agradable mirar”.

«Yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos. Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los habitantes que en la ciudad».

10 Marzo 2020

yet I alive!

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 13:17 h.

El año en que sucedieron los hechos, el autor del Robinson Crusoe era un niño… el conocimiento o más bien el recuerdo que Daniel (De)Foe (1660-1731) pudiera tener de lo acontecido en el sur de Inglaterra entre abril de 1665 y septiembre de 1666 no resistiría el severo examen de la historia. Sin embargo, el escritor relata en primera persona la coyuntura de aquellos meses trágicos, durante los cuáles Londres perdió un quinto de su población. La causa: una epidemia de peste bubónica proveniente de Holanda que arribó a los repletos y bulliciosos muelles del puerto inglés. A Journal of the plague year. Written by a citizen who continued all the while in London fue publicado en 1722 bajo las iniciales H.F., lo que invita a sospechar que presumiblemente la obra estuviera basada en los diarios escritos por Henry Foe, tio del autor. Sea como fuere, Defoe completa lo que desconoce con lo que ha oído o, sencillamente, con lo que se inventa, recurso que no le es en absoluto ajeno al periodismo del que se hace hoy en día. Este testimonio novelado resulta muy revelador; describe ya no solo la evolución de la epidemia sino todas las claves de una infección masiva, que se propagó de forma incontrolada entre la población de barrios y parroquias sin respetar rango ni condición social. Sin embargo H.F., sometido como cualquiera al dictado de fuerzas que trascienden el empeño reparador de los hombres, pasea despreocupadamente, confiado en que no le señale el designio divino como a tantos otros. El autor toma nota de cuanto sucede como si los miasmas que flotan en el ambiente no fueran con él. Es, en cierta forma, un reportero acreditado en zona de guerra, yendo y viniendo de acá para allá sin más motor que la “curiosidad” y el “aburrimiento”. En la crónica dispersa y formalmente poco rigurosa podemos identificar claves que nos resultan familiares: la corrupción, el egoismo, la ignorancia o el desenfreno de una población aterida por el pánico y el hedor de la muerte que lo impregna todo (excepto, claro está, los calzones de H.F.). No es fácil imaginarse en una situación tal, aunque resulta mucho más próxima si abordamos el relato de Defoe desde la perspectiva que nos ofrece la crisis del coronavirus. Confinamientos, miedo, paralización económica, caos sanitario, recursos limitados, deserción, necesidad, superchería, negligencia, falta de escrúpulos… pero también solidaridad y entrega; la condición humana enfrentada al duro trance de la lucha por la supervivencia, una suerte de coreografía desesperada para evitar la danza de la muerte o, como es nuestro caso, el estigma doloroso de la enfermedad. En momentos como estos, en los que la invulnerabilidad es tan solo un concepto teórico, H.F. nos invita a calzar sus botas y recorrer los arrabales del subconsciente encarando los fantasmas que moran el interior, espectros que aguardan el momento propicio para manifestarse, sea por interés, miedo o desconfianza. Diario del año de la peste debería ser lectura aconsejable para aquellos que no saben nada, y obligatoria para aquellos que no saben nada de nada pero que sin embargo han de gestionar crisis sanitarias globales con templanza, determinación, inteligencia, conocimiento y valentía. Praesis ut prosis ne ut imperes.

He de detenerme aquí. Podría achacárseme el ser severo, y quizás injusto, si abordo el desagradable trabajo de atacar la ingratitud, sea cual fuere su causa, y la reaparición de toda clase de perversidades entre nosotros, de las que tantas he visto con mis propios ojos. Por ello, concluiré la narración de los sucesos de aquel año calamitoso con un verso mío, tosco pero sincero, que compuse al final de mi diario, el mismo año en que éste fue escrito:

A dreadful plague in London was
In the year sixty-five,
Which swept an hundred thousand souls
Away; yet I alive!

1 Marzo 2020

Bunge, in memoriam

Publicado en Recomendaciones, atrapa al personaje, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 0:04 h.

Lo conocimos en el Palacio de la Magdalena. Hermoso agosto en Santander durante el que, contra todo pronóstico, se hilvanaron varios días de sol espléndido. D. Mario dirigía un seminario sobre filosofía de las ciencias sociales. En el piso inferior, el doctor Castilla del Pino hablaba de psicopatología del lenguaje. Así que hubo que repartirse. En las aulas de palacio, la concentración de sabios por metro cuadrado era asombrosa. Como nadie había tenido la previsión de llevar una grabadora, organizamos una rueda para tomar por turnos notas literales. Después las agitábamos con vehemencia en las retóricas sesiones de café que disfrutábamos a diario en los salones de la planta noble, o sentados en las escaleras de las solanas que se orientan hacia a la bahía. Por aquel entonces, Bunge era un amable septuagenario en plena efervescencia. Antes se creía que el ejercicio del poder causaba úlceras, y no es así. Es al revés. La sumisión causa úlceras. En un ambiente ligeramente académico por lo desenfadado y lo informal, el profesor Bunge se despachaba a gusto contra las pseudociencias. Nos chocaba que fuera precisamente un argentino el que aplastara las pretensiones científicas del psicoanálisis, rebajado de disciplina formal a pura charlatanería, igualmente formal. Los que empezábamos a intuir que el influyente Sigmund (el gran macaneador) era un intelectual mediocre y pagado de sí mismo, celebrábamos las palabras inmisericordes del maestro. Los discrepantes se encontraron en la encrucijada de seguir confiando en la taumaturgia del insigne austriaco o creer al exiliado argentino. Curiosa tesitura. Pero visto en perspectiva, los méritos de uno y otro no admitían comparación: Mario Bunge era físico de partículas, matemático, epistemólogo, profesor de lógica y autor de numerosos libros de filosofía, entre ellos su Treatise on Basic Philosophy, obra magna. Le otorgaron dos decenas de doctorados honoris causa en sendas universidades y en el año del Mundial de fútbol le concedieron el Premio Príncipe de Asturias, no recuerdo de qué porque prácticamente podía haber sido candidato ganador en todas las modalidades. Lo jubilaron con 90 años en una institución educativa canadiense de prestigio, pero siguió en activo hasta el último minuto. Me quedan muchos problemas por resolver, no tengo tiempo de morirme. Cumplido el siglo de vida, D. Mario encontró un ratito para morirse cuando ya todos pensábamos que la inmortalidad sería la última gran conquista del maestro, un defensor a ultranza de la siesta cotidiana. El profesor Bunge (o Banch o Bunye o Bungue, que a él lo mismo le daba) es, ante todo, un autor estimulante. Para descubrirlo basta leer algunas aportaciones sencillas que nos permitirán familiarizarnos con su estilo y su discurso. Nosotros proponemos aquí dos recopilaciones de artículos: Las pseudociencias ¡vaya timo! y 100 ideas, ambas de la editorial Laetoli. Hay dos clases de rebeldes: los que saben algo y los que no saben nada y se rebelan contra todo por ignorancia. Las reflexiones de este pensador moderno, consagrado a desenmascarar la superchería, están de plena actualidad. Es posible que sus argumentos certeros alienten la rebeldía de los más sensatos. Y hasta puede que iluminen la de los más zopencos.