19 Abril 2020

escribir un diario

Publicado en Recomendaciones, biblioteca virtual por franciscru a las 21:57 h.

 A medida que la alfabetización alcanzó los distintos estratos de la sociedad occidental, los diarios y la correspondencia de los soldados, involuntarios protagonistas de la historia, fueron llenando los huecos que dejaban la propaganda y las versiones oficiales. Conscientes del impacto de sus testimonios, los censores del ejército trabajaban a pie de trinchera recortando los párrafos más crudos, las atroces descripciones de la carnicería, la natural desafección patriótica que se decantaba en el fulgor de los episodios más terribles. No se podía permitir que se quebrara la moral de retaguardia, la de las madres y esposas que aguardaban el retorno de sus héroes en loor de la victoria. Curiosamente, durante las grandes campañas bélicas del siglo pasado, los servicios de reparto postal funcionaron admirablemente, con puntualidad y un mínimo porcentaje de extravíos. También el soldado encontraba consuelo en la correspondencia que le acercaba a los suyos, que le ponía al corriente de la rutina doméstica, el primer diente del chico, el ternerillo malogrado… Imágenes, olores y sabores del añorado hogar al que quizá nunca regresaría. Es difícil imaginar la angustia de quien se siente desamparado, a merced de un obús extraviado, una bala rasante o un oficial desquiciado. Leer y escribir fue una vía de escape para el soldado durante los períodos de inactividad, que transcurrían lentamente en la tensa calma que precedía a la tormenta. Se han publicado abundantes compilaciones de diarios y cartas escritas en el frente. Son el resultado de investigaciones en archivos públicos y privados, fondos documentales y correspondencia particular. Buen número de estos libros fueron editados con motivo de efémerides y conmemoraciones. Otros han servido a la investigación historiográfica. Pero todos han alimentado la conciencia crítica de la opinión pública, que en sociedades con tradición democrática constituye el motor de corrientes a favor o en contra de determinadas cuestiones de interés capital.
Durante la Gran Guerra europea se distribuyeron millones de libros entre la tropa de uno y otro bando. Era una forma de aprender y mantener la mente ocupada. La labor benéfica de las bibliotecas de campaña no ha sido suficientemente alabada, pero es indudable que contribuyeron al esparcimiento y el equilibrio mental enmedio de la saturación casi insoportable de la conflagración. Siguiendo el ejemplo citado, a través de nuestra biblioteca de préstamo virtual te ofrecemos la posibilidad de leer lo que sea de tu gusto a lo largo de estas semanas de confinamiento. Si te ha interesado el tema de las cartas y diarios de guerra, contamos con el testimonio del peculiar escritor Ernst Jünger en Tempestades de acero; o Sarajevo, un estupendo libro de crónicas de la muy reciente guerra de Bosnia, escrito por el periodista Alfonso Armada. Pero si te apetece ocupar un asiento de primera en el devenir cotidiano de un conflicto, recomendamos la curiosa bitácora de William Henry Bonser Lamin. Hace unos años, su nieto tuvo la idea de publicar on line las cartas que su abuelo Henry había enviado desde el frente, respetando el orden y sincronizando cada entrada con el día correspondiente. Durante varios meses, lectores de todo el mundo pudieron seguir con el alma en vilo las evoluciones de Henry entre 1917 y 1918, temiendo que cada carta fuera la postrera. Ahora tienes la oportunidad de conocer de cerca al soldado Lamín y descubrir cuál fue su destino final.
Te proponemos igualmente que durante estos días escribas un diario de cuanto sucede alrededor. Estás viviendo un situación excepcional que sin duda recordarás el resto de tu vida. Es seguro que con el paso del tiempo se te olviden muchos de los detalles que están condicionando la experiencia de la cuarentena, y en el futuro te apetezca rememorar episodios que en su momento no te parecieron tan triviales o insignificantes. El diario te ayudará a pensar y a colocar en perspectiva todo lo que sucedió durante el año del coronavirus

Un relámpago brilló de repente en las alargadas raíces de aquella haya y un golpe contra mi muslo izquierdo me tiró al suelo. Creí que había sido alcanzado por un terrón de tierra; pronto el calor de la sangre que fluía en abundancia me hizo ver que estaba herido. Más tarde se pudo comprobar que un afiladísimo fragmento de metralla me había producido una herida en la carne, después de que mi portamonedas hubiera amortiguado su virulencia. Su aguzado filo, parecido al de una hojilla de afeitar, había traspasado no menos de nueve capas de rudo cuero antes de dañar el músculo. Tiré la mochila y corrí hacia la trinchera de donde habíamos venido. Desde todas la partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Ernst Jünger. Tempestades de acero (1920).

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